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Gumucio Dagrón, enemigo de lo solemne



Gumucio Dagrón, enemigo de lo solemne
Por: Mauricio Murillo

Este mes Plural Editores presentó como una de sus novedades el volumen narrativo titulado Cruentos. Su autor nos habla de este libro y de su obra en general.

El año 1977 la editorial Los Amigos del Libro publicó Provocaciones. Éste era y es un libro particular. Reúne entrevistas a 14 de los escritores más importantes bolivianos de la época, de los cuáles muchos son esenciales hasta hoy. Entre los autores consultados aparecen Óscar Cerruto (Precisión: aluvión de poesía), Augusto Céspedes (Narrador narrado), Julio de la Vega (Poesía con caudal de río), Jaime Saenz (Itinerario con la cosa) y Pedro Shimose (Los resortes de la libertad). Su autor es el escritor y cineasta Alfonso Gumucio Dagrón. El valor de Provocaciones (que fue reeditado por Plural Editores) reside en que es uno de los pocos libros donde se puede entender de boca de estos autores su visión de mundo, su concepción de la literatura y la valoración que le dan a su obra. Además, encontramos anécdotas riquísimas de estas figuras literarias que nos los muestran de otra manera. Por ejemplo, está la afirmación de Cerruto de que él practicaba yudo para batirse a puño limpio con los grandulones que lo abusaban. O, también, la reflexión que plantea Saenz en torno a la valentía que debe tener un escritor a la hora de enfrentarse a las necesidades básicas y cotidianas. Provocaciones es la primera publicación de Gumucio Dagrón. Luego publicó más libros, entre crítica cinematográfica y literaria, teoría de la comunicación, poesía, ensayo, libros de fotografía y narración. Este mes Plural Editores sacó a la venta su más reciente libro. Un volumen de cuentos titulado Cruentos. Apropósito de esta nueva publicación, Fondo Negro dialogó con Alfonso Gumucio Dagrón sobre su quehacer artístico y de la percepción que tiene de su obra escrita y cinematográfica.

— ¿Cómo surgió la escritura de Cruentos?

Más que escritura, estamos hablando de una arqueología, porque este libro reúne cuentos que empecé a escribir hace 40 años. Una de las razones por las que tardé tanto en publicarlo es precisamente porque existían dos o tres cuentos que con el tiempo habían envejecido mucho (el tiempo es el crítico más severo), y al final terminé descartándolos, pero durante años traté de salvarlos empecinadamente, como si fueran almas desviadas. Cada cuento en Cruentos tiene su propia historia, por eso me es difícil hablar del libro como un conjunto unitario. Mi manera de escribir cuentos se parece un poco al modo de cómo escribo poesía: el momento me asalta, escribo generalmente de un tirón. Aunque hay una excepción en el libro, es el cuento que escribimos a cuatro manos con Carlos Mesa, uno de los más recientes. Descenso se escribió en unos diez días, mediante intercambios de email con Carlos. La serie de microcuentos creo haberla escrito en pocos días, uno tras otro; sentí que era una buena racha. Al igual que Descenso, el cuento Música de penumbras surgió de una provocación. En el primer caso fue Ricardo Bajo que me escribió para preguntarme: “¿Tienes un cuento sobre fútbol?”. Yo le respondí inmediatamente: “No, pero puedo tenerlo”. En el segundo caso, la pregunta vino de Manuel Vargas, para un número de su revista Correveydile.

— ¿Hay un eje o un tema común que recorre los relatos del libro?

Abordo muchos temas diferentes en los 51 cuentos del libro y no sé si hay un eje común. Me encantaría leer algún comentario crítico que identifique esos rasgos. Cuando yo ejerzo como crítico literario suelo indagar a fondo en los textos que comento, pero soy incapaz de hacer lo mismo con mis propios escritos. Lo que sí puedo decir, como cualquier lector podrá hacerlo, es que hay varios cuentos con temas políticos y sociales, inspirados en la realidad boliviana, como Asalto, Abarca, Interior mina, La subida y muchos de los microcuentos. Otros son relatos que podría llamar fantásticos o de ciencia ficción, porque tienen ese rasgo común y podrían suceder en cualquier parte. Finalmente están las narraciones que nacen de alguna anécdota personal, a veces insignificante, pero me dan la semilla para elaborar algo. Es el caso de Corbata azul rayada, Cascabel, Rally Dakar Paris, Bebé o Chez Papá.

— ¿Cuál es el rol que juega la extensión en un escrito? ¿Qué le permite a usted como escritor la brevedad de estos relatos?

Creo que cada relato nace con una extensión determinada. Eso sí es algo que intuyo desde que escribo la primera palabra. Quizás lo he estado elaborando en el subconsciente y en el momento de empezar a escribirlo ya sé cuándo y dónde va a concluir. Un cuento no debe ser más largo de lo necesario, todo lo contrario, creo que éste gana mientras más compacto. Otra cosa es el relato, que responde a otras reglas y puede extenderse hasta convertirse en una novela. La novela es un desafío completamente diferente, algo que encaro con mucha timidez y humildad y que no me atrevo aún a dar a conocer.

— El título del libro es un retruécano que fusiona dos palabras: cruento y cuento, ¿cuál es su relación con la materialidad de la palabra y los significados que nacen de las combinaciones? Pienso, por ejemplo, también en su poemario Sobras completas.

