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Sobre Hablar con los perros y las grandes novelas



Sobre Hablar con los perros y las grandes novelas
Por: Sebastian Antezana

Hace como un año trascendió la noticia de que Umberto Eco, el conocido escritor y medievalista italiano, iba a publicar una versión light de su famosa novela El nombre de la rosa. Según las declaraciones que dio a mediados de 2011 al periódico romano La Repubblica, Eco “aligerará” ciertos pasajes y “refrescará” el lenguaje de su obra, un thriller erudito que está ambientando en un monasterio de la todavía en formación Europa del siglo XIV. Dice la nota de La Repubblica: “El escritor pretende actualizar su libro para aproximarlo a las nuevas tecnologías y generaciones. El objetivo es que, quienes sólo conocen la obra por pasajes en internet, dada su dificultad idiomática o por lo denso de algunos pasajes, puedan leerla también”.

Más allá del debate que se origina cada vez que un escritor vuelve, para modificarla, a una obra hace tiempo terminada y publicada —es evidente que tiene todo el derecho de hacerlo—, y teniendo en cuenta que la obra aquí en cuestión es uno de los monumentos fundamentales de la literatura occidental del siglo XX, tocaría preguntarse por una actitud que, creo, en este caso va más allá de un mero afán mercantilista —Eco es, hace muchos años, un best seller internacional— e incluso más allá de cierta actitud ante la que, seguramente, muchos se habrán quedado sorprendidos. Es decir, que no creo que Eco haya decidido modificar su obra cediendo puramente a los impulsos del mercado, ni tampoco que su nueva apuesta por una mayor accesibilidad de su novela se deba exclusivamente a un reblandecimiento de carácter propio de la edad —tiene ya 79 años—, ni mucho menos a un menor compromiso con la literatura. Creo que una versión light de El nombre de la rosa obedece a un movimiento mucho mayor y de más largo alcance, que se ha venido dando progresivamente en las literaturas de todo el mundo, y –—para lo que nos concierne— en la literatura actual que se produce en castellano.

Me explico. Salvo algunas muy notables excepciones, los últimos 20 años han sido para la narrativa hispanoamericana un tiempo de obras relativamente menores. Como muestra un botón. Hace algunos meses, el crítico peruano Gustavo Faverón advertía sobre la progresiva desaparición de un género clave para nuestra expresión: el cuento —también con las excepciones del caso—, y le echaba la culpa, entre otras cosas, a la ciega y monstruosa maquinaria del mercado editorial —a estas alturas, y en muchos países, dando manotazos de ahogado para tratar de permanecer a flote. Deteniéndonos ya de lleno en la novela, género omnívoro y polifónico por excelencia, que propicia el desarrollo y el detenimiento, el uso de múltiples recursos y técnicas literarias, las obras que se producen en el mundo hispano parecen haberse vuelto, también, cada vez más simples, más lineales, menos atrevidas, menos experimentales, más estandarizadas y previsibles. La literatura en castellano parece haber perdido un norte que, aún, de alguna manera, hace de faro para otras, como la norteamericana: el mito de la gran novela. No quiero hacer aquí ningún juicio de valor sino, simplemente, marcar algunas características que son importantes porque están marcando las direcciones hacia las que se mueve la ficción de largo aliento de nuestros países. El espíritu que motivó, primero, a la generación realismo mágico y del boom, y después a la inevitable y comprensible respuesta: el Crack en México y McOndo en Sudamérica, parece haber desaparecido de nuestras letras. Parecen haberse perdido, así, las grandes gestas, las ambiciones visibles, la escritura que no puede esperar para narrarse, y han sido suplantadas, en muchos casos, por una ficción más tibia, menos seductora, menos convincente.

Esto, claro, se da en varios niveles. La estructura novelística, la forma en que se cuentan las historias, parece haber perdido cierto afán inventivo —que en el fondo no es otra cosa que la minucia y el ojo clínico del escritor-orfebre— y haberse vuelto más lineal. Los temas y las tramas parecen también haber dejado de ser mayores: ya no se inventan ciudades ni se narran grandes genealogías; la locación geográfica de la acción se ha vuelto, en muchos casos, secreto de estado y muchos personajes parecen vivir una desconexión esencial con el mundo. Hay más ejemplos. El mundo editorial, por supuesto, apunta siempre a las ventas, a conseguir mayores números de lectores, y esto, de cierta forma, obliga a un escritor a estandarizar sus temas, a alejarse de lo complejo, a ser más complaciente y menos exigente con sus lectores. Pero todavía hay más. Cuando decía que durante las últimas dos décadas la literatura en español parece haber dado, sobre todo, obras menores, me estaba refiriendo también a la extensión. A diferencia de mercados como el estadounidense —en el que en 2010 salió con muchísimo éxito crítico y de ventas la última novela de Jonathan Franzen, Libertad, que en su traducción al español tiene más de 670 páginas—, hoy es muy raro ver una novela escrita en nuestro idioma que supere las 400 páginas. Déjenme repetirlo, esto no es necesariamente malo, es simplemente un cambio de dirección respecto de un paradigma anterior.

Creo que, de alguna forma, ésa es la línea que intenta explorar Umberto Eco cuando dice que escribirá una versión light de El nombre de la rosa. Claro, puede ser que en su decisión haya tenido que ver un poco su edad avanzada, el deseo de hacer dinero y algunas otras cosas, pero creo que su gesto remite a un movimiento mayor, el de gran parte de la literatura actual.

