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Bolivia en la narrativa del “Boom”



Bolivia en la narrativa del “Boom”
Por: Adolfo Cáceres Romero

¿La literatura boliviana estuvo exenta del movimiento literario más importante del pasado siglo en Latinoamérica?

Me llamó la atención el título con el que Página Siete –en su espacio dedicado a Culturas, el pasado domingo 18 de noviembre– celebra el medio siglo del “boom” latinoamericano afirmando: “A 50 años del boom literario que no pasó por Bolivia”, como si se tratara de un fenómeno aleatorio, cuando de lo que sí se trata es de una afortunada corriente literaria –en parte similar a la del modernismo, que se dio en la poesía hispanoamericana de fines de siglo XIX y comienzos del XX, sólo que esta vez marca la narrativa de la segunda mitad de dicho siglo. Por las respuestas que dan los entrevistados –entre ellos dos catedráticos de la carrera de letras de la UMSA–, todos tienen una vaga idea del “boom”. Raquel Montenegro afirma: “Este fenómeno no pasó por Bolivia porque en el país tenemos una debilidad en la difusión que, incluso, vemos hasta estos días”. Insinúa que el “boom” antes que un fenómeno literario es un problema de difusión. No la culpo. Es lo que inventaron de este movimiento sobre todo los medios, por la publicidad que recibieron los novelistas de entonces, al cobrar relieve no sólo con los premios que se adjudicaron en los certámenes literarios, especialmente de España (Seix Barral, Nadal, Alfaguara, Planeta, entre los más notables), sino por la innegable calidad de sus obras. Lo curioso es que Guillermo Mariaca todavía esgrime el recurso de la mediterraneidad como consecuencia de la “ausencia de las letras bolivianas en el boom” cuando dice: “Somos un país encerrado en sí mismo y no sólo a nivel geográfico. Es muy difícil, en esta situación, que algún escritor boliviano, por muy talentoso o bien relacionado que esté, llegue a formar parte de un movimiento continental como fue el ‘boom’”. El despiste es similar en los juicios de Wilmer Urrelo y Juan Pablo Piñeiro.

¿QUÉ ES EL “BOOM”?

El “boom” es una nueva forma de narrar que se hizo visible en 1962 cuando Mario Vargas Llosa ganó el Premio Biblioteca Breve (Seix Barral) con su novela La ciudad y los perros; y no sólo eso, sino que al año siguiente (1963) esa novela se hizo acreedora al Premio de la Crítica, también en España. A partir de entonces, la seguidilla de escritores hispanoamericanos galardonados en certámenes literarios de España y América es enorme. No vamos a entrar en esos detalles, para no alargar este artículo, pero sí nos vamos a ocupar de sus figuras más representativas, por cuanto los entrevistados de Página Siete tampoco las precisan, considerando la importancia de sus obras. Lo innegable es que la narrativa del “boom” tiene raíz europea, tal como ocurrió con la poesía del modernismo. Si bien el puente fue William Faulkner (1897-1962), que influyó en todos, inclusive en los escritores bolivianos de uno u otro modo, sus maestros son James Joyce (1882-1941), Franz Kafka (1883-1924) y Marcel Proust (1871-1922), aparte de Virginia Woolf (1882-1941). Su forma de narrar también es conocida como la Nueva Narrativa, para diferenciarla de la tradicional, omnisciente y cronológica. En Bolivia, Óscar Rivera Rodas publicó La Nueva Narrativa Boliviana (1972) como una visión exclusiva de los nuevos narradores bolivianos que participaban del “boom”. Desde luego que no todos sus lectores estaban conformes con esta nueva forma de narrar; el historiador de la literatura boliviana Fernando Diez de Medina y el crítico Juan Quirós consideraban que se trataba de una moda decadente. Nunca pensaron que podía tratarse de un nuevo estilo, que revitalizaba la novela, condenada a su extinción por Ortega y Gasset. En cambio, el crítico español José Ortega en Letras Bolivianas de Hoy: Renato Prada y Pedro Shimose (1973) y Narrativa Boliviana del siglo XX (1984) la destaca como una de las propuestas estéticas más serias de la narrativa boliviana.

