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Reseña de Aparapita de Mondacca/Teatro




El saco del aparapita y otros secretos
Texto por: Mijail Miranda Zapata
Foto de: Marcelo Paz Soldán

Aparapita de Mondacca/Teatro es mucho más que la simple teatralización de fragmentos de Felipe Delgado y otras obras de Jaime Sáenz. En realidad es la transfiguración de un Sáenz esencial a un ámbito más tangible, rebosante de amenidad e identificación. Quizás ese sea el mérito más loable: presentar la complejidad de un universo personal extraordinario con claridad y contundencia, sin caer en pretensiones nebulosas. Un conjunto de imágenes, olores y sonidos inician el viaje por parajes tan reales como malditos, tan oníricos como reveladores. Ya quisiera el cine 3D tener esa capacidad de ensoñación. La puesta en escena demarca un espacio exento de los tan molestos fanáticos y detractores, no hay lugar para falsas posturas. El Aparapita ofrece un humor simple, lejos de cualquier sofisticación, sincero, cotidiano. Humor de la calle, como el de aquellos que ríen para no morir. Nos otorga, también, las llaves para acceder a la literatura del paceño desde nuevas perspectivas. Pone delante de nosotros un escritor diáfano, entregado a la búsqueda de los misterios del mundo. Es así que la obra dirigida por Claudia Andrade consigue develar el espíritu vivificante de un hombre condenado al prejuicio insano de la necrofilia. Las notables actuaciones de María Elena Alcoreza, Rodrigo Ayo y David Mondacca acercan al público a personajes que estamos acostumbrados a juzgar, despreciar y, en el peor de los casos, ignorar. Es en estos seres donde Sáenz halla el cáliz sagrado de la sabiduría. Solo en “El Purgatorio” de Corsino Ordoñez la vida puede ser asumida como tal. Ese es uno de los mayores secretos. Encontrar lo extraordinario en lo ordinario se dijo en estas mismas páginas la semana pasada. El cometido parece haber sido alcanzado.

A pesar de la fidelidad que se le guarda a la “La Paz” de Sáenz, El aparapita es una obra universal. Las lecturas previas no son imprescindibles y de alguna forma llegan a ser perjudiciales. Mondacca ofrece a Felipe Delgado y su autor sin restringirse a conceptos prefabricados. No traiciona a Sáenz, ni se entrega a él sin miramientos. Valiéndose de una bella metáfora se yergue solitario por encima de los nuevos esnobismos circundantes a lo saenzeano. Para éste un saco de aparapita, quizás la mayor de sus fascinaciones, es el porvenir de su propia obra. Su mirada rehuyó al tiempo y supo ver que sus textos en el futuro no serían más que un abstracto entramado de interpretaciones y sensaciones. El peso de los años y las ideas moldeando la vestidura del poeta. Múltiples remiendos de un todo que jamás es el mismo, que nunca termina de ser confeccionado. Un final que solo llega para volver a empezar. Mondacca es un remiendo más, uno imprescindible, es un nuevo hilo en la reconfiguración de ese “saco saenzeano”. Gracias a él, a su trabajo e inspiración, esta mítica prenda del submundo paceño se ha revitalizado y ha obtenido una nueva imagen. La muerte es el olvido y el saco del aparapita no sabe de olvidos. La obra de Sáenz tampoco.

Fuente: Ramona



Una Respuesta »

  1. […] morada, chicha de maíz culli); hay lugares comunes como el tributo a Felipe Delgado y al abrigo de aparapita, pero el remate del libro, en la fiesta del Gran Poder que engulle a los protagonistas, es una obra […]

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