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Por los fueros de Carlos Medinaceli



por los fueros

Por los fueros de Carlos Medinaceli
Por: Adolfo Cáceres Romero

Resulta inaudito que dos críticos y catedráticos de la carrera de Literatura de la UMSA hubieran tomado como una afrenta el reclamo de Ramón Rocha Monroy.

Cuánta falta nos hace Carlos Medinaceli, hasta ahora el único crítico literario boliviano fiel a su palabra y a la de los autores cuyas obras comentó; desde luego que también habló de las fragilidades de la vida, de la naturaleza humana y del valor de ser respetuoso en el manejo de la palabra. Siempre fue claro y preciso.

Por ello, al empezar uno de sus artículos, dijo: “Una de las fases más típicas del carácter nacional es la falta de espíritu de precisión” (El Día, Potosí, 1927).

A ver si lo entendemos plenamente, como hombre y crítico, a la vez. Como hombre sufrió todos los avatares de la vida, sin importar su tiempo ni lugar; de ahí que entendió, mejor que nadie, que las obras que leía y juzgaba eran producto de otros hombres que, como él, amaban la literatura; entonces, como crítico, jamás alardeó de su sabiduría con intención de humillar a quien disentía de sus juicios.
Veamos una de sus reflexiones, publicada por Mariano Baptista Gumucio, en Atrevámonos a ser bolivianos (1974): “Muchos hablamos hoy que no somos más que unos pobres eremitas de una Tebaida interior, desgarrados San Antonios seducidos por todos los apetitos, sacudidos por todas las vehemencias, desorientados por todas las ideas y, en medio de todas las maravillas de la técnica y la esplendidez material de la civilización, profundamente tristes, porque en medio de tanta esplendidez y maravilla, de tanta técnica y mecánica, el alma está muriéndose de hambre sin el alimento de un ideal cierto y nuestro corazón, en el vértigo de la velocidad y la vorágine de las pasiones, no encuentra punto de sosiego”.

Pero resulta que ahora no sólo encontramos falta de sosiego, sino también de cordura y respeto.

De ahí que resulta inaudito que dos críticos y catedráticos de la carrera de Literatura de la UMSA hubieran tomado como una afrenta el reclamo de Ramón Rocha Monroy, quien les dijo: “El sur también existe”, por cuanto en el VI Foro de Escritores Bolivianos, desarrollado en Cochabamba, se trató el tema de las rupturas en la literatura boliviana pero, de los seis participantes, la mayoría se ocupó de hablar de autores del entorno paceño y no siempre de rupturas.

Desde luego que procuraron acomodarse a la temática propuesta con lo que tenían a mano, nombrando tangencialmente a uno que otro escritor de otras regiones del país. Ramón, con su peculiar estilo, les hizo notar que el foro no era paceño y que, al “sur” de La Paz, existían otros escritores igualmente valiosos para su propósito.

En su artículo “El sur también existe”, publicado en Ideas del periódico Página Siete, el 15 de septiembre, dice Ramón: “(…) me asombra que todos coincidan en el olímpico ninguneo de lo que se escribe en Cochabamba, ciudad anfitriona, y el resto del país, pues los expositores se limitaron a contar sus apreciaciones sobre narrativa paceña”.

Apreciaciones que, repetimos, muy poco tenían que ver con las rupturas. Con todo, tal reclamo provocó la reacción de dos de los expositores: Mauricio Souza y Ana Rebeca Prada que, sin medir el alcance de sus palabras, se lanzaron contra Rocha Monroy.

El primero lanzó el primer dardo con su artículo “Cuando los diarios no hablan de ti”, el 22 de septiembre. Veamos sus palabras.

“… ¿O el llunk’erío es psicología? Si Cochabamba es importante o no para la literatura boliviana porque allí se fundó el MAS es un asunto -o requerimiento laboral-cuya explicación dejo al señor Rocha, que, al parecer, en su peregrinaje político ha perdido el escritorio y ahora escribe de rodillas”.

¿A qué viene tal insinuación? Souza, que alguna vez fungió como asesor del Ministerio de Educación masista, nos revela una faceta de cinismo, que Francovich define como propio del hombre que intenta destruir los valores morales en sí mismos.

Concretamente, el ilustre pensador boliviano dice: “Para el cínico no debe haber decencia ni nobleza ni bondad ni generosidad”.

