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Werner Guttentag y la señora Ahlfe



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Werner Guttentag y la señora Ahlfed
Por: Simon Lamb

Si había germano parlantes alrededor, Leonore estaba segura de que los encontraría. De manera que no fue una sorpresa que nos anuncie un día que había conocido a alguien de origen alemán – Werner Guttetang – que tenía una librería en Cochabamaba que se llamaba Los amigos del libro. Werner le había dicho que su familia había venido en barco a Sudamérica en los años treinta, primero a Panamá y luego a Bolivia, escapando de la Alemania nazi. Bolivia era uno de los pocos países que estaba lista para aceptar refugiados, y Werner aceptó pronto a este pequeño país como su nueva casa, y siempre sintió gratitud por Bolivia y los bolivianos por ayudar a su familia en la hora de la necesidad. Era un hombre muy culto que no solamente vendía una amplia gama de libros de arte, historia y ciencia en Sudamérica, sino que también alentaba a nuevos autores y publicaba sus obras. Estaba intrigado por nuestro proyecto e inmediatamente nos sugirió que buscáramos a la señora Ahlfeld, la viuda de Federico Ahlfeld, el mayor geólogo de Bolivia, que también era un refugiado europeo. Federico había escrito el único libro solvente – hoy completamente inencontrable – sobre la geología de Bolivia, resumiendo todo lo que se sabía sobre depósitos minerales en esta parte de los Andes. Había muerto en los setentas, pero su viuda aún vivía en Cochabamba.

Pronto supimos que la señora Ahlfeld estaría encantada de conocernos y, de hecho, nos invitaba a tomar el té. Así, una tarde Leonore, Ahorca y yo, junto con Werner, nos encontramos en el jardín de la señora Ahlfed en una parte tranquila de Cochabamba. Ella era una mujer pequeña y elegante, casi como un pajarito, iba por sus ochenta años y estaba determinada a que tomáramos un té como se debe. En una mesa cubierta con un blanco mantel inmaculado había arreglado bandejas de sándwiches, queques, galletas, y servía el té en una tetera de plata. Podía hablar inglés, alemán y español, aunque su inglés estaba un poco oxidado. Como quiera, la hacía sentirse orgullosa el hecho de hablar en alemán con Leonore y Werner, y en inglés conmigo y con Ahorcan. “Es simplemente educado que uno se dirija a cada persona en su propia lengua”, dijo. Me llené de vergüenza al pensar en mi terrible español. Leonore, por lo menos, hablaba inglés y alemán fluidamente y Ahorcan aprendía español rápidamente.

Después de más o menos una hora, Werner decidió que la señora Ahlfed se sentía cansada y que debíamos irnos. Ella estaba determinada a que nos quedemos; pienso que era de hace mucho tiempo que no hablaba con geólogos y habíamos removido viejos recuerdos. Cuando finalmente íbamos a irnos, nos endosó cierto número de documentos geológicos de Federico, incluyendo su libro sobre depósitos minerales en Bolivia. Habia decidido claramente que nuestro proyecto andino era el mejor lugar para ellos y ahora los mismos hacen parte de la librería andina de Oxford. Estos regalos deben haber picado a Werner, ya que éste de pronto confesó que tenía una gran colección de mapas geológicos de Bolivia hechos por el Centro de Estudios Geológicos Bolivianos bajo la dirección de Federico en los sesenta. Los mapas hace tiempo que no se imprimían y ni siquiera el Geological Survey tiene muchas copias de ellos. Cuando fuimos a ver la colección de Werner estábamos sorprendidos, se trataba de un tesoro científico de información geológica. Apenas podía creer a mis oídos cuando Werner que quería darnos los mapas. Los examinamos ávidamente, mirando el lecho rocoso de los Andes frente a nosotros con una banda de colores salteados; cada color era una formación rocosa depositada en el remoto pasado geológico boliviano. Para nosotros, bien reservados en el lenguaje de este tipo de mapas, eran un piedra de Rosetta que nos ahorraba meses sino años de trabajo, dirigiéndonos directo a donde debíamos mirar.

A través de los años, cuando sea que estuviéramos en Cochabamba, llamábamos a Werner para contarle en que andábamos. En una de esas nos dio la triste noticia que la señora Ahlfel había muerto. Y tampoco Werner estaba muy bien. Pero había abierto una pequeña ventana para nosotros en Bolivia que ahora se perdió para siempre, y yo siempre pienso en él y la señora Ahlfeld con un gran sentimiento de afecto.

Fuente:LAMB, Simon “El diablo en la montaña” Plural Editores 2010



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