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El oficio de escribir



El oficio de escribir
Por Mauricio Murillo

¿Por qué se escribe? ¿Qué lleva a que un escritor dedique su vida a la literatura? ¿Qué le brinda a un autor esta experiencia? Aquí distintas reflexiones sobre el tema.

“Escribo porque para mí no hay otro destino”, sentencia el escritor argentino Jorge Luis Borges. La vocación por la letra es distinta a cada escritor, pero entendemos que es una opción de vida. Mirar el mundo a partir de la escritura es tratar de cifrarlo en una hoja de papel. Las marcas que realizan las letras en la página se reflejan en la decisión que toma el escritor para dedicarse a la literatura. Este 13 de junio se celebró en Argentina el Día del escritor. A continuación, y para reflexionar sobre este oficio, presentamos una antología de distintas concepciones que sobre el acto de escribir tienen escritores argentinos canónicos.

MACEDONIO FERNÁNDEZ (1974-1952). “La Prosa busca, pues, mediante la palabra escrita, que tiene el privilegio de hallarse exenta de toda impureza de sensorialidad, la obtención de estados de ánimo de tipo emocional, es decir, ni activos, ni representativos, o sea la ley estética, cumplida sólo con la palabra escrita, de que el instrumento o medio de un arte no debe tener intrínsecamente, en sí mismo, ningún agrado, lo que no pasa con los colores en pintura, los voluptuosos acordes en música, etcétera. La palabra hablada, sin sonoridades, inflexiones, bella voz, gestos, vale lo mismo que la palabra escrita para la Prosa, pero siempre la voz humana tiene alguna sensorialidad; victorioso queda el insípido garabato, gusanillo del papel, que se llama escritura, que ningún arte posee, absolutamente libre de impurezas. La Novela usa de los personajes operados o funcionados, no para hacer creer en ellos (realismo pueril), sino para hacer ‘personaje’ al lector, atentando incesantemente a su certeza de existencia, por procedimientos que tratan de hacer desempeñarse como ‘personas’ a ‘personajes’ para, por contragolpe, hacer personaje al lector”.

JORGE LUIS BORGES (1899-1986). “No podría parar de escribir. Siempre he sabido que mi destino era un destino literario de lector, y también, imprudentemente, de escritor. Escribo para responder a una urgencia, a una necesidad interior. Si hubiese sido Robinson Crusoe en una isla o Edmond Dantés, del Conde de Monte-Cristo, no habría escrito. Hasta los treinta años leí lo que se escribía sobre mí. Después, dejé de hacerlo. Cuando publico un libro, mis amigos saben que no deben hablarme de lo que he escrito. Es así como publico un libro y no sé nada de la crítica, buena o mala, justa o injusta. Ni de la venta del libro. Esto puede interesar al librero o a los editores, no al escritor. No escribo por el pequeño ni por el gran hombre. Lo hago cuando siento la necesidad. No busco temas, espero que los temas vengan a mi encuentro; por otra parte, puedo rechazarlos. Y si verdaderamente insisten, entonces escribo para poder pasar a otra cosa. Me acuerdo de los famosos versos de Kipling en If: Saber afrontar el fracaso y el éxito y tratar paralelamente esas dos imposturas. Pues nadie tiene tantos éxitos ni tantos fracasos como cree. Intento intervenir lo menos posible en lo que escribo. Y como no tengo opiniones firmes en materia de ética o de política, por ejemplo, intento que mis opiniones no intervengan en lo que escribo. Kipling decía que puede suceder que un escritor escriba una fábula, sin que le sea dado conocer la moraleja. Es decir, que es el depositario de una ficción, y que enseguida, la lectura que se hace de ella es diferente. Así, una obra entera puede adquirir un valor que va más allá de la intención del escritor. Un valor que le es ajeno. Lo que se corresponde con el antiguo concepto de Musas, del Espíritu Santo, o con el de nuestra moderna mitología, que no es tan bella, y que se denomina subconsciente“.

ROBERTO ARLT (1900-1942). “Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana. Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras. Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones les produce surmenage. Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia (…) ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela, que como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados (…) En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches“.

