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Un buen tipo: Cuento de Brayan Mamani



Un buen tipo

Un buen tipo
Por: Brayan Mamani Magne

Era grande, gordo y futbolista. Cuando bebía, bailaba en calzoncillos y hablaba de fútbol y me obligaba a escucharlo. Siempre era lo mismo: así, negrito, la pelota, así, la pisaba, les rosqueaba, les metía, mierda, nadie nos ganaba. Sólo bebía alcohol con jugo de naranja. Su esposa, la segunda, la que no era madre de sus hijos, la que todavía no lo había abandonado, le escondía la billetera. No quería que gastara en cerveza. Que se emborrachara con soldaditos.

De joven, había sido bastante buen mozo. Entró a la universidad para ser abogado. Conoció a una mujer. La invitó al cine. La embarazó. El nacimiento del primogénito fue todo un evento: el niño nació gordo, rosado, como el padre, y antes de cumplir el mes ya había estrenado zapatillas talla cero y ya era socio oficial del The Strongest.

Se recibió de abogado el 89. Su primer trabajo fue de asistente legal en un banco. Un trabajo de mierda, hijito, pero eso sí: teníamos equipo pa pichanguear. El 94 llegó el segundo hijo: un negrito de ojos grandes que casi no hablaba, que era flaco y menudito, medio asmático.

Terminó con su mujer porque se la pasaba borracho todo el tiempo, además, la muy puta le hacía ojitos al ingeniero del condominio, la perra, hijito, decía que vos no eras mi hijo, que eras hijo del ingeniero, si tenemos los mismos churcos, ¡mierda!, el mismo pelo tenemos. No le dolió la ausencia. No le dolió no poder ver a sus dos hijos. Tenía el fútbol. Eso le bastaba.

Con los compañeros de la oficina jugaba fútbol todos los sábados. En la cancha de tierra, así es mejor, así es para hombres. Su casaca era la seis. Le gustaba jugar por los costados. Su fuerte era la banda izquierda: driblaba el balón hasta la esquina y sus centros eran noventa por ciento golazos.

Ochenta y tres asistencias, contaba, ochenta y tres asistencias y apenas un gol, siempre he sido buen chango.

Su primer y único gol lo hizo en la semifinal del inter-bancos del 98, de penal. Aquella mañana, su esposa –la primera– le había dicho que era un borracho. No sirves para nada. Andate. Él había alistado las chuteras, la calza para transpirar el doble (había que perder peso), el bloqueador solar y las vendas para el tobillo en recuperación. Quiso llevar al primogénito, pero tengo tarea pa’l lunes y es harto. Entonces miró al menor. Al negrito. Al que no hablaba. El mariquita que prefería leer en vez de ensuciarse la polera pateando pelota. Le acarició la cabeza y le obligó a ponerse la gorra del Strongest: no quiero que te quemes.

El partido estaba bien avanzado. Difícil. El sol tostaba y el público –entre ellos, el hijo menor– chupaba helados de canela. En eso el Chancho Gonzáles, el feje del departamento legal, el gordo, el chaposo, el de los cuernos de venado, el seis, se robó una bola en media cancha y avanzó por el centro. Cuerpeó con un volante. Llegó al área grande y se fabricó un espacio y también se fabricó una falta. El réferi compró: Penalazo, señores.

Tomó impulso.

Miró la red.

Pateó.

La pelota se clavó en el extremo izquierdo del arco.

Pitido. Gol. Era gol. Su.

No lo festejó. Tan sólo escupió al suelo y friccionó la tierra con la suela del botín izquierdo.

Mamá abandonó a papá luego de aquel partido. Papá dice que fue por culpa del ingeniero. Ella dice que fue por culpa del alcohol. Yo pienso que fue culpa del fútbol, que hizo que mi padre un hombre de cuarenta y ocho años que lo único que hace es beber alcohol con jugo de naranja y contar, sin perder el menor detalle, la hazaña futbolera de su vida: el día que su hijo menor lo acompañó a la cancha.

Fuente: Ecdótica



3 Respuestas »

  1. tati dice:

    “se fabricó una falta”. Qué verdad mas grande en el fútbol 🙂

  2. Roger Otero dice:

    Muy buen cuento, Brayan. Me gustó mucho y me dejó con ganas de leer más.

  3. condenado dice:

    Eso del desquite con la pelota me parece que puede insinuar un otro signficado. El estilo de la narracición me parece interesante.

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