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La espera (Relato de La última pieza del puzzle) Guillermo Augusto Ruiz



La espera (Relato de La última pieza del puzzle)
Por: Guillermo Augusto Ruiz

Le encanta esa hora de la noche cuando, ya arropado en las sábanas frías, oye a mamá que apaga la luz, cierra la puerta y se aleja por el pasillo creyéndolo dormido.

Al final del pasillo, con el mismo sigilo felino, mamá cierra la puerta que comunica con la sala, y las voces y los ruidos se apagan. De lo oscuro emerge, poco a poco, el rectángulo pálido y resplandeciente de su ventana. Entonces, los ojos cerrados, se abandona a las imágenes que acuden. Imágenes del día o los días pasados. Sabe que puede abrirlos en cualquier momento y cesará la magia. O mantenerlos cerrados para hundirse en el agua de la memoria y el sueño.
Pero algo distinto sucede esta noche.

Porque el niño se levanta, avanza y se pone de puntillas hasta verse reflejado en el vidrio. Porque se queda mirando largo rato ese reflejo como si fuese ajeno. Un niño que puede ser él (con ojos más grandes o, tal vez simplemente, más abiertos) pero que tiene la mitad de la cara sumergida en lo oscuro. Percibe entonces la humedad y se toca… Es sudor frío. Mamá le ha pasado la mano por la mejilla, como cada noche al despedirse.

Entonces, no sabe por qué, recuerda el paquete. Él vio todo por la puerta entornada. Esa tarde, cuando mamá entró en su cuarto y abrió un cajón de su cómoda, creyendo que él estaba en el baño. ¿Qué era? Sintió una curiosidad que no solía sentir con lo que el falso doctor le regalaba a su madre. Pero esto era distinto. Esta tarde, al volver a casa, mamá le ha dicho algo en el auto. Quizá nada preciso. Era el tono con que hablaba. El niño sintió en ese trayecto una calma y una seguridad nuevas.

Al recordar eso, a oscuras en el pasillo, siente que el fin de la espera está cerca. Tiene que estar cerca.

Movido por la excitación, se desliza hasta el dormitorio de sus padres, empuja la puerta, tantea en la oscuridad la lámpara del velador, la enciende. El círculo tenue alcanza los pies de la cómoda. Se sube a un taburete y abre el primer cajón y mete las manitas entre las bragas y los sostenes. Ahí lo encuentra. El paquete envuelto en la franela amarilla. En el fondo del cajón. Ha tenido que extender el brazo derecho hasta allí, sentir la suavidad de la franela y, luego, el tacto del metal. Abre el paquete: una pistola. ¡Una pistola de verdad! Cierra el cajón y baja del taburete.

Es negra. El mango es áspero y el cañón, más corto que el de las armas de las películas que Fer le muestra en su computadora. Pero, a la vez, es pesada, mucho más pesada de lo que imaginaba. Tiene que sujetarla con ambas manos para manipularla. Recuerda escenas dispersas. Los disparos. Los cuerpos al caer de las azoteas. Las manchas rojas a la altura del pecho. El ojo convertido en un agujero negro. El momento en que Van Damme, de cuclillas tras un auto acribillado, carga la pistola.

Hace un arco con las piernas y se mira en el espejo vertical del cuarto de sus padres. Imagina el duelo. El pijama de Spiderman, rojo y azul, se convierte en el traje de un héroe aún sin nombre. Un justiciero con pistola y un traje que se parece un poco, solo un poco, al de Spiderman. Un duelo entre él y el superhéroe. Cuidadosamente, como ha visto hacer tantas veces, tira del martillo con el pulgar. Se oye un clic. Levanta la pistola hasta la altura de la cara del otro. Está a punto de disparar cuando oye los gritos. Como si salieran de su imaginación. Alguien en peligro. Tiene que acudir. Con paso ligero, avanza por el corredor y abre la puerta que da a la sala. Pero no cree lo que ve.
El juego se cae a pedazos. Siente una sensación desconocida subirle por el estómago y percibe, por primera vez en la noche, la frialdad de las baldosas en los pies descalzos. Ve a mamá bocabajo sobre las baldosas, incorporando el busto y levantando hacia él los ojos azorados. La cabellera le cubre parte de la cara ensangrentada. A un paso de ella, el niño ve lo que parece su celular hecho añicos.

