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Ante la muerte y al Gran Poder



Ante la muerte y al Gran Poder
Por: Andrés Laguna

El destacado escritor chileno Bartolomé Leal presentará en la Feria del Libro de Santa Cruz y en Cochabamba la edición boliviana de su novela Morir en La Paz (Ed. Nuevo Milenio). Con el apoyo de la RAMONA, localmente la actividad se cumplirá, el próximo lunes 4 de junio a las 20.00 horas, en el café cultural A Puerta Cerrada (calle México y España). Con esta nota iniciamos una serie de reseñas y entrevistas sobre el libro.

El cariño y la admiración que los miembros de la RAMONA sentimos por el escritor chileno Bartolomé Leal no es un secreto para ninguno de nuestros lectores habituales. Desde el primer número, ha sido nuestro colaborador de lujo, el más regular y comprometido, ha sido algo así como nuestro garante, una especie de padre espiritual, siempre atento a cada uno de nuestros gestos y, en más de una ocasión, la voz de la razón. Jamás podremos agradecerle su confianza de la manera que lo merece. Pero a la hora de aproximarse a una obra literaria los afectos personales y el respeto por el trabajo periodístico, poco tienen que ver o poco tendrían que ver. Por tanto, siempre que he leído una novela de Leal he tenido una dificultad, pues no sólo debía intentar hacer una lectura que se deba exclusivamente al texto como pieza literaria, sino debía evitar que los lazos emotivos nublen mi capacidad apreciativa y valorativa. Desde luego, toda lectura es personal, toda lectura se hace desde una compleja subjetividad y hay afectos que son insuperables, toda lectura es determinada por nuestros prejuicios, por nuestras cargas. Lo que me alegró enormemente fue que, en algún momento, cuando me enfrenté a Morir en La Paz olvidé al autor y a nuestra larga amistad. La trama, los personajes y los escenarios, me liberaron de toda responsabilidad, de toda deuda, con él. Cuando una obra logra matar a su autor, cuando deja de depender de su prestigio y de su personalidad, es cuando la novela demuestra su verdadero valor y su calidad. Cuando las páginas del texto me gritaron: “Bartolomé Leal ha muerto, ¿quién vive ahora?”. Feliz, respondí en voz baja y dibujando una media sonrisa: “Melgarejo, Isidoro Melgarejo Daza”.

Protagonizado por un imprentero, que conjuga ideas anarquistas con católicas, que en su tiempo libre ejerce de detective privado, que tiene el nombre y los apellidos –nada casuales- de tres de los espectros más poderosos y determinantes de la historia republicana boliviana, Morir en La Paz es un thriller andino, una novela negra que siendo fiel a la larga tradición a la que pertenece, se ocupa de la violencia, de la corrupción, de los crímenes, de la ambigüedad humana, pero que ante todo es un retrato crítico e implacable de la sociedad. Como muchas de sus pares, todo comienza con un asesinato y con su investigación, pero pronto se nos revela que el verdadero enigma no es el nombre del culpable y las causas del crimen, sino más bien el destino de un puñado de personajes que responden a códigos éticos muy personales y que intentan sobrevivir en un mundo que parece estar demasiado podrido. Melgarejo Daza deberá enfrentar a toda una mafia narcotraficante y deberá sobrevivir a dos brutales asesinos a sueldo, en especial a uno, el más duro, que lo perseguirá hasta el final de la narración y que, en mi humilde opinión, debería ser encarnado por Mickey Rourke en la posible adaptación cinematográfica. A lo largo de la trama, Isidoro coqueteará con la muerte, se enamorará, será figura paterna postiza, se implicará con un sinnúmero de coloridos personajes y recorrerá algunos de los lugares más entrañables de la geografía nacional.

Una marca fundamental de la literatura de Leal es que se aproxima a una suerte de etnografía noir o como el mismo suele denominar, haciendo uso de un término acuñado por la tradición francesa, a la novela policial etnológica. No son libros exotistas, ni construidos a partir de caricaturas o de clichés, son textos escritos por un viajero en el amplio sentido del término que, con asombro y perspicacia, describe lo que ha descubierto en su camino, lo reinventa, se apropia de lo experimentado. En su universo literario lo otro se convierte en lo propio. Así como Leal nos ofrece su Nairobi particular, su Kenia personal, a través de la aventuras de su ya emblemático detective, Tim Tutts, también nos regala el enorme placer de redescubrir Chuquiago marka, a través de los ojos de un observador atento, de un cronista agudo, de un creador de intrigas, que ha sido adoptado por el escenario de sus obras o, todavía mejor, que ha adoptado e incluido en su propio yo al escenario de sus obras.

Pero, además, esta La Paz que conjura y posibilita toda esta historia, todas esas historias dentro de la historia, es un gran homenaje a uno de los elementos esenciales de la peceñidad: Jaime Sáenz. La ambientación es deudora de textos como La Noche, Isidoro Melgarejo Daza camina por las calles que caminó Felipe Delgado, se cruza con los conocidos de Narciso Lima Achá. Pero si bien, en un primer gesto, la ciudad de Morir en La Paz es el territorio de Sáenz, con la evolución de la trama y de la psicología de sus protagonistas, termina siendo el dominio de Melgarejo Daza, de sus compinches y de sus enemigos.

Como en muchas novelas, la ciudad-escenario termina siendo el gran personaje que a través de sus caprichos y costumbres, de alguna forma, decide los destinos del los otros protagonistas y determina la resolución de la trama. La alineación de esas estrellas que, como se describe en la novela, son un espectáculo único cuando están encima de la hoyada, será mucho más efectiva y determinante que todas las artes de Melgarejo Daza y que las de sus mordaces perseguidores. La revelación de La Paz, sus hechizos, misterios y espejismos, están en el fondo de esta trama policial y de la sucesión de hechos sangrientos, brutales, sexuales, así como también de situaciones tiernas, de solidarias y de gran calidez humana.

Al leer las últimas páginas del libro el lector comprende que el desarrollo de la novela sólo es posible en y por La Paz. Esa extraña ciudad habitada por extraños seres que conviven de manera extraña, y que suelen alcanzar sus limites sustanciales en el calor de la celebración. Hay que decirlo, de muy extrañas celebraciones. Morir en La Paz es una novela negra que no se justifica con un crimen o un enigma. La trama encuentra su razón de ser gracias a un espacio geográfico, el espacio geográfico escrito y representado en sus páginas. Después de todo lo leído, después de todo lo narrado, después de todo lo descrito, después de entrar y salir de un espacio fúnebre y a la vez vital, era imposible morir en ningún otro lugar.

Fuente: La Ramona



Una Respuesta »

  1. […] está la ciudad de Bartolomé Leal en esta novela que parecería el cruce de dos intentos literarios: el thriller puro, a ratos gore (buenos polvos, […]

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