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Santos: Cuento de Brayan Mamani Magne



Santos

Santos
Por: Brayan Mamani Magne

Cuando descubrió la poesía, Santos estaba en esa edad en la que uno podía impresionarse por cualquier cosa. Podía ser el hip-hop. Podía ser el boxeo. Podían ser los juegos de rol o las matemáticas. Como una gaviota que enfila el camino que conduce al desierto, Santos eligió el verso.

Luego del fútbol, escalábamos hasta el siguiente monte y bebíamos sodas y comíamos empanadas. Charlábamos de mujeres. Charlábamos de fútbol. Cuando la conversación alcanzaba su fin, yo sacaba un libro de la mochila y me ponía a leer. Santos, en posición meditabunda, contemplaba la agonía de la tarde y reunía piedras hasta que, luego de unos minutos, se aburría y me lanzaba tierra. Cabrón, vamos bajando.

La poesía le llegó cuando le surgió la obsesión por su apariencia. Teníamos dieciséis años. Y las changuitas del Lourdes y del María Inmaculada no nos miraban. Una lolita de hoyuelos en las mejillas y falda plisada: he ahí el motivo de su conversión. Adiós a la melena enredada. Adiós a los zapatos de punta gastada. Adiós al sudor tatuado en los cuellos de la camisa. Santos evolucionaba. Y en ese ir para adelante algo de él moría y un nuevo hombre emergía del mozalbete que todavía no sabía de bragas deslizándose por un par de muslos rosáceos: jamás salía sin el protector solar; se depilaba el entrecejo; se aficionó a los pantalones chupados; y en las piñas, proyectaba una regla que, en un futuro no muy lejano, nadie se atrevería a refutar por temor a la implícita coerción del hábito consumado: No vale en la cara.

Si su veneración por su superficie aumentó, la preocupación por el estado de su alma no se quedó atrás. Se devoró a García Márquez. Comenzó a coleccionar el suplemento literario que salía con el periódico de los domingos. En un ejercicio que parecía ser la negación de sus hábitos de luchador callejero, Santos se abandonaba a sí mismo: un día se apareció en mi casa y me pidió el mejor libro de poesía que tuviera.

Para qué, le pregunté.

Para leer, para qué más, respondió.

Al inicio creí que era una fase. Sin embargo, una tarde, luego de un partido contra los minibuseros, mientras descansábamos y bebíamos sobre una roca del segundo monte, él dijo:

Neruda es un hijo de perra.

Contemplábamos la cancha limpia como el desierto. Él sonrió; yo lo imité. En un movimiento sincronizado, nuestros ojos se estacionaron en la luna débil que agujereaba el cielo y descubrimos que ya teníamos con quién compartir nuestras respectivas soledades.

Fuente: Ecdótica



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