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Fragmento perdido de la hoja de vida del sargento Peña: Cuento de Juan Pablo Vargas



sirena


Fragmento perdido de la hoja de vida del sargento Peña
Por: Juan Pablor Vargas

“Para mí las sirenas son como unos lobos con la piel de cordero,
unos seres intemporales que conviven con nosotros,
pero para verlos se tiene que cruzar una frontera.”

(Martha Cajías, revista Escape, 6 de febrero de 2005)

La causa de la secreta admiración del sargento Peña por el Almirante era la creencia de que éste había visto una sirena. Edgar Mollinedo iba todos los días al Cuartel General de la Armada Boliviana, en la zona norte de la ciudad, para ejercer sus funciones como Almirante. Cada mañana se rasuraba y se limaba las uñas antes de ir a pasar revista a sus subordinados. En el mes de julio siempre usaba agua tibia, el resto del año se aseaba con agua fría. Mientras más fría estuviera, él sentía que le dejaba más tersa la piel de las mejillas. Su mujer había intentado varias veces que se lavase con agua tibia; él siempre ponía la excusa de la piel, explicando que el agua fría le ayudaba a soportar mejor el golpe del aire frío de la mañana. Lo cierto era que le había quedado la costumbre de su juventud como soldado, en Tiquina, cuando se veía obligado a ducharse con agua helada y a renegar de los militares y a insultarlos entre dientes cada vez que le daban una orden. Ahora, sin embargo, se pasaba el día entero en el Cuartel, caminando de un lado a otro con los brazos balanceándose a ambos lados de torso. A sus cincuenta y cinco años, se sabía, sin duda, un hombre realizado.

Si bien había conservado la costumbre del agua fría, lo que no había podido guardar de sus días de soldado era el torso fornido. Poco a poco, con el transcurrir de los años, Edgar Mollinedo había sentido cómo se le abultaba el abdomen y se le dejaban de notar los abdominales. El cambio había sido paulatino, casi imperceptible, al punto de que él mismo se sorprendió el día en que no pudo tocar con sus dedos las puntas de sus pies, a causa del bulto de su torso que le impedía agacharse. En los últimos días, el vientre le había crecido unos centímetros más y le había comenzado un dolor en la parte baja del abdomen, hasta los glúteos. El dolor era leve, nada que un militar no pudiera aguantar. El sargento Peña lo veía pasearse por el Cuartel y era uno de los pocos que se sentían incómodos al ver el gran bulto de su vientre y se preguntaba si algún día él también tendría que cargar con eso. El Sargento sabía que el Almirante no siempre había sido el hombre gordo que le daba órdenes y a quien admiraba en secreto. Cruceño de nacimiento, el sargento Peña había llegado a La Paz como recompensa por sus buenas funciones. Su hoja de vida indicaba un comportamiento impecable y un historial académico excelente. En La Paz nadie lo conocía ni había escuchado hablar de él y esa hoja era la única constancia de su buena reputación. El sargento Peña llegó a hacerse cargo de la tanda anual de soldados que llegaron poco después de él.

El almirante Mollinedo lo había visto todo un año hacerse cargo de jóvenes civiles y convertirlos en los más audaces militares. Lo veía y se sentía afortunado por tener a alguien como él bajo su mando. Poco a poco, la hoja de vida del Sargento se transformó del papel a la vida misma. Peña tuvo la oportunidad de entablar amistad con el suboficial Ticona. Éste había hecho el servicio militar en el mismo Cuartel, en la época en que el almirante Mollinedo estaba a cargo de los soldados. El sargento Peña creía que el Almirante había visto una sirena porque Ticona se lo había dicho. Fue durante una conversación en la hora de almuerzo, cuando el Sargento contaba que en su tierra circulaban historias de monstruos que habitaban en los ríos y que escuchar estas historias lo asustaba de niño. El almirante Mollinedo, había dicho Ticona, vio una sirena en el lago, cuando estuvo trabajando en la Capitanía de Puerto Tiquina. El sargento Peña, entonces, comenzó a interrogar a algunos de los soldados que tenía a su cargo, que venían de Tiquina. Tienen más de dos senos y viven varios miles de años, le dijeron, hay que tener cuidado, porque se llevan a los mejores hombres para reproducirse con ellos. Le contaron, también, que las mujeres que vendían pescado frito a orillas del lago afirmaban que las sirenas sólo gustaban del agua fría, porque les dejaba más tersa la piel. Era la creencia de ellas, por eso, cuando alguna mujer del pueblo estaba a punto de casarse, se la obligaba a bañarse en agua fría, para que le quede la piel como de sirena, tersa, límpida, lista para la noche de bodas. El sargento Peña les preguntó, luego, si ellos creían que todas esas historias de sirenas eran verdad. Cuando los soldados contestaron que sí, el Sargento les anotó una semana de arresto por creer en sandeces de civiles. Pasó por su mente el relevarles el arresto, como premio por haberle dado la información, pero la idea se fue de su mente cuando el Almirante lo llamó para conversar.

