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El destino arcano predestina los encuentros. Sobre Y en el fondo tu ausencia de María del Rosario Barahona, Premio Nacional de Novela 2012



Y en el fondo tu ausencia

El destino arcano predestina los encuentros. Sobre Y en el fondo tu ausencia de María del Rosario Barahona, Premio Nacional de Novela 2012
Por: Luisa Fernanda Siles

Yo no conocía a María del Rosario Barahona. No sabía que compartíamos la misma pasión, que la constante en nuestras vidas era la narrativa. La necesidad casi física de habitar mundos ficticios y movernos dentro de ellos como si fueran propios. Que ella, como yo, se había presentado al concurso nacional de novela y, tal vez como yo, lo hizo con timidez, insegura del propio trabajo, creyendo que habría otros más experimentados que podrían opacarlo. Y si me adentrara en los acasos con seguridad encontraría sin fin de coincidencias entre nosotras, dos soñadoras de las palabras. Es que el destino arcano predestina los encuentros. Caprichoso y certero aúna a aquellos que están en la misma sintonía, a aquellos viajeros de caminos paralelos.

En mi encuentro con la prosa de María del Rosario, destaco la voz de una escritora con registros potentes y, a la vez, sutiles, palabras punteadas de tristeza que me provocan curiosidad, me invitan a dejarme llevar por ellas. Creo que su estrategia narrativa se sostiene en mantener al lector en un estado de ánimo centrado en la melancolía. ¿No se dice acaso que de la infelicidad nace la felicidad? Hay un fin y una estética en ello. Un fin claro, un espacio literario concreto al que la autora aspira a llegar, y lo consigue.

La narración a veces fragmentada, a veces puntillosa pero siempre elegante de Y en el fondo tu ausencia desmenuza la conmovedora historia del día a día de las hermanas María del Carmen y Juana de Dios Gil de 17 y 19 años, respectivamente, sobrevivientes de la espantosa peste de erisipela que cobró las vidas de cientos de almas de La Plata y los meses previos al fallecimiento de un sacerdote anciano que se culpa de no haber sido consecuente con su fe y haber vivido su vida como un parásito, al margen de los códigos, los designios y los compromisos de su religión.

En las páginas de la obra se abre un mundo desahuciado, en el cual la peste ‒la última frontera que cruzar antes del fin‒ y la soledad estrangulan sin prisa pero sin pausa a las hermanas María del Carmen y Juana de Dios Gil. Las destroza ante los ojos del lector quien sólo puede desear que no suceda lo peor. Lo peor es la locura o tal vez lo mejor, así una vez mas, la enajenación se convierte en un escape piadoso para no enfrentar lo que resulta imposible enfrentar: el dolor más atroz. El pesar pavoroso. La mente sabia encuentra la vía de evasión, la menos esperada, tal vez la más magnánima. La novela se adentra en la demencia de Juana de Dios, navega en esas aguas de azogue la jovencita y nos inquieta. Su mundo lóbrego espumado de quebrantos, trágico como drama épico tan a tono con su tiempo y tan insólito para el nuestro. Revuelta y confundida la realidad, se apagan las dos niñas, poco a poco, como el mundo que conocieron. La culpa y la demencia, los dos remolinos que giran independientes y a contrahílo atrapan a las congéneres en su corriente, las engullen, les tiñe los ojos de tinieblas y les clava certezas desnudas e hirientes. Las mil derrotas de la soledad.

Soledad áspera, especialmente traicionera, sin contornos. Soledad terca de aquel que lo pierde todo. Soledad hecha aullidos y girones. Soledad moribunda y calada de aguacero. Soledad envenenada de ventarrones huérfanos, de lloviznas que desencajan el ánimo, de árboles que tiemblan y alboroto de ramajes ennegrecidos. Noche triste sin mañana, sin esperanza.

Como el agua orada la piedra, la incertidumbre como una melodía constante mina el ánimo de las hermanas, la desesperación barruntada, casi a escondidas susurra como adormecida a las jóvenes mujeres que no queda mucho por hacer. Una fue lo que todos esperaban que ella fuera y la otra no tuvo tiempo de ser nada más que una niña. Así las adolescentes Juana de Dios y María del Carmen Gil enfrentan el fin cuando no han vivido nada en un ambiente asfixiante.

