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El giro urbano de la novela en Bolivia



Luis H. Antezana


El giro urbano de la novela en Bolivia
Por: Luis H. Antezana

Amo esta ciudad hasta el insomnio
Aunque sus dioses me desuellen
Y la cáscara sea el hambre.
Amo esta ciudad de ceniza
Sus escamas que lloran sobre mí mismo
Sobre mi cuerpo de alambre.

Humberto Quino, ¨Ex voto por mi ínclita ciudad¨

La novela urbana en Bolivia es un género o subgénero, si se prefiere relativamente reciente. En su arqueología, no faltan antecedentes, pero, no tan arbitrariamente, creo que podemos fechar el momento de su consolidación, el momento de su ¨salto cualitativo,¨ como diría un epistemólogo: el año 1979, año de la publicación de Felipe Delgado de Jaime Saenz. No faltan antecedentes, reitero, pero, como diría Borges o Koyré, Felipe Delgado es la versión que crea a sus precursores, o sea, la versión que nos permite mirar con una óptica diferente tanto hacia atrás como hacia adelante. Sin embargo, no creo que este 1979 sea un momento crítico propiamente dicho, uno de esos “momentos constitutivos” de los que hablaba Zavaleta Mercado, es más bien el signo de un desplazamiento, de un giro. Mucho sucede como si, después de 1958, cuando Cerruto quiebra el realismo, más la posterior renovación formal que diseminó el “boom” de la literatura latinoamericana, la novela boliviana avanzaba renovada pero relativamente tranquila por varios caminos, más o menos conocidos, a la vez, y, en ese caminar, desde 1979, empezó a frecuentar, cada vez más, una narrativa marcadamente urbana.

La noción de “giro” es muy útil cuando hay que indicar un desplazamiento que no es una ruptura propiamente dicha sino un cambio de dirección. Por supuesto, tal giro puede ser radical (de 180°, como se dice), parcialmente radical (90°) o todo un retorno a los orígenes (360°). Esta noción fue utilizada, más de una vez, para indicar el relativamente reciente cambio de perspectiva en la filosofía occidental, cuando arrancó y se consolido el llamado ¨giro lingüístico¨: los temas básicos de la filosofía seguían siendo, en cierta forma, los mismos (ontología, epistemología, ética, lógica, estética, política), pero, a partir de ese cambio de perspectiva, se los empezaba a tratar bajo la óptica del lenguaje que los vehiculaba o expresaba.Análogamente, en lo que sigue, más que de una posible ruptura en la narrativa boliviana, me ocuparé, entonces, del giro hacia lo urbano que, en las últimas décadas, habría dado la novela.

Dados el tiempo y espacio disponibles, no seré exhaustivo, me limitaré a examinar una muestra que, espero, sea representativa, y que sugieraun posible modelo indicativo de la actual novela urbana en Bolivia. Las ciudades del Eje Troncal (La Paz, Cochabamba, Santa Cruz) y Potosí son las más frecuentemente tratadas y, en ellas, casi como norma, la verosimilitud realista alterna con la ficticia. Mi muestra se limitará a la novela relativa a la ciudad de La Paz.En grueso: esta ciudad (literaria) frecuenta sus márgenes y, ahí, no sólo sus zonas o barrios marginales consus precariedades y excesos, sino, también, se ocupa de personajes marcados por una u otra forma de exclusión o extrañamiento; además, es más frecuentemente nocturna que diurna y notablemente alcohólica. Subrayando las ambigüedades afines a los márgenes urbanos, a menudo, “lo grotesco”, como diría Javier Sanjinés, prima sobre lo representativo. En general, en ese mundo, se pueden reconocer dos movimientos, creo, dominantes, dos versiones de devenir: un devenir que, en cierta forma, subsume toda la vida de la ciudad y sus habitantes hacia algún tipo de llámenosla así “trascendencia”, y, otro, que sería un devenirmás puntual, en el que los protagonistas se tratan, sobre todo, como transeúntes (“pasantes”, diría Baudelaire), más sujetos a los avatares del medio y sus circunstancias que dueños de su destino. Si esto último es un rasgo de la novela urbana en general, típico de las metrópolis contemporáneas donde todos los habitantes son, en cierta forma, ajenos entre ellos (y consigo mismos), el primer devenir sería valga la hipótesis harto “paceño”, sobre todo, porque supone una estrecha relación con su entorno indígena y, claro, andino. A continuación, veamos, pues, algunos detalles de la muestra.

