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Luis H. Antezana: “Quieto ante un libro y una lámpara, uno se convierte en nómada”



Cachin Antezana

Luis H. Antezana: “Quieto ante un libro y una lámpara, uno se convierte en nómada”
Entrevista por Mauricio Souza

Luis H. Antezana Juárez (Oruro, 1943) es filólogo, catedrático, ensayista y traductor. Pero sobre todo es uno de los mejores lectores que ha producido la cultura boliviana. Un lector de literatura, de fútbol, del pensamiento social (son seminales sus textos sobre René Zavaleta Mercado y Sergio Almaraz). Esta es pues la conversación con un lector.

Con frecuencia te identificas como practicante de una vieja profesión: dices ser un “filólogo”, un amante de las palabras. ¿Qué quiere decir para ti ser o hacer el trabajo de un “filólogo”?

Desde ya, en mi caso, lo de filólogo viene simplemente de mi título profesional y mis labores académicas. La filología fue la rama en la que hice mis estudios de postgrado, había varias ramas posibles, pero la que estudié era una directamente dedicada al estudio de la literatura o, como se dice, de “las letras” –de ahí, según la universidad, el título equivalente de “Doctor en Letras”. En ambos casos, el sentido tradicional y etimológico (“amante de las palabras”) y el del oficio no andan lejos. Para mí, por formación o deformación profesional, se trataría de estudiar (“amar”) las palabras escritas, sobre todo. Y, ahí, leer literatura sería, pues, mi manera de practicar la filología. Entonces, aquí, filólogo sería equivalente de “lector entrenado para leer obras literarias”.

Y, claro, paradójicamente, eres para muchos conocido por tus textos no sobre literatura sino sobre pensamiento social (tus lecturas de la obra de Zavaleta Mercado), o sistemas ideológicos (tu ensayo sobre el discurso del Nacionalismo Revolucionario) o fútbol (tu texto sobre Garrincha, entre otros). ¿Cómo crees que tu “profesión” –la filología– marque esas lecturas que parecen salirse de tu campo disciplinario?

Ahí hay, por lo menos, dos situaciones en juego. En primer lugar que, por x o z motivo, haya escrito sobre fútbol o sobre temas sociales (procesos ideológicos o leer a Zavaleta Mercado). En parte son gustos y en parte desafíos o pedidos. En segundo lugar, ahí, quizá, sea indirectamente, se evidencian las condiciones de recepción de nuestro entorno: casi aritméticamente, seguro que hay más lectores (probables) de cosas sobre el fútbol o temas sociopolíticos que lectores de cosas sobre literatura. El alcance de los textos –de cualquier tipo de texto– depende mucho de los campos de recepción existentes y, por lo visto, por estos lares, el fútbol y la política interesan más que la literatura. Qué le vamos a hacer. Volviendo a lo primero. En el fondo, al leer otras cosas, tales el fútbol o el pensamiento de Zavaleta Mercado, no me alejo tanto de mis hábitos. En cierta forma, utilizo básicamente los mismos instrumentos de lectura que, digamos, uso para leer una obra literaria, los aplico a otros discursos. Pero, claro, no los confundo: no creo que el fútbol sea literatura, aunque insisto en que tiene un componente estético, ni tampoco que los procesos ideológicos sean una forma de literatura, aunque ahí no faltan tragedias y comedias, como sugería Carlos Montenegro. Los instrumentos de lectura, de análisis que manejo son, digamos, herramientas que he utilizado para diferentes tareas, como cuando usamos un cincel para tallar una roca, distinto del uso que le daríamos para tallar una madera. Cosas así, con la atención de no confundir la roca con la madera, aunque sea para no romper el cincel más delicado. Además, siguiendo con la imagen, para tratar la madera o la roca debo utilizar instrumentos complementarios que no necesariamente utilizo para tratar ambos materiales (o las palabras), ya que no necesariamente todas las herramientas sirven para todos los materiales, o sea, cada cual por su lado y con sus propios matices. Norman Mailer hablando de Ali vs. Foreman, por ejemplo, me ayuda a entender Garrincha, es cierto, pero no me ayuda con Zavaleta Mercado, pues, en ese caso, es mejor repasar a Gramsci o Marx quien, dicho sea de paso, poco o nada me sirve para entender las jugadas de Messi o para leer Felipe Delgado. Aunque, quién sabe, se podría experimentar cruces al respecto… No falta un “Manifiesto” político en, por ejemplo, Aluvión de fuego de Cerruto…

En tu relación de lectura con la literatura boliviana reconozco quizá un doble gesto: por un lado un compromiso, es decir, la continuación de esa idea, ya presente en Carlos Medinaceli, de la necesidad de “leernos”. Pero por otra parte, el compromiso o pasión por la literatura boliviana en tu caso nunca es condescendiente y ni siquiera aspira a ser enciclopédico: es decir, lees y regresas a los autores que te han interesado, nunca has leído por mera obligación. ¿Estás de acuerdo con esta descripción?

