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Diálogo con Rodrigo Fresán



Rodrigo Fresán, el escritor que no es más que la consecuencia de un lector
Por: Andrés Laguna

Cuando se decide dedicar la vida a una actividad creativa, supongo que algo definitivo debe suceder, un hecho puntual impulsa a tomar el riesgo. Aunque desde que tengo uso de razón intuí que no tenía ninguna otra alternativa, para vivir debía escribir, asumí que esa sería mi ocupación cuando una serie de cuestiones se alinearon, y una enormemente importante fue descubrir la literatura de Rodrigo Fresán. Mi vida jamás volvió a ser la misma después de leer Historia argentina, Mantra o, en especial, Jardines de Kensington. La escritura dejó de ser eso que, en mayor o menor medida, todos practicaban en mi casa, y se convirtió en un camino personal, en una búsqueda. Esa impúdica confesión, que no debe sorprender a los lectores de la Ramona, pues las huellas de Fresán son profundas en nuestros siete años de vida, sirve para ilustrar que junto a Roberto Bolaño, Ricardo Piglia y Juan Villoro, el autor de Esperanto es una de las voces más influyentes de la literatura latinoamericana de las últimas décadas. Aunque desde hace un par de años coincidimos en los mismos lugares, en un concierto de Bob Dylan o en una charla de Alan Pauls, recién en la presentación de la novela Arrecife de Juan Villoro, me aproximé a pedirle una entrevista. Padre devoto, me pidió que la hiciéramos un par de semanas después, pasando las vacaciones escolares. Cumplida la fecha quedamos para vernos y dialogar en el café de una de sus librerías favoritas, una de las librerías barcelonesas favoritas de cualquier lector, La Central de la calle Mallorca. Me acompañó a la cita mi carnal Javier Rodríguez. Antes y después de la charla, Fresán pasó varios minutos en la sección de libros infantiles, buscando nuevas lecturas para su hijo. Como no podía ser de otra forma, hablamos mucho de música, de Dylan, de Bruce Springsteen y, entre otras cosas, Fresán, en vivo y directo, nos confirmó su ya conocida falta de aprecio a los Beach Boys. Presenciamos en primera fila ese derroche de ingenio que lo caracteriza, su célebre y celebrada erudición, tuvimos tiempo de tratar temas de coyuntura, de literatura, de cine y televisión. Comenzamos la entrevista cuando me dijo, “Pregúntame lo que quieras”. Javier prefirió ser un “testigo de lujo” y ambos disfrutamos del inteligente sentido del humor, de la extraordinaria cultura y de las palabras siempre estimulantes de Rodrigo Fresán.

Tu obra tiene muchas referencias a la cultura popular. ¿Crees que de alguna forma la escritura es una aproximación creativa a esas? ¿Se puede definir así a tu literatura?

– Es una de las varias formas de las que se puede definir. Es una definición con la que estoy de acuerdo, pero también empieza a cansarme un poco cuando se limita a una idea y se piensa que con eso queda zanjado el asunto. Lo de “El Borges pop”, que no deja de ser un elogio; pero también es un cuestión demasiado fácil, una manera amigable y elegante de sacarse el problema, ponerme en esa categoría. Es cierto que están las referencias pop, pero también es cierto que no hay ninguna literatura, incluyendo los clásicos del siglo XIX como Jane Austen, que no hayan hecho exactamente lo mismo. Cuando Jane Austen en una novela hace una descripción puntual y exhaustiva de cómo se baila una determinada danza en los salones de las casas de campo inglesas, está siendo tan pop como yo cuando hago una referencia a Bob Dylan, a Stanley Kubrick o a Kurt Vonnegut. Me parece que lo que parece pop en el momento, o novedoso, no es más que el perfume de una época. Lo que hicieron escritores como Fitzgerald o como Kerouac, cuando hablaban del jazz de los años ’20 o el bebop de los ’50, pudo haber sonado muy novedoso, pero leído desde ahora, no son más que referencias espacio temporales, necesarias a la hora de retratar una época. Otra manera de verlo es que, para mí, tanto la lectura como la escritura son actividades placenteras. Me gusta escribir, tengo algún tipo de mal resuelta intención evangélica, que también se ve claramente en mi periodismo. Me gusta mucho esa frase de Truffaut: “Hablemos solamente de las cosas que nos gustan”. En tanto la intelectualidad argentina siempre se ha definido más por lo que no le gusta que por lo que le gusta, prefiero que se me conozca más por lo que me gusta. Puedo decir que me gustan muchísimas más cosas que las que no me gustan. En cuanto a mis libros, hay una cuestión como de juego, de agradecimiento, de guiños y de referencias a los escritores que más me gustan, ya sea Kurt Vonnegut, Denis Johnson o Enrique Vila-Matas. Todos son escritores maniaco-referenciales, en el buen sentido de la palabra…

