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Nisttahuz



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Nisttahuz
Por: Claudio Ferrufino C.

Hay que remontarse dos décadas, un poco más, para hacer memoria de mis primeras lecturas de Jaime Nisttahuz, “don Jaime”, como le dicen a cabalidad los escritores jóvenes.

Veinticinco años talvez, cuando lo leí en las páginas de Presencia Literaria, que dirigía Juan Quirós. Una noche paceña, en excursión amatoria de entonces, visité con una muchacha inglesa al monseñor y conversamos de literatura. Confesó su predilección por dos escritores que eran habituales del suplemento: Nisttahuz y Urzagasti. De ambos compartía poemas y prosas breves; de Nisttahuz hablaba de un preciosismo que a la larga se convirtió en rito lacónico. Terminó -es un decir- siendo un ecónomo, como debe ser un buen poeta, y escribir lo mucho que tiene en pocas palabras. Por eso, para espanto de literatos remilgados y de féminas líricas, destapa que el buen lenguaje no existe, o no solo ahí, en la pulcritud del verbo. Bukowski y Miller nos lo enseñaron; y Quevedo. Y Jaime Nisttahuz lo adecúa al medio y despotrica contra el mundo en la jerga riquísima de la calle boliviana, fuente inagotable de literatura, no solamente de estilo popular o tradicional, sino como carajazo expresivo de un poeta bebido en todas las fuentes, que de pronto deja de lado lo que se espera de él y narra en un estilo que se desprecia por lo general y permite penetrar espacios antes vedados de experimentación. Al pan pan, y al vino vino. Y al culo, culo. Bien dicho. Bien hecho.

Manuel Vargas es el apóstol de las letras nacionales. Rescató a Viscarra de un olvido al que hubiesen querido condenar. Publica a Nisttahuz, arriesgando la prédica criticadora de quienes creen saber escribir, y que detestan cualquier reminiscencia que ponga al literato con los pies sobre la tierra, entre la mierda diaria, los tragos, cueros, putas y maldiciones. Ese mito de la torre de marfil no ha acabado; sigue muy presente y fuerte en la idiosincracia local. A ellos claro que no les gusta lo que cuenta Nisttahuz en sus narraciones, será muy crudo, muy burdo, muy autóctono, falto de sofisticación y academia. Nada más lejos de la verdad, que cuando un autor inmiscuye la vida en sus textos y él mismo se refriega el rostro con la ansiedad, miseria, dolor y diversión del mundo real y cotidiano, algo bueno ha de salir, Así en la literatura que Jaime nos viene entregando desde hace años, en cuentos desnudos o en historias de maníacos y desquiciados. El desquicio de ver pasar una falda y admirar un culo, y que hablando de la hinchazón que tal imagen produce detrás del cierre, Jaime se refiera a ello como cosas de “pichi” y no de “miembro”, lo entendemos todos y no nos producirá escozor porque con palabras así crecimos. Vienen al caso los choricitos que se venden por las noches en Trinidad, los pichi e’ boli, pequeños y regordetes, que la mala opinión racista y despiadada asegura imitan las vergas de los soldados andinos. El diccionario no solo se compone de adustez.

Preparan un homenaje al escritor Jaime Nisttahuz, paceño del 42, y me adhiero. Su desdén por fama y notoriedad es algo que hay que admirar, en una tierra de gallitos catalanes como la nuestra. La mejor memoria es la escrita, que los oropeles y los discursos van con lo que el viento se llevó. Ahora mismo, en Colorado, fin de la pradera e inicio de la montaña, región paradójica como Bolivia, tengo a mano un ejemplar suyo autógrafo. Nunca lo he visto en persona. Y le doy la razón: no importa. Las apariciones en la prensa y en el ecrán eso son: apariciones. Guardo sus libros como atesoro las palabras del padre Quirós que mucho sabía de lo que trataba. Valga la ocasión para obviar kilometrajes y relojes y anotar un nombre de valor: Jaime Nisttahuz, que da la casualidad escribe, y bien.

Fuente: lecoqenfer.blogspot.com



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