Sí, estoy de acuerdo. Una de las virtudes de mi oficio es que, de partida, desde niño, me ha gustado leer –y, obviamente, me sigue gustando– y, claro, no hay nada mejor –digo yo– que ganarse la vida haciendo lo que a uno le gusta. (Aunque las remuneraciones no sean sustantivas). Ahora bien, en lo que he frecuentado, fuera de Borges y Kafka (y algunos más), mis inclinaciones me han acercado cada vez más hacia la literatura boliviana, quizá porque finalmente es algo que sucede cerca de mis trabajos y mis días. Ahí, no pierdo eso del gusto de leer y trabajar sobre lo que me gusta, interesa o llama la atención. Aunque también me interesa estar informado al respecto, no pretendo conocerlo todo ni dedicarme a todo. Hago lo mío sobre lo que me gusta o atrae y, por ahí, no puedo evitar sino volver sobre libros o autores que, por x o z razón, me motivan más que otros. Por otra parte, no todo lo que he escrito ha sido por gusto, también he escrito por encargo y, más de una vez, esos encargos no han sido literarios. En tales casos, acepto el encargo porque el (nuevo) tema también me atrae, porque estoy relativamente informado al respecto y, en algunos casos, porque representan un desafío que creo que vale la pena enfrentar.

En las “Postdatas” a tu último libro, Ensayos escogidos, haces la aclaración de que lo tuyo nunca ha sido la “crítica” en el sentido de la producción de juicios de valor o evaluaciones de textos y que ha sido más bien la explicación, interpretación o lectura. Y sin embargo muchos reclaman precisamente eso de los filólogos: que juzguen. Supongo que el hecho de leer algo con calma ya es una especie de recomendación, pero por otra el silencio sobre una obra a veces se interpreta como una falta de interés o un desprecio. ¿No crees que habría cierta obligación o por lo menos necesidad de que el filólogo “defienda” una literatura, la recomiende, la juzgue?

Es una pregunta que supone muchas perspectivas afines y hasta encontradas. Pero, en suma, no. Creo que al dedicarle harto tiempo –meses, años a veces– a leer y analizar una obra ya demuestras que la valoras positivamente, Si no, para qué dedicarle tanto tiempo. El resultado es algo así como predicar por el ejemplo y no por la doctrina. No entiendo, por ejemplo, que alguien –conozco algunos casos– le dedique años de lectura y análisis para finalmente hablar mal –valorar negativamente– la obra o el autor que ha decidido estudiar. Quizá lo hicieron por obligación o, más simplemente, por odio personal, pero, en el fondo, no entiendo ese tipo de dedicación. Por otra parte, no niego la valoración literaria, suele ser muy útil para definir o difundir el espectro literario, pero hay que saber hacerlo, hay que estar muy bien –casi enciclopédicamente– informado para poder comparar unas obras con otras y dictaminar, precisamente, sobre sus valores relativos –mejor, peor, excelente, insignificante–, hay que saber indicar sin develar toda la obra en cuestión (“el asesino es el mayordomo”), hay que saber argumentar muy bien para justificar tal o cual valoración… Cosas así que, personalmente, no manejo muy bien y, por lo tanto, no intento frecuentar un terreno que me es poco familiar o hasta desconocido. Mejor, razonablemente, prefiero trabajar sobre algo que puedo manejar sin grandes problema y, ahí, espero que el resultado de ese trabajo se defienda por sí solo. No hay que olvidar que, a la larga, la red de lecturas es mucho más amplia y plural que personal o individual; así, otros trabajan sobre obras que uno no ha trabajado o no ha tenido tiempo para trabajar y viceversa. A la larga, sin necesidad de valoraciones subjetivas o autoritarias, el conjunto se enriquece con lo que unos y otros hacen, cada uno por su lado. En este campo, el resultado es, a menudo, superior a la mera suma (¿o resta?) de las partes.

En un sistema cultural letrado bastante débil como el boliviano, en el que la circulación y recepción misma de los textos es misteriosa o azarosa y sin duda una actividad minoritaria, en el que además la cultura cotidiana dominante no pasa por los libros y textos escritos: ¿Cómo te imaginas a tus lectores?

