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El goleador escondido. Una entrevista a Brayan Mamani Magne, Premio Nacional de Literatura Infantil



Mamani

El goleador escondido. Una entrevista a Brayan Mamani Magne, Premio Nacional de Literatura Infantil
Por: Kazumi Nagamoto

Una nueva entrevista, amigos. Esta vez se trata de Brayan Mamani Magne (La Paz, 1988) Un joven escritor paceño, quien muy amablemente se tomó tiempo para hablarnos de literatura, música y de todo un poco. Ya leí su novela Tan cerca de la luna y su cuento Por el camino del trueno y los recomiendo. Qué buena noticia es toparse con escritores jóvenes y talentosos. (Nota: si quieren leer algo de este autor y otros también entrevistados en este blog, como Wilmer Urrelo y Rodrigo Urquiola, les recomiendo comprar la nueva antología de Alfaguara Memoria Emboscada, que reúne además cuentos de Edmundo Paz Soldán, Guillermo Ruíz Plaza y Willy Camacho).

Todos los escritores quieren ser un tipo de escritor. Me explico: todos los escritores –y los no escritores –apuntan a algo: a ser best-sellers, a ser malditos, a ganar becas y premios… ¿A qué lugar? ¿A qué territorio? ¿Si habláramos en términos futbolísticos a qué liga apuntas tú?

Apelando a Neruda, creo que todos los escritores buscan no caer en el imperio de los nomeolvides. Es decir, a ser recordados. Yo no creo ambicionar tanto. De hecho, creo que me conformo con ser leído por veinte o treinta personas además de mi familia y mis amigos. Lo que pienso que es verdaderamente importante para la literatura es el territorio desde donde uno escribe. ¿De dónde escribo yo? Creo que desde la incertidumbre, desde el desorden, desde un no lugar… Me gusta pensar que escribo desde la banca: un futbolista que no es la estrella del equipo, de esos que son la bronca del entrenador pero que, las contadas veces que entran al campo de juego, hacen dos gambetas memorables y colaboran con alguno que otro casi gol.

De ti he leído “Por el camino del trueno” y “Tan cerca de la luna” y he notado que perteneces a la línea de los “inquietos”, es decir, eres de esos escritores no muy amigos de lo lineal, que buscan maneras para salir del molde. ¿Es eso intencionado? ¿O simplemente es la proyección de la influencia?

Claro que es intencionado. Y esa intención es producto de la influencia. Sin embargo, no creo que eso me convierta en un “enemigo” de lo lineal. Lees a Vargas Llosa, a Reinaldo Arenas, a Donoso, y te encuentras con que los tres se hicieron grandes por labrar una nueva manera de contar. ¿Te imaginas Conversación en la catedral contada en los mismos términos que, no sé, El túnel o El guardián entre el centeno? Contar una historia jamás se ha reducido al mensaje o contenido; al contrario, lo importante siempre ha sido el cómo. Eso no supone una lógica de “mientras más recursos, más calidad de la obra”, sino devela el carácter irruptor y movedizo de la literatura. Con el paso del tiempo, te vas dando cuenta de que el artefacto, los juegos artificiales, los finales que te dejan grogui, son buenas herramientas pero que siempre deben estar supeditadas a la organización de la historia… Más que ornamento deben fungir como un resorte más en la edificación de aquella muralla inquebrantable que debe ser la narración. Hay que ser cuidadosos con eso de lo “no lineal”… Un recurso que en algún momento de tu juventud pudo haberte parecido original al cabo del tiempo puede parecerte un acto desesperado de un autor poco laborioso y altamente imitativo.

Una pregunta difícil que vale por tres: ¿por qué escribes literatura infanto-juvenil? ¿Te ves en un futuro como un autor dentro de esa categoría? ¿Lees libros de literatura infantil y juvenil?

Las respuestas por orden de aparición de las preguntas: no sé, no, sí. No me veo como un autor encasillado en un determinado género. Todo lo contrario: creo que si algún blogger del 2058 con demasiado tiempo libre se toma el trabajo de escribir mi biografía, se encontrará con que Brayan Mamani Magne ha sido uno de esos autores todoterreno, que ha escrito novela, cuento, poesía, ensayo y que también ha sido guionista de cómics. El mundo de las ideas es algo hermoso y seductivo; la decisión al momento de escribir es otra cosa: depende del estado de ánimo, del tiempo disponible, de la economía. No me sonroja decir que si alguien me ofrece dos mil dólares por escribir una novela para niños de 7 a 10 años que responda al espíritu de la interculturalidad, que promocione los beneficios de la globalización o de la socialdemocracia y que al mismo tiempo cree consciencia contra la violencia en los zoológicos y, de paso, sea proclive a convertirse en superventas, yo firmaría sin dudar. Aunque, claro, hay que admitir algo: la novela a secas siempre será algo así como la novia oficial: la hermosa, la perfecta, esa a la que uno engaña pero que jamás olvida… Sobre si leo literatura infantil, por supuesto que lo hago. Me gusta Janosch, Sendak, Seuss, Pablo de Santis, las historietas de Sací Pererê. De tener talento para dibujar no tengo dudas de que me dedicaría al libro-álbum ilustrado.