Se oye entonces esa voz como un trueno:

Puta de mierda, no eres más que una puta.

Papá avanza a zancadas hacia ella. Al verlo se detiene. El niño se sorprende a sí mismo al descubrir que tiene apuntado el cañón hacia su padre. Después de unos segundos de perplejidad, éste le sonríe de manera extraña.

De dónde has sacado eso, hijo –dice con una voz que no parece suya.

El niño no responde. Sus brazos extendidos sostienen firmes el arma como frente al espejo. Pero del otro lado no está Spiderman, sino papá con la camisa manchada de sangre.

El vértigo le sube por la garganta y le hace temblar los músculos de la cara. El llanto está cerca, pero lo contiene algo más fuerte en su interior. Una rigidez que nunca antes ha sentido. Una rigidez que puede ser valor. Papá se limpia los nudillos en la camisa, dejando en lo blanco trazos de sangre, y vuelve a sonreírle de manera desagradable.

Hijo lindo –le dice–, ¿de dónde has sacado eso?

Da un paso adelante. Dos pasos. Tres pasos. Está a un metro de él.

No –suelta el niño, la voz ahogada–. No, papá –suplica.

Siente que la electricidad ha llegado a sus manos y el dedo índice tiembla rozando el gatillo. Todo es como un alambre tensado a punto de saltar. Entonces papá se abalanza sobre él.

Hay un disparo.

Tras el doloroso zumbido ha vuelto el silencio. Ese silencio que le gusta tanto. Un silencio de muerto único en el día. Esa hora de la noche cuando, ya arropado en las sábanas frías, oye a mamá que apaga la luz, cierra la puerta y se aleja por el pasillo creyéndolo dormido. Pero ahora, con los ojos cerrados, caído en lo duro, un frío eléctrico o líquido (es tan extraño) se va extendiendo por su cuerpo mientras se abandona a las imágenes que acuden. Sabe que puede abrir los ojos en cualquier momento y cesará la magia. Aunque no. En este momento no puede. Mejor hundirse en el agua de la memoria y el sueño. Hundirse en el silencio de las mañanas recientes, roto solamente por el ruido del motor, el chirrido de las puertas del garaje al cerrarse o el rumor de la cafetera en la cocina. Sentado a la mesa, toma los cereales y, entre cada bocado crujiente, envuelto por ese aroma delicioso, se pregunta cómo será el sabor del café.

Siente la mano anillada de mamá en el pelo. Luego la ve perderse en bata por el pasillo y cuando, solo minutos después, vuelve vestida, peinada y maquillada, él tiene que haber terminado el desayuno. A veces hasta tiene tiempo de verla, en el cuarto de baño, arreglarse con toques rápidos y precisos frente al espejo. O de vestirse solo, en su cuarto, para que al entrar mamá lo felicite con una sonrisa en los ojos.

Ahora, en vacaciones de fin de año, los días son tan largos y aburridos. Toma la mano de mamá y se pierde en el día como en una sucesión de viajes en auto y pasillos. Los pasillos del supermercado, de la farmacia, de tiendas de ropa, y sobre todo, de edificios demasiado grandes, atestados de personas mayores, donde se oye solo las suelas de los zapatos contra las baldosas y la fricción de papeles y carpetas. Pasillos donde la gente no hace más que toser y mirar sus relojes y hacer cola. Felizmente, fuera de los pasillos, siempre lo espera un helado de chocolate bajo el toldo multicolor de la heladería del barrio.
El sol se hunde detrás de los jardines y la señora recoge su pizarra de la acera y la pliega para guardarla detrás de la vitrina, donde brillan todavía los sabores y colores de los mejores helados del mundo. Mamá fuma en silencio mientras él lame las gotas de chocolate en los bordes del cono reblandecido.

Pero, la verdad, imaginaba distintas sus vacaciones. Le hubiese gustado ir al cine o al parque de diversiones o a lugares nuevos. ¿Y su sueño? Viajar a casa de los abuelos. Le fascina esa casa de campo. Ese jardín que más bien parece un bosque. O una jungla. Una vez encontró a una tortuga del tamaño de un perro pequeño, quiso tocarla con un palo al que le había sacado punta, pero en ese momento su abuela apareció y le dijo que la tortuga era de la casa y que se llamaba Lola. Desde entonces Lola se convirtió en su compañera de cacería.
¿Cuándo vamos a casa de los abuelos? –le pregunta el niño, recostado sobre sus faldas en el sofá.