Así también la muerte está presente todo el tiempo en la realidad de las hermanas. Realidad apagada y breve de almas torturadas y rotas. Una por la expiación de sus culpas y la otra por la locura y el dolor. Dentro de las cuatro paredes de una casa solariega encerradas en la penumbra fantasmal las jovencitas esperan.

“Mira Juana de Dios, que quiero que me digas eso y más, si quieres nos sentamos una enfrente de la otra, bordando las casullas que tenemos pendientes para los dominicos mientras esperamos a que pase la lluvia. Ven, Juana de Dios, toma asiento aquí, ahora que ante el riesgo del contagio, la servidumbre ya ha quemado en fogata sus sábanas y pequeños ropajes, sus vestidos de encaje, sus enaguas de zaraza, sus zapatillas de raso, sus muñecas de trapo vestidas de terciopelo que nuestro padre les trajo de Lima. Ahora que el tiempo pasa cansino y está de sobra, ahora que todo el tiempo es desesperadamente nuestro aquí en nuestro reino, en esta casa con huerta de tarcos floridos, árboles frutales y crisantemos rosados, casa vacía de risas infantiles, pero llena de tus pájaros negros llamados chulupías.

En fin, sé que vos no estas exenta de esperar, porque esperar, es nuestro destino.”

La historia de Josep de Suero corre paralela a la de las hermanas Gil. El viejo sacerdote, la sombra encorvada luce como un fuelle desvencijado, resoplando y ayudado por su bastón, hollado el destino por la vejez resbala e inicia una caída libre: la convexidad de la conciencia que significa tener la certeza que todo termina y se es carne de mortaja. El odio con sus arrogancias, la indiferencia, la envidia empujan a los abismos. Seguimos a Josep de Suero que se dice “Convicción, no tuviste ninguna”, somos testigos de la negritud de sus pensamientos, sus mezquindades, sus injusticias y su indiferencia. Desaciertos que él reconoce pero no hace nada por enmendar o enmienda a medias. Y así este náufrago de sus vacíos, de apolillado semblante, como su alma mísera, poblada de egoísmos mundanos y no precisamente píos entra en nuestras vidas.

El gran mérito de María del Rosario: esbozar con precisión sincera la psicología de sus personajes, atisbar el envés de su alma y su época. Nos muestra un Josep de Suero, miembro de una casta clerical poderosa e inquisitoria, desenvolviéndose en una sociedad pechoña que se derrocha en deferencias a la Iglesia católica y en indiferencia a los explotados, a los esclavizados que perecen atrapados en los engranajes de la maquinaria del abuso colonial.

“Sabiendo que muchos te desprecian, no sé cómo no te da miedo partir al amanecer, envuelto como un príncipe en tu capa de armiño que va barriendo los suelos, rodeado de tus esclavos negros, llamados de igual modo gracias a tus extravagancias. Tomás I o Génesis, dices al primero o más viejo de tus esclavos, Tomas II o Éxodo al segundo, apuntándolos a cada uno con tu índice de supremacía. Ambos te responden casi al unísono, con fidelidad de animales, que al final eso son para vos.”

La narrativa de María del Rosario Barahona esgrime un lenguaje de época, sin ser afectado ni recargado. A mi parecer Y en el fondo tu ausencia es una novela de época que transmite los valores y el modus vivendi de su tiempo y no una novela histórica. Lo cual hace que su lectura discurra ligera y nos gane la policromía de las imagines relatadas. Sin embargo la historiadora asoma en cada frase, habla con dominio de los mundos extinguidos de Charcas, de la ciudad del Potosí, Villa imperial de Carlos V y nos musita al oído haciéndonos sentir: como si estuviéramos ahí, juntito a ellos, formando parte de ellos.

La ambientación en la ficción es uno de los andamiajes en los que se sustenta la gran escenografía que hace lo increíble creíble. El trabajo de la autora me evoca el detalle. La radiografía tenaz. La fotografía exacta de una sociedad desaparecida que llega a nuestros tiempos como en una cápsula del tiempo sellada y se abre para nosotros. La contextualización con la reconstrucción de los escenarios de tiempos de finales de la colonia en el país presente en Y en el fondo tu ausencia resulta convincente, contribuye a erigir una atmósfera sórdida embebida en las abismales diferencias de clases. Una sociedad conformada por los estratos sociales dominantes que vivían con fasto y nonchalance en contraposición a los esclavos negros y los “indios flacos como calaveras¨ a quienes se obligaba a pagar el diezmo y se exprimía con crueldad.

