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El cine boliviano a través del tiempo



El cine boliviano a través del tiempo
Por: Andrés Laguna

Una versión de este texto fue leída en 2011 en el foro “El cine boliviano a través del tiempo”, organizado por Nayra Antezana en el café 35 mm. de Cochabamba. Participaron el autor del texto, junto a Santiago Espinoza y Alba Balderrama.

Pensar a “El cine boliviano a través del tiempo” es una tarea tan basta y compleja, como poco precisa y poco delimitada. Pues no sólo implica el ejercicio más obvio y evidente que es reflexionar en torno a la evolución del cine boliviano en una línea temporal, en una cronología, a partir de clasificaciones y de categorizaciones. Es más que analizar cómo el cine boliviano, después de su época muda, pasó al indigenismo, luego a lo que se ha denominado como cine posible, para después diversificar sus temáticas, sus preocupaciones y sus experimentaciones estéticas, reflejadas en lo que se ha conocido como el boom del ’95, como el boom de 2006 y, finalmente, en el cine más contemporáneo –que lo aguanta todo, que se preocupa por lo que sea, desde los lugares más diversos-. Pero, por otro lado, también podría y debería ser pertinente pensar en torno al tiempo comprendido por el cine boliviano. Es decir, podríamos hacer un ejercicio en el que se reflexione sobre cómo el cine boliviano a interpretado al tiempo, a la historia, a las transformaciones de la materia, de los espacios, de la sociedad, de los individuos. Por ejemplo, podríamos reflexionar y hacer un análisis comparativo sobre la comprensión del tiempo colonial en cintas como Wara wara y Para recibir el canto de los pájaros. Podríamos hacer lo mismo con la lectura de las dictaduras que hacen cintas como Las banderas del amanecer, Señores generales, señores coroneles, Los hermanos Cartagena y Los viejos. Evidentemente, un ejercicio similar sería fértil para intentar comprender el proceso que vivimos hoy día a través de obras como Cocalero, Evo pueblo, El estado de las cosas, Los hijos del último jardín y Zona sur. Incluso, podríamos ser un poco más atrevidos y aventurarnos a analizar la comprensión del futuro que tienen películas tan bizarras y curiosas, como El triángulo del lago y La calle de los poetas. Es decir, se pueden hacer distintos y muy interesantes ejercicios de reflexión en torno a la relación del cine boliviano y el tiempo. Pero, justamente, el tiempo y el espacio, se convierten en limitantes insuperables para estos ejercicios. Lo que llama poderosamente mi atención es que la historia del cine boliviano contiene a la historia del país y, a su vez, contiene una parte fundamental de la historia del pensamiento boliviano.

Si bien podríamos limitarme a hacer una lectura de la evolución del cine boliviano de manera cronológica, correríamos el riesgo de simplificar y de banalizar uno de sus roles más importantes: el de ser un cronista privilegiado. Cada película, a partir de su singularidad, ha sabido registrar formas de pensar, de comprender y de ser, ha sabido registrar a la Historia y a las historias, ha sabido dibujar, a través de imágenes en movimiento, lo que somos, lo que hemos sido, lo que podríamos llegar a ser y, tal vez lo que es más importante, lo que quisiéramos ser. Como anotábamos en las “Consideraciones finales” del libro Una cuestión de fe: “Lo que determina al cine boliviano, lo que constituye al cine nacional es la importancia que lo boliviano, como una especie de fuerza creativa, con toda su complejidad y riqueza, con diferentes intensidades, nutre y vitaliza a las propuestas cinematográficas nacionales. Cine boliviano es el que dice, reflexiona y proyecta lo boliviano, en diferentes proporciones, compuesto por pluralidades, por multiplicidades, que construyen a su vez una gran particularidad”. Creo que el cine boliviano a través del tiempo no ha hecho otra cosa que proyectar, de las formas más diversas posibles, a esa fuerza difícilmente explicable, definible o delimitable que lo constituye en lo que es. Parafraseando una frecuentada cita de Felipe Delgado, me atrevo a asegurar que el cine boliviano en estos años no ha hecho más que buscar al boliviano. Y en ese viaje extenuante lo ha ido definiendo, a veces con precisión y lucidez, otras veces de manera caótica y borrosa. No siempre de manera intencionada, pero siempre de manera infatigable. Esa es una tarea encomiable. Y curiosa. En especial, si tomamos en cuenta que gran parte de las películas están bajo la sombra del ego del realizador y pretenden cumplir con las iniciativas, los intereses y las inquietudes de una singularidad o de la singularidad de un grupo determinado, tal vez resulta paradójico que esa obra termine siendo parte de un gran relato compuesto de muchas voces y visiones. Toda película, toda obra, termina convirtiéndose en una hebra del inmenso tejido, del inmenso relato, que es la cinematografía nacional.

