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Reseña de Dublinesca de Enrique Vila-Matas escrita por Marcelo Paz Soldán



Dublinesca de Vila-Matas
Por: Marcelo Paz Soldán

Por callejuelas de estuco
donde la luz es de peltre
y en las tiendas la bruma obliga
a encender las luces sobre
rosarios y guías hípicas,
está pasando un funeral

Dublinesca, Philip Larkin

Contarles de que trata Dublinesca (Seix Barral, 2012) no tiene mucho sentido, y no es por develar su historia ya que en un paseo rápido por internet uno puede encontrar al mismísimo Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), su autor, contárnoslo. Al final de esta nota verán un tráiler de la novela y conocerán su trama. Reseñas se han escrito muchas, así que por ahí también me encuentro en desventaja; entonces, me pregunto, para qué escribir sobre un libro del que se ha dicho tanto sin caer en una repetición. Escribir una reseña de Dublinesca es un reto. A pesar de ello, sabiendo de antemano que lo que diga no suene original, me gusta escribir de ella porque Samuel Riba, el personaje central, es editor como yo.

En Dublinesca Vila-Matas se mantiene fiel a su estilo, un libro lleno de referencias a escritores –Joyce, Beckett–, pintores, cantantes: “Baja el volumen de la radio, donde se escucha a Brassens con Les copains d’abord”; está lleno de citas como la de Mark Strand “La búsqueda de la levedad como reacción al peso de vivir”. Vila-Matas nos recuerda al Ricardo Piglia de Respiración artificial, en el que el narrador utiliza muchas citas de autores para reforzar lo que está escribiendo (“Arlt es el primero que defiende la literatura de traducciones. Fíjate lo que dice sobre Joyce en el prólogo de Los lanzallamas y vas a ver”).

Samuel Riba decide celebrar un réquiem por la galaxia Gutenberg de la era de la imprenta para dar el paso al nacimiento de la era digital –“esta mañana parece condenado a ir de Gutenberg a google y de google a Gutenberg, todo el rato navegando entre dos aguas, entre el mundo de los libros y de la red”– y decide hacerlo en, precisamente, Bloomsday, y dar así de paso el salto inglés, como el del poeta Cavalcanti, un salto italiano: “Y, poniendo la mano en uno de los sarcófagos , que son grandes, como agilísimo que es da un salto y cae del otro lado y, librándose de ellos, se marcha”.

Pero Riba no va celebrar el fin de una era, sino, se da cuenta después, su propio entierro, ya que deja de editar y comienza para él el descubrimiento de lo digital, convirtiéndose en una especie de hikikomori (término japonés para referirse al fenómeno de gente apartada que ha escogido abandonar la vida social): “como buen hikikomori, Riba cree que los correos que manda van a serle siempre contestados de manera inmediata”. Por otra parte, Riba, en toda su carrera, y pese al relativo éxito alcanzado nunca encontró un autor que valga la pena publicar: “Llevar una vida de editor le había impedido saber quién era la persona que quedaba oculta tras el brillante catálogo”.

No pude abstraerme de las preguntas que Riba se hace. La literatura, a pesar de las interrogantes, de los temas tratados, siempre estará incompleta, siempre será infinita sin importar a quien se publique, el tema del que se trate, el autor que la escriba y, por ello, siguen habiendo autores, lectores, editores, formatos de edición. Como nos lo recuerda Luis H. Antezana: “Existe un gran arquetipo en la literatura; el de Las Mil y una noches en la que Sherezade, para que no la maten, tiene que contar cuentos de manera indefinida y la vida es contar para vivir”. Por eso, sabiendo que alguien ya lo dijo, como lo sabe Riba, como lo sabe Vila-Matas, la literatura continúa indefinidamente.

Fuente: Ecdótica



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