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El aparapita editor



El aparapita editor
Por: Omar Rocha

Elías Blanco presentó hace algunos días su Diccionario de novelistas bolivianos. Aquí, una aproximación de Omar Rocha.

La figura del aparapita, tan maravillosamente recuperada e inventada por Jaime Saenz, tiene su complemento en la labor que hace un tiempo ha emprendido Elías Blanco. En efecto, Saenz, que construyó a un personaje altamente espiritual y compenetrado con la ciudad de La Paz, no imaginó a un aparapita cargando libros en su talega o gangocho. Esta es la tarea que emprendió Elías Blanco, el aparapita editor que aparece en la portada trabaja de día y de noche en Villa Copacabana e impulsa la editorial El Aparapita, una de sus hechuras. Este aparapita editor tiene una forma especial de llevar libros de aquí para allá, una forma muy ingeniosa, un procedimiento que requiere mucha vela y paciencia.

SACARSE EL CUERPO. En el caso concreto que ahora nos ocupa, este aparapita, en vez de cargar una talega con 918 novelas, las revisa, las cataloga, las clasifica, las ordena y luego hace un diccionario para llevárselo al público. El aparapita de los mercados lleva bolsas, carga y carga mientras se saca el cuerpo. El aparapita editor lleva los libros a los lectores, se los presenta ordenados y clasificados, y esa es su forma de sacarse el cuerpo, vale decir, una forma de vivir y morir. Hablemos brevemente de esta “ofrenda”. Ya se dijo, son 918 novelas catalogadas y 491 autores; un esfuerzo altamente valorable porque es un rasguño al olvido en un país poco acostumbrado a ejercicios de memoria y más dado al cultivo de la amnesia.

En este trabajo, Elías Blanco, el aparapita editor, no sólo da a conocer rasgos biográficos de los autores y las novelas que han publicado, muchas entradas ofrecen también una pequeña reseña y, en algunos casos, comentarios críticos publicados en suplementos, libros o revistas. Los datos que se presentan son fundamentales para cualquier investigador o lector que quiera tener un panorama de los autores y las novelas que se han publicado en Bolivia.

LA TOTALIDAD DEL DICCIONARIO. Hacia el final encontramos un listado alfabético de las novelas catalogadas y luego un listado por año de publicación, estos criterios de orden también son valiosos porque nos dan a conocer datos como el siguiente: Tomando en cuenta los años 70, 80 y 90, el año que menos novelas se publicaron fue en 1982 —sólo se catalogan 3—, dato curioso, pues justamente se trata del año de la recuperación de la democracia en Bolivia. También es curioso el dato que muestra que existen 21 novelas sin fecha de publicación, lo que muestra hasta dónde llega la irresponsabilidad de publicar por la propia cuenta.

Este no es un diccionario tradicional en el que se encuentran definiciones de palabras o conceptos, sin embargo, sigue las pretensiones de todo diccionario, una de ellas es la de totalidad. Cada diccionario quiere abarcarlo todo y se traiciona en eso. Hay algo que siempre queda fuera de toda clasificación, eso es propio del lenguaje. Ningún aparapita puede llevarlo todo, siempre se le cae una cebolla, una papa, una papaliza. Además, sabemos que todo lenguaje es una construcción arbitraria de signos. El mundo, lo real, la realidad, siempre se presenta como espacios ausentes. Todas las clasificaciones son arbitrarias y conjeturales (desde la más simple hasta la más abarcadora). El sistema de signos llamado lenguaje es incapaz de representar certeramente la realidad.

Así, también hubiera sido útil tener una entrada por lugar de publicación. En una investigación que hicimos en la Universidad Mayor de San Andrés, y que se presentó hace poco, vimos que La Paz todavía sigue siendo el lugar donde más se publica, pero en los últimos años Santa Cruz tiene un repunte importante.

UNA SENSIBILIDAD QUE VIENE DE LEJOS. En general, en el ámbito de las humanidades, no estamos acostumbrados a trabajar con datos expresados en cifras y porcentajes. Este tipo de trabajo es venido a menos. Pero más allá de la cifra, a la que se puede hacer decir cualquier cosa, importa destacar la sensibilidad que está detrás de todo esto. La labor del aparapita editor implica rigor, paciencia, búsqueda y confrontación de fuentes, ir a los archivos, leer lo que se publica, etc. Una sensibilidad que viene desde lejos, menciono por ejemplo a Santiago Vaca Guzmán, a Gabriel René Moreno, Gunnar Mendoza, Carlos Medinaceli, etc. No se trata sólo de acariciar lomos o tomarlos como un fetiche, sino de hacerlos revivir. Oscilar entre antaño y ogaño, como decimos en la revista Mariposa Mundial, hacerle daño a la desmemoria, tratar de que sus efectos se consumen lo menos posible.

Hay una imagen que me gusta mucho dentro del libro, está en una de las hojas que divide las secciones. Es el aparapita editor sentado, mascando coca y esperando la “próxima” carga. Por ahora esa es la actitud, se descarga esta carga y se anuncia la de cuentistas y dramaturgos bolivianos. Mientras, a mascar coquita, revisar las pitas, coser el saco y remendar el gangocho.

Fuente: Fondo Negro



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