Pero, justamente, lo que se ve en tu literatura es que todas esas referencias no son más que el andamiaje que sostiene otras cosas…

– Obviamente. Si eso fuera todo, sería bastante triste. Es el esqueleto o el telón de fondo. Cuando me han preguntado esto, intenté responder de dónde viene, cuál es la pulsión original para este síntoma. Probablemente sea… tengo un recuerdo muy claro de mí mismo de niño, con cuatro o cinco años, cuando salió el Sgt. Pepper’s viendo la portada y todas esas caras, preocupado por saber quiénes eran, qué hacían ahí. Un poco mis libros fueron ensamblados a la manera de la portada del Sgt. Pepper’s. La historia está adelante, serían los Beatles, pero atrás hay una serie de cosas sin las cuales, no podría haber existido, ni se me habría pasado por la cabeza ponerme a escribir. El escritor no es más que la consecuencia de un lector, de un espectador. Me gusta poner en evidencia mis influencias, mis vínculos con el pasado. La mayoría de los escritores prefieren barrer todo debajo de la alfombra, no ser demasiado claros en cuanto a cómos y porqués. En ese sentido soy saludablemente exhibicionista (risas).

Algo que también es una marca de tu literatura, es el constante ejercicio de memoria, un ejercicio de -citando tus palabras- “encontrar sin dejar de buscar”…

– Todo libro está hecho de memorias, pueden ser distantes, tal vez de algún tipo de acontecimiento que tardó años o décadas en sedimentar. En ese sentido, todo libro es autobiográfico. Pero también, en el solo acto de la escritura estás haciendo memoria, entre el tiempo que se te ocurre una frase y la terminas de poner en el teclado, estás haciendo memoria, mínima, acerca de lo que se te ocurrió. Además, distorsionándolo, porque lo mejoras o lo cambias un poquillo, en esa mínima, pero inmensa distancia, que va del cerebro a la punta de los dedos, a la pantalla del ordenador. Es un tema muy interesante. La capacidad de memoria y de amplitud del ser humano, además de los pulgares prensiles [nos muestra sus dos dedos, casi simulando estar jugando con una de esas consolas portátiles], es lo que nos diferencia de muchos animales. Cuando me dicen que los peces de acuario doméstico, de todas maneras no puedo entender cómo lo han medido, tienen cinco segundos de memoria, me parece un poco angustiante… al mismo tiempo puede ser muy interesante. Toda una cultura construida alrededor, como Memento, de porciones de cinco segundos debe ser bastante interesante (risas). Los grandes libros, los que más me interesan, están hechos sobre la base de la memoria, Proust, Nabokov, Melville… todos esos libros generalmente abren la puerta con una invocación a hacer memoria.

En tus dos últimas novelas es muy expreso. Son ejercicios de memoria, dentro de ejercicios de memoria, como una suerte de mise en abyme memorioso…

– Tal vez, en esa especie de recurrencia y de dar vueltas de tuerca, de rizar sobre el rizo, hay una especie de temor inconfesable o confesable, una especie de cábala o superstición, hacia el terror de eventualmente perder la memoria. Lo peor que le puede pasar a un escritor son estas enfermedades degenerativas, ir perdiendo la memoria y la capacidad del recuerdo. Es un tema interesante la memoria. No sólo es interesante la memoria, sino también lo que se olvida, implica una decisión importante.