RENATO PRADA. Cuando en 1969 Renato Prada ganó el Premio Casa de las Américas de Cuba, con su novela Los fundadores del alba, abrió un cauce de vasto alcance para las letras bolivianas, inaugurando al mismo tiempo el Premio Erich Guttentag, con la misma novela, teniendo un jurado de lujo, integrado por Mario Vargas Llosa, que destacó tres novelas que aspiraban a ese premio; una de ellas, la ganadora, llegó a tener más de 20 ediciones, tanto en Bolivia como en Cuba, con un tiraje que sobrepasa los 50.000 ejemplares, sin contar sus traducciones al inglés, checo e italiano; luego Vargas Llosa destaca La mansión de los elegidos, mi novela que ya tiene tres ediciones, y Matías el Apóstol Suplente de Julio de la Vega, igualmente reeditada como una de las mejores novelas de la literatura boliviana. Y eso no es todo. El año 2009, la revista Semiosis (Vol. V – N° 10), de la Universidad Veracruzana de México, dedicó todo su espacio al estudio de la obra de Renato Prada, especialmente a su narrativa, considerada como una de las más importantes de América Latina. Me parece oportuno aclarar que Renato Prada es autor de varias novelas y libros de cuentos que se editaron fuera de Bolivia.

BOLIVIA Y EL “BOOM”. Desde luego que hay muchos más narradores bolivianos que forman parte del “boom” latinoamericano, entre ellos se destacan Marcelo Quiroga Santa Cruz con sus obras Los deshabitados (1959) y Otra vez marzo (1990), de estilo joyceano; Raúl Teixidó, que reside en Barcelona, autor de la novela proustiana Los habitantes del alma (1969); René Poope, autor de Después de la calles (1971), de estilo joyceano, y Koya Loco (1973), cuentos mineros; Gilfredo Carrasco con El caldero (1975), libro con el que ganó el Premio Franz Tamayo, en 1973; Néstor Taboada Terán, especialmente con sus novelas El Signo Escalonado (1975) y Manchay Puito el amor que quiso ocultar Dios (1977), esta última publicada por Sudamericana de Buenos Aires, editorial que lanzó Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez y Rayuela (1963) de Julio Cortázar. Hemos citado a los narradores bolivianos más notables a nivel universal, sin desmerecer la obra de otros que también conjugan con esta nueva forma de narrar, como Óscar Cerruto, Fernando Vaca Toledo, Arturo Von Vacano, Jesús Urzagasti, Pedro Shimose, Fernando Medina Ferrada, Edgar Ávila Echazú y Jaime Sáenz, del que recién sacaron su Tocnolencias (2010), novela inspirada en el monólogo con el que Joyce concluye su obra maestra Ulises.

Fuente: Fondo Negro



3 Respuestas »

  1. […] galardonado escritor boliviano Adolfo Costa du Rels, afirmó que el Boom Latinoamericano no fue más que un ejercicio publicitario. Años después aquello fue corroborado por Carlos […]

  2. Samuel Arriarán dice:

    Yo coincido totalmente. No sólo Renato Prada, Néstor Taboada Terán sino también el mismo Adolfo Cáceres y muchos otros narradores bolivianos forman parte fundamental del “boom latinoamericano” si por esto se entiende aquel gran movimiento literario que en los años de 1970 superó estéticamente a las narrativas europeas y angloamericanas.

  3. Samuel Arriarán dice:

    Es un error reducir el boom latinoamericano a un simple ejercicio publicitario. Carlos Fuentes en libro La gran novela latinoamericana (2011) reivindica este movimiento destacando la originalidad de sus aportaciones formales.

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