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Con el amor en la sangre



Con el amor en la sangre
Por: Mijail Miranda Zapata

Después de algunos meses tuvimos la fortuna, los pasados jueves y viernes, de tener otra vez en nuestra capital a Mondacca Teatro, en esta ocasión con la obra Amores que matan. Con la dirección de Claudia Andrade y la actuación de David Mondacca, se presentaron cinco monólogos, basados en cuentos de Giovanna Rivero, Ramón Rocha Monroy, Edmundo Paz Soldán y Ariel Mustafá. Selección potente de relatos embebidos con las esencias primarias del amor: soledad, humor, sexo y violencia.

Es necesario cuestionar la categórica afirmación realizada en la promoción de la actividad. Nadie critica la calidad de los cuentos, sin embargo no es posible catalogarlos como los mejores del país. Cabe recalcar, entonces, que son los mejores cuentos para esta representación. Y que no quepan dudas. En distintas claves, todos los relatos parecen asumir el amor como un hecho trágico, contradictorio, nocivo y penosamente imprescindible.

Tras los mismos pasos transita la actuación de Mondacca, desde siempre atraído por la trasposición de los recursos literarios (léase retórica, paráfrasis, metáforas, lirismo, etc.) a la escena y a la encarnación de sus personajes. Una oscilación, entre fascinante y repulsiva, nos ofrece a los cinco personajes de esta obra como seres profundamente humanizados, ávidos de carne, sonrisas y algo de compañía. Porque el amor no puede asumirse como el intercambio burocrático de intereses y asociaciones. El amor sangra, duele, traspira, llora y eyacula. El amor, señoras y señores, es una innegable condición fisiológica.

Comenzamos la disección de las cinco partes que componen este todo. Por respeto a los escritores, no haremos más que escuetas alusiones a su trabajo, restringiéndonos a lo visto sobre las tablas.

1. “Figuritas fosforescentes” (Giovanna Rivero): Aluvión kitsch, trepidante, insano, violento. El más boliviano de los relatos. Narra la historia de un hombre de calle, un comerciante informal, el mejor exponente del desarraigo y la impersonalidad. El drama de aquellos hombres que guardan el camuflaje como medio de supervivencia. Por no saberse de ningún lugar, por tener como único punto de anclaje a la realidad, a su esposa, amante o concubina, este hombre de calle, de comercio, de circo, enloquece ante la simple posibilidad de perder su brújula, su amada, en manos de un milico. Porque para el chojcho sin patria, sin ciudad, sin hogar, sin trabajo, el todo está compuesto por el amor a la vida, el amor restringido a lo filial o lo romántico. Drama de mamitas cargadas de awayos y la novedad del momento, drama de hombres dragones, con intestinos perforados por el traidor kerosene que da vida al fuego quitándosela al dragón. Inicio cómico, de humor absurdo, cercano al café concert, que termina en el intento de reconstrucción de un cuerpo desmenuzado como cualquier figurín de rompecabezas. Mondacca domina al público, es sutil con sus insinuaciones, sabe cómo y cuándo sorprender. Acaba por trastornar un ambiente hilarante en la siniestra sensación de haber sido testigos de un crimen pasional. A pesar del arrebato producido, quizás sea la pieza más floja del conjunto de la obra.

2. “Aurora” (Ramón Rocha Monroy): El trabajo de Rocha Monroy es por demás conocido. El tono de su escritura guarda una personalidad particular, que proporciona material a Mondacca y Andrade para construir con precisión un universo provinciano, con ritmos y sensaciones opuestos al de las grandes ciudades. La voz, la cadencia, la música en cada una de las frases que el actor paceño hilvana construyen un juego de seducción exquisito, de aquellos que guardan los secretos de la ambrosía, los molles centenarios, la ceniza y el pan caliente. Pasiones reprimidas, el patrón subyugado a los encantos de la chola, siempre altiva, siempre orgullosa, con la seguridad de contener la belleza de toda la fauna en sus músculos y la fertilidad de la tierra en su vientre. La Aurora duerme desnuda, se baña en el patio apenas cubierta con un camisón de tocuyo transparente. Se acaricia el pubis en coquetos ademanes tan discretos, que agolpan con violencia la sangre en el miembro del patrón, que de tanto desear a Aurora termina amándola y derrochando poesía en todos los rincones de esa, y solo esa, anatomía femenina. Es tan sublime el desarrollo del relato que no pocos dejamos de lado los cuestionamientos morales y sociales, no reparamos en los intentos de violación, los juegos de poder, la trasgresión de valores y estereotipos. Nadie lo hizo, porque cuando hay amor, priman los deseos. El libido gobierna la moral, la política y lo social. Cuando hay amor, no hay ciencia que sobreviva.

3-4. “Ritual al atardecer” y “La puerta cerrada” (Edmundo Paz Soldán): Como bien diría Andrade a la conclusión del espectáculo, no siempre se tiene la suerte de contar con alguno de los escritores en el teatro. En esta ocasión fue posible. Paz Soldán ocupaba, algo escondido, una butaca en la última fila de la platea del Achá. Para muchos, conocer a uno de los mayores cultores de la literatura nacional fue una agradable sorpresa.

