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Poesía en Santa Cruz: encuentro y vitalidad



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Poesía en Santa Cruz: encuentro y vitalidad
Por: Gabriel Chávez Casazola

Siempre que debo referirme a la poesía boliviana, me gusta hablar de tradición y vitalidad. De una larga y fecunda tradición poética que encuentra siempre nuevas expresiones. De una vital y rica producción poética contemporánea enraizada en y nutrida de esa tradición.

Y cuando digo “vitalidad” me es inevitable pensar ahora en Santa Cruz, en la poesía que hoy se hace en la ciudad de los anillos y los toborochis.

No creo en la existencia de una poesía condicionada por las delimitaciones arbitrarias que hemos trazado los hombres en el espacio y el tiempo, pero es innegable que el ambiente influye de manera decisiva en el espíritu de los creadores.

Mientras en La Paz la poesía sucede -o solía suceder- envuelta en tonos intimistas, intensos, malditistas, marginalistas, en Santa Cruz la poesía se escribe bajo el signo abierto y espontáneo, próximo y cálido del trópico.

Es interesante anotar que en Santa Cruz se han escrito y publicado algunos de los títulos más importantes de la poesía boliviana de los últimos diez años -un sondeo de Página Siete daba algunas luces al respecto la semana pasada-, que corresponden a autores en plena y presente madurez poética, nacidos en un arco que va desde fines de los 50 hasta mediados de los 70 del siglo pasado, entre los que se encuentran, según creo, Gary Daher, Gustavo Cárdenas, Homero Carvalho, Paura Rodríguez y Oscar Gutiérrez, quienes son apenas unos cuantos de los muchos autores que aquí viven y escriben una poesía que ya tiene un indiscutible lugar bajo el sol.

Es que Santa Cruz es ahora el punto de confluencia poética de Bolivia, que reúne a muchos poetas llegados a esta tierra en diversas etapas -como yo mismo- que nos encontramos y dialogamos con los escritores nacidos aquí, tributarios de una tradición literaria de acentos muy distintos a la del occidente boliviano.

La recientísima antología de poesía amazónica Los tres cielos, de Homero Carvalho, fotografía precisamente este momento de encuentro y de vitalidad de la poesía escrita en Santa Cruz y el Oriente, derribando estereotipos y ampliando el campo de vista de las publicaciones de y sobre poesía boliviana y cruceña.

Es verdad que aquí se precisan talleres y mayor formación literaria para los jóvenes autores, que por lo general tienen un conocimiento disperso y fragmentario de la poesía universal y de la propia poesía boliviana, con cuya tradición dialogan escasamente.

Es cierto que, por ello mismo, debería haber mayores y más frecuentes espacios de encuentro con poetas nacionales y, sobre todo, internacionales; es evidente que casi no existe un ejercicio maduro de la crítica que vaya más allá de la reseña. Pero todo eso, estoy seguro de que se superará con el tiempo, pues en esta ciudad todo termina por suceder, siempre y de prisa.

La naturaleza, que aquí está viva y al alcance de la mano, muta constantemente, oscilando entre la creación y la destrucción. Los tajibos florecen una y otra vez, como la poesía, siempre arcana y siempre nueva. Ella es capaz de nombrarnos y de perdernos y de salvarnos entre sus manos de árbol y luz.

Fuente: Página Siete



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