A Edgar Mollinedo le gustaba charlar con el sargento Luis Peña acerca de la tierra natal de este. Doña Flora López de Mollinedo se encontraba de vacaciones con sus hijas en Santa Cruz y no había vuelto desde hace dos meses. El hombre sentía algo raro en el pecho: no sabía si era nostalgia por su familia o felicidad por su soledad. Lo que sí sabía era que desde su juventud había decidido que necesitaba una mujer para su vida. Al notar que Doña Flora y sus hijas habían prolongado sus vacaciones más tiempo del previsto, supuso que tenían una causa fuerte para hacerlo y esa causa era él. Has cambiado mucho, había dicho la mujer, nos queremos alejar de ti un tiempo, ándate a Tiquina, ahí eres feliz, a ver si cuando vuelves te das cuenta de que no eres tú mismo. Su casa no le servía nada más que para asearse y dormir, el resto del tiempo se lo pasaba en el Cuartel, aún con el dolor en el vientre bajo. Desde sus tiempos de soldado le gustaba la vida solitaria del hombre militar; le parecía que ser de la Armada era estar siempre exento de la familia y subordinado a alguien. Ahora, Edgar Mollinedo se preguntaba si tenía sentido seguir siendo el militar solitario que había sido toda su vida, si ya no estaba subordinado a nadie. Su mujer se había pasado su matrimonio yendo de viaje en viaje, mientras él se preocupaba de ir de rango en rango; ahora, sin embargo, no lograba hallarle un sentido a tanto cambio porque su mujer se hallaba lejos y él ya no tenía rangos qué escalar. Qué estafa, pensó.

El sargento Peña continuó sus conversaciones rutinarias con el Almirante e intentó llevar la conversación al tema de la sirena. Quería saber si Mollinedo le tendría la confianza para decirle la verdad. El Sargento charlaba, pero no se animaba a abordar el tema. Al fin y al cabo eran sandeces de civiles, tal como les había dicho a los soldados, incluso debería haber arrestado al suboficial Ticona por divulgar el cuento del Almirante, pero no podía porque él era su superior. Sin embargo, la idea de poder escuchar el relato de una mujer de muchos senos, piel tersa y belleza suma, volvía una y otra vez a su mente. Tal vez eran los monstruos de los ríos que lo acosaban en su niñez o tal vez la simple tentación de compartir un íntimo secreto con el hombre más respetado de la Armada, pero lo cierto era que el Sargento quería saber la verdad. Si la sirena habitaba en el lago o sólo en las palabras de Ticona o tal vez en una alucinación del Almirante. Quería saber si era una cosa real, si era una mujer o un pez o un simple lobo con piel de cordero. Así divagaba la mente del Sargento mientras intentaba convencerse a sí mismo de que no sentía curiosidad por saber si era verdad o no la basura de la sirena. Son sandeces de civiles, se dijo y se quedó mirando al Almirante con una admiración que se convertía en desconcierto.

La situación cambió el día en el que un periódico publicó que los soldados en la Capitanía de Puerto Tiquina de la Armada Boliviana habían hallado una sirena dentro del lago y que la mantenían cautiva dentro del Cuartel. Edgar Mollinedo frunció el entrecejo al ver cómo varios periodistas incluso se aventuraban a dar una descripción del ser. Todos los que trabajaban en el Cuartel de La Paz comentaban el hecho y el Almirante se sentía burlado al ver que se enteraba del suceso por la prensa y no por una notificación escrita y dirigida hacia él. Se acercó al sargento Peña y le pidió que lo acompañase hasta la Capitanía de Puerto Tiquina. Salieron del Cuartel cuando los noticieros de la televisión anunciaban que una lluvia irregular comenzaba a caer sobre el pueblo al que se dirigían.

