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Giovanna Rivero, una narratómana total



Giovanna Rivero, una narratómana total
Por: Mauricio Murillo

La escritora boliviana fue homenajeada en La Paz. En la siguiente entrevista nos habla de los reconocimientos que ha recibido y sobre su escritura.

“Era cuestión de tiempo. Muchas cosas de la vida eran cuestión de tiempo”, así empieza Olas de satén, uno de los cuentos de Giovanna Rivero. Además del pasado y del paso del tiempo, varios tópicos se encuentran a lo largo de los libros de esta escritora boliviana: el erotismo, la violencia, lo íntimo, la ironía. La obra de Rivero se ha posicionado como una de las más importantes en las letras bolivianas y como un referente para los lectores del exterior. La autora fue homenajeada en la XVII Feria Internacional del Libro y presentó, además, su nueva novela, Helena 2022, la vera crónica de un naufragio en el tiempo. A propósito del reconocimiento que recibió en La Paz y de la presentación de su más reciente libro, Fondo Negro dialogó con Rivero.

—¿Qué significa para ti el homenaje que recibiste en la Feria del Libro de La Paz?
Es un honor muy grande y un privilegio que acepto con muchísima alegría. Yo viví en La Paz casi cuatro años durante los primeros años de la veintena, los años del bildüngsroman. Por eso este reconocimiento tiene un sabor especial, renueva mi pacto emocional y cultural con ese momento y ese espacio tan importante en mi imaginario.

—En la misma línea, ¿cómo cambió tu vida con el nombramiento que se te hizo en la Feria Internacional de Guadalajara en 2011 como uno de los 25 secretos mejor guardados de América Latina?
Son muchos los beneficios que he experimentado con ese nombramiento, pero creo que el más íntimo es el fortalecimiento de la fe en mi propio camino y en que el trabajo siempre da frutos, ley de oro. Cuando vuelve a mí una cierta ansiedad por acelerar uno u otro resultado literario, me hago recuerdo del modo en que, en mi caso, se han ido dando las cosas, más por trascendencia que por golpes de suerte, y entonces vuelvo a lo importante: escribir.

—Para terminar de hablar de algunos de los reconocimientos que has recibido, ¿por qué decidiste participar en el Premio de Cuento Franz Tamayo? ¿Qué te brindó ganarlo?
Lo decidí por dos motivos: necesitaba un dinero para ejecutar una decisión de vida muy importante y necesitaba una señal, algo que me pasara electricidad, no atravesaba un buen momento. El cuento con el que gané, Dueños de la arena, refleja también ese momento de crisis estilística y temática.

—Hay distintas tensiones en tu obra. Se me ocurre nombrar algunas de las constantes: el humor, la ironía, el erotismo, lo femenino, la incomodidad frente a las instituciones, el cuerpo. ¿Cuáles son tus obsesiones como escritora? ¿Cómo funcionan estas constantes a lo largo de tu carrera literaria?
Yo misma experimento esa incomodidad a la que te refieres. Si bien uno siempre está vinculado a las instituciones, educativas, sociales, literarias, la colisión de la individualidad contra la norma es algo con lo que hay que lidiar y que uno puede llegar a hacerlo bien, con naturalidad, hasta que se produce un crash distinto. Creo que mis personajes están siempre en una especie de borde, atajando el monstruo que respira en el clóset. Son seres ordinarios que en el instante menos pensado se tornan extraordinarios, a su pesar. Eso es lo que me obsesiona, precisamente, articular personajes envueltos en distintas capas a los que yo termino desnudando. La desnudez es el aprendizaje. La desnudez es una suerte de retorno a la infancia.