Así como no me considero “crítico”, tampoco me considero escritor, es decir, un “buen escritor”. Se dice que estos no sólo imaginan o crean a sus personajes sino hasta son capaces de imaginar o crear a sus lectores. La autora de Harry Potter, por ejemplo, seguro que, consciente o inconscientemente, sabía algo de eso. Si no, cómo explicar que miles de niños hagan colas toda una noche para adquirir el nuevo volumen de la serie. Muy probablemente, Rawlins no sólo creó a sus personajes sino también a sus lectores. Yo no ando por ahí. Pero, claro, como todos, al escribir, supongo a un interlocutor. La mayoría de mis trabajos suponen, creo, un lector académico interesado en las obras o autores que trato. Un “lector informado” como decía Stanley Fish. En cierta forma, es como si siguiera escribiendo tareas para los cursos universitarios que me formaron. Por ahí andarían, supongo, mis posibles lectores. Y, para otros temas, uno que otro amante del fútbol atento a la estética del juego o alguien con curiosidad teórica y social.

En tu ensayo sobre Tirinea, la novela de Jesús Urzagasti, señalas que en buena medida el destino de Fielkho, el personaje central, es el de un nomadismo por instituciones educativas. Quizá haya algo de eso en tu propia historia profesional, es decir, en tus años de migración educativa (Estados Unidos, Argentina, Bélgica, Alemania). Me intriga esta figura frecuente, la del lector –una figura sin duda sedentaria– que sin embargo es impulsado a la errancia. ¿Cómo crees que te haya marcado a ti ese nomadismo?

Llamemos (simples) desplazamientos geográficos a los azares –destaco la palabra– que me llevaron a estudiar en distintos lugares. El nomadismo es sustantivamente más inquieto. Si lo primero es fruto de las circunstancias (esos simples “desplazamientos geográficos”), el nomadismo propiamente dicho no sería circunstancial, sería sustantivo, algo así como estar o sentirse obligado a no tener un lugar fijo. En los lugares donde he estado, dicho sea de paso, siempre he sido, en el fondo, quieto, semi-monástico. Una vez allí, porque, además, carezco de pulsión turística, prácticamente no he salido de mi “cuarto propio” de lectura; los amigos aún no pueden creer que, viviendo casi cinco años en Bélgica, no haya visitado París que, en esa geografía, queda a un paso. Por otra parte, y por ahí debe andar la conjunción que motiva tu pregunta, al leer, quieto ante un libro y una lámpara, sin querer queriendo, uno se convierte en un permanente nómada, pero un nómada, llamémoslo así, “verbal”. Así, imitando a Tabucchi cuando habla por Fernando Pessoa o al androide del final de la película Blade Runner, se puede afirmar casi sin problemas que “claro, no sólo he estado en París con Balzac o Baudelaire, entre otros, o en Lisboa con Pessoa y compañía sino, también, he estado en Macondo con García Márquez o en Comala con Rulfo”, sólo por mencionar algunos nombres de lugares en los que jamás he puesto, como se dice, el pie, incluidos todo el trayecto del Mississippi de Twain y del Danubio de Leiris. Etcétera. Vía ese medio de transporte letrado, la lista de lugares visitados al leer es, prácticamente, inagotable. Supongo que lo mismo se puede decir tomando otro tipo de transportes, como el cine o Internet.

Algo que vuelve una y otra vez a la discusión cultural en Bolivia es el tema de las regiones. Se habla de literaturas regionales específicas (“la literatura cruceña” o “la literatura cochabambina”, por ejemplo) y al mismo tiempo se lamenta cierto centralismo paceño, que parece ignorar a las literaturas que “no están en La Paz”. Me imagino que esas tensiones son muy frecuentes en no pocos países y de hecho creo que en Bolivia son más suaves (¡Hay que ver las críticas en Chile, Argentina o Perú en contra de los ninguneos de Santiago, Buenos Aires y Lima) ¿Cómo ves tú estas discusiones o reclamos? ¿O están mal planteados?