El rescate del lenguaje tiene para mí un valor incalculable, repescar las palabras expresiones, dichos, canciones, equivale a traer de las cenizas hermosas antiguallas destinadas a la desaparición. Los objetos cotidianos llamados por su nombre, las costumbres revividas, los vestidos de brocado con sus volantes y refajos, las peinetas hechas de lapislázuli y filigranas de oro, las canciones de rondas infantiles y de cuna, son delicadezas que la autora captura en su novela premiada con acierto en tiempos en los cuales el idioma se encuentra agredido por tanto anglicismo, barbarie lingüística derivada de las tecnologías y la disminución del universo de lectores achacable a la televisión, al cine, en este mundo del prefabricado y de la civilización del espectáculo.

La lectura de Y en el fondo tu ausencia me sumergió en un universo nostálgico, porque la verdadera trama de este libro es la desesperanza. De sus páginas se desprende profunda tristeza, que ahonda en una atmosfera de locura, en una pesadilla de soledad y muerte. El fracaso, el desahucio, la resignación, ese aire de noche enterrada en la oscurana. Noche ahuecada por la ausencia antes de ser devorado por la peste o por la edad o porque ya toca, y el deseo casi natural de morir en paz pues no hay segundas oportunidades. Como dice una de las hermanas Gil: “es el tiempo del fin.” Y es que precisamente desarmados nos encontrarnos ante el inminente fin sin haber concretado lo añorado. Porque el ser humano en su necedad insiste o no se esfuerza por rectificar a tiempo sus yerros. Como si no hubiera escape posible de nosotros mismos.

Un hombre corriendo tras el viento del Illimani es el seudónimo con el que nuestra autora se presentó al concurso, ella eligió un seudónimo masculino, como -en su momento- lo hice yo también. Tal vez no sea mera coincidencia, sino la respuesta a un temor íntimo, una necesidad de tener un registro neutro que rehúye la etiqueta, ese sabor dulzón, empalagoso, que envuelve el inconsciente colectivo cuando se evoca la mal llamada literatura femenina. Creo que a las escritoras nos ha costado y nos cuesta desprendernos de lo que se esperaba qué fuéramos o qué escribiéramos. Pienso que la buena literatura no es cuestión de género. Si es buena, lo será independientemente si es escrita por mujeres o por hombres.

Ahora bien para muestra basta un ejemplo, el Premio Nacional de Novela en Bolivia fue ganado por 14 hombres y -el día de hoy- por dos mujeres. ¿Por qué siempre más hombres ganan los premios? ¿Son quizá más numerosos los escritores hombres que publican o su producción de mejor calidad y mas profusa que la de las escritoras? Si la población mundial está dividida en partes iguales entre hombres y mujeres. ¿Por qué entonces se da tal desequilibrio literario? ¿Será porque el trabajo, la maternidad y la construcción de una familia nos desborda y solo comenzamos a escribir cuando los hijos crecen, y para entonces, ya perdimos valioso tiempo destinado a la creación literaria? Pero sin duda alguna nuestra presencia en el mapa de la narrativa mundial no responde a un factor de mayor o menor calidad o mayor o menor producción.

Estoy segura que a María del Rosario Barahona le aguarda un brillante futuro literario, hoy atrapa nuestra atención con este trabajo merecedor del galardón más prestigioso del país. Le deseo de corazón todos los premios imaginables y todos los éxitos. Tengo la certeza que el ser humano precisa contarse, inventarse y reinventarse y su extraordinario instrumento para lograrlo es la imaginación. Concuerdo con Eugenia Rico, que sostiene que la literatura siempre existirá porque con los libros, con los cuentos, con las novelas, los ensayos, los artículos, cada uno sueña su propio sueño. Nélida Piñón busca una región, suya y de todos y la bautiza como “La república de los sueños” Carlos Fuentes celebra “una escritura en ardiente deseo de hallar un territorio que sea propio y nuestro.” Así pues, yo espero que María del Rosario Barahona siga habitando la república de sus sueños y nos arrastre a ellos.

Fuente: Ecdótica



Una Respuesta »

  1. […] diciendo que la obra de Rosario Barahona Y en fondo tu ausencia (Premio Nacional de Novela 2012) es una obra irregular. Irregulares son sus capítulos, irregulares […]

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