Curiosamente, su colega, Ana Rebeca Prada, muestra idéntica actitud en su artículo: “De la responsabilidad con el lenguaje” (Nueva Crónica, 132). Ahí su introducción le cabe como un motivo de reflexión, por cuanto Steiner yForster, a quienes cita, le dicen lo que no debería haber hecho con el lenguaje.

Foster le aclara que “si hay algo que jamás es inocente es la escritura”. Como el pez cae por su propia boca, Ana Rebeca confiesa más de lo que debía: “Vivimos en un contexto -dice- donde la tendencia a la intemperancia, la intolerancia y la automática descalificación han cobrado gran vigencia. Sobre todo porque esto se ha convertido en una tendencia que impera en el Gobierno y su mega-aparato de propaganda”.

¿Tendrá algo que ver la existencia del sur con ese megaaparato de propaganda? Tal vez sí, porque lo que luego le dice a Ramón apesta por la hiel que exhala hasta por los poros:”Ramón Rocha Monroy, un escritor a quien se le han olvidado, precisamente, todos los protocolos, y que en dos diatribas sacó un ventilador de insultos y lo prendió para echar porquería sobre muchas personas acerca de las cuales claramente no tiene ninguna idea y sobre otras que creo deberían merecer un poco más de consideración”.

¿A qué tipo de cínico corresponden estas palabras? Francovich dice, en su ensayo: “El cinismo tiene gran variedad de formas. Aparece burdo y repugnante unas veces y otras veces se muestra tan sutil e ingenioso, que llega a confundirse con ciertas expresiones del refinamiento mundano”. Ciertamente que Ana Rebeca no se muestra nada sutil y, menos, ingeniosa.

Revisando el artículo de Ramón, quise ver cómo había olvidado “todos lo protocolos” y cuáles eran esas “dos diatribas (con las que) sacó un ventilador de insultos”.

¿Será cuando dice: “Rubén Vargas estuvo en el encuentro y en su nota de resumen, muy buena, destaca una fotografía de cuatro que serían los hitos de la narrativa boliviana: Jaime Saenz, Jesús Urzagasti, Adolfo Cárdenas y Wilmer Urrelo… No se ha equivocado en cuanto al talento de los cuatro nombrados, pero el sur también existe y no es sólo Cochabamba”.

No, aquí no hay ninguna diatriba, aunque… ¿será una diatriba decir que el sur también existe? No, definitivamente no. Veamos la parte que Ramón le dedica a Prada: “Es lícito lo que hacen los críticos paceños, porque defienden su charque, aunque quizá deberían ser menos provincianos y no como Ana Rebeca Prada, por ejemplo, que aseguró que no leía a ningún escritor cochabambino (no la escuché, pero creo en el testimonio que me transmitieron)”.

Bueno, ésta debe ser la diatriba que la sacó de quicio. Sin embargo, Souza aclaró que “Prada nunca dijo en el foro que ‘no leía a ningún escritor cochabambino’, sino simplemente que no había leído a un autor específico y concreto, sobre el que le hicieron la pregunta”.

Bueno, qué más decir. ¡Ah, sí! Hay algo más, perturbador y malicioso, cuando Ana Rebeca dice: “En las diatribas de Rocha lo que domina es un regionalismo estrecho que realmente resulta deplorable”.

A decir verdad, lo deplorable está en el descaro con el que se miente y denigra no sólo a un autor tan respetable como Ramón, sino a los que le damos la razón porque, quiéralo o no, “el sur también existe”.

… La verdad es que cada vez se siente más la ausencia de un crítico de la talla de Carlos Medinaceli.

Fuente: Ideas



3 Respuestas »

  1. Coco el colla dice:

    altoperuanismo puro y duro de lis pacenios.

  2. rosse marie caballero dice:

    Vaya, vaya…

  3. Luc dice:

    Algo que sí hubiera hecho Medinacelli es asegurarse que su crítica fuera oportuna, es decir, que contribuya al momento del debate de la forma más apropiada y objetiva posible; también se hubiera asegurado de hacerlo en sus propias palabras sin refugiarse en interminables y descontextualizadas citas para construir enunciados microagresivos , berrinches de un niño que se rehúsa a reconocer que hay otros en el mismo kínder. Otra cosa que Medinacelli haría es respetar el derecho a la réplica sin recurrir a echar leña – de la más mezquina, por cierto – a un cruce de palabras que nunca llegó a debate y que, además, llega como regalo de los reyes magos, evidencia del llunquerío que existe en cierta generación que se ha dado cuenta que ha perdido vigencia en el campo de las letras y ahora pasó a formar parte de la sección de espectáculos.

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