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La noche de San Juan: Narrar o morir



La noche de San Juan: Narrar o morir
Por: Juan Cristóbal Ríos Violand

Gabriel Enrique Entwistle es uno de mis mejores amigos. Se caracteriza por su irreverencia hilarante a la hora de imitar a ciertos personajes del malgastado mundo cultural cochalo, su look alternativo, cierta timidez generosa y una protocolar manera de hablar por teléfono. Recuerdo cuando lo conocí en los estrambóticos años universitarios, cuando era uno de mis actores fetiches, leal compañero de clase y la primera persona que me hizo una entrevista provocadora y descarnada en este mismo suplemento. Ahora compartimos la consolidación de nuestras familias, equilibrando el deseo de jugar al arte con el de establecer hogares.

En tiempos de decisiones jodidas y celebraciones necesarias, recuerdo la última noche de San Juan, cuando el presagio de su triunfo literario se intuía levemente, mientras él y su esposa (Isabel Lozada) nos invitaban a mi novia y a mí unos hot dogs con singani. Isabel cuidaba a su hijo Ian, mientras él, vestido con un hogareño mandil, nos preparaba las salchichas. Esa noche de San Juan hablábamos en voz baja y con unos cuantos traguitos encima. Gabriel nos contó sus peripecias con el “Franz Tamayo”, sus dudas de participar o no, bromeó sobre las peculiaridades de la convocatoria, y parafraseó a Roberto Bolaño y su máxima: “Narrar o morir”.

Chileno de nacimiento, de madre y esposa boliviana, Entwistle, de 28 años, es el ganador del 39 Concurso Nacional de Cuento “Franz Tamayo”, convocado por la alcaldía paceña, con el relato “Forasteros en Flores”, una historia sobre un grupo de migrantes bolivianos en Argentina, en la época de la dictadura.

Presentada entre otras 83 con el seudónimo de “Emilio González Llanque”, la obra fue elegida como ganadora (de un premio de Bs 20 mil) por un jurado integrado por Rafael Bertón Salinas (literato), Germán Araúz (periodista y escritor), Marcela Gutiérrez (escritora), Ariel Pérez (escritor) y Virginia Ruiz (ganadora del “Franz Tamayo” 2011).

Entwistle, que participó por tercera vez en el certamen -ya obtuvo una mención de honor en 2009- es licenciado en Comunicación Social por la Universidad Católica Boliviana, tiene una maestría en Antropología (en Buenos Aires, Argentina) y ha efectuado estudios sobre la migración.

-Remontémonos a la noche de San Juan, días antes de que la convocatoria del “Franz Tamayo” fenezca. Fuimos testigos, con la escritora Cecilia Romero y tu esposa, de que tenías serias dudas de mandar tu cuento al concurso. ¿La decisión fue difícil? ¿Cómo te animaste?

Tuve un par de dudas con respecto a enviarlo, dudas de último minuto. Mi esposa, en determinado punto, consideraba que el cuento tendría mejores posibilidades en el (Premio Plurinacional de Cuento convocado por la Alcaldía de Cochabamba) “Adela Zamudio”. Pese a todo, el cuento había sido pensado y escrito para el “Franz Tamayo”. Algunas líneas argumentales las tenía en mente, desde Buenos Aires. Desde hace tiempo que vengo jodiendo con la idea de ganar el “Tamayo”, pero en los últimos tres años no me di tiempo para participar, puesto que estaba estudiando un posgrado en Antropología allá, y debía concluir la tesis. Ahora bien, decidí enviarlo, pues si lo mandaba a otro concurso me hubiese quedado intranquilo con respecto al potencial resultado dentro del “Franz Tamayo”. Hasta cierto punto, destinarlo a otro lugar, hubiera sido darle la espalda al texto. Pensé: Bueno, si obtiene una mención especial, igual estaré contento. Si no pasa nada, en otra ocasión será.

