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Gato (Cuento de Alfredo Medrano)



Gato (Cuento del Libro Cuentos Perros)
Por: Alfredo Medrano

Los dos niños, metidos en la noche, duermen uno contra el otro. Hace frío y la piedra se estremece con imperceptible temblor. La calle está desierta, un gato cruza los tejados veloz como una saeta. El reloj de la catedral marca las tres, lento como el bostezo de alguien que se frota el sueño con la otra mano. Una cucaracha pasea por la calzada, agita sus antenas bajo la penumbra buscando el hueco de la alcantarilla, su morada al otro lado de la luz. Los dos niños lanzan profundos suspiros, navegando aún lejos del día, empeñando la piedra con su pequeño aliento calido que roza levemente la cuchilla del frío que anda suelto por las calles escupiendo escarcha sobre el lomo de los perros vagabundos, sobre el césped de los parques. Ambos niños se arrebujan con sus harapos delgados, casi líquidos, mientras el invierno afila y afila sus cuchillas, ambos se estrechan buscando un poco de calor, se aproximan entre suelos apretando los dientes, acurrucados, metiéndolas mano entre las rodillas, acariciando un pan duro. Otro gato maúlla y espanta una estrella. La cucaracha sigue vagando sobre las baldosas desoladas y ateridas, sigue el reloj marchando en silencio hacia el encuentro el alba, las calles desiertas con sus muros carcomidos de orín. Los niños permanecen anclados en el fondo del sueño desconocido que sueñan junto a una puerta cerrada con un aldabón antiguo mientras pase la noche. Ambos parecen gemelos porque duermen de la misma manera, con el mismo gesto desconsolado, y tienen igual hirsuto el pelo, no tienen zapatos, los dos son los únicos que pueden el paseo alocado de la cucaracha o escuchar la carrera de los gatos y lo mismo ambos tienen un extraño signo en la frente. (Otro gato grita y otra estrella cae).

El frío envuelve a los dos niños, les manosea los huesos. Uno de ellos musita algo como una palabra o una queja empujada desde el pecho, empapada en un poco de saliva, hasta escurrirse entre los dientes y llegar al aire helado que fluye por la calle donde transita la cucaracha brillosa como un prendedor perdido. El niño se agita entre su sueño y sus dientes castañean; tirita y la piedra está tibia, la piedra pulida por la carne y el trajín del tiempo, tirita y el sueño le corre por las venas a borbollones, aplastándole el pecho, mesándole los cabellos, arrastrando voces agrias por los pasadizos de su memoria. La puerta se abre de golpe, el gato dilata sus ojos del tamaño del peso de ese sueño denso y turbio. Llama a alguien, llama a su compañero. “Pedro”, dice. No: “Pablo”, dice con un apremio que le agolpa las palabras en la boca, junto a los dientes que entrechocan y dejan salir un aliento cortado a pedacitos y dejan entrar el frío de la noche, la cucaracha pulida y agitada tras el último eslabón de las tinieblas. “Pablo”, repite el nombre de su compañero junto a él durmiendo o ya llegando desde lejos, a punto de verse de nuevo sobre el umbral de piedra, apenas al margen del frío que anda suelto acuchillando el aire, la carne tibia y morena bajo los andrajos. El hombre está ahí, parado en actitud amenazante. El gato huye como una sombra golpeada por la luz. El niño dilata sus pupilas del tamaño de la luna, se siente acorralado, anhela correr pero no puede porque el miedo le sacude las piernas. La mano avanza proyectándose tensa y rígida cual una tenaza de acero y cae sobre la pequeña cabeza desgreñada. El niño grita y otra estrella cae del cielo.

El otro niño duerme tranquilo porque ya sabe correr.
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Fuente: Medrano, Alfredo Cuentos Perros Ed.Camarlinghi La Paz – 1972



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