Justamente, es el tema de la novela de Juan Villoro (Arrecife), que presentaste hace unas semanas…

– Sí. La literatura está llena de memoriosos y amnésicos.

Otro elemento de tu literatura, fundamental y, desde mi perspectiva, encantador, es ese constante retorno a la infancia. Aunque parece que nunca la has abandonado…

– Ya me gustaría volver (risas). En la infancia pasa todo. Lo único que queda fuera de la infancia es la iniciación sexual, aunque tengo entendido que cada vez menos, los niños cada vez son más precoces. Pero, después, todas las áreas sobre las que se componen todas las variaciones que se te ocurran, tienen lugar en la infancia. Hay un lugar muy común que habla de una determinada edad o de la madurez como el sitio en el que uno empieza a releer cosas y a rever cosas. La infancia es el lugar en el que más se relee y más estás repitiendo, donde mayor capacidad tienes de que te cuenten la misma historia quinientas veces, todo el tiempo estás grabando información, versiones sobre versiones, sobre versiones, sobre versiones, sobre versiones de lo mismo.

Desde hace algún tiempo, en algunas entrevistas y en tus columnas periodísticas, confesabas que estás en el proceso de releer los clásicos. ¿Estás recuperando ese gesto primigenio?

– Sí, además, en términos personales, es una época que coincide con mi propia paternidad. Tengo un hijo de cinco años, de alguna forma, es una paternidad tardía. Cuando mi mujer estaba embarazada, me encontré con John Irving, me decía que tuvo el primer hijo a los dieciocho años y el último a los sesenta y algo, fue padre toda su vida. Me decía que una de las cosas más interesantes que me iban a pasar era que iba a empezar a recordar cosas de mi propia infancia que pensaba que había olvidado por completo. Una infancia tan estrecha es una carga de profundidad que te despierta. Me pasa todo el tiempo, me acuerdo cosas puntales que me pasaban y que ahora le pasan a mi hijo…

Me imagino que también estás releyendo lo que leías teniendo su edad…

– También, y viendo películas. Bastante interesante eso…

¿Cuál es el espectro de las cosas que estás revisitando?

– Muy amplio para responder… quiero decir, las lecturas y las películas de mi hijo no creo que sean las de la mayoría de los niños de su edad.

Además, qué mejor que te cuente cuentos un escritor…

– Es una responsabilidad muy grande, te das cuenta que cada cuento tiene que contar, en el sentido más amplio del verbo. Los niños son lectores muy exigentes.

Me gustaría que hablemos un poco de tus contratapas para Página 12, de la saga Rodríguez, esa suerte de folletín existencial y confesional…

– Rodríguez no soy yo…

Claro, claro… pero es un personaje…

– Rodríguez surgió por una cuestión de comodidad. Desde el ’99 soy corresponsal extranjero de Página 12 en España, pasados varios años, ya nacionalizado español, me di cuenta de que me empezaba a costar o cansar el mero rol de estar reportando, informando, despachando, sobre cosas puntales. Con cierta cantidad de años vividos y con cierto conocimiento, dije, me voy a poner la máscara, sin ser yo, voy a invocar al espíritu de un español para que cuente a partir de su personalidad. Mucha gente me escribe, “¿estás bien?”, “¿qué te pasa?”… la mujer de Rodríguez tiene un amante. Pero es que no soy yo (risas). De hecho, estoy contemplando, de tanto en tanto, aparecer junto a él, para que la gente se dé cuenta de que somos dos personas diferentes (risas).

Lo que es muy interesante es que es un personaje muy coherente, no es un arquetipo…

– Finalmente, en la vida de un escritor todo pasa por no aburrirse. Hay muchas puertas aburridas que se abren. Uno tiene que trasponer algunas por obligación o por una cuestión alimenticia. Intento divertirme lo más que pueda. También, me pareció que las cosas en España han llegado a un punto de absurdo y de irritación, que me parecía bien que sea un español el que levante el puño a los cielos (risas). Me parecía que le correspondía más a un español que a mí.