-Esa noche Romero afirmó: Estoy segura que vas a ganar el “Franz Tamayo”. Me acuerdo que tú también tenías la seguridad sincera, carente de soberbia o pedantería. ¿Ya intuías tu triunfo? ¿Cuál fue el grado real de sorpresa?

No sé si diría seguridad, pero sí una intuición de que le podría ir bien al cuento. La primera vez que mandé un texto fue alrededor del 2006. Mandé un texto infumable, aunque en ese momento por supuesto opinaba lo contrario y, obviamente, el resultado fue nulo. Luego, el 2009 presenté un cuento: “El suplicio del oso bipolar”, que escribí estando en Buenos Aires. Lo mandé por correo, con mucho tiempo de anticipación. Y quedó con una mención especial. Se publicó en El Germán Beltrán. “Forasteros en Flores”, ante mi perspectiva, superaba en mucho al texto del 2009. La historia era más acotada. Los personajes estaban mejor definidos y el escenario -tenue pero descarnado- de la dictadura enmarcaba bien las relaciones entre los primeros. Por eso que creí que le podría ir bien. De cualquier modo, la sorpresa y la alegría fueron inmensas. Me enteré el pasado viernes. Había regresado de la calle con mi hijo. Hube de olvidar el celular en casa, y al retornar estaba arrojado en el piso de tanto vibrar. Tenía llamadas perdidas de una amiga de La Paz, quien estudia Literatura en la UMSA e hizo de representante. Mientras llamaba, sentí una especie de pequeño vértigo. Apenas me contestó, me dijo: ¡Felicidades! Me explicó que había obtenido el primer lugar. Me contó los detalles. Cuando corté, tomé a mi hijo en brazos y me puse a saltar con él, para festejar.

-¿Cómo se creó “Forasteros en Flores” y cuáles son tus rituales de escritura?

Carezco de un ritmo de producción definido. Sin embargo, lo mejor es escribir por la noche, cuando no hay ruidos ni desvíos cotidianos. Asimismo, tengo una libreta en la que tomo apuntes durante algún tiempo: giros argumentales sueltos o frases de diálogos que se me ocurren durante el día. En este caso, trabajé con un “esqueleto” que resumía los puntos centrales del cuento. Una suerte de índice. En esta ocasión, trabajé lo más organizado posible porque sentía que la voz narradora debía dirigir el texto. En otras ocasiones, improvisaba bastante y era la escritura la que conducía el proceso creativo y el resultado final. Cuando tengo un borrador, imprimo una copia que entrego a mi esposa. Ella es mi única lectora y crítica. Me quedo cerca de ella, mientras lee. Tiene el don de no dejar traslucir las impresiones que el texto le genera. Usualmente, me pongo nervioso mientras la espero. Luego da su dictamen certero. En el 2009, me dijo que el final era pésimo, que lo reescribiese. Y ahora me observó que, al principio, tenía tres páginas completamente prescindibles, por lo cual las eliminé. Dialogamos y discutimos un poco sus observaciones pero por fortuna, habitualmente, la escucho.

-Conocí a Sebastián López, un primo tuyo en los barrios bohemios de Washington. “Sebi” es un inocente artista hip hop y extravagante poeta. ¿Hay una razón genética para dedicarse a las letras?

El primo que mencionas se graduó de Literatura en Cornell. Siempre me es grato conversar con él acerca de libros, pues tiene un bagaje bastante interesante de sus años en la universidad. No obstante, en mi familia no considero que haya una tendencia notoria hacia las letras. En mi entorno familiar inmediato, de hecho, no hubo jamás una biblioteca que contuviese muchos libros de ficción. Mi madre es psicóloga y sus fotocopias de textos teóricos colonizaban ese espacio. Por otro lado, mi padre, quien es ingeniero comercial, tampoco le llama mucho la atención la literatura. Sin embargo, ambos me alentaban a leer. Mi padre nos leía a mi hermano y a mí la biografía novelada de Booker T. Washington por las noches o Tom Sawyer, cuando tenía alrededor de 10 años. A su turno, cuando le pedía cómics o novelas gráficas (como Akira de Katsuhiro Otomo), si estaba dentro de sus posibilidades, me las conseguía. Entre mis hermanos, era el que con mayor facilidad me dejaba abstraer si caía en mis manos algún libro. Por ejemplo, en casa, cuando tenía más o menos nueve años, se infiltró una edición roída pero muy buena (esto es, sin alteraciones para tornarla adaptable a un público infantil) de los cuentos de los Hermanos Grimm, en la cual me detenía por horas para releerla y observar los grabados.