Un día de estos, gordito –le responde ella con la mirada perdida en la superficie negra del televisor apagado.

¿Y cuándo será ese día? –se pregunta el niño en silencio, porque los días pasan y pasan, entre pasillos, humo, relojes, papeles, en la oscuridad de su cuarto, arropado en las sábanas frías.

Como ahora. Por eso a veces le entra quién sabe qué y se levanta de la cama en plena noche. No se pone las pantuflas de Spiderman porque las suelas de plástico hacen ruido en las baldosas. Se desliza descalzo por el pasillo. Acuclillado tras la puerta que da a la sala, se pone a escuchar las voces de sus padres.

A veces no son ellos, sino las voces de la televisión. Detrás de las voces, el niño adivina policías, asesinos, mujeres que gritan muy agudo y luego callan de golpe, como si las hubiesen fulminado. A veces puede seguir la historia, gracias a las sirenas de ambulancia, el ruido de los disparos y, algunas veces, los ruidos del amor. Sí, del amor. ¿No era así como su madre llamó a los ruidos que el niño escuchaba algunas noches? Ella no hablaba de los ruidos de la tele, sino de los salían de su cuarto…

Sin embargo, al niño le pareció que esos ruidos no tenían nada que ver con el amor cuando una noche, habiéndose levantado descalzo, se quedó de piedra junto a la puerta del dormitorio, pues una especie de alarido acababa de golpear la puerta cerrada. Había como golpes de piel, gruñidos. También, de vez en cuando, gemidos. Luego vio a su mamá salir medio desnuda al pasillo. Como nunca la había visto. Desnuda, no. Porque muchas veces se duchó con ella y conocía bien su cuerpo. Sabía, por ejemplo, que su madre tenía un lunar en el muslo izquierdo, un poco más arriba de la rodilla, y otro en la espalda, como una estrella café. No, no era eso. Era verla transpirada, con el pelo revuelto y la cara oculta en la sombra, como llorando, pero sin lágrimas (cuando su mamá lo alzó, él le pasó la mano por la cara y estaba seca).

Esa noche durmió con ella en la cama pequeña. Y le pareció que su madre temblaba. Ese cuerpo de costumbre tan blando y suave y tibio.

Se preguntó si era el efecto del amor. Todos hablaban de eso. Hasta sus abuelos. Un día la abuela lo sentó en sus faldas, en la veranda de la casa de campo, y mientras le servía frutillas con crema chantilly en un pocillo metálico, le explicó qué hacían un hombre y una mujer cuando estaban solos y enamorados.

Al principio él no quiso creerle, pero al ver las fotos que Fer, su vecino, le mostró en su computadora, supo que era verdad. Porque ¿cómo podía haber inventado esas cosas la abuela? Fer le explicó más cosas, que no entendió muy bien. Solo le preguntó si, entonces, lo de temblar era normal. Su amigo pensó un rato y luego le dijo que sí. Que así era el sexo. Y es más, le enseñó cómo tocarse, pero él no quiso. Entonces el niño se dijo que mamá temblaba por el sexo, no solo por las noches en que durmió con ella, sino por las otras, cuando se ponía a escuchar tras la puerta del pasillo.

Por eso oía los cubiertos, los vasos que caían al piso de baldosas. Un plato. Un adorno. Hechos añicos. Por eso su padre gritaba y ella gritaba. Y él escuchaba más fascinado esa otra historia, ya no la de la tele, que seguía encendida –a veces tan fuerte que tenía que distinguir en la bulla las voces de sus padres–, sino esa otra, real, que sucedía varias noches en la sala.

Cuando su padre le pasaba la mano por el pelo sentía la fragancia de su colonia. El mismo aroma picante que dejaba en su almohada. Lo conocía de memoria porque a veces mamá lo metía en la cama grande y le traía el desayuno en una bandeja. Jamón con huevos y zumo de naranja. Otras veces, notando que estaba cansada o triste, él preparaba la bandeja y se la llevaba. Pan, leche fría, una manzana. Y después se metían bajo el grueso cubrecamas de plumas, el sol filtrándose por entre las persianas y todo el día por delante.

