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El mecanismo del terror



El mecanismo del terror
(Un breve comentario sobre La Caja Mecánica de Miguel Ángel Gálvez
y el panorama de la literatura de lo sobrenatural en Bolivia)
Por: Daniel Averanga Montiel

No existe mejor género literario que aquél que nos sumerja en las negras aguas de la ficción, para ahogarnos un poco, antes de hacernos descubrir que lo anteriormente experimentado fuera sólo una ilusión. Toda literatura que se digne de serlo, debe despertar sensaciones en el lector; ejemplos hay para escoger: bronca (Steinbeck y sus Uvas de la Ira), melancolía (McCarthy y La Carretera), diversión o desconcierto (Nisttahuz y su Barriomundo, o Guareschi y su Don Camilo), indignación (Galeano y Las venas abiertas de América Latina), y muchos otros, conformarían una lista larga y extensa para comprender el valor de lo creado como un objetivo satisfecho de verdad.

Existen varios géneros literarios ocupados en mostrarnos algunas categorías desde la realidad, y aunque muchos no los descubren, no importa: los mismos escritos los sacan a relucir con independencia, mientras cada página va ganándose la confianza del lector casual.

Es en este sentido que, cuando tomamos al terror como género literario, chocamos contra varios principios: primero (y lamentablemente), está el vacío de la verosimilitud. Un escrito de terror siempre (o casi siempre) chocará contra lo natural establecido y esto, de seguro, no agradará a aquellos que están acostumbrados a finales realistas, felices o simplemente a recetas publicitarias en forma de libros. Lo segundo es el mensaje: ¿quién ha dicho que la literatura tiene como objetivo la dirección pedagógica del lector, como si se tratara de la lectura de un manual? Un escrito excelente no considera al lector un estúpido para decirle por dónde ir y así ayudarlo a “encontrar la felicidad”… Toda novela bien escrita no busca aleccionar a sus lectores: sólo se da y punto. Y en el caso del terror, una buena novela de terror muestra lo que tiene, y si hay sangre, estupro, violaciones, fantasmas vengativos, ancianas malvadas, muertes, asesinatos, suicidios, homicidios, conspiraciones, sexismo, payasos pervertidos, tentáculos ominosos, gusanos, cuerpos corrompidos, torturas y muchas otras cosas, todas sazonadas en la oscuridad… el mensaje de la obra en cuestión no ha de ser positivo ¿verdad?

Y lo tercero es la censura: hemos vuelto a esa época donde se descartaban textos que no tenían mensaje… y me sigo preguntando: ¿será que la literatura se está deslizando hacia las peligrosas aguas de la intencionalidad moralista? En una novela de terror se pueden encontrar muchos elementos peligrosos para interpretarse…; no obstante, ¿habrá algún mensaje oculto? Creo que el único mensaje que podría existir, aparte de lo transverso del lenguaje y el estilo, es que existe diversidad y emociones para encontrar, y sentir desde variadas ópticas.

Una buena novela de terror cumple con todos los requisitos para alcanzar la Excelencia… (¡Oh no! ¿Excelencia al estilo de Miguel Ángel Cornejo?) …Literaria (ah, Excelencia Literaria, qué bien); y si esto no gusta a fanáticos de Crepúsculo y su saga Meyeriana, que consideran a esas novelas como manuales para conquistar a chicos o chicas emo, qué más da.

El terror es terror cuando los personajes lo experimentan y el lector también: si un personaje se hace sentir en una novela, ésta ya se convierte en verosímil, y si me preocupo por el pobre Gavroche de la novela Los Miserables, ya estoy siendo influido por Los Miserables, y eso sintetiza mejor que nunca el sentido verdadero de la lectura: El sentimiento.

Más que una novela de terror, e introduciéndome al análisis de la obra de Miguel Ángel Gálvez, La Caja Mecánica, es una novela en el estricto sentido de la palabra, porque satisface los requisitos de lo que es literatura de profundidad y de forma, y a pesar de no llegar a las ciento cincuenta páginas, hace funcionar efectivamente el mecanismo del terror.

Esta novela ha sabido flotar con maestría sobre las profundas aguas del terror, sin recurrir al asco, ni a la certidumbre sobrenatural (la abarca hasta cierto punto, sin caer en juicios de hecho o juicios definitivos, y eso es lo mejor: deduce, respira incertidumbres; pero a la vez es precisa en lenguaje y descripción). No hace falta un asesino a sueldo, ni un monstruo con garras para estremecer al lector ni a los personajes: tan sólo la presencia de una caja determina el microuniverso que rodea al personaje principal, e igual como sucede con las buenas novelas de intriga, el terror se presenta desde el principio, invisible pero presente, hasta mostrarse con toda su grandeza bajo la forma de un plan, un juicio y una frase corta, sagaz y a la vez horrenda.

