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De algunos gatos y sus escritores




Sobre los gatos y sus escritores
Por: Fabiola Morales Franco

Tengo un gato en casa, un enorme y blanco siberiano, un gato que para más inri no es del todo mío, porque lo cierto es que me lo han dejado prestado en lo que su dueña, una sueca casi tan rubia como él, encuentra casa en Madrid. Una casa en donde Melvin, que así se llama mi(su) gato, pueda vivir y pasar sus días tal como los pasa ahora conmigo, yendo y viniendo por donde le da la regalada gana, atisbando por las ventanas, por los balcones y por cualquier rendija o recoveco que se le ponga a mano.

Desde que Melvin vive conmigo he dejado de tener intimidad, si voy al baño, él va conmigo; si yo como, él come; si yo duermo él duerme o hace como que duerme; y si yo escribo, que es exactamente lo que estoy haciendo ahora, se acurruca a mi costado y me mira desde esos sus azules y felinos ojos, como queriéndome decir algo que no alcanzo a comprender. Lo que me lleva a pensar siempre en aquella frase que un día Raymond Chandler escribió a cerca de su propia gata llamada Taki: «…ha estado conmigo desde que empecé a escribir, casi siempre sentada sobre el papel que quería usar o la copia que quería revisar, apoyada a veces contra la máquina de escribir, a veces mirando serenamente por la ventana desde un ángulo de mi escritorio como diciendo: Lo que estás haciendo no es más que una pérdida de tiempo, compañero».

Dicen, quienes lo conocieron, que Carlos Monsiváis tenía una pasión patológica por sus gatos y que cualquiera que visitaba su casa debía seguir las disparatadas, pero eso sí, estrictas normas que el famoso ensayista había impuesto en ella, para que nada, ni nadie, ni siquiera él mismo, disturbara nunca el hacer o deshacer de sus felinos. Hubo más de uno que preguntó a que se debía tanto mimo y malacrianza, a lo que Monsiváis contestaba siempre: “el psicólogo de gatos dice que contrariarlos no les hace bien”. Está de más decir que nadie conoció, o siquiera vio, ni que fuera de refilón, o de pasada, al famoso “psicólogo de gatos” con el que Monsiváis decía tener estrecha amistad.

Cada vez que leo sobre aquellos gatos pienso que vistos de esa manera se parecían más a perversos seres del demonio que a dulces mascotas, compañeros inseparables de almas solitarias. Los felinos del escritor y afamado ensayista mexicano, aparte de dominar su casa y su vida, tenían también libre paso para destripar, orinar y defecar donde bien les viniera en gana, aunque esto fuera encima de los libros y manuscritos de su amo. Tampoco nadie podía, bajo ningún pretexto, ahuyentar a un gato del sofá, silla o lugar donde este se hubiera aposentado, y más de un invitado incauto fue expulsado por el propio Monsiváis sólo por haber empujado, recorrido o, digámosle, reubicado a un felino.

Y, sin embargo, aún en esta historia, un tanto enfermiza, de dominado y dominantes, hay escenas de increíble ternura, como la de Miau Tze Tung que estando ya Monsiváis en sus últimos días, aprendió a brincar por la ventana del baño para poder entrar a ver a su amo moribundo. Cuánta razón tenía Jules Laforgue cuando escribió que los gatos son traficantes de infinito, grandilocuentes a su modo.

Andrés Trapiello nos cuenta en el prólogo de Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales. «Margarite Duras ni siquiera escribía en el jardín, allí decía, siempre había un gato, un pájaro, una ardilla… Ella quería la soledad absoluta, la casa encerrada sobre su propio ser. Para otros escritores, en cambio, la soledad incluye aquello que Duras excluye: un animal, un ser que no es humano, que no habla o interrumpe, que nos deja solos pero, al mismo tiempo, nos acompaña»

De este último talante era Cortázar, el que un buen día, estando de vacaciones en Saigón, encontró en la puerta de su casa un gato callejero, famélico y herido, le dio de comer y pasado un tiempo, habiéndose ganado la confianza del minino, le curó también ciertas heridas de guerra gatuna, pero guerra al fin y al cabo, que el felino ostentaba. Teodoro W. Adorno, era en palabras del propio Cortázar, un gato sucio y canalla, negro debajo la ceniza polvorienta que mal le tapaba las mataduras. El escritor y su mujer que vivían en París nunca intentaron llevarse a Europa al animalillo, el mismo Cortázar escribió un día: «Un gato es territorio fijo, límite armonioso; un gato no viaja, su órbita es lenta y pequeña, va de una mata a una silla, de un zaguán a un cantero de pensamientos; su dibujo es pausado como el de Matisse, gato de la pintura, jamás Jackson Pollock o Appell».

Por eso Melvin se ha quedado conmigo, porque su dueña lo sabe incapaz de soportar los envites y correteos de un traslado tras otro, las sucesivas habitaciones de hotel, la precariedad de lo transitorio. Temo el día en que así como Cortázar se separó, de una vez y para siempre, de Teodro W. Adorno, me tenga que separar yo de Melvin. Un Melvin que ronronea cuando le cepillo el pelo y que me ofrece su cuello para que las cerdas pasen una y otra vez por él, mientras mueve la cola y cierra los ojos en señal de extremo placer. Un Melvin, también, que me espera cada tarde en la puerta de casa, ansioso por tomar el protagonismo de mi vida, egoísta a cualquier otro acontecimiento que no sea su propia existencia y su ansia de cariño y atención. Un Melvin finalmente que, ante mis manos, se estira cuan largo es y me ofrece su panza sedosa y ensortijada en señal de confianza, de entrega, de sumisión, ni que sea fingida —alguien me dijo una vez, ya no se cuándo ni dónde, que no eres tú quien tiene un gato, sino que es el gato el que te tiene a ti— momentánea, frágil, fugaz y efímera como son todos los actos felinos.

José Carlos Llop escribió en una crónica sobre Ciryl Connolly, «quien haya tenido un animal de compañía sabe la rara ternura que pueden acabar despertando, esa rara ternura donde se abandona todo sentido del ridículo» que es exactamente lo que me pasa a mí cada vez que me tiendo en el frio suelo de parquet, para enredarme en uno y en mil arrumacos con mi gato. Un gato que no es mío, me repiten ciertas voces, a las que trato de no hacer caso. Un gato que, como toda felicidad, tiene fecha de caducidad.

Fuente: Ecdótica



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