Era sin duda el mejor momento del día. Porque las idas y venidas a esa oficina gris –con la secretaria de las uñas pintadas de violeta, y el hombre alto de manos llenas de venas y pelo canoso–, se fueron haciendo cada vez más largas. Tanto, que una tarde fue la secretaria misma quien tuvo que llevarlo a tomar un helado. Camino a la tienda, en la acera, le dio asco esa mano de uñas largas y pintadas, que le hacía daño cuando apretaba la suya al pasar por entre los transeúntes. Además, los helados de minimarket no eran tan buenos como los del barrio. Sabían a jarabe.

¿Por qué no podía entrar en el escritorio con su madre? ¿Por qué la secretaria le sonreía y le guiñaba un ojo cada cinco minutos, masticando chicle y contestando al teléfono y pintándose las uñas largas y afiladas como cuchillos? ¿Por qué el tipo, el supuesto doctor, se encerraba con su madre?

Una tarde tiró al basurero el álbum de figuritas de fútbol que él le había regalado. Odiaba sus regalos, sus manos llenas de venas, su sonrisa arrugada.
Pero, sobre todo, odiaba esa oficina, esa sala de espera.

Esa tarde, volviendo del minimarket, la secretaria le explicó, sin que él le hubiera preguntada nada, que el doctor y su mamá hablaban de cosas que no eran para niños.

No entendía lo de doctor. Mamá y él ya tenían a uno y era muy bueno, el doctor Hernández, que siempre le regalaba un chupete al final de la consulta. Y pensó que éste era un falso doctor que no tenía mandil ni estetoscopio ni inyecciones ni nada. Ni siquiera un cuadro divertido. En la sala de espera del doctor Hernández había esos cuadros tridimensionales que tanto le gustaba fijar hasta perderse en su interior. Aquí solo había paredes grises y, en ellas, unas cuantas cartulinas enmarcadas.

Son los diplomas del doctor –le dijo la secretaria una tarde, y él nunca volvió a mirarlos–. Y tú, gordito, ¿qué quieres ser cuando seas grande?
No contestó. Solo su madre tenía derecho a llamarlo así.

La verdad es que quería ser jugador de fútbol profesional, pero no se lo decía a nadie. Se reirían de él. En la escuela nadie lo escogía para su equipo. Pero su abuelo instaló en el inmenso jardín un arco con red. Él llevó la pelota y, en la final de finales, él le ganó por tres goles contra dos. Su abuelo, colorado y sudoroso, lo subió a sus hombros y le hizo alzar la copa del mundo.
Ya hacía tres semanas que habían empezado las vacaciones y todo seguía igual. Cierto, su padre no quería viajar con ellos, pero no era por eso. ¿Cuántas veces habían ido solos su madre y él a casa de los abuelos? Al principio, su padre no podía ir por el trabajo. Pero últimamente no. Era por otra cosa. Él se daba cuenta. Es que el abuelo y papá no se llevaban bien. En la última Navidad, su abuelo tomó unas copas de más –así se lo dijo su madre días más tarde–, y empezó a insultarlo. A insultar a papá. Mamá le tapó los oídos y lo llevó a su cuarto.

Cuando todo terminó vio a su abuelo, con la cara roja de rabia, echado en el sofá de la sala. Su madre le ponía un paño húmedo en la frente. De inmediato oyó las llantas del auto arrojando gravilla contra la veranda.

A su padre lo que le gustaba era ver a sus amigos. Jugar al fútbol el sábado por la tarde. Levantarse el domingo al mediodía.

Ese día mamá lo llevaba al parque. Les tiraban migajas de pan duro a los patos y daban un paseo alrededor de la laguna y, a veces, se subían a un bote a pedales para adentrarse en el océano.

El domingo era el mejor día.

No siempre fue así. Al principio los sábados iban a verlo jugar en su equipo. Era el número siete y jugaba en el carril derecho. A él le hubiera gustado que su padre le enseñara. Era muy rápido al desbordar, hacía buenos centros y metía goles de penal. Cuando defendía, se tiraba al césped y barría a sus rivales. Tras la pitada final, unas señoras sacaban cajas de sándwiches y refrescos y repartían a todos los del equipo y sus familiares. A él siempre le tocaba una Papaya Salvietti.

Ya en el auto, papá les proponía hacer unas pipocas nada más llegar a casa. Y luego se echaban a ver una película en la sala. Pero no en el sofá. Papá tiraba una frazada en el piso, cerraba las cortinas y entonces decía esto es un picnic potosino, y mamá se reía.