La novela es breve pero no da respiro: el descubrimiento de una caja oculta entre en el techo y un pilar innecesario de un cuarto antiguo, cambia la perspectiva del orden y de la lógica del protagonista, y mientras las páginas se van arrastrando hacia un final de infarto, los juicios que al principio parecían muy lógicos (no obstante, lo siguen siendo hasta el final), se ven acompañados de acciones ominosas, mezcladas con situaciones verosímiles, salvo por el hecho de que la caja ejerce una extraña participación a lo largo de la novela: suena por dentro y calla cuando se le da cuerda con la manivela que posee a un costado, como si fuera una caja de sorpresas; no obstante, es hermética, pesada, pequeña, ruidosa y no parece tener sorpresas en su interior.

¿O sí?

Nada se dice del origen de la caja (¿acaso es necesario?); nada se sabe de su utilidad. Y mientras usted lee la novela, sus sospechas van creciendo. ¿Es real la caja? Sí: los personajes que rodean al narrador la han visto. ¿Produce de verdad sonidos? Ciertamente: los otros personajes escuchan su chirriar. ¿Es una caja normal? No. Produce la aversión de los parientes del protagonista al mínimo contacto.

Con esta maquinaria narrativa sencilla, Miguel Ángel Gálvez logra llevarnos de la mano del narrador, primero con la lógica de alguien que trabaja, tiene familia, parientes y que nos confiesa que posee un carácter obsesivo. Parece, mientras las primeras páginas se van abriendo a nuestros ojos, que comenzamos a leer una novela “normal”, rutinaria; pero no: El descubrimiento de la caja desplaza al narrador a un segundo plano (como si él terminara siendo un personaje secundario) y, desde ese momento, la misma caja es quien nos guía (al narrador y a nosotros, ingenuos lectores) por una espiral descendiente y mecánica de sensaciones, estremecimientos, sueños, descripciones directas, sospechas, diálogos cortos pero efectivos y consecuencias horribles.

Confieso que la literatura boliviana no ha tenido hasta ahora un autor que haya hecho lo que Miguel Ángel Gálvez realizó con La Caja Mecánica; es una novela arriesgada, con un final magistral y un cuerpo denso: una espiral de terror y horror donde no sabemos en qué momento ingresamos a ese lado oscuro de la literatura, abandonando el lado iluminado de las convenciones.

Y, ¿saben qué? El hecho de que no existan novelas de terror en Bolivia se explica (y resume) tan sólo con tres palabras: somos bien realistas. Nos da miedo sostener el globo ligero de la imaginación (en este caso, imaginación macabra); sí, lo han leído así, aunque me censuren: nos da miedo sostener un globo, pues nos parece ridículo y hasta tememos que nos destrocen los tímpanos si se revienta…

Lo sobrenatural en Bolivia casi no existe. La literatura boliviana está perdida entre sábanas de realismo, melancolías y asesinatos contextuales (y no significa que no sean buenas esas novelas, claro); pero lo que salva el walkover y levanta la mano (hasta ahora), es esta novela que me da gusto saber que existe; con razón ganó, junto a Mundo Negro del Wilmer Urrelo, el premio nacional de primera novela de editorial Nuevo Milenio (2000).

Para variar, sí existe literatura de lo sobrenatural en nuestro país… en formato de historieta. Álvaro Ruilova, por supuesto, ha sabido plasmar en dibujos y bocadillos de tebeos los mitos andinos. Cuentos de Cuculis, también recomendable para aquéllos que desean conocer la diversidad literaria desde un maestro del dibujo.

Pocas obras bolivianas están sorbiendo las venas del género sobrenatural, del terror; pero espero, como muchos más, que algún día logremos tener una biblioteca oscura (no emo, por favor). Mientras tanto (y discúlpenme), si existen pocas obras de terror, aprovecharé: ahora me están esperando dos novelas de terror que quiero terminar de escribir. Y hay una que ya terminé y es de horror, de ésa, ¿qué puedo decir?: estoy buscando quién pueda publicarla.

Fuente: Ecdótica



Una Respuesta »

  1. […] nos cumpliera el anhelo de reunir el canon de la novela chuquisaqueña de principios de este siglo, La caja mecánica (2001) de Miguel Ángel Gálvez (1973) debería estar presente, no porque nos muestre como pueblo o […]

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