Me divierto con los títulos de mis libros. Me gustan los juegos de palabras porque son sugerentes y porque rompen con toda solemnidad. Como Cortázar, soy enemigo de ésta. Precisamente escogí un verso de Cortázar en uno de mis primeros poemarios: Razones técnicas. Nadie diría que se trata de un libro de poemas de amor, sino más bien un manual de mecánica. Pero Cortázar utiliza ese verso en un poema de amor, Happy New Year, cuando dice que no puede reunirse con su amada por “razones técnicas”, es decir, la distancia que lo separa de ella, el océano. Le mandé el libro a Cortázar agradeciéndole por haber usado su verso en el título sin pedirle permiso, pero sobre todo por deberle tanto mi poesía a la suya. Me respondió con una carta muy linda, diciendo que mis poemas tenían voz propia. Volviendo a los títulos, creo que desde mi primer libro tuve ese gusto por los juegos de palabras. Provocaciones fue un libro de conversaciones con escritores; Antología del asco mi primer poemario; Sentímetros fue el cuarto, con dibujos de once amigos artistas. En Cruentos son muy importantes los dibujos en tinta de Luis Zilveti (uno por cada cuento) porque me permite ver cómo se expresa un lector.

— ¿Cómo logra combinar su trabajo como escritor de ficciones con los otros acercamientos: teórico, analista, periodístico, etc.?

Probablemente mal… para responder a lo primero. Dicen que “la necesidad tiene cara de hereje”, lo mismo puede decirse de la vida de un escritor. Son pocos los que viven de su literatura, eso lo sabemos bien. En mi caso, abracé el periodismo desde muy joven y lo sigo ejerciendo con mucho placer. Es una manera rápida e inmediata de decir lo que uno piensa, y de aportar en el descubrimiento de temas que a veces permanecen agazapados, escondidos. Creo que en el periodismo cumplo una función cultural, trato de rescatar a valores ninguneados, ignorados: un libro, una película, un personaje cuyo trabajo valoro.
Los textos teóricos sobre comunicación tienen un origen diferente. Durante muchos años trabajé en la práctica de la comunicación participativa para el cambio social. Es algo que me gusta, que hago con pasión y que me ha permitido recorrer el mundo y conocer lugares tan recónditos como interesantes. Toda esa experiencia adquirida tenía obligatoriamente que derivar en reflexión, y es así que empecé a escribir primero textos más bien descriptivos, pero luego otros con un nivel de reflexión teórica. Creo que sigo combinando ambas cosas bastante bien. En mis ensayos teóricos hay también un aspecto de creación literaria. Trato de evitar los textos académicos en esos formatos rígidos que a veces exigen los congresos o las universidades. No me gusta que me impongan un formato. Muchas veces he tenido que luchar para que acepten, por ejemplo, los títulos que pongo a mis ensayos, que pretenden ser tan sugerentes como los títulos de mis poemarios. Jugando con fuego, Toma cinco, El iceberg de la comunicación, El cuarto mosquetero, Seis grados y mariposas son títulos de algunos de mis ensayos largos que he escrito sobre comunicación.

— Ha trabajado mucho en relación al cine, ¿qué influencia ha tenido en su escritura lo audiovisual? ¿Qué le brinda la narración escrita que no encuentra en otros géneros y discursos?

Sin duda hay una íntima relación entre la poesía, la narrativa, la fotografía y el cine. La imagen une a esas diferentes maneras de manifestarme. Cuando escribo un poema o un cuento, tengo en mi cabeza imágenes, no palabras. Lo único que hago es tratar de describir esas imágenes con palabras, y a veces no lo logro bien. La ventaja de poder escribir es que uno no necesita más que un lápiz, una máquina o una computadora. Como cineasta que soy, por los estudios que hice en Francia, me encantaría hacer más cine, aparte de los documentales que hago de vez en cuando, pero para hacer esto se necesitan más recursos, no basta la cámara. El cine implica trabajar en equipo en etapas de pre y post producción que suelen ser complejas. Filmar es la parte más linda, pero eso dura unas semanas. Lo más arduo es conseguir financiamiento, reunir a un equipo creativo y eficiente, enfrentar los temas de exhibición y distribución, etc. Yo no tengo la paciencia o la energía para estar cinco años montando un proyecto cinematográfico, como hacen mis colegas cineastas, a quienes admiro por ese empecinamiento y tesón. En mi caso hago cine cuando puedo hacerlo solo, con pocos recursos. En los créditos de mis películas aparezco en todos los roles: guión, cámara, dirección, edición. En algunos casos he contado con la colaboración de un equipo o por lo menos de un editor. Hay ideas que solamente las puedo traducir en una película, porque sé desde el principio que la fuerza va a radicar en la imagen, en el aspecto testimonial. Este aspecto es para mí esencial en el cine y creo que la mayoría de las películas que he realizado, desde El ejército en Villa Anta hasta Voces del Magdalena o Mujeres de Pastapur, tienen ese sesgo.

Fuente: Fondo Negro



Una Respuesta »

  1. […] político como en Fábulas contra la oscuridad, de Jaime Nistthauz, La máscara del gorila, de Alfonso Gumucio Dagrón, Huelga y represión, y Días y noches de angustia, de Víctor Montoya; la llegada de una […]

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