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IRIS, un Génesis



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IRIS, un Génesis
Por: Ramón Rocha Monroy

Los bolivianos somos indómitos, descontentos, inconformes; quizás esa sea una de nuestras virtudes, pero la edad no pasa en vano y, al leer Iris, de Edmundo Paz Soldán, me siento orgulloso de ser su paisano. Anoté en la última página, como suelo hacerlo, esas palabras que inventa Edmundo, como dushes, chûxies (con acento circunflejo en la u), dung, goyots, pero sobre todo jûn, kûts y swits, alcohol, coca y químicos para un mundo sin fe ni esperanza, una distopía irredenta; y me acostumbré a ese vocabulario según la posición de cada palabra en la frase. Y entonces me dije que se necesita mucho talento no sólo para inventar mundos sino para recrear lenguajes con el barro que nos han construido, porque ese trankapecho de dragón o ese Malhado, que es un tío de la mina, son de innegable origen boliviano, vaya origen más tenaz que no se puede borrar por más que lo intentemos con cientos de migraciones.

Iris es un Génesis. Es la palabra del escritor que recrea un mundo del futuro, por lo cual los críticos cómodos dirían que es de ciencia ficción. No suelo leer el género y, en consulta con un lector a quien quiero y aprecio, hay miles de escritores del rubro, pero quizás sólo destacaron tres o cuatro: Stapledon, que fue traducido por Borges, Ray Bradbury, H.P. Lovecraft, Isaac Asimov y una mujer cuyo nombre he olvidado. Y pare de contar. Iris no es eso, es precisamente una distopía descarnada y lúgubre tejida con materiales humanos, demasiado humanos. No hallaremos viajes interestelares ni odiseas en el espacio ni fantasías tecnológicas; sólo el drama humano que ya se vive no sólo en las grandes urbes capitalistas sino en los países pobres, porque nos hemos empeñado en construir un mundo imposible donde la acumulación de riquezas continúa en pocas manos, de la mano de la corrupción, mientras el común de los mortales nos parecemos cada vez más a una naranja exprimida: soltamos el último jugo que podemos dar, y al basurero.

Iris no es una novela minera. Los bolivianos hemos construido una sociedad tremendamente injusta en la cual todos los horrores se centran en la minería; ¿cómo entonces prescindir del drama boliviano en un contexto universal? Allí está la explotación, la rebelión, el consuelo de la hoja de coca, que algunos cretinos se empecinan en erradicar cuando hay capitales europeos que ya envasan el Green power y pronto van a conseguir la legalización del acullico. Maravilloso Ypadú que suelo comprar en La Paz y que pronto habrá en todas las farmacias del mundo. Ypadú en bolsitas de té diminutas, más cómodas y efectivas que este acullico de hojas que abulta mi cachete mientras escribo estas líneas.

Un escritor que inventa un mundo y además un lenguaje, y que he tenido el honor de conocer desde chiquito, no puede ser para mí más que una revelación y un privilegio. Como todo cochabambino, Edmundo es provinciano y universal; provinciano al hablar del trankapecho y de la hoja de coca y del tío y universal por su hálito que es lo mejor que ha encontrado en su ya larga y exitosa carrera literaria. Y sin embargo es el mismo de siempre, el Monito cotidiano que aprendimos a querer cuando apenas era un chinchón del suelo, como decimos en estos pagos.

No he terminado Iris porque me hago durar la lectura y no quiero terminarla. Seguramente figurará entre los libros que voy a releer alguna vez. No es una novela convencional porque es mucho más que eso: es una Biblia, un Génesis, una advertencia del mundo que construimos y que ya habita en nosotros. Le auguro un espacio en el mejor cine de Hollywood y entre los lectores que ya han manifestado en otros países su admiración por Edmundo. Me sumo a ellos.

Fuente: Los Tiempos



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