-¿Cómo defines tu estilo? ¿Tu adicción a Roberto Bolaño influye en tu estética narrativa y literaria?

Creo que mi estilo es bastante conciso y frontal. A veces, sin embargo, me gustaría que fluyese y estuviese lleno de digresiones y desvíos (relatos dentro del relato), como los trabajos de Fresán, Pauls o Bolaño. El último es una referencia ineludible. Admiro y disfruto muchísimo sus textos, pero no creo que determine mi estética literaria. Creo que Bolaño es un creador de universos (pienso en 2666). En este sentido, se parece en algo al trabajo que hizo Neil Gaiman en el mundo del cómic (pienso en Sandman). Paralelamente, Bolaño es un analista excepcional del personaje-escritor. Asimismo, me impresiona su destreza para variar los ejes argumentales de sus textos. En ocasiones, sintetiza con una ironía exquisita (para nada nostalgiosa o cínica) sobre sus propias experiencias como joven en la década del 70, es capaz de narrar el horror de la violencia (estatal y paraestatal) sin caer en los reduccionismos de la denuncia; también sintetiza las ironías, las complicidades y las disputas que se generan en la literatura como campo de creación y circulación textual. Asimismo, sus cuentos, en ocasiones, pueden ser divertimentos notables. Finalmente, una de las lecciones que, personalmente, me llevo de su trabajo, es la máxima de narrar o morir. Al leer 2666 o Los detectives salvajes (aunque de forma más notoria en el primer caso) es posible vislumbrar narradores febriles que, sin desvariar, maximizan los desvíos narrativos y articulan historias y mundos paralelos, pues entienden que, como el mismo Bolaño, no contar equivale a la muerte.

-Finalmente, tu cuento habla sobre inmigración, tal vez del exilio, la movilidad social, tal vez del ser extranjero. Tú, como chileno que viviste en Bolivia muchos años, luego emigraste a estudiar a Argentina y volviste, conoces claramente la sensación de sentirse extranjero, una suerte de inmigrante perpetuo. ¿Qué significa para ti esa sensación, tal vez ese desarraigo, el ser de todas partes y de ninguna? ¿Esa angustia o ese privilegio colaboró a la creación de “Forasteros en Flores”?

Esa experiencia algo dislocada sirvió para investirle de cierta verosimilitud a lo que le sucede a alguno de los personajes. En Argentina, sentí una frustración bastante grande, en tanto mis compañeros porteños estaban mejor preparados académicamente y, muchas veces, en el aula, sentía que aportaba poco y nada. Uno de mis personajes atraviesa algo similar. Por otra parte, algunas historias que incluyo en el cuento están basadas en algún relato personal de la dictadura que escuché de un profesor de Historia Argentina, así como también se incluye una anécdota de Borges que oí en una conferencia de Alberto Manguel, quien le leía en voz alta al primero, cuando este estaba perdiendo la vista. Por otro lado, la experiencia de sentirse desarraigado me ha acompañado desde hace algún tiempo. Pero esto no quiere decir que no tenga predilecciones por algunos lugares y espacios. Mi familia se formó aquí en Cochabamba, conocí a mi esposa en la facultad y tengo varios miembros de mi familia extendida así como amigos a quienes estimo muchísimo en esta ciudad. Cuando estaba en Argentina, sentía que Bolivia era mi hogar.

Fuente: La Ramona



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