Hablar con los perros, la más reciente novela de Wilmer Urrelo es, precisamente, lo contrario a esta tendencia minimalista de la ficción latinoamericana. Ya su novela anterior, Fantasmas asesinos, que ganó el Premio Nacional de Novela 2006, mostraba lo que esta nueva obra confirma: la pasión de Urrelo por la novela como género mayor; su capacidad para extenderse por varios cientos de páginas sin perder la atención ni la curiosidad del espectador; su talento para seducirnos y asombrarnos mostrándonos al mismo tiempo lo más crudo y lo más trivial de la naturaleza humana. En este caso, Urrelo no inventa un espacio sino que prolonga y enriquece uno existente: la ciudad de La Paz. Esa ciudad de “calles grises y feas y olvidables”, esa ciudad en la que la miseria, la pobreza y el ridículo parecen campear a su antojo, creando víctimas que se transforman en personajes inolvidables, como el Perro Loco, como Alicia, como Ananías alias el Papá. Los personajes de esta novela son a veces cáscaras, cubiertas de un algo vacío o enmudecido por la violencia, la tristeza y la impotencia. Son seres problemáticos, sumergidos en el lento y apacible infierno de la cotidianidad, que un buen día, después de algo que comienza en la Guerra del Chaco y que parece no tener fin, recuperan el habla, la alegría, la conciencia.

Ese algo, como es usual en las novelas de Urrelo, habita entre lo sórdido y lo seductor. Si la figura por excelencia de su anterior novela era el fantasma, como lo indicaba el título, la que se destaca ahora, como también lo indica el título, es la del perro: el animal que muerde y salta y se arrastra, que todo lo ve y lo escucha y lo huele desde abajo, y sus ansias cotidianas son, de muchas formas, las de la voz narrativa, las de las voces narrativas. Aquí se debe hacer un pequeño paréntesis: no creo conocer nada en la literatura boliviana, por lo menos contemporánea, que se parezca a lo que sucede en esta novela, al menos a nivel narrativo. La narración se ha desembarazado aquí de las reglas clásicas del juego y se constituye en una voz extrañamente omnipresente pero reservada, en un relato que se dobla y vuelve sobre sí mismo, para luego desdoblarse en dos, tres, cuatro, cinco y hasta seis voces. Así, no es raro que en un capítulo cualquiera del libro, la acción sea contada mediante cinco o seis narradores al unísono, sin saberse del todo dónde acaba la voz de uno y comienza la del otro, y que narran experiencias e historias que transcurren en tiempos y en lugares distintos. Y esto sin pausas, sin orden de continuidad lógica más allá de su propio ritmo endiablado, absolutamente desafiante y capaz de entregar recompensas al lector que sabe acostumbrarse a él.

Ésta es una novela, como decía, que cuenta varias historias: la del Perro Loco y su familia, la del Perro Loco y Alicia, la de Alicia y Aníbal, la de Alicia y Papá, la de los Soriano, la de los Infernales, la de sus parejas, las de varios más. Es una novela que cuenta relaciones amorosas que nunca se dan por culpa de la timidez o la imbecilidad, que cuenta crímenes exitosos y crímenes frustrados, que cuenta la guerra y sus habitantes, la guerra y sus consecuencias sociales, económicas, psicológicas e incluso metafísicas, la de sus consecuencias físicas. Hay más. Está ahí el cuerpo y su extrema fragilidad, el cuerpo que se desintegra mediante la violencia sistemática de un Otro fundamentalmente incomprensible, esa suerte de cuerpo/zoe —palabra griega que refiere a un ser, un animal, nacido para ser víctima— que nos hace vislumbrar la peligrosa cercanía de nuestra desaparición. Hablar con los perros cuenta también a la ciudad, una La Paz que es conocida y nueva para nuestros ojos, una La Paz descrita a veces desde la diferencia de clase y en la que conviven varias estéticas en apariencia disímiles.

Leer esta novela es una experiencia desafiante e incluso ardua, y por eso, como lector, debo agradecerle a su autor: uno, por darle al lector su verdadero lugar, por tratarlo con rigurosidad y atención; y, dos, por tratar de devolverle la sorpresa a un género cada vez más previsible, la ambición a un discurso crecientemente mezquino, lo seductor a un terreno cada vez más estandarizado. La novela nos devuelve también ese deseo, que parecía perdido, por tratar de escribir una gran novela, ese relato que, aunque utópico y esencialmente inalcanzable, nos devuelve la dignidad y la capacidad de escribir en grande, de pensar en grande y de inventar en grande.

Hablar con los perros es, quizás, y, fundamentalmente, una gran apuesta por la imaginación. Urrelo se ha propuesto escribir una novela compleja y sofisticada, y hacerlo desde un lugar que desconcierta y sorprende: el discurrir irremediablemente ajeno, imposible de comprender del todo, de un perro, la mayor de las veces callejero, esa quintaesencia de La Paz que percibe las cosas y las recrea desde cuatro patas y una cabeza lanuda en quién sabe qué número de voces, para entregarnos después, en la novela, un mosaico deslumbrante de violencia, desnudez y ficción, que definitivamente recomiendo leer.

Fuente: Revista Oxigeno



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