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Nostalgia del mar



Nostalgia del mar
Por: Mario Vargas llosa

Una semana después de la celebración del Día del mar, hoy recuperamos una columna escrita por Mario Vargas Llosa, en El País el año 2004, sobre la idea: “[Para Bolivia] El mar perdido ha sido una perenne nostalgia que impregna su literatura y su vida política”.

Estudié los cuatro primeros años de colegio en Cochabamba, Bolivia, y recuerdo que varias veces al mes, acaso todas las semanas, los alumnos de La Salle cantábamos formados en el patio un himno reclamando el mar boliviano del que Chile se apoderó a raíz de la guerra del Pacífico (1879). En ese conflicto, Perú y Bolivia perdieron importantes territorios, pero para esta última perder los 480 kilómetros de litoral significó quedar convertida en un país mediterráneo, enclaustrado entre las cumbres de los Andes, cortado del Pacífico, una mutilación a la que Bolivia nunca se conformó y que ha seguido gravitando sobre la sociedad boliviana como un trauma psíquico.

El mar perdido ha sido una perenne nostalgia que impregna su literatura y su vida política, al extremo de que hasta hace poco Bolivia tenía una simbólica Marina de Guerra (acaso la tenga todavía) en espera de que, el añorado día en que accediera de nuevo al mar, dispondría ya de un cuerpo de oficiales y marineros preparados para tomar posesión inmediata de las aguas recobradas. Ha sido, también, el argumento histórico esgrimido para explicar el atraso económico y la pobreza de Bolivia, y el tema al que recurrían los presidentes y dictadores cada vez que necesitaban conjurar las divisiones internas o disimular su impopularidad. Porque, en efecto, el reclamo del mar es en la historia de Bolivia uno de los pocos asuntos que consolidan la unidad nacional, una aspiración que prevalece siempre sobre todas las divisiones étnicas, regionales e ideológicas entre los bolivianos.

La aspiración boliviana a tener un puerto marítimo merece la simpatía y la solidaridad de todo el mundo -de hecho, la tiene-, y, desde luego, la de este escriba, que recuerda los diez años de su infancia boliviana como una Edad de Oro. Pero, a condición de no plantear este asunto como un derecho imprescriptible que Chile deba reconocer, admitiendo el despojo que cometió y devolviendo a Bolivia el territorio del que se adueñó por un acto de fuerza. Porque si se plantea de este modo, Bolivia no tiene la menor posibilidad de materializar su sueño marítimo y el resultado sería más bien encender hogueras reivindicatorias de territorios perdidos por todo América Latina, desde México, que podría reclamar a Estados Unidos la devolución de California y Texas, hasta Paraguay, a la que la Triple Alianza -Brasil, Uruguay y Argentina- encogió como una piel de zapa. Sin ir más lejos, el Perú podría reclamar no sólo Arica, sino todo Bolivia y todo Ecuador, que en el siglo XVIII eran parte tan constitutiva del Perú como el Cusco y Arequipa.

Todas las guerras son injustas, ellas siempre dan la razón a la fuerza bruta, y desde luego que eso ocurrió en la guerra del Pacífico y en todos los conflictos armados que ensangrientan la historia de América Latina. A consecuencia de ello, la geografía política del continente se ha deshecho y rehecho de mil maneras. Tratar de corregir a estas alturas los entuertos, brutalidades, abusos e indebidas apropiaciones territoriales del pasado no sólo es una quimera; es, también, la mejor manera de atizar los nacionalismos, forma extrema de la irracionalidad política que ha sido, ése sí, uno de los factores centrales del subdesarrollo latinoamericano, pues ha impedido que los organismos de integración regional funcionaran, desencadenando las reyertas y tensiones entre países que sirvieron para que se derrocharan inmensas cantidades de recursos en la compra de armas y para convertir a los Ejércitos en árbitros de la vida pública y a todos los generales en potenciales dictadores. Ése es un pasado siniestro al que América Latina no debe regresar, desoyendo la demagogia nacionalista que en estos días, con motivo de la reivindicación marítima boliviana actualizada por el Gobierno de Carlos Mesa, comienza a hacerse oír aquí y allá, acompañada de un antichilenismo interesado (encabezado por Fidel Castro y el comandante Chávez) que, más que solidaridad con Bolivia, expresa una condena del modelo económico liberal que ha hecho de Chile la economía más dinámica del continente y de la izquierda chilena representada por Ricardo Lagos, la única que parece haber dado entre nosotros un paso definitivo hacia la modernización, a la manera de los socialistas españoles y británicos.