—En Tukzon ficcionalizas el 9/11. ¿Por qué acercarte a este suceso? ¿Cómo mira una boliviana un hecho que, aparentemente, solamente afecta a Estados Unidos?
Tukzon es el libro de mi cultural shock. Cuando llegué, en 2007, a Estados Unidos, me instalé por unos meses en una casa de familia en Arkansas. Es decir, llegué a un espacio profundamente norteamericano y pude ver de cerca, oír, intuir, cómo el tema 9/11 había marcado el modo en que esa gente tomaba decisiones económicas y políticas con respecto a sus hijos, y el modo en que la religión operaba en ellos, confirmando un sistema de valores basado en el miedo, el orgullo y una fe “ciega”, literalmente. Si bien no los conocía antes del 9/11, ellos mismos alimentaban sus conversaciones con referencias explícitas a ese hecho. En esa casa no tenían una mínima biblioteca, pero si un sótano espléndido con juegos electrónicos. Pero eran buenos, muy buenos, muy generosos. Al mismo tiempo, yo experimentaba un desgarramiento terrible y me preguntaba todo el tiempo si iría a encontrar mi propio lugar en ese país que, en primera instancia, parecía revelarse sólo como un cliché. Yo tenía que rascar la epidermis de ese cliché para descubrir la complejidad del fondo. Con Tukzon hice esa tarea.

—El fenómeno pop está presente en tu obra, pienso por ejemplo en la presencia de Nicole Kidman en Tukzon. ¿Cómo te relacionas con este tipo de expresión?
El pop está presente, es cierto, probablemente ahora en mi última escritura ya con menos intensidad. Me gusta “manchar” las historias con esas referencias al pop no sólo porque es parte de mi imaginario juvenil, ochentero —y uno, aunque intente evitarlo, siempre cae en la tentación de honrar su generación—, sino también porque el pop ofrece el símbolo triunfante de la modernidad. Uno puede hacer del gesto pop algo patético y repetitivo o un giro arriesgado y crítico.

—¿Cómo decides el orden de lo que estás escribiendo?
El orden depende mucho de las tensiones internas del texto. En la novela que estoy presentando ahora, Helena 2022, la vera crónica de un naufragio en el tiempo, asumí una linealidad fluida, pues se trata de un viaje. Si bien los viajeros enfrentan accidentes, la fuerza y la dinámica de sus acciones son todas prospectivas. Los tres viajeros necesitan llegar a Roma, es 1633, y si bien todos los caminos conducen al gran imperio, cada camino implica un costo siniestro.

—Has escrito sobre todo novelas y cuentos. ¿Qué te brinda cada género? ¿Cuáles crees que son sus particularidades?
El cuento es mi amor entrañable. El cuento tiene la bondad de saciar la sed de narrar, de volverse síntoma y cura. Me considero una narratómana total, y este género es el molde en el que, incluso mentalmente, la pulsión de darle finitud a la secuencia imparable de la vida se satisface y te permite respirar. La novela se me ha vuelto un vicio porque me sostiene existencialmente. Cuando estoy metida en ese territorio en el que se cruzan vidas, se alteran destinos por contaminación, siento que mi cotidiano se multidimensiona, se apodera de una profundidad distinta. Es como tener un secreto importantísimo que le da sentido a todo. La novela es la ficción interviniendo en la
realidad.

—En muchos de tus textos me parece percibir cierta influencia del cine. ¿Existe esta relación? ¿Cómo crees que se articula con tu escritura?
Es difícil que, desde el siglo XX, haya un escritor que se sustraiga de la influencia o el halo del cine. El cine es el espejo, la solución a la caverna platónica. Todo sujeto moderno tiene un grado de sensibilidad para el cine, conoce su lenguaje, lo puede emular, aunque sea burdamente. De directores como Wong Kar Wai o Lucrecia Martel, por ejemplo, uno aprende, por el manejo de los planos y la velocidad, a aproximarse con respeto y a veces con impudicia a la intimidad. En mi escritura, éste le da forma al recuerdo, al déjà vu, permite el desdoblamiento de la identidad. Me doy cuenta de que mis personajes casi siempre experimentan fugas del presente a partir de imágenes fijas o recuerdos, como si les corriera un filme de la infancia en la mente, y ya no saben a cuál de las dos realidades corresponder, si a la de la ilusión cinemática o a ese presente, a veces asfixiante, que yo les recreo.

