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La escritura militante. Tensiones entre política y literatura



La escritura militante. Tensiones entre política y literatura
Por: Brayan Mamani Magne

Literatura y política se tocan. Otras veces, se funden, se contaminan. Según determinadas coyunturas, la literatura toma aquel manojo de pulsaciones llamada política y la utiliza para sus historias. Así, es fácil explicar la existencia de obras como Respiración artificial, Metal del diablo o La fiesta del Chivo, tres novelas donde la ficción remueve la política, la manosea, juega con ella. También está la literatura militante: esa literatura de denuncia, bien representada por la Nobel Herta Müller y, en la campiña boliviana, por el escritor radicado en Suecia Víctor Montoya.

Bajo el “formato ficción”, la política ocupa un lugar trascendental en el relato, mas carece de exclusividad. Su característica está en el background, en el aire que envuelve los engranajes de la narración: los personajes, los tiempos, el lugar. De otro modo, la ficción sería digerida por el mensaje y la literatura se convertiría en un folletín atiborrado de ingenuidades y dogma.

¿Pero qué ocurre cuando invertimos la torta, es decir, cuando la política mueve las matrices de la ficción, sus gestiones, sus actores e, incluso, sus contenidos? Aquí la política deja de ser un backround y ocupa un lugar trascendental en el proceso de creación y propagación de la palabra escrita. Opera como útero y ojo que observa, que monitorea, que lo controla todo.

León Trosky escribió en su ensayo Literatura y revolución: “El arte necesita una nueva conciencia”. ¿Qué quiso decir con “conciencia”? ¿La conciencia del socialismo? ¿La de la Revolución, que es igual a decir “la de los chicos buenos”? Sus seguidores le dieron diferentes interpretaciones: Fidel Castro lo entendió como una eliminación de todo contenido contario a la Revolución —lo que es igual a todo contenido no socialista—, y Kim II-sung lo llevó hasta el más repugnante de los extremos: según un reporte de la revista Veja, en Corea del Norte casi no existe Internet y el ingreso de cualquier periódico, revista o libro extranjeros está totalmente prohibido. En el cono sur, Videla y compañía —quienes, pese a no ser propiamente “de izquierda”, hicieron uso y abuso de los mecanismos prototípicos de éstos— entendieron por “conciencia”, un 29 de abril de 1976, la quema de los libros de García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Galeano y Neruda, y, posteriormente, el encarcelamiento, la tortura y desaparición de Haroldo Conti, educador argentino, revolucionario y escritor de calibre. En el mundo árabe, el grupo ultraconservador Al Muhtasabin define qué es bueno y qué es hereje para la aún invernal —en relación a los países que viven la llamada Primavera Árabe— sociedad de Arabia Saudita; y en la Argentina, hace tan sólo un año, el director de la Biblioteca Nacional pidió que Vargas Llosa no hablara en la inauguración de la Filba por profesar un “liberalismo tajante y a veces autoritario”.

La inconmensurabilidad de la política asusta en el mundo literario cuando su horizonte va más allá de la función administrativa. Asusta porque la distribución, gestión y fomento de las artes —en casi cualquier parte del mundo— dependen en gran medida de las arcas del Estado.

Con todos los antecedentes mencionados, ¿podemos decir que Bolivia, un país subdesarrollado, casi moderno y políticamente polarizado, está al acecho de las aspiraciones totalitarias en la literatura? La respuesta es no. Para que ocurra eso, es necesario que la literatura y sus creadores molesten, perturben, que existan primero. Por eso llama la atención cuando —en relación a un artículo publicado por el reciente Premio Nacional de Novela, Claudio Ferrufino-Coqueugniot— el viceministro Félix Cárdenas manifiesta que la literatura “debe apoyar el proceso de cambio”. Trosky sabía a qué se refería cuando hablaba de la “nueva conciencia”. Los militares argentinos estaban conscientes de lo que querían mientras ardían el libro infantil Un elefante ocupa mucho espacio y cientos de obras “anticristianas”, “antipatriotas” e “inmorales”. ¿Sabe el señor Cárdenas lo que quiere decir cuando relaciona literatura y “proceso de cambio”? Esperemos que no. La peligrosidad de sus declaraciones no radica en la potencial restricción a la libertad de expresión de un determinado individuo, sino en la investidura de quien ha emitido ese criterio. Al final de cuentas, él —el viceministro— y sus cofrades son quienes, de una forma u otra, regulan la diseminación de la cultura, su valorización, su impulso y, obviamente, su presupuesto. Si el pensar del señor Cárdenas es el mismo que el de la cúpula gobernante, ¿cuál será el criterio en las políticas futuras en materia de premios, incentivos, becas, talleres y publicaciones? ¿Es posible una literatura en pos del “proceso de cambio”? Y si es así, ¿seguirá siendo literatura?

Al lado de la literatura militante, surgió la idea del escritor autónomo, yo supremo de su creación y dueño de sus historias, de sus personajes, de la potencialidad de su talento. Este tipo de escritores —y de literatura, si admitimos el paralelismo alguna vez propuesto por Belén Gópegui—, optó por el conformismo de cuestionar la vida sin dogmas ni ideologías, y si los tuvo, supo disimularlos, con fábula y maestría, convirtiendo los manifiestos en poesía y los decálogos en personajes, tramas, situaciones, paisajes exuberantes. ¿Nunca se han preguntado por qué García Márquez es más recordado por Florentino Ariza, la familia Buendía, Macondo y sus putas tristes que por su obsesión por el poder, su idilio con el castrismo y la mansión que Fidel pone a su disposición cada vez que visita la Isla? ¿O por qué Marcelo Quiroga Santa Cruz —el izquierdista de los izquierdistas bolivianos— ha escrito una de las novelas más apolíticas de su tiempo, Los deshabitados, contra todo pronóstico, contra toda militancia, contra toda ideología? La palabra “debería” no existe en la creación literaria.

Fuente: Ecdótica, publicado también en La Prensa 01/04/12



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