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En esta ocasión incorporamos Madame Bovary de Gustave Flaubert. Un dato interesante: ka protagonista de esta novela, Emma Bovary, es el amor no correspondido de Mario Vargas Llosa desde hace más de medio siglo (así lo expresó en su estudio sobre Madame Bovary, titulado La orgía perpetua). A propósito de ese curioso romance, a continuación, dejamos un artículo introductorio a la novela.

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Un antiguo enamorado de Emma
Por: Julian Barnes

¿Cómo era madame Bovary? Sabemos que tenía la piel trigueña, el pelo oscuro y los ojos de color complicado, ¿pero su nariz, su barbilla? ¿Encaja su figura bien en el hombro? ¿Son sus tobillos elegantes? ¿Cómo visualizar sus hombros?

De todas las grandes heroínas de ficción, Emma es probablemente la que más desacuerdos causará entre los lectores en cuanto a su apariencia física. No podemos remontarnos, como sí con Dickens, a algún grabado manchado de las primeras ediciones, pues Flaubert los odiaba y los prohibió en sus libros. Los cinéfilos podrían figurarse a Emma como Jennifer Jones, pero dado que eso implica aceptar el parecido de Flaubert con James Mason, no avanzamos mucho. Mario Vargas Llosa se enamoró profundamente de Emma desde cuando leyó por primera vez Madame Bovary en París en 1959, y al comienzo de este homenaje brillante, inteligente, poco convencional y ferozmente sensible a Flaubert nos cuenta cómo desde entonces está bajo el hechizo de Emma, de su rebeldía social, de su poder erótico, de su vulgaridad y de sus promesas de violencia. Pero no la describe físicamente. ¿Puede uno enamorarse de una mujer y no saber qué pinta tiene? O tal vez él nos está ocultando la imagen que tiene, por celos.

Es importante tomar en serio la declaración de amor con la que Vargas Llosa abre el libro, no como un subterfugio crítico o un acceso ingenioso a la novela. “Un puñado de personajes literarios”, observa, “han marcado mi vida de manera más durable que buena parte de los seres de carne y hueso que he conocido”. Una de las ventajas de los personajes de ficción sobre la gente real es la facilidad con que uno puede invocarlos: siempre vuelven a la vida y nos ofrecen su amistad en cualquier lugar, a cualquier hora, con solo abrir el libro. El poder que tienen llega a ser tan decisivo como el de la gente real. Proveedores declarados y rotundos de bestsellers ocasionalmente reportan que sus fans les han agradecido por salvarles la vida, por hacerles desistir del suicidio: es ésta una extensión extrema de una función útil de la novela, la de decirle a la gente que no está tan sola allá afuera después de todo. Pero dicha capacidad salvadora no excluye necesariamente a los tomos de la sección de clásicos de la librería. Vargas Llosa explica sin ninguna afectación cómo, cuando estaba desesperado e incluso contemplaba el suicidio, la historia de Emma –y, en particular, su muerte– le trajo “consuelo y equilibrio, repugnancia del caos, gusto por la vida… El sufrimiento ficticio neutralizaba el que yo vivía”.

Otros, en momentos de desesperación, podrían sentirse tentados a escuchar la voz directa de Flaubert en sus cartas (“la tristeza es un vicio”, nos dice, por ejemplo) o quizá se sorprenderían de que alguien evoque a Emma como consuelo. De seguro no están tan enamorados de ella como lo está Vargas Llosa. Y podrían señalar que su retrato en la primera sección del libro parece algo hispanizado, hasta carmenizado, pues enfatiza el melodrama y la ostentación. Hay una comparación irónica que puede hacerse entre la fatiga que expresa Flaubert sobre Emma en sus cartas (“una mujer de falsa poesía y falsos sentimientos”) y el panegírico de Vargas Llosa a la mujer que baila flamenco en su cabeza y en su recuerdo. Si Emma Bovary saltara de las páginas del libro y entrara en su vida, se le gastaría la plata en unos cuantos meses, lo aburriría a mares con su cháchara y se fugaría con el mejor amigo. Pero uno siente que él ya sabe todo esto y que casi saborea la humillación.

El amor por Emma se expande a un amor por Flaubert, operación menos fácil de lo que parece. Amar a un escritor con frecuencia resulta en defensas feroces del mismo, no evidentes en asuntos “más serios” de la vida, como la política y el matrimonio. Vargas Llosa cuenta cómo un amigo le dijo que había dos temas en los que lo veía totalmente inflexible: Cuba y Flaubert. Catorce años después (La orgía perpetua apareció en 1975) declara que puede tolerar críticas a Cuba, aunque sigue sin moverse ni un centímetro en lo que concierne al autor de Madame Bovary. Para el amante de Flaubert, los demás escritores y críticos se juzgan según juzguen ellos al gran novelista. Vargas Llosa, por ejemplo, abomina de Barbey d’Aurevilly (el crítico y novelista decimonónico, quien dijo que Flaubert ensuciaría un arroyo si se bañara en él). En cuanto a mí, me cuesta mucho perdonar a Thackeray por decir que Madame Bovary era un libro “sin corazón” y escrito a “sangre fría”.