—¿Cuál es tu relación con la tradición boliviana y con la latinoamericana?
Hay algo que me encanta de los argentinos: el poder reconocerse en un determinado lugar, central, marginal, por oposición o filiación, en su mapa literario y cultural. En Bolivia, sabemos muy bien quiénes son los autores fundacionales, pero no establecemos relaciones genealógicas naturales. Al principio creía que era una falta de autoestima, pero ahora creo que es cuestión de temperamento. La diversidad boliviana no es un mito, en muchos casos es dolorosa y puede escindirnos y volver artificial o forzosa la idea de configurar un genoma literario boliviano. Lo positivo de esa suerte de empecinada individualidad es que la búsqueda que emprende cada escritor constituye un viaje desaforado, un quemar las naves. En Bolivia, las palabras “influencia” o “corriente” nos producen ataques asmáticos. Quizás sea mejor así, acercarse al canon boliviano en privado, en silencio, como un pacto. Yo he aprendido mucho en el manejo de la oscuridad y la angustia de Oscar Cerruto, Hilda Mundy, Augusto Céspedes y Adela Zamudio. La tradición latinoamericana casi de inmediato nos instala el Boom, y no le hago ascos, todavía disfruto de los cuentos magníficos de García Márquez, pero creo que Arlt, por fuera de esa hegemonía, es con quien siento una mejor sintonía. Y también, por supuesto, Clarice Lispector, Onetti, Levrero, Marosa di Giorgio y, más recientemente, Ebe Uhart.

—Por una fuerza catalogadora siempre se está tratando de armar grupos y movimientos. ¿Crees que formas parte de una generación de escritores? Si es que existe tal, ¿cómo la describirías?
Creo más en las amistades literarias que en la conformación de una generación que me libre de la intemperie o la orfandad. Sucede que la palabra “generación” me suena también muy institucional y yo le temo y rehúyo a todo tipo de homogeneidad. Le hago frente a la soledad natural con las amistades y hermandades que te digo y que no dependen de coincidencias sociales, etarias o estilísticas. Pura química.

—Publicaste en 2009 Niñas y detectives en la editorial Bartleby de España. ¿Cómo se dio esto de publicar afuera? ¿Qué representa para ti?
Pepo Paz, el editor de Bartleby, me contactó. Había leído cosas mías en blogs y revistas virtuales y le interesaba mi narrativa. A Niñas y detectives le fue muy bien, tuvo excelentes reseñas y hasta figuró entre los 10 finalistas del Premio Cálamo que da la mítica librería del mismo nombre al mejor libro del año. Ese primer paso es inolvidable. Me fortaleció mucho, me hizo relativizar algunas taras y obstáculos a los que yo les otorgaba demasiado peso, como el hecho de que Bolivia sigue siendo una gran desconocida en otras esferas.

—Has participado en distintas antologías. ¿Cuál crees que es su función? ¿Qué ponen en movimiento?
Depende de la antología y sus ambiciones. La mayoría tiene un lado lúdico que me gusta mucho. Es como montar una fiesta entre amigos alrededor de un motivo privado. Las antologías siempre dejan grandes amistades literarias y humanas. El lector es quien más se beneficia de ellas porque puede disfrutar de una panorámica de lo que se está haciendo y cómo se lo está haciendo y cómo los temas reflejan obsesiones contemporáneas. Antologías más rigurosas, como El futuro no es nuestro, con la clara ambición de reconocer un territorio y un tiempo distinto a los diversos movimientos que se dieron a fines del siglo XX, tienen múltiples funciones, yo diría que hasta le allanan el trabajo a la crítica, sistematizan, proyectan y describen las condiciones de un cambio. Pero ninguna antología consigue cubrir, y está bien que así sea, las líneas de fuga. Siempre hay algo que se le escapa.

Fuente: Fondo Negro



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