Volviendo a parafrasear la mencionada cita de Felipe Delgado, lo que tal vez pueda ser preocupante es que aunque el cine boliviano busque al boliviano y al buscarlo lo constituya, la mayor parte de los bolivianos le son esquivos. Es decir, sabemos que cada vez le importa menos al público nacional el cine que se produce en su país, el que toca temas locales y/o que está realizado por un equipo de compatriotas. Se sabe que, además, de ¿Quién mató a la llamita blanca? y El Pocholo y su marida, entre algunas pocas otras, nuestro cine no conoce verdaderos éxitos de taquilla. Vale preguntarse, ¿nuestro público está demasiado alienado? ¿es demasiado ignorante? ¿menospreciamos lo nacional? ¿nuestros realizadores no saben hacer cine para nuestro público? ¿no hay nada de lo que nos puedan contar que nos interese? ¿sólo nos gusta el cine fácil, con humor vulgar y popular? Ensayar respuestas rápidas a las preguntas planteadas sería una irresponsabilidad, lo que es indudable es que, hasta ahora, hemos sido incapaces de emular o reinventar experiencias como las del cine indio de Bollywood o como las del cine nigeriano de Nollywood, que han logrado construir industrias y star systems, que son la envidia de Hollywood, que permiten la constitución de una tradición cinematográfica estable y diversa. Nuestro cine no es rentable, ni comercial. Por otro lado, algunas películas tienen moderado éxito en el circuito de los festivales internacionales, pero me pregunto de nuevo, ¿queremos un cine nacional que se vea y se aprecie más fuera de nuestras fronteras? Justamente, eso nos lleva a otro problema más o menos relacionado con el tema del foro, el cine boliviano no está sabiendo sacar provecho del tiempo que vivimos. En cambio, sufre de todas las desventajas, es decir, de los monopolios de distribución, de la masificación de los gustos de los espectadores y de la estupidez de los empresarios relacionados con la industria. El cine boliviano no está sabiendo utilizar de manera apropiada los nuevos canales de distribución, las nuevas tecnologías, las nuevas formas de llegar a la gente, al público para el que hacen sus filmes. Por ejemplo, la única cinta nacional que se podía ver de manera legal en un canal de Internet, hasta hace muy poco, era En busca del paraíso –tal vez la obra que menos merece ser vista y distribuida, pero ese es otro tema-. Muy pocos realizadores recurren a los festivales y a las muestras virtuales o en espacios alternativos. Todavía son muchos, demasiados, los que quieren que sus obras se proyecten en salas convencionales y que se estrenen en festivales de renombre, con alfombra roja y estatuillas. En los tiempos de la comunicación nuestros realizadores están curiosamente medio desconectados y incomunicados con su público. Como solía decir el venerable Sr. Zimmerman: los tiempos están cambiando. Y debemos acomodarnos a ellos. Si el cine boliviano tiene un gravísimo problema es que pasa demasiado tiempo contemplando su ombligo. Es tiempo de levantar la cabeza, ver por encima de nuestras enormes, de nuestras bellas montañas, y encontrar caminos de salida. Y, por muy difícil que suene, caminos de entrada. Si seguimos esperando que el Estado o la santa providencia resuelvan nuestros problemas, si seguimos esperando que naturalmente el público corra a las salas, las llene y haga que nuestras películas sean rentables, nuestro cine tendrá un futuro oscuro, le esperan tiempos peores. No tendrá nada que atravesar. En su camino de búsqueda del boliviano, nuestro cine también debe tomar conciencia de lo que implica ser boliviano y, en gran medida, eso implica embarcarse en la carrera por la supervivencia en la que estamos sumidos todos. El cine boliviano debe buscar la forma de ser autosostenible, aunque suene feo, de ser una industria capaz de sostener diferentes propuestas. Los bolivianos a lo largo de toda nuestra historia hemos aprendido a vencer a la muerte, a ganarnos la vida. Esa es la tarea pendiente del cine nacional. Muchas gracias.

Fuente: La Ramona



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