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Carta de Lemebel a un niñoboliviano (fragmento)



A propósito de la llegada de Pedro Lemebel a Bolivia, y en referencia a la nota difundida el día de hoy por Página Siete (a la cual pertenece la imagen superior) que relata el encuentro del escritor chileno con María Galindo (ella le hizo una entrevista en Radio Deseo), presentamos un fragmento de la Carta de Lemebel a un niñoboliviano.

Carta de Lemebel a un niñoboliviano (fragmento)

Y cómo te lo digo, y con qué humedad de letras te lo narro, chiquito llocalla, pelusita paceño que nunca estuvo frente al estruendo salado de la planicie oceánica. Cómo hacértelo ver niñita imilla en estas letras, si nunca fuiste testigo de esa música y sus olas chasconeando el concierto de la bella mar.

Ésta es una carta dirigida a tus ojitos oblicuos que de mil maneras intentan imaginar ese gran charco azul que no es como te lo cuenta la profesora, en el colegio comparando la parte más extensa del Titicaca.

Cómo te lo explico, chiquito llocalla, mejor te cuento mi experiencia de niño cuando por primera vez me encontré con el milagro marino. Vivía con mi familia en Santiago, y como niño pobre tuve la experiencia recién a los cinco años.

Salíamos de madrugada en el micro viejo que siempre quedaba en pana en mitad del viaje. Recién cruzábamos la cordillera de la costa y, entonces, antes de verlo, el mar nos llegaba en la brisa fresca y en ese olor a yodo que anunciaba la salada presencia.

Y en un recodo, al doblar una curva, el dios de las aguas nos anegaba los ojos con su azulada inmensidad. Era tan fuerte la impresión que no podía compararse con mil lagos, ni con mil ríos, ni siquiera con las cataratas de la inundación invernal. Hasta ese momento nunca antes tuve la sagrada conmoción de esa inquieta eternidad, solamente la visión del cielo podía asemejarse a ese momento.

Era como tener el cielo derramado a mis infantiles pies. Era como ver el cielo al revés, un cielo vivo, bramando, aullando ecos de bestias submarinas, un cielo líquido que se extendía como una sábana espumosa más allá, infinitamente lejos, hasta donde mis ojillos de niño pobre no podían llegar.

Aún así, pequeño, niño boliviano, te puedo contar cómo conocí la gigante mar y daría todo para que esta experiencia no te fuera ajena. Incluso te regalo el metro marino que quizás me pertenece de esta larga culebra oceánica.

Escuchar el verso neo patriótico de algunos chilenos me da vergüenza, sobre todo cuando hablan del mar ganado por las armas. El dios de las aguas seguirá esperando en su eternidad tu mirada de llocalla triste para iluminarla un día con su relámpago azul.

Fuente: Página Siete



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