Has ganado varios premios, importantes muchos de ellos, como el nacional de literatura infantil y el Adela Zamudio. ¿Qué es para ti ganar un premio? ¿Piensas que es posible labrar una carrera literaria a partir de los premios? ¿Cuál es tu evaluación de los premios en el contexto de nuestra literatura?

Mmmm. Ganar un premio es eso: ganar un premio; es decir, promoción, un espaldarazo, plata. Las carreras literarias (al menos las trascedentes) no se levantan a partir de distinciones; una obra valiosa solo logra serlo a partir del esfuerzo. Que ganes el concurso X no garantiza que serás un gran escritor. Lo único que hace es darte algunas condiciones para que tu camino esté un poco más despejado. El surgimiento de premios en Bolivia ha ido en forma ascendente en estos últimos años. Y los montos, en comparación a otras artes, son extremadamente bondadosos con la literatura. Eso es bueno, siempre y cuando quienes participan entiendan que un premio no es un sueldo o una lotería para pagar las pensiones de tus hijos, sino un buen paliativo para contrarrestar los azotes que ineluctablemente acompañan a cualquier proceso creativo.

Hace poco leí que Mauricio Rodríguez –otro joven escritor– mencionaba, al hablar de los escritores bolivianos, que “ellos no leen, no practican como dice Wilmer Urrelo. Tienen poca musculatura que mostrar y eso se nota en sus descripciones y narraciones, se hacen llamar los posmodernos” ¿Qué opinión te merece esa declaración?

Mauricio Rodríguez es un buen amigo, además es muy trabajador y se tiene un gran amor propio, lo que siempre es bueno cuando te dedicas a la actividad literaria. No sé si algún día llegue a escribir La Gran Novela Boliviana, pero sé que su obra dará mucho de qué hablar.

La música es algo notorio en tu obra. Así sin pensarlo, mencióname los cinco temas de la banda sonora de la película Brayan. A life

Jajaja. En todo caso, la película debiera titularse: Brayan. A total disorder.
A ver, las canciones serían:

– I Fall In Love Too Easily, de Miles Davis.
– The Dock Of The Bay, de Otis Redding.
– Metis, de Nils Wulker.
– Burn, de Ray LaMontagne.
– Dancing In The Dark, de Bruce Springsteen.

Tú estudiaste derecho, además sé que haces traducciones y que en algún momento de tu vida has dictado clases. ¿Cómo logras hacer que tu trabajo y el acto de escribir no se repelan?

Mira, yo estudié derecho, pero desde que terminé la U nunca trabajé en algo relacionado a la abogacía propiamente dicha. Actualmente hago la traducción del portugués al español de unos volúmenes de ambientalismo para una fundación brasileña. La traducción, al estar fuertemente emparentada con la literatura, me permite ver la palabra escrita desde otra óptica. Pienso que, ya que ganarse la vida como escritor es una deliciosa utopía, siempre es bueno realizar trabajos que no me mantengan alejado de la palabra escrita o el mundo de las ideas. Así, siempre he visto con buenos ojos los oficios relacionados con la enseñanza, el periodismo o la edición. Sin embargo, soy consciente de que a veces las circunstancias no te permiten desarrollarte en esos rubros. Coetzee enseñó matemática, Benedetti fue oficinista, Tranströmer se ganó la vida como psicólogo, Álvaro Mutis fue relacionista público… Todos la tuvieron difícil. ¿Por qué a mí me tendría que ir mejor? La literatura se mete por cualquier resquicio de la vida. Pienso que la escritura, si bien se basa en disciplina y mucho trabajo, más que una fórmula o un mecanismo invariable, es una actitud ante la vida. Es bueno tener tiempo para tus escritos, pero también es bueno tener tiempo para enfrentarte al mundo real.

Si tuvieras un quinteto de rock o jazz, ¿con qué escritores bolivianos vivos te gustaría tocar en algún bar de mala muerte de La Paz?

Qué buena pregunta. A ver, en primer lugar, mi banda sería una especie de fusión de rock, jazz, blues y algo de bossa nova. Medio indie, medio inclasificable. El piano estaría cargo del buen Eduardo Mitre: ya me imagino sus composiciones, poéticas, bien pensadas, la mejor plataforma sobre la cual seguir la melodía. En la guitarra estaría Wilmer Urrelo: un improvisador rabioso, sus riffs sonarían como el mismísimo diablo en una de nuestras tocadas allá en Villa Hachazo. El sax se lo dejaría a Claudio Ferrufino, quien, de cuando en cuando, agarraría el micrófono y cantaría con esa voz que no conozco pero que imagino parecida a la de Leonard Cohen. En el bajo me imagino a Giovanna Rivero, vampírica, exacta, penetrante, como en sus primeros cuentos. ¿Y yo? A mí me gustaría tocar la trompeta. Borracho, emputado del mundo. De espaldas al público, como Miles Davis.

La penúltima: confesame cuál fue el último premio al que te presentaste y no ganaste….

Al Tamayo de este año, con un cuento titulado “Cielos enrejados”. Afortunadamente estuve entre los finalistas.

Antes de irte, si murieras mañana, dime: ¿cuál sería el epígrafe que pondríamos en tu lápida?

Un verso de Vallejo, por supuesto: Perdóname, Señor: qué poco he muerto!

Fuente: lapalabrasucia.blogspot.com/



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