Seguro…

– Pobre Rodríguez (risas).

¿En ese ánimo de “no aburrirse”, es que cada vez que reeditas un libro lo aumentas y lo corriges?

– Pero eso no es divertido. Tiene su gracia, pero también es un constante recordatorio de que todo siempre podría ser mejor y de que nunca se llega a un final. Creo que es Marsé el que dice que toda novela es un fracaso porque nunca se corresponde con la idea primera que uno tenía. Además, que es una idea completamente abstracta hecha como de nubes y de agua. O de arena. Se te escurre entre los dedos. De todas maneras, las correcciones que hice a El fondo del cielo han sido mínimas. Entonces, no sé si cada vez escribo mejor o es que estoy más cansado (risas). Pensamos que cada vez escribo mejor (risas). Cada vez estoy más satisfecho conmigo mismo. Me asombra, me despierta cierta admiración y envidia la gente que cuando termina un libro lo terminó, y no vuelve a pensar nunca más en él.

Pero tampoco se garantiza que en la próxima edición de El fondo del cielo no aumentes más cosas…

– De hecho, El fondo del cielo es una especie de hito en mi obra porque fue el primer libro donde corté muchísimo. Por una vez el movimiento fue inverso. Era cinco o seis veces más largo. Hubo un momento en el que decidí que el libro tenía que ser otra cosa. Por eso es un libro que para mucha gente es un poco desconcertante. Lo que no dejo de vivir como el mejor de los elogios involuntarios. También es cierto que mi forma de escritura fue cambiando bastante. A veces, extraño y añoro la época en que las historias venían completas. Cuando escribí Historia argentina, cuando empecé a publicar, la sensación que tenía era que estaba parado en la punta de un muelle, llegaba un trasatlántico y bajaban los pasajeros, sólo tenía que tomar notas y pasar en limpio. La sensación que tengo ahora es que llego a la punta de un muelle, el barco no llega, empiezo a inquietarme, tengo que alquilar un bote, un traje de buzo, remar hasta mar adentro, sumergirme en una zona en la que veo que flotan algunas materias dispersas, ver si encuentro algo, traerlo a la superficie, llevarlo a tierra firme y empezar a armar el esqueleto. De hecho, el libro que estoy escribiendo ahora está hecho a partir de frases sueltas. Es como una especie de gigantesco rompecabezas. Después tengo que encontrar el hilo de la historia. Es más interesante y divertido para un escritor, probablemente. Pero también es más complejo y agotador.

¿Partes de aforismos?

– No son aforismos. Son descripciones sueltas o cosas referidas a algo que no sé lo que es. El libro tiene siete u ocho partes, no estoy del todo seguro. Voy dejando caer frases en las partes, donde me parece que corresponden, donde hay un mínimo, mínimo esqueleto, sin nada de carne, de músculo o de sangre, al que tengo que ir armando y vistiendo. A ver qué pasa. En ese sentido es un libro que sería un poco el hermano gemelo o siamés, separado y distante, de La velocidad de las cosas. Es un poco volver al inicio, a esa idea de un género que no es ni relato, ni nouvelle, ni ensayo. No se sabe muy bien lo que es.

Tus novelas suelen inscribirse en géneros temáticos, pero géneros reinventados a partir…

– ¿Por ejemplo cuál?

Se podría decir que Esperanto es una especie de novela rock o…

Esperanto es el libro más normal, el que escribí más rápido. Lo cuento al final, a partir de un sueño, lo escribí en una semana. No creo que es una experiencia que vuelva a tener. Desgraciadamente, porque no estaría mal escribir un libro por semana. Pero, aún así tiene que ver con la novela de iniciación y de rock, de drogas, de nocturnidad. Incluso con la novela de desaparecidos, hay una cantidad de focos encendidos ahí. En un libro que para mí tiene una cosa bastante apreciable, más allá de lo estructural –que es el más logrado-, es uno de los pocos libros que desmitifica la figura del rocker. Generalmente, cuando se escribe una novela, el rocker siempre es una especie de superhéroe, semidios, hermoso, maldito, etc., etc. De lo que muy poca gente se da cuenta es de que Esperanto es un tipo bastante cretino, pusilánime, cobarde y lleno de imperfecciones, al que haber sido rockero no le sirve para nada.