Ambos cuentos se hallan profundamente emparentados. Este vínculo textual genera una potenciación perceptiva, en la medida en que ambos retratan sin concesiones aquellas relaciones incestuosas, esas que son secretos a voces.

El primero esboza un hombre pulcro, bien formado, de voz firme, seguro, preciso en cada una de sus expresiones. Padre de familia, entregado al sostén del hogar y al cuidado de su única hija. Pero las niñas crecen y cuando lo hacen su cuerpo reclama placer. Este hombre avejentado, entristecido, golpeado por los años y la certeza del cuerpo decadente, es testigo de los delirios amorosos de la niña de sus ojos. Juego macabro que lo convierte en testigo impotente de los designios de la naturaleza. ¿Qué hace un padre al ver a su hija entregada a los desenfrenos afrodisíacos? Calla, observa, memoriza sonidos, fotografía minuciosamente a cada una de las ocasionales parejas, se refleja en ellos. Se consuela en el trance voyeur, no sabe de incestos ni pecados. El hombre solitario, quizás la actuación más sobresaliente dentro la obra, busca redención en el cuerpo sudado de aquella virgen que crió por más de veinte años y que ahora ocupa el altar de sus rituales.

“La puerta cerrada”, a pesar de contener cierta fuerza, más por la temática que por el relato en sí, no deja de recordar uno de los mejores films del movimiento danés “Dogma 95”, Festen (Tomas Vinterberg, 1998). Más allá de esta comparación estrictamente personal, la adaptación del cuento presentó una estructura medida, bien calculada, y por eso mismo terminó diluyéndose. El curso de la narración resultó predecible, la actuación trató de sobrellevar la carga de una historia llena de lugares comunes, explorados superficialmente, sin mayores esfuerzos. El personaje del monólogo es el hermano de Ana, mujer que asesina a su padre por las continuas violaciones que sufre. “Por no respetar la puerta cerrada de su habitación”, dice el hombre. El final, sorpresivo y decepcionante a la vez, deja entender que el hermano de Ana, único testigo del asesinato, voyeur patológico, fue también testigo mudo del sufrimiento de la muchacha, fue también compañero de sábanas de su padre, quizás con el consentimiento de Ana. Tal vez ella solo buscaba un cómplice. Tal vez nosotros, como espectadores, también fuimos cómplices. Lastimosamente Mondacca, en este caso, no consiguió trasponer esa carga de culpa a la platea.

5. “Mis problemas con el lenguaje” (Ariel Mustafá): El espacio más complejo de la humanidad quizás sea el del lenguaje. Gredoso, resbaladizo, inasible, apenas dispuesto para la comunicación de unas pocas ideas. En el cuento de Mustafá un hombre común, sin decidirlo ni desearlo, se sumerge en las tempestuosas aguas del lenguaje. Hombre simple, lleno de miedos, deseos y afectos. De adolescencia sencilla, de revistas porno, de Coca Cola, salteñas y calificaciones a los culos de las madres. El relato comienza con una experiencia escolar, la primera intervención pública de nuestro entrañable amigo. Con humor de altísima factura se suceden situaciones que de tan cómicas devienen en tragedia. Un hombre muerto por la honestidad, incapaz de mentir, de guardarse secretos. Hombre que tiene como peor enemigo su propia lengua. Cual Ouroborus, se devora a sí mismo, y en la vorágine provocada por ese trance ahuyenta la vida alrededor suyo. Frágil, humilde, cariñoso, sumergido en un mar de palabras, signado por la verborragia y destinado al encierro, este hombre quiebra su encanto y ocurrencia tras apenas unos pocos minutos de comunicación. La interpretación más exquisita del conjunto se condensa en este personaje, salido de la cotidianidad, jodido por el mundo, condenado al destierro. La versatilidad de Mondacca se hace latente. Conocido con un registro de personajes más sombríos, libertinos, incluso indomables, en este caso interpreta un ser humano inseguro, tímido, aferrado a su madre y con profundas ansias de ser escuchado. Las risas entre el público se diluyen en la amarga certidumbre de la temida soledad. Nuestro amigo es abandonado por su madre, que por ese amor maternal, traído desde la prehistoria, persiste a lado de su vástago hasta límites extremos. En fin, ni siquiera la genética guarda fidelidad. Solo, sin nada ni nadie cerca, toda la fragilidad de este muchacho se aferra a la esperanza del retorno de su madre. Muchos sobreviven así, a pura esperanza. Hermosa oda al amor por el prójimo, por el diferente. Protesta contra la impaciencia y el prejuicio.

La asociación Mondacca-Andrade nos ha dejado satisfechos, una vez más.

Y como bien diría Jaime Sabines: “Después de todo/ sólo se trata de acostarse juntos/ se trata de la carne/de los cuerpos desnudos/ lámpara de la muerte en el mundo./ Se trata de mi cuerpo al que bendigo/ contra el que lucho/ el que ha de darme todo/en un silencio robusto/ y el que se muere y mata a menudo”.

Fuente: La Ramona



Una Respuesta »

  1. […] exactamente una semana, David Mondacca repuso su obra ‘Amores que matan’, una serie de monólogos basados en cuentos de escritores bolivianos: Giovanna Rivero, Ramón Rocha […]

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