Pero luego todo cambió. En todas las vacaciones no volvieron a verlo jugar.
Un domingo por la tarde su padre, sonriente, le mostró un hueco debajo de la rodilla. Le dijo que metiera el dedo. Pero él no quiso. Entonces le agarró la muñeca y le obligó a meter el dedo índice en la herida. Era profunda y la sangre parecía gelatina.

Cuando vio su cara de asco y sorpresa, se echó a reír y le dijo:
¿Qué pasa, hijo? No me estarás saliendo marica, ¿no?

Ciertas cosas estaban prohibidas porque eran de maricas. Como tener asco. O miedo. O hacer alharacas cuando la comida estaba muy caliente. Por eso no entendió cuando oyó a su padre llorar por primera vez.

Fue una noche. Estaba escuchando tras la puerta del pasillo. La tele estaba encendida, pero con el volumen bajo, como ruido de fondo. Su padre empezó diciéndole no sé qué a su madre. Sin gritar ni nada. Como con cariño. Imaginó a los dos sentados a la mesa, los cubiertos en cruz sobre los restos de comida en sus platos. Pero entonces su madre lo insultó. Oyó cómo se levantaba de la mesa. Oyó cómo dejó los platos en la barra americana de la cocina. Oyó a su padre hablar de nuevo, con ese tono dulce de otra época, cuando le regalaba flores a mamá y viajaban a menudo los tres a casa de los abuelos o a otros lugares.

No hubo respuesta. O tal vez, desde donde estaba, no logró oírla.
Oyó abrirse un cajón, una fricción de papeles sobre el mantel de la mesa. Oyó cómo alguien apretaba una lata hasta hacerla crujir. Y entonces sucedió. Primero despacio, luego más fuerte. Tímido. Intermitente. Como aprendiendo a llorar. Podía imaginar a su padre llevándose la mano, ancha y velluda, a la boca. Tratando de contener ese hipo vergonzoso. La otra apretando la lata de cerveza, haciéndola crujir, hasta que la oyó estrellarse contra la puerta a la que estaba apoyado. Volvió a su cuarto a la carrera y cerró la puerta y se metió en la cama. Todavía pudo sentir su corazón palpitar durante unos minutos.
Esa tarde, al salir de la oficina gris, su madre le hundió la mano en el pelo y le dijo:

Es un hombre muy bueno. Nos ayuda –o tal vez dijo, no recordaba bien–: Nos va a ayudar.

¿Ayudarnos a qué? El niño estaba demasiado aburrido para preguntárselo. Además, sabía que lo que acaba de decir su madre era único y secreto, y que ya no habría más revelaciones. Así era ella.

Esa tarde había salido de la oficina con un paquete en la mano, envuelto en una franela amarilla, que guardó discretamente en la cartera. La secretaria tecleaba frente a su computadora y no vio nada. Pero él sí. Levantó los ojos de su dibujo y vio el gesto rápido de la mano. (Como cuando mamá ocultaba el paquete de cigarrillos en el auto, al llegar a casa, y que él fingía no haber visto.) Luego ella lo miró sonriendo en la comisura de los ojos, con la promesa silenciosa de un helado bien merecido en la heladería del barrio.

¿Cuándo vamos a casa de los abuelos? –pregunta ya en el auto.

Su madre conduce. La mirada fija hacia delante. Sus lentes de sol reflejan el color del ocaso. Y entonces le dice:

Un día de estos, gordito.

La voz, por primera vez, es tan acariciante como segura.

Los autos pasan como balas en dirección contraria. Mamá enciende la radio.
Celebrate good times, come on.

Música de mis tiempos –dice ella, emocionada, y aumenta el volumen.

Los dedos sin anillos tamborilean en el volante. Las uñas cortas, transparentes. Ya no murmura, canta con los labios más rojos que nunca.
It’s time to come together.

It’s up to you.

What’s your pleasure?

Las nubes se acumulan en el cielo. Oscurece. Mamá le cuenta todo lo que harán en casa de los abuelos. Promete muchas actividades. Habla con certeza, con ternura, con urgencia. Promete y suplica. Entonces siente mareo, el respaldar del asiento se hace frío y duro como una baldosa y todo a su alrededor, salvo la voz suplicante, empieza a girar y a disgregarse, a desaparecer.

Fuente: Ecdotica



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