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Cuento del nuevo libro de Gonzalo Lema ‘Después de las bombas’



Hace un par de días, compartimos una entrevista realizada al escritor Gonzalo Lema, a propósito de su libro de cuentos Después de las bombas que presentará el día de hoy (1 de agosto) a las 19.00 horas en el Club Social (Plaza Principal).

El día de hoy compartimos uno de los cuentos que componen el libro.

RONNYGAS

A RonnyGas lo operó un cirujano americano aunque con ojos flacos de japonés. Llegó de incógnito en un vuelo cualquiera, junto a otros muchos pasajeros, pero como lo acompañaba un señor negro, de cabello cenizo y apretado, tan alto como una torre, la prensa, de mentalidad provinciana, corrió a su encuentro curiosa por el motivo de su viaje.

-Oh –dijo él, contento de hablar español-, sólo he venido a operar una médula ósea de un niño de doce años. El señor Montgomery ha sido siempre mi colaborador y por eso está a mi lado.

El señor aludido les sonrió desde su impresionante altura.

Alguna prensa se sintió decepcionada con la respuesta y lo abandonó de manera inmediata. Sin embargo, una joven periodista, auxiliada por lentes aéreos de bastante grosor, más bien pareció interesarse un tanto más.

-¿Usted opera médulas, señor doctor? ¿Y qué es lo que logra?

El doctor Hing asintió con la cabeza y se sonrió muy cortés. Antes de responder elevó todo su rostro para dirigirse a su colaborador en inglés, le comentó de la última pregunta y sólo atinó a mirar a la periodista después de escuchar la exclamación de su colega.

-Depende siempre del caso en particular –dijo, con notoria dificultad en las eres-, pero en casi todos he logrado que la médula funcione a sangre o gas. Al paciente termina por no preocuparle aquello, pues ante todo se guía por la convicción de vivir.

El doctor Montgomery consideró importante decirle algo, siempre en inglés, doblando su espalda, y se ayudó insistentemente con una mano de palma pálida, casi amarilla. El doctor Hing lo escuchó con sumo cuidado.

La joven periodista volvió a solicitarle atención con una pregunta:

-Cuando usted afirma que la médula puede ser compatible con el gas, ¿quiere decirnos que por ese organismo ya no correría sangre?

-Efectivamente –dijo él-. La ciencia ha logrado demostrar que el ser humano también puede funcionar a tracción gas. La sangre no lo es todo. Y, si usted me lo permite, mi compañero indica que, desde el trasplante de corazón, la gente debería saber que todo el cuerpo, así como el organismo, es desmontable, modificable y sustituible. Es más: intercambiable, no sólo dentro la especie, sino también intercambiable con piezas de otras especies.

El señor Montgomery pareció seguir el decurso de la explicación y se sonrió contento y muy de acuerdo con lo dicho. Movió la cabeza en lo alto afirmativamente y se aprestó a escuchar probables nuevas preguntas.

La periodista apretó el marco de sus lentes contra su frente con un dedo índice muy delicado. Luego frunció el entrecejo.

-¿Y esos felices seres a gas… comen lo mismo que nosotros, los de a sangre? Porque la alimentación se vuelve sangre… -afirmó.

-Sí y no –dijo él, y tambaleó su cabeza con cierta petulancia-. Comen todo lo que se puede comer en esta tierra, pero quedan sometidos a ciertos químicos para transformar la sangre en gas, precisamente. Tampoco pueden tener hijos, porque usted sabrá que el semen es ante todo sangre, pero claro que es cuestión de tiempo. Algo inventaremos para que el gas se vuelva semen en momentos especiales.

Cuando terminó de hablar se sonrió pícaramente, convencido de que la joven periodista le había entendido su licencia de humor.

Ella asintió con reiterados movimientos de cabeza. Sin embargo, una profunda preocupación pareció oscurecerle el ánimo.

-Si todo sale bien… ¿ese niño llevará una vida normal? ¿Jugará los mismos juegos de sus compañeros en la escuela? ¿Tendrá las aptitudes que tienen los demás? ¿Perderá algunas? ¿Ganará otras? ¿Cómo vive un niño operado por usted, doctor Hing?

