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El círculo de los escritores asesinos: provincias literarias, Lima y el Perú que nos dejó Fujimori



circulo de escritores asesinos

El círculo de los escritores asesinos: provincias literarias, Lima y el Perú que nos dejó Fujimori
Por: Wilmer Urrelo

Nota leida en la presentación de El círculo de los escritores asesinos de Diego Trelles Paz

Allá por 2001, luego de publicar Mundo negro, un crítico destrozó mi novela en una publicación dominical. El que escribe, aunque hizo creer a los demás que no le importaba en lo más mínimo, sí le importó. De hecho, pensé, en algún momento de ego-desesperación, en mandar al suplemento «una réplica», como se dice vulgarmente en los ambientes literarios. Por fortuna, eso nunca pasó. Por esos días en los cuales pensaba qué decirle a ese atrevido que había tenido la osadía de escribir mal de mi libro me reuní con el ya fallecido periodista Antonio Peredo para regalarle un ejemplar de éste. Luego de hablar de varias cosas le conté los planes que tenía: responder a la crítica, ser implacable con ese degenerado. Don Antonio había dejado de ser mi docente hace unos años atrás y aún así, bondadoso como era, me siguió dando lecciones, y quizá ese día me dio la lección más importante de mi vida en esta vaina literaria. Con la calma que lo caracterizaba me miró, sonrió y dijo algo más o menos así: «usted no aprendió que habrá gente que le gustará lo que escribe y otra que no. ¿Si no aprende eso para qué escribe? Responder a esa crítica demostraría que usted no sabe nada».

Obvio que no respondí a la crítica. Y obvio que no responderé a una jamás.
Pensé en este episodio al comenzar a leer el libro que nos convoca hoy. Pensé que, pese a todo, los escritores bolivianos y peruanos y gringos y europeos seguimos viviendo en una provincia literaria mental. Pensé que alguien, un crítico, un reseñador o un simple lector nos diga que lo que escribimos no le gustó, es un motivo para la depresión y, lo que es peor, para saltar a defender nuestro libro.

Por eso, El círculo de los escritores asesinos es un libro que tiene «múltiples lecturas», como diría un vulgar estudiantín de la carrera de literatura. Y tendría razón. Decir que sólo es una novela policial sería quedarnos cortos. Y es que gracias a esta novela recordé también dónde y cómo nació mi peruanidad escondida. Nació gracias a las novelas de Vargas Llosa, a los libros de José María Arguedas, a los ensayos de Cornejo Polar, a Trampolín a la fama, a Risas y salsa o bien a esa esta magnífica película llamada Gregorio.

El libro no es tan policial, como les decía. Los cinco personajes que narran sus vidas y las circunstancias en que le dan muerte a García Ordóñez, un crítico literario que destroza sus escritos, refleja de forma sustancial cómo es el ambiente literario en cualquier parte del mundo y mucho más dentro de esos grupitos a los que por fortuna el que habla ha rehuido siempre. E incluso se utilizan las mismas frases que utilizaríamos acá en Bolivia o en la Argentina. Por ejemplo, dice uno de los criticados: «Los llamados críticos literarios eran estudiantes de periodismo o literatura que se ejercitaban como verdugos con las novelas de sendos desconocidos». Cuando la crítica se publica todos los del Círculo quedan estupefactos y uno de ellos exige matar a su autor. Al tiro pensé lo siguiente: el peligro de los círculos literarios (y más de esta novela) es ése: se creen sus propias mentiras; que uno crea las propias, vale, pero que crea las mentiras literarias de los otros, eso ya no.

Moraleja, es mejor estar solito.

Larrita, Ganivet, el Chato, Casandra… los del Círculo, nunca tuvieron un Antonio Peredo que los bajara a la tierra y por eso matan a García Ordóñez.
Y de ahí, de la provincia literaria, la novela da un salto espectacular hacia la peruanidad post-noventa. ¿Cuánto afectó Fujimori a los peruanos? ¿Qué pasó con ese Perú donde las chicas, las jovencitas, se llamaban Paloma y los chicos, los jovencitos, se llamaban Jean Pierre? ¿Ese Perú donde Laura Bozzo estaba enamorada de Montesinos y hacía todo lo posible por apoyar al régimen (nota mental: qué asco da verla ahora, blanca palomita, trabajando en México como si nada hubiese pasado) y donde Montesinos le ponía una casota bien huachafa a su amante? ¿Qué paso con ese Perú del que parece que la gente se olvidó en las últimas elecciones: o si no por qué Keiko Fujimori casi, casi, es elegida Presidenta?

Ese Perú pos-dictadura y post-vídeos escándalo, en la novela, parece ser también oscuro, marginal, como el bar en el que el Círculo se reúne. Parece ser también triste como los protagonistas del libro. ¿El Perú es un país triste?

¡Cuánto daño hizo Fujimori a los peruanos!

Y Lima también se encuentra en esta magnífica novela. La Lima que parece ser enorme, infinita en su necesidad de ser explicada, narrada. Ya lo hizo Vargas Llosa en Conversación en la Catedral o bien Oswaldo Reynoso en la novela En octubre no hay milagros ¿Qué tienen pues las calles limeñas? ¿Los oscuros bares y las frías mañanas que uno tras otro se empecinan en seguir escribiendo sobre ellas? Cosa rara: todo el mundo dice que Lima es fea.

Escribo este texto mientras escucho una de las grandes canciones que se hicieron sobre Lima, en realidad sobre una de sus avenidas y que a partir de ella explica, creo, toda la ciudad. Ahora escucho lo siguiente: «Cazadores vienen y van, buscando sus presas por la ciudad,
motores rugientes en pleno están, 
llegan a Larco a manifestar, pues es viernes sangriento, 
pues sus casas dejaron, 
buscan unas muchachas, 
están embalados en tragos…». Es parte de la letra del grupo Frágil y la canción se llama «Avenida Larco». Una canción que también nos muestra a una Lima de calles oscuras, «tugurios varios», como dice el Sebas Antezana en el prólogo de esta edición. Esa es la Lima que fascina, o mejor: esa es la Lima que te hipnotiza. Qué envidia dan los narradores peruanos: hablan mal de Lima, le dicen fea, y nadie brinca. No como acá, en esta ciudad, La Maldita, donde si tú dices eso te acusan de traidor, y donde su literatura, en general, alaba esa supuesta magia paceña.

¡Cuánto daño nos hizo Jaime Sáenz!

Pero antes de terminar me atreveré a hacer un par de preguntas al Diego. Ojo, son dos preguntas que me vienen dando vueltas desde que cerré el libro y que salen de mi peruanidad oculta:

1. ¿Es García Ordóñez Marco Aurelio Denegri?
2. ¿Por qué llamar a un perro Cornejo Polar?

Y una pregunta para mí: ¿por qué terminas haciendo preguntas tontas cuando no sabes cómo cerrar una nota?

Fuente: Ecdotica



Una Respuesta »

  1. […] Un crimen sin presentes, muchos sospechosos y pocas pistas. Parece la receta de un thriller policiaco, pero con una variante: no hay un detective y es el propio lector quien deberá resolver el caso de El círculo de escritores asesinos. […]

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