Pero tiene un carisma especial…

– Tiene el carisma de los antihéroes. Si habría que ponerlo en un género más amplio, pero también más preciso que el de novela rock, para mí sería el de las novelas que tienen el apellido del protagonista en la portada. Generalmente, es un protagonista catastrófico, el Herzog de Bellow, el Jernigan de David Gates, o los libros de Conejo de Updike. Me gustan mucho los libros que tienen títulos de apellido. En los que el apellido de los personajes está en letra más grande que la del autor.

Pero tanto Mantra como Jardines de Kensington también parecen inscribirse en géneros que se transfiguran…

– Sí… en ese sentido, para bien y para mal todo está filtrado por mí persona, por mi ADN particular. No me gusta ir a los géneros, me gusta que vengan a mí. Y que muten como una especie de monstruo radioactivo, como La mosca. En ese sentido, la ciencia ficción en El fondo del cielo, lo que decías de la novela rock, la novela biográfica-histórica en Jardines de Kensington o lo que incluso, en su momento era el tratamiento de la historia argentina en Historia argentina.

El fondo del cielo es un gran tributo a la ciencia ficción. Escribías que no es una novela de ciencia ficción, sino que es una novela con ciencia ficción. Aunque sospecho que es una novela para la ciencia ficción…

– También, podría ser…

A lo que voy, es algo muy lindo de tu literatura, es que no sólo escribes sobre lo que te gusta, escribes con generosidad sobre lo que te gusta…

– Creo que un buen libro es el que te da ganas de leerlo. Si me pones contra una pared con un revolver y me preguntas, “¿qué es lo que buscas con lo que escribes?”, es dar ganas de leer. Lo que me produjeron mis autores favoritos, los libros tienen que funcionar como eslabones en una cadena. Si lo que escribo no sólo da ganas de leer, da ganas de escribir y lo que escriba esa persona resulta ser bueno, mejor todavía. Me gustaría ser un poco como el primer disco de la Velvet Underground. No se vendió mucho en su momento, pero generó un montón de bandas. Es un buen destino para un escritor.

Un destino que estás teniendo, eres un escritor muy influyente…

– Qué se yo… (risas), no sé, no lo sé. Quizá es un poco pronto para hablar de influencias. Pero, en principio, no puedo quejarme. Bueno, sí puedo quejarme, pero qué sentido tiene. De hecho, me quejo… (risas).

Haces mucho trabajo de edición…

– Eso es algo que empieza a pesar un poco, quisiera poder experimentar por una vez en la vida como es ser escritor de ficción full time. Cosa que no he conseguido todavía. Tal vez podría hacerlo, pero implicaría un riesgo importante. También está la sospecha de mi parte de que si tengo todo el tiempo para escribir ficción, no escribiría nada. Tal vez necesito la contra cara ante la cual indignarme, un combustible para lo otro. Nunca he podido serlo, por una cuestión u otra… Antes me resultaba más fácil, siempre digo la misma frase, antes pasar del rango, del voltaje de la no-ficción a la ficción era como cambiarme de sombrero, ahora es como cambiarme de traje de astronauta, es un proceso más laborioso, tienes que estar chequeando que todos los precintos estén bien, que no haya fuga de oxígeno, que no esté cortada alguna parte del traje. También es cierto que escribo mucho por semana, no sé cuanto escribes tú por semana, pero yo escribo un promedio de ocho a nueve artículos, es un poco demasiado.

Sí, porque son artículos largos, no son columnas breves… es una monstruosidad

– Ahora había el ofrecimiento de armar un libro de no-ficción mío, con artículos y prólogos. Es un trabajo monstruoso elegir, parcelarlo, darle forma. Ese trabajo se lo voy a dejar a la viuda de mi nieto (risas). Va a ser tan largo… Van a ser varias generaciones de viudas haciéndose cargo del asunto (risas).

Fuente: La Ramona



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