ADOLFO BIOY CASARES (1914-1999). “Escribo porque probablemente me parezco al barbero de Tom Jones: cuando aprendía una buena historia tenía que contarla. Yo las invento con facilidad, y las cuento con mucho placer. Creo que antes de conocer la literatura, mi forma de reflexionar y de contar los hechos que me emocionaban fue imaginando historias: escribirlas o no dependía de las circunstancias. Tras el descubrimiento de la literatura, deslumbramiento que se produjo hacia los 12 o 13 años, intenté contar una historia que pudiese provocar la fascinación en el lector, aquella que suscitaban en mí ciertas novelas: Robinson Crusoe, La cartuja de Parma, La máquina del tiempo, La ilustre casa de los Ramírez, Por el camino de Swann. Esta fiebre, quizá infantil, de crear este sortilegio, continúa poseyéndome y me incita a inventar y a escribir todo lo que puedo. Me gusta el cine de mis tardes, y los sueños de mis noches, porque me cuentan historias (…) Lo que me mueve a escribir, y lo que me movió a escribir en un lejano día de mil novecientos veinte tantos, es el placer de las historias. Es algo que va más allá de la técnica; es algo que tenemos en común con los muchachos que entraban en los cafés de El Cairo y contaban las historias que hoy llamamos Las mil y una noches. Somos narradores, hay mucha gente que lo es y para esa gente hay otra que está deseando que le narren historias”.

JULIO CORTÁZAR (1914-1984). “Me cuesta mucho empezar a escribir. Mucho, porque la preparación de un cuento o de una novela corre subterránea dentro y a su manera; pero cuando arranco de veras me parezco a Fangio, viejo, y no paro hasta que el texto mismo me para la bandera. Escribo desde los quince años, pero sólo a los treinta me animé a publicar un libro de poemas, firmado con seudónimo. He escrito siempre poemas. Adolescente, creí, como tantos, que mi sensación de extrañamiento anunciaba al poeta, y escribí, los poemas que se escribían entonces y que siempre son más fáciles de escribir que la prosa, a esa altura de la vida. Pero no había para más. Me sorprendí por eso cuando, un día en La Habana, Gianni Toti me dijo que de todo lo que había escrito lo que más le gustaba eran mis poemas. Cuando escribí Los reyes ya era dueño de una técnica, que era hija del rigor. Siguieron los cuentos de Bestiario, sobre los que ya no tuve ninguna duda. Pero el noviciado había sido largo y duro. Había que tenerse mucha fe, y a la vez había que apoyarse en una permanente desconfianza en sí mismo. En el terreno práctico, esto debía traducirse en no publicar prematuramente, pecado cotidiano en nuestros países. Mucho de lo que he escrito se ordena bajo el signo de la excentricidad, puesto que entre vivir y escribir nunca admití una diferencia; si viviendo alcanzo a disimular una participación parcial en mis circunstancias, en cambio no puedo negarla en lo que escribo puesto que precisamente escribo por no estar o por estar a medias. Escribo por falencia o descolocación; y como escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por su puesto, piedras preciosas. El monstruito sigue firme… Y me gusta, y soy terriblemente feliz en mi infierno, y escribo. Vivo y escribo amenazado por esa lateralidad, por este paraje verdadero, por ese estar siempre un poco más a la izquierda o más al fondo del lugar donde se debería estar para que todo cuajara satisfactoriamente un día más de vida sin conflictos”.

RICARDO PIGLIA (1941). “Se vive para escribir. La escritura es una de las experiencias más intensas que conozco. La más intensa, pienso a veces. Es una experiencia con la pasión y por lo tanto tiene la misma estructura de la vida. No son muy diferentes la vida y la literatura. Uno se enfrenta a las mismas cuestiones, las contradicciones son más bien prácticas. Hace falta cierto aislamiento para escribir y a veces es difícil conseguirlo. La fantasía de la isla desierta o de la torre de marfil son ilusiones bastante legítimas que tienen, diría yo, todos los escritores. La disciplina, ciertos horarios de trabajo, son formas de elaborar y resolver esa contradicción (…) La experiencia no es solamente lo que uno ha vivido. Es un proceso más complejo: son los relatos que a uno le contaron desde chico, es haber leído ciertos libros, haber visto determinadas películas. Un escritor debe tratar de buscar una historia que esté más allá de las experiencias de sus lectores. Hay que construir historias extremas. Por ejemplo, cuando escribí “Plata quemada” hice una primera versión donde la pifié porque me propuse narrar desde el departamento, como si éste fuera el personaje principal. Era más interesante reconstruir los pensamientos y las motivaciones de esos tipos en esa situación, es decir, contar la historia desde ellos. Esa es la forma literaria que me atrapa: cuando se reconstruye un lenguaje, cuando se lo pone en una situación extrema”.

Fuente: Fondo Negro



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