Durante el siglo XX, el anhelo boliviano de una salida al mar no tuvo casi ocasión de concretarse. Bolivia vivía en una crónica inestabilidad, donde los gobiernos y las revoluciones se sucedían a un ritmo de vértigo, lo que contribuyó a empobrecer al país hasta reducir a su mínima expresión su capacidad de hacerse escuchar por la opinión pública internacional. En 1975 hubo un asomo de diálogo sobre este asunto, cuando los dictadores de ambos países, Hugo Banzer y Augusto Pinochet, se dieron el llamado “abrazo de Charaña”. El dictador chileno propuso entonces ceder a Bolivia un corredor de cinco kilómetros de ancho y un puerto marítimo, contiguo a la frontera chileno-peruana, a cambio de compensaciones territoriales equivalentes. Como según el Tratado entre Chile y Perú de 1929 cualquier cesión chilena de territorios que pertenecieron antes al Perú debe ser aprobada por éste, el Gobierno chileno hizo al peruano la consulta pertinente. La dictadura militar de Morales Bermúdez respondió con una contrapropuesta en la que el territorio cedido por Chile a Bolivia hubiera tenido una soberanía compartida entre los tres países, lo que implicaba una revisión del Tratado de 1929 que fijó los límites entre Chile y Perú. Santiago no aceptó la propuesta y el proyecto quedó en nada. Poco después, Bolivia rompería relaciones diplomáticas con Chile.

¿Tiene más posibilidades Bolivia en la actualidad que en el pasado de materializar su sueño marítimo? Sí, las tiene, gracias a esa globalización tan denostada por los oscurantistas y obtusos demagogos, una realidad que, a pesar de los gobiernos y de los ejércitos y de la visión microscópica de los intereses nacionales, ha ido debilitando las fronteras y tendiendo puentes, denominadores comunes y lazos económicos entre los países, una de las mejores cosas que le han ocurrido a América Latina en los últimos veinte años y gracias a lo cual, entre otros progresos, hay hoy en el continente menos dictadores que en el pasado y mejores costumbres democráticas. Sólo los antediluvianos políticos son incapaces de comprender que, en nuestros días, un país que no abre sus fronteras y trata de insertarse en los mercados mundiales está condenado al empobrecimiento y la barbarización. Abrir fronteras quiere decir muchas cosas, y la primera de ellas es concertar las políticas económicas propias con las de sus vecinos, la única manera de estar mejor equipado para conquistar mercados mundiales para los productos nacionales y acelerar la modernización de la infraestructura interna. A diferencia de lo que ocurría en el pasado, hoy Chile necesita a Bolivia tanto como Bolivia necesita a Chile. Y el Perú, por su parte, necesita también de sus dos vecinos.

Un acuerdo es posible a condición de que se negocie en la discreción diplomática y en la exclusiva perspectiva del futuro, sin volver la vista atrás. Ésta debe ser, ni que decir tiene, una negociación bilateral entre los dos países, en la que el Perú sólo debe intervenir una vez que haya acuerdo y éste afecte territorios que fueron peruanos en el pasado. Es inevitable que así ocurra, porque Chile jamás aceptaría escindir su territorio -ningún país lo haría- como fórmula de solución. Bolivia es un país muy pobre, pero con un subsuelo con cuantiosas reservas de gas y con unos recursos hídricos que a ella le sobran y a Chile le hacen falta para desarrollar la región desértica de su frontera norte. El Perú, en vez de obstruir, debe facilitar este acuerdo amistoso chileno-boliviano, que sólo puede traerle beneficios, ya que toda la región peruana de esa frontera sur requiere urgentes inversiones para desarrollar una infraestructura industrial, comercial y portuaria que la saque del abandono en que se encuentra.

Los tres países cuentan en la actualidad con gobiernos democráticos (aunque la democracia boliviana haya quedado algo maltrecha por la manera como fue reemplazado Sánchez de Lozada por el actual presidente, Mesa), lo que debería ser un acicate para el acercamiento y la apertura de negociaciones. Pero para ello es indispensable que el clima de crispación sobre este tema que se ha creado se vaya apaciguando, lo que sin duda no será tan rápido. Porque en Chile hay ya un ambiente preelectoral en el que el nacionalismo y el chovinismo siempre se ponen de moda, y el candidato o partido que se atreviera a mencionar siquiera la posibilidad de dar una salida al mar a Bolivia sería acusado de traidor y vendepatria por sus adversarios, y porque al presidente Mesa le ha venido de perillas el escándalo internacional que provocó: era, hace apenas un mes, un mandatario precario, sin fuerza propia, jaqueado por Evo Morales y Felipe Quispe, que dominan las calles y podrían defenestrarlo con la facilidad con que defenestraron a Sánchez de Lozada, y es ahora el estadista consolidado que encabeza una gran movilización nacional en pos del más caro anhelo del pueblo boliviano.

Que se eclipsen los estribillos patrioteros y el asunto de la mediterraneidad de Bolivia salga de la calle y las primeras planas periodísticas para trasladarse al más sosegado ambiente de las cancillerías, donde se grita menos y se razona más (a veces), se sopesan los intereses en juego y se entablan esos toma y daca de los que resultan los acuerdos. Por primera vez desde la infausta guerra del Pacífico hay unas circunstancias que podrían darle a Bolivia el puerto marítimo con el que sueña. Que la visión del corto plazo, la mezquindad y la estupidez no las desaprovechen. No sólo el comandante Chávez, yo también iré a darme un remojón en esas aguas heladas del mar boliviano por el que canté tantos himnos en mi infancia cochabambina.

Fuente: El País



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