La orgía perpetua es, en su mayor parte, una discusión sobre la génesis, la ejecución, la estructura y la técnica de Madame Bovary. No conozco un mejor libro en esas materias. Los flaubertistas lo van a equiparar en forma instantánea con el clásico de Francis Steegmuller, Flaubert y madame Bovary, si bien un estudiante de literatura que quiera saber cómo funciona una novela no haría mal en mirar a Vargas Llosa volcado sobre esta obra maestra como cualquier fanático de los carros viejos se vuelca a reparar el motor de un Aston Martin Lagonda. Claro que hay más cosas en juego que válvulas, bombas y tuberías; no es solo ingeniería. Aguda y acertadamente, Vargas Llosa enfatiza en el factor irracional de la escritura, en el elemento orgánico, en aquella parte que puede escondérsele incluso a un creador tan escrupuloso y autoconsciente como Flaubert.

Su discusión de las fuentes, por ejemplo, es impecablemente instructiva. El escritor –cualquier escritor– absorbe información en una multitud de niveles diferentes (el novelista como esponja); esta información es procesada y convertida en una nueva sustancia como si pasara por una licuadora, de modo que al final del día el escritor puede saber menos sobre sus fuentes que un biógrafo diligente. Con una novela como Madame Bovary existen muchos orígenes posibles para los incidentes y los personajes, con frecuencia en conflicto los unos con los otros, pero mientras que un crítico cuidadoso podría sopesarlos para concluir que la verdadera fuente de tal cosa fue ésta o aquélla, Vargas Llosa, habiendo vivido la narrativa desde el otro lado de la barrera, asume la que llama una posición “maximalista y liberal”. “Todo me convence, salvo el exclusivismo”. Esto podría irritar a quienes ven las novelas como enigmas a resolver, como crucigramas; sin embargo, esta óptica refleja mejor que otras la escritura de ficción.

Vargas Llosa ilumina para nosotros muchos más aspectos de la novela: la virilidad de Emma, Emma como prototipo del consumidor del siglo XX, el estilo libre indirecto (esa manera sutil de aludir al pensamiento a la que Flaubert nunca se refiere en su correspondencia, pero que ahora consideramos su mayor logro técnico), el enigma del “nosotros” con el que se abre la novela y que desaparece tras siete menciones. En el centro de La orgía perpetua encontramos una sección grande y bien argumentada sobre el “frenesí descriptivo” del realismo flaubertiano, que implica que las cosas se describen con el mismo cuidado que la gente, y que algunas emociones, como la felicidad y la nostalgia, se vuelven cosas. La reificación de lo humano y su contraparte, la humanización de los objetos, también ayudan a explicar por qué podríamos estar en desacuerdo sobre la apariencia física de Emma Bovary: pues si vamos a la novela, veremos que la evoca tanto en términos de su vestimenta como de su persona. Hallamos por ahí una rapsódica referencia al peinado que lleva, donde otro novelista podría intentar una larga descripción de su rostro; sus parasoles tienen tanta importancia como la punta de sus dedos y resultan igualmente seductores.

Los rivales en el amor por Flaubert querrán pelear sobre ciertas cosas. Algunos dudarán de la descripción de Louise Colet como “obediente y entregada” a las reglas amatorias de Gustave, o de la consideración de Salambó como un libro fechado. Pero la única área en la que yo me apartaría seriamente de La orgía perpetua es en la que concierne a la epilepsia de Flaubert. Siguiendo a Sartre, Vargas Llosa afirma en más de un lugar que el novelista “escogió” su enfermedad, que por allá en las profundidades él la “quería”. Sartre, para hablar de Flaubert, se basó en lo que Freud dice sobre Dostoievski, cuando sugiere que los síntomas epilépticos de este último, aunque reales, provenían de la neurosis y no de una lesión: eran “la opción de la histeria” (que en el caso de Flaubert le facilitó evadir la vida y entregarse a la escritura). Las autoridades contemporáneas en la materia, sin embargo, sostienen que el concepto de la epilepsia afectiva, no orgánica, no es más que una fabricación. Flaubert “apenas” tenía epilepsia: es así de simple.

Flaubert no dejó descendientes literarios directos, aun cuando se le han seguido muchos juicios de paternidad responsable en los últimos cien años. Vargas Llosa establece dos líneas de herencia supuesta: de un lado, los realistas y los naturalistas (quienes con demasiada frecuencia carecían del sentido de la forma de Flaubert), y del otro, los formalistas, por ejemplo los partidarios del nouveau roman (cuyo interés temático solía ser deplorablemente mínimo). ¿Se sostendría el argumento de que Flaubert, al igual que Milton, fue un gran escritor que tuvo mala influencia? Tal vez. Pero entre sus otros descendientes hay escritores que oyen con precisión lo que él tenía que decir y se acogen al consejo de ser ellos mismos. Bien arriba entre estos últimos se cuenta Mario Vargas Llosa.

Fuente: El malpensante



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