Llegaron cuando la lluvia se había transformado en una leve tormenta de gotas grandes. El sargento Peña supuso que la gente que se aglomeraba en el puerto, frente a la Capitanía, correría a refugiarse bajo algún techo. Sin embargo, a nadie pareció importarle la lluvia de gotas grandes, porque todos se quedaron en el lugar donde estaban. Cuando el Sargento y el Almirante salieron del automóvil, la gente comenzaba a gritar que se le entregara la sirena. Los dos hombres tuvieron que abrirse paso entre la multitud para llegar hasta los muros cerrados de la Capitanía. Edgar Mollinedo dio órdenes a gritos a los que estaban detrás de la puerta, para que la abriesen. Varias personas, al saber que él era el Comandante General de la Armada, comenzaron a gritarle que pusiera orden, que la sirena les pertenecía a ellos y al lago, no a los militares. Muchos hablaban de que harían con la sirena. Las vendedoras de pescado frito decían que había que devolverla al lago y rezarle, porque sino traería desgracias al pueblo. Uno que otro decía que podían freírla en una sartén para vender pescado frito por montones a los turistas. Muchos otros traían cámaras, eran de la prensa y televisión paceña, exigían el derecho de ver a la sirena y de saber la verdad en defensa de la libertad de expresión. Así la barahúnda de gritos. Desde su llegada a La Paz, el sargento Peña se había mostrado molesto por el carácter esquivo de los paceños y su forma de hablar siempre en voz baja. Esa tarde, sin embargo, se sorprendió de escuchar los gritos de tanta gente, entremezclados con los de su Almirante y se sintió más incómodo con la bulla que con el silencio.

Ambos estaban entre la multitud y la puerta de la Capitanía, a punto de ser aplastados por la gente. El Sargento miró a los ojos a su Almirante y se sintió más tranquilo: iba a saber por fin la verdad sobre la sirena, significaba que Edgar Mollinedo confiaba por fin en él. Se imaginó como sería todo a su regreso a La Paz, esperar un ascenso, ser pronto un suboficial, tal vez ir a estudiar algo al exterior o trabajar mucho más duro al lado del Almirante, su eterno superior. La puerta se entreabrió y la gente los empujó con mucha más fuerza contra ella: trataban de aprovechar el momento para ingresar en el recinto. El Almirante, sin embargo, dio un grito que hizo que todos se quedaran quietos y anunció que entraría a ver a la sirena y que saldría en una hora para dar anuncio de cómo actuarían los militares ante la situación, pidió calma a la gente y estaba comenzando a organizarlos para que se retirasen con tranquilidad del lugar, cuando una bulla mucho más potente que los gritos que hasta el momento se habían escuchado comenzó a invadir el ambiente. Era una especie de grito lleno de palabras incomprensibles, un grito que hacía doler los oídos y que parecía ir al compás de la lluvia. Mientras más fuerte era este grito, más grandes eran las gotas de agua que caían. Esta bulla comenzó a adquirir cierto ritmo: el sonido se movía con cierta frecuencia, había adquirido pausas y silencios, iba más rápido y más lento, más fuerte y más despacio. Para el Almirante, el grito adquirió la misma belleza que había adquirido años atrás, en sus días de soldado, en la misma Capitanía.

Edgar Mollinedo tomó al sargento Peña del brazo y lo condujo al interior del lugar. Cruzaron corriendo el patio principal, mientras preguntaban sobre la sirena a todos los que pasaban cerca de ellos. Debían hacerlo en voz alta, entre la lluvia y el grito cantado de palabras incomprensibles apenas podían escuchar sus pensamientos. Todos señalaban, como respuesta, la puerta de los baños. Los dos hombres se dirigieron a ella luego de que el Almirante diera el grito de orden de que todos los que se hallaban cuidando a la sirena fuesen a resguardar la puerta de la Capitanía. La sirena estaba en una tina llena de lodo, su mandíbula se abría y se cerraba, se retorcía y se contorsionaba en su grito incomprensible. El sargento Peña se encogió de horror ante la imagen y, a la vez, sintió que el miembro se le ponía duro bajo el pantalón y unas ganas enormes de copular con la sirena comenzaban a rondarle por la mente. Tuvo que apretar las palmas de sus manos contra sus oídos y juntar las piernas con fuerza, para que no se notara la erección. La sirena tenía rostro terso de mujer, el resto del cuerpo era como el de un pez. Debajo de su rostro, en la región del cuerpo que corresponde al pecho, las escamas se abrían dando paso a una muchedumbre de senos gordos y fabulosos, con pezones azul oscuro.