De partida, como indicamos, este giro narrativo tiene un primer indicador harto explícito: la ciudad de La Paz como su referencia más frecuente y, ahí, se destacaría La Paz de Felipe Delgado (1979) o, si se prefiere, La Paz de Jaime Saenz. Pero, antes, imitando al Borges de ¨Los precursores de Kafka¨ o al ángel de Klee, o sea, mirando hacia atrás, podemos reconocer algunos antecedentes que empiezan a marcar ese rumbo en torno a 1970. Entre las más inmediatas, varias novelas previas ya ocupan ese espacio, como, por ejemplo, Tirinea (1969) de Jesús Urzagasti, que, aunque vuelve su atención hacia el Chaco, se escribe en vínculo inmediato con La Paz o El Apocalipsis de Antón (1972) de Arturo Von Vacano, que hasta explora los posibles secretos del Illimani, o partes de El loco (1966) de Arturo Borda; pero, en ese conjunto previo, destacaría Bajo el oscuro sol (1971) de Yolanda Bedregal, queparece un adelanto del giro a venir: no sólo sucede en La Paz sino, también, prefigura alguno de los lugares que caracterizarían a ese giro.Ahí reconocemos uno de los rasgos más notables de este tipo de novela urbana, o sea, el recurso a los márgenes de la ciudad, más precisamente, en este caso, a La Paz de conventillo, que luego precisarán, por ejemplo, Saenz en Los cuartos (1985) y René Bascopé en La tumba infecunda (1985); también, Bajo el oscuro sol anuncia la novela policial (¨negra o misterio¨) que sucederá, sobre todo, en esta novela urbana de submundos.

Sin olvidar que lo anterior no es una genealogía sino una especie de arqueología de la narrativa urbana en Bolivia, vayamos ahora a La Paz de Jaime Saenz. Aunque Felipe Delgado sería el ¨salto cualitativo¨ hacia la actual narrativa urbana, conviene anotar que Saenz ha entornado esa novela con una serie de textos convergentes que intensifican, precisan, pueblan, expanden, en fin, detallan esa ciudad literaria. De hecho, en lo que a publicación se refiere, esa elaboración se habría diseñado con un texto harto explícito al respecto: Imágenes paceñas, publicado en 1978, que, como en unaredundancia, combina, en interacción, los textos de Saenz con las fotografías de Javier Molina. Porque las fotografías de Molina son de a fines de los 1970, esta no es, en rigor, La Paz de Felipe Delgado, que se contextualiza en vísperas de la Guerra del Chaco (1930-1932, digamos), pero, es obvio que, vía el autor,ambos libros se informarán mutuamente, tanto los lugares como los personajes. Otro texto, previo a Imágenes paceñas y, a la larga, inmediatamente pertinente, es el ensayo ¨El aparapita de La Paz,¨ publicado por primera vez en la revista Mundo Nuevo (París, 1968) y, luego, recogido en la revista Vertical (La Paz, 1972). Bajo la noción del devenir, este ensayo instituye la metonimia que permitirá identificar a este personaje con la ciudad de La Paz y viceversa, como, precisamente, dice Saenz al terminar el ensayo: ¨Yo quisiera que mis ojos vean lo que yo veo: es él, asimilándose a un trance ideal pero al mismo tiempo no es él, es la ciudad quien se asimila, volviéndose verdadera por la irrupción del indio. Del indio que en la ciudad de volvió aparapita.¨ En ese espacio textual, aparece, pues,Felipe Delgado. Luego, lo completan Los cuartos (1985), Vidas y muertes (1986), La piedra imán (1989).”El Señor Balboa” (1996) y “Santiago de Machaca” (1996).

(Fragmento de la ponencia preparada por el autor, filólogo y crítico literario, para el sexto Foro de Escritores Bolivianos, organizado por el Centro Simón I. Patiño.)

Fuente: La Ramona



Una Respuesta »

  1. […] ruptura. La irrupción de lo urbano, para él, no significó una ruptura sino más bien un giro, el “giro urbano”, como él mismo lo llamó haciendo una analogía con el “giro lingüístico” en la […]

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