Aquí, creo, es mejor seguir el consejo de Occam. Es más sencillo entender ese tipo de actitudes desde los hechos sociales que desde los hechos literarios. Las identidades nacionales son, en rigor, escasas, priman las identidades de “patria chica”, en permanente tensión ante lo que se figura como un centro cuestionado, en estos casos, por su periferia (o, mejor, sus periferias). Benedict Anderson decía que sólo Francia habría logrado tal hegemonía (la de una identidad realmente nacional), la que, por otra parte, habría que ver si aún sigue vigente en esta última época (globalizada), en la que se multiplican las reivindicaciones de las identidades locales ante el supuesto macro-centro dominante. Esas tensiones se manifiestan a todo nivel y, en nuestro caso, también a nivel cultural, en general, y a nivel literario, en particular. Bajo ese horizonte, por otro lado, para no simplemente subordinar directa y verticalmente la literatura a la sociología, habría que ver si, por ejemplo, el crítico Franco Moretti tiene razón: que algunas identidades estatales y nacionales nacen curiosamente desde la literatura, desde la novela, en su argumento, como habría sucedido con Inglaterra, gracias a Jane Austen y compañía. Así, las quejas literarias locales podrían entenderse como los esfuerzos literarios (locales) por fundar o crear una (definitiva) identidad amplia (nacional). A ver quién o qué la produce. Habrá que dejar que el tiempo nos lo diga. Por ahora, parece que nomás aún prima el saco de aparapita, aquí… ¡y en el resto de mundo!

¿Qué has leído de la literatura boliviana relativamente reciente (los últimos diez años, por decir algo) que haya llamado tu atención?

Indirectamente, me estás solicitando valoraciones, algo que, como dije, no entra entre mis capacidades ni inclinaciones. Pero, por trabajos concretos que he tenido que hacer, sí puedo nombrar obras que me han sido útiles, hasta muy útiles, y que, ciertamente, han ocupado mi atención. Por ejemplo, en 2011 me pidieron que haga un panorama de la literatura ­boliviana 1990-2010, o sea, esos últimos 20 años. Porque había que resumir ese panorama en 10 páginas, aparte de algunas (muy) breves descripciones o argumentaciones, como atajo, utilicé varias referencias a obras de síntesis, tipo antologías, colecciones, obras completas, compilaciones, en fin, summas. Ahí me ayudó mucho comprobar que no faltaba ese tipo de trabajos, como la serie de compilaciones antológicas de Eduardo Mitre, Mónica Velázquez o la antología de poesía oriental de Pedro Shimose. Cosas así que permitían indicar conjuntos (hasta enciclopédicos, como los trabajos de Elías Blanco). Me alegró y me alegra saber que pese a todo no falta (tanto) el apoyo de ese tipo de materiales que, como primer mapa, te ayuda a no recorrer todos los caminos habidos y por haber y, además, paso a paso. Otro ejemplo. Otra vez invitado, hice un ensayo sobre la novela urbana en Bolivia, concentrando, en la exposición en la novela paceña fundada, digamos, por Saenz. Ahí, entre tantos, me ayudó mucho comprobar que novelas como Cuando Sara Chura despierte de Piñeiro o Periférica Boulevard de Cárdenas o las de Urrelo (Fantasmas asesinos, en ese momento) me permitían subrayar los extremos de marginalidad nocturna y alcohólica que había frecuentado esa narrativa. Ya fuera de esos trabajos, últimamente, me alegra ver que la Carrera de Literatura de la UMSA (en ediciones de Plural) haya producido monografías, poco a poco, sobre nuestros mejores poetas. Ahí, hace poco, hasta escribí una reseña al respecto, pues, me alegró ver indirectamente completado (es un decir) ese panorama de detalle con una monografía sobre la obra de Mitre (Eduardo Mitre y la generación dispersa de Guillermo Ruiz Plaza, esta vez en la editorial Gente Común-3600). Como se puede inferir fácilmente de esta nota, no sólo me llaman la atención obras u autores sino, bastante, también las lecturas sobre obras u autores. Cosas del oficio.

Roland Barthes, cuando le preguntaban sobre sus lecturas, distinguía tres tipos: a) los libros que “miraba” (es decir, que no leía pero de los que escuchaba comentarios); b) los que trabajaba para producir algún texto o ensayo; c) y finalmente los que leía en la noche, por mero placer, generalmente clásicos en un sentido personal. ¿Cuáles son tus clásicos en ese sentido?