El Almirante se quedó tieso al mirarla y el sargento Peña no supo qué hacer. El superior estaba delante, pero él mismo era ya un subordinado, allí frente a la sirena, que no dejaba de cantar. Comenzó a sentir que debía pasarse revista a sí mismo: no se había rasurado en la mañana (se anotó dos días de arresto por incumplimiento con el uniforme); sus botas estaban sucias por el barro que salía de la tina (se anotó cuatro días de arresto por falta de aseo); en ese momento no estaba cumpliendo sus funciones de Almirante, estaba ejerciendo la milicia como un simple subordinado (se anotó dos semanas de arresto por creer en sandeces de civiles). La sirena lo miraba, toda grande, toda bella, y parecía decirle cosas con su voz y su vocabulario incomprensible. Edgar Mollinedo se paró más cerca de ella e hizo un gran esfuerzo por entender. La miró sin escucharla y procuró escucharla sin mirarla. No tenía la más mínima idea de lo que significaban las palabras que cantaba la sirena, pero al verla ahí, desnuda dentro de la tina, halló el Almirante el sentido de su almirantazgo. Todo cuajaba entonces en ese punto, desde sus años juveniles de soldado, cuando vio a la sirena por primera vez, hasta ese máximo escalón de la milicia.

El Sargento supo qué hacer cuando Mollinedo comenzó a gritar de dolor y se tiró al suelo agarrándose el vientre con fuerza. Peña le sostuvo la cabeza, preguntándole qué le sucedía, pero el Almirante sólo gritaba y miraba a la sirena. El vientre abultado del hombre se retorcía, se inflaba y desinflaba a un ritmo que parecía ir de acuerdo al canto de la sirena. El Sargento no hizo más que quitarle la ropa al Almirante, quien ya comenzaba a sudar su parto. Peña tuvo que ayudarlo a incorporarse y ponerse en cuatro, para facilitar la salida de la sirena, que crecía en su vientre desde su encuentro lejano con la madre, en sus días de soldado. El Sargento abrió las piernas de su superior y se puso de pie, para facilitar el acceso al ano del hombre, por donde ya se asomaba una diminuta cola de pez. La sirena madre comenzaba a retorcerse. Doblaba distintas partes de su cuerpo, al tiempo que su hija salía por el trasero del Almirante y le desgarraba el recto por completo. Conocer una sirena no es cualquier cosa, pensó el Sargento, mientras ayudaba a la recién nacida a salir del intestino del hombre, sin importarle la sangre abundante, el mal olor y el sonido de huesos crujiendo. Cuando por fin hubo salido, Peña la llevó donde su madre y la sirena dejó de cantar, ahora sólo se escuchaban los gritos de vida de la pequeña sirena.

Se asomó a la puerta, para ver si había alguien observando: todos estaban en la puerta de prevención, intentado contener la furia de la gente de afuera. Se volvió hacía las sirenas y luego hacia el cuerpo inerte del Almirante. Le acarició los glúteos, como en un último gesto de compasión y de subordinación, como tratando de mitigar el dolor que de seguro había sentido al dar a luz. Estaba contento de saber que Edgar Mollinedo en serio había conocido una sirena y que había copulado con ella. Se preguntó luego si el Almirante había estado consciente de su embarazo todo ese tiempo. Peña supuso que si; como le habían dicho sus soldados, las sirenas vivían varios miles de años, necesitaban también unos cuantos años para crecer en el vientre de una persona. Sonrió al pensarlo y decidió que la historia no quedaría registrada en su hoja de vida.

Fuente: Ecdotica



Una Respuesta »

  1. pablo dice:

    lindo muy lindo

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