El doctor Hing volvió a levantar la cabeza para dirigirse en inglés a su colaborador. Éste lo escuchó atentamente, encorvando mucho la espalda y asintiendo una y otra vez. Cuando parecía que el doctor Hing estaba listo para contestar, Montgomery lo agarró del hombro y le habló como medio minuto con total seriedad, y siempre moviendo la mano.

El doctor Hing asintió las palabras de su colaborador.

-Nosotros creemos que pierde algunas aptitudes –dijo, y elevó ambas cejas con un gesto de resignación-, ya lo hemos dicho, pero gana la vida. Ahora… muchas pruebas demuestran que corren más rápido que los otros, que saltan y vuelan unos buenos metros, y seguramente el comité de juegos del mundo no va a querer tomarlos en cuenta, pero…

En su rostro volvió a aparecer la sonrisa pícara de un minuto atrás.

La joven periodista lo escuchó con atención.

-Y cuando saltan… ¿cuánto saltan? ¿Cinco metros?

-Uf –exclamó el doctor Hing. Metió mucho aire en los pulmones y botó todo en uno-. Saltan mucho. Casi vuelan, le digo. En Ohio vimos un niño por los altos cielos como un pequeño zeppelín. Depende de los casos, reitero, pero es conveniente tenerlos sujetos a tierra con una buena cuerda los primeros tiempos. Eso es verdad. Sujetarlos a tierra de cualquier modo.

-¿Se los podría llevar el viento? –preguntó ella, y se coloreó por algo que consideró estúpido-. No me haga caso. Supongo que sí se los lleva el viento. Lo que quiero preguntarle es si esos niños son discriminados, pues seguro que son gordos y blandos como globos. ¿Es así, doctor Hing?

El doctor Hing cambió de postura y pareció sentirse algo molesto.

-Bueno, usted sabe que los músculos necesitan de sangre sana, y por supuesto que el gas no lubrica, más bien seca todo, desde las mangueras de los motores hasta los músculos, claro. Lo que sucede con esos niños, o con quien cambia de combustible y se vuelve a gas, es que se secan, se arrugan, se vuelven viejitos prematuros en apariencia, porque los estudios indican que psicológicamente conservan su edad real.

Luego hizo un ademán de irse y sonrió agradecido por la entrevista. El señor Montgomery también giró su inmenso cuerpo rumbo a la salida del aeropuerto, pero la periodista los retuvo con una pregunta más.

-¿Y de qué mueren, doctor Hing?

RonnyGas fue intervenido por el doctor Hing y su colaborador unas horas más tarde del arribo de éstos. Alguna prensa cubrió el preámbulo del acontecimiento científico y hasta alcanzó a sacar una foto al niño cuando un par de enfermeras lo alzaba de la cama y lo transfería a la camilla gracias a una sábana dispuesta como un gran pañal. En la foto salió su mamá con una mirada dulce dirigida a su hijo. También salió el doctor Hing con los ojos prácticamente cerrados y, desde el cuello para abajo, el doctor Montgomery con sus inmensas manos trenzadas sobre su abdomen. La noticia afirmaba que era inminente el cambio de sangre por gas, y que el niño sería visto en cuestión de semanas jugando en el patio de su escuela. No decía mucho más debido a que la operación duró toda la noche y se extendió hasta las ocho de la mañana del día siguiente.

El doctor Hing se dirigió a la sociedad en una improvisada rueda de prensa.

-Ronny está muy bien. Él entró conciente de la gravedad de su mal y me di cuenta que buscaba sanarse. Poco le ha importado cambiar sangre por gas. A su edad, todo lo que se anhela es jugar. Y ha salido todo bien, a tal punto que estará jugando con sus compañeros en cosa de dos semanas.

A su lado, con los codos puestos sobre la mesa, se hallaba el doctor Montgomery.

También habló la mamá de Ronny, pero dijo poco porque se atoró con sus lágrimas y una enfermera tuvo que correr para buscarle un vaso de agua.

-Las madres me comprenden –dijo, luego de dos sorbos y con el vaso todavía entre las manos-. He aprobado el cambió de sangre por gas, porque sencillamente Ronny quiere vivir. Es un niño de doce años. Todo lo demás no importa.