Como Barthes, nunca dejo de leer (y, claro, de releer) mis clásicos personales, pero, además, frecuento –y bastante– mis “lecturas de entretenimiento”. La ciencia ficción fue, durante casi toda mi vida universitaria, mi primer vicio de entretenimiento; las últimas décadas me he dedicado, sobre todo, a la novela policial. Ojo, ahí también tengo mis clásicos: cada cierto tiempo tengo que leer (releer) El largo Adiós de Chandler o El halcón maltés de Hammett o las obras de Holmes (dizque escritas por Conan Doyle). A diferencia de leer los clásicos personales, esta lectura de entretenimiento, pero no de trabajo o afines, es permanentemente renovable, es decir, porque así es este tipo de género literario (pulp, como se dice): nunca faltan libros o autores nuevos para conocer y, claro, seguir leyendo. Sólo hay que perseguirlos. Algunos se quedan como clásicos personales (tal El nombre de la rosa), pero, en general, la mayoría son para leer uno tras de otro. Y, aun en el pulp, no faltan sorpresas ya sea en la calidad de la escritura, la complejidad de los personajes o la excelencia de la trama. Últimamente, por ejemplo, he frecuentado la novela policial nórdica (Suecia, Noruega) y, entre muchos, me han encantado las novelas de Henning Mankell y su excelente y complejo detective Kurt Wallander. Dicho sea de paso, esas lecturas las acompaño últimamente, casi ritualmente, con las series de tv (sobre todo inglesas) que siguen esa onda: hay un par de series del propio Wallander, por ahí andan también Morse y Lewis, los detectives de Colin Dexter, hasta han actualizado a Holmes en el siglo xxi y empiezan a pasar, algunos fines de semana, la serie italiana dedicada al inspector Montalbano de Andrea Camillieri, el más famoso, quizá, de los detectives made in Italia.

¿Cuál es para ti la posible explicación de esta fascinación con la novela policial? Señalo, en principio, que el policial es, según algunos estudios, un vicio muy común entre intelectuales. Y dos: que tiene (en mí lo tiene, por ejemplo) un carácter adictivo, casi en el sentido fisiológico, que no tienen otras lecturas novelescas (insomnio, lecturas de un tirón, series completas unas tras otras).

Aparte del atractivo del género para intelectuales, algo que, dicho sea de paso, se refiere a los aficionados al pensamiento abstracto (como los matemáticos y científicos “duros”, es decir, físicos y análogos) y su evidente tentación adictiva, me inclinaría por subrayar la lectura de lecturas y, añadiría, con una tensión de suspenso que, en este caso, consiste en avanzar comparando las soluciones que el lector imagina con las que va ofreciendo la novela. La actividad analítica implicada en ese tipo de metalectura en suspenso comparativo, por ejemplo, les llevó a Eco y Sebeok a organizar un seminario sobre las relaciones entre novela policial y semiótica. El resultado público es El signo de los tres. Holmes, Dupin y Pierce, donde, efectivamente, se prueba, en cierta forma, que leer novelas policiales es una práctica semiótica doble: leer lo escrito y leer sus operaciones de lectura (interna). Lo que, a mi gusto, es muy borgeano, quien tiene la mala costumbre de esconder lecturas dentro de su escritura…

¿En qué estás trabajando ahora?

Entre otras búsquedas (investigaciones, reflexiones, diseños, notas) que esperan confirmación para su concretización (tales un posible multimedia sobre la obra de Ricardo Pérez Alcalá y una posible lectura de detalle de Las masas en noviembre de Zavaleta), he estado ordenando –es, decir, ya tratando de escribir– unas páginas de notas que no acababan –y aún no acaban– de completarse. Entre otras, ahí espero darle forma a un conjunto de reflexiones varias y, sobre todo, a un acercamiento more ensayo a la obra de Paul Celan y, a mi manera, un análisis de De la ventana al parque de Jesús Urzagasti, trabajos e intenciones que me andan persiguiendo desde hace tiempo. Ya tendría armado, ya tengo armados los andamios, faltan “los detalles de mampostería”. Como sé que no terminaré de un día al otro, creo que hasta tendré tiempo para añadirle una reflexión sobre el fútbol a esas notas, aprovechando que el Mundial en Brasil no está tan lejos. Ojalá haya que decir al respecto porque, a menudo, no vale la pena. En suma, notas más, notas menos, ya veremos qué resulta de esta posible “silva de varia lección”, como diría Borges.

Fuente: Nueva Crónica No. 138



4 Respuestas »

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  2. […] hay un Luis H. Antezana J. -que así es como firma Luis Huáscar Antezana Juárez, Cachín para los amigos y alumnos- lector […]

  3. […] de la edición de la obra poética de Jaime Saenz Por: Martín Zelaya Sánchez Escribe Luis H. Antezana: “alguna vez se hará una historia de la poesía boliviana; en ella, la obra de Jaime Saenz […]

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