El doctor Hing explicó que Ronny estaba llenito de gas y que por eso lucía gordo. Que con el tiempo mejoraría de apariencia, pues el mismo gas se acomodaría mejor en su cuerpo que continuaba creciendo. Que su peso era mínimo, por supuesto, y que debía cuidarse de las mordeduras de perro o cualquier otro animal, y de las agujas y de todo aquello capaz de pinchar su piel.

El doctor Montgomery, sentado a su lado, asintió todo lo dicho.

La misma periodista de la víspera levantó la mano para iniciar una corta serie de preguntas.

-El niño está curado de la leucemia, ¿verdad? Pero, ¿acaso ahora no está expuesto a enfermedades de la piel? No sólo eso: ¿todavía le sirven los riñones? O, a partir de ahora, sólo necesita de los pulmones…

El doctor Hing intercambió opiniones con su colaborador. Al cabo de unos instantes, se dirigió a toda la concurrencia de la manera más atenta que pudo.

-Ronny está vivo y eso es cuanto le importa a la ciencia –dijo, como si estuviera frente a alumnos de medicina-. Sin esta transfusión y cambio de sistema medular, el niño ya no estaría entre nosotros. Es cierto que todo en su vida será distinto, desde el color de su piel, pero seguiremos escuchando su risa, que es lo que nos importa.

El doctor Montgomery asintió moviendo su cabeza.

La periodista volvió a la carga.

-¿Cuál es el pronóstico hacia el futuro? ¿El niño vivirá hasta la edad adulta?

-Eso está garantizado -dijo el doctor Hing-. ¿En qué condiciones? Es de esperar que en las mejores posibles. Cada organismo es diferente.

-¿No se trata de un experimento? –preguntó la periodista y la gente murmuró aterrada ante la posibilidad dicha.

El doctor Hing enduró un tanto el rostro, sin embargo fue tan cortés como siempre cuando le respondió.

-Toda esta etapa continúa siendo experimental, es cierto. La señora lo sabe, como lo saben un par de miles de padres por el mundo. Sin gas no hay más vida. Con vida hay esperanza de que la ciencia logre sus objetivos. Yo tengo la impresión de que usted desea plantear este problema desde una posición moral. ¿Me equivoco?

La periodista frunció el entrecejo y aplastó sus lentes contra su frente con el dedo índice.

Alguna gente se acomodó mejor en sus sillas.

-Religiosa –dijo, luego de un momento-. Yo pienso que estamos en pleno proceso de tergiversación de la obra de Dios. Me pregunto si tenemos derecho a hurgarnos tanto, a aferrarnos a algo que él mismo nos lo dio y en un momento a todos nos lo pide…

Mientras la gente susurraba su propia opinión, el doctor Hing habló con su colaborador en un inglés silencioso. El doctor Montgomery pareció sorprenderse de todo y suspendió las cejas.

-Dios nos ha dado inteligencia –dijo el doctor Hing, con mucha paz en su mirada-. Cada día somos más inteligentes. Pelear por la vida no deja de ser un homenaje a Dios. ¿Acaso no admiramos su creación?

-Él tiene un designio para cado uno de nosotros –dijo la periodista y miró a los asistentes en general-. Pero la ciencia no parece comprenderlo ni por un momento. Hay hermanos prácticamente fallecidos enchufados a los cables de una batería. Eso no es religioso. No es moral. Otros, como el niño Ronny, ya no tienen sangre, sino gas. Dios lo llamó a su lado, pero él estará amarrado a tierra por una pita. ¿Luego que vendrá? Que porfiaremos para que nadie se muera nunca. Y nadie morirá. Y el cielo se quedará vacío y la tierra estará repleta de gente. ¿Eso será considerado un triunfo para lo que usted defiende, doctor Hing?

El doctor Hing terminó de traducir la intervención de la periodista para su colaborador. Éste asintió y volvió a suspender las cejas.

-Cierto –dijo el doctor Hing-. La ciencia se alegra cuando salva una vida humana.

La periodista lo escuchó mientras recogía sus cosas de la silla de al lado. Cuando hubo terminado se puso de pie.

-La ciencia no nos reconoce el derecho a morirnos, doctor Hing, eso es lo que pasa –dijo-. La ciencia no cree en Dios, más bien lo combate, aunque se persigna.

Luego echó a andar fuera del recinto del hospital.

Fuente: La Ramona



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