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Genética y ficción



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Genética y ficción
Por: Sebastian Antezana

“Los grandes escritores no eligen a sus precursores fundamentales; son elegidos por ellos, pero tienen la inteligencia de transformarlos en seres compuestos y, por lo tanto, parcialmente imaginarios”.

Estas palabras de Harold Bloom, crítico estadounidense que, entre otras cosas, en 2011 publicó La anatomía de la influencia -último libro suyo en que se ocupa de uno de los conceptos fundamentales de su construcción teórica: la ansiedad de la influencia- señalan una problemática que, desde Borges hasta hoy, e incluso antes de Borges, marca buena parte de la literatura en tanto estructura del conocimiento heredada entre generaciones, en tanto forma de la imaginación constituida en base a un continuo movimiento de tradición y ruptura.

Por motivos no demasiado difíciles de entender, la paternidad y la maternidad son en literatura figuras de poderoso atractivo, formas de la vinculación genética y la filiación que han sido largamente representadas y trabajadas en la escritura de ficción de todos los tiempos.

Presencias como las del padre, la madre y el hijo han sido desdobladas y dadas vuelta, subvertidas y problematizadas millones de veces, no sólo desde las historias en que se concretan como personajes sino también desde el exterior de los libros. Todos hemos sido padres, todos hemos sido hijos, si no carnalmente seguro que de otras muchas maneras -el vínculo de la sangre es sólo una de las formas del enlace entre criaturas similares.

El campo literario ofrece ejemplos interesantes de esta dinámica. La fascinación que ejerce sobre nosotros un enlace tan fundamental, como el que significa aceptar el compromiso genético que vincula al padre y al hijo, puede reflejarse perfectamente en aquella ansiedad tan propia del lector por diseñar, a medida que va viviendo y leyendo, una especie de biografía literaria, dentro de la cual engarza nombres como quien elige cuentas para un collar, acercándose a algunos autores y alejándose de otros.

En ese sentido, no será difícil descubrir en la afición lectora, en esa que busca activamente un vínculo -¿ficcional, simbólico, acaso real?- entre lector y escritor, un gesto de rebeldía digno del psicoanálisis: la traición del hijo hacia el padre carnal, al cual reemplaza con otro que, en un mundo cuyos límites son los de la escritura, se configura como su centro.

Si adoptamos una postura determinista podríamos lanzar la hipótesis de que, en esta realidad, los hechos puros como, por ejemplo, la vida, no tienen sentido en tanto sucesos independientes.

Al contrario, es la concatenación, la organización -o, literariamente hablando, en el relato y la narración- lo que les provee sentido, lo que le da significancia a aquello que pasa. En ese orden, la figura de la vinculación genética y la filiación serán centrales en la tarea de proveer sentido, en el camino de darle significancia a alguien -la persona que recibe la herencia biológica y la descendencia jurídica, el hijo- que sin la figura paterna no la tendría.

Pero esto, inevitablemente, provoca un movimiento reflexivo, que vuelve sobre sí mismo: si aceptamos -siempre con la misma visión determinista- que la paternidad y la maternidad son formas de otorgar sentido, de dotar de historia, habrá que volver sobre las cifras que componen la ecuación: es decir, habrá que reflexionar sobre -e incluso poner en crisis- las figuras del padre, la madre y el hijo.

Cómo nos vemos como padres y cómo nos vemos como hijos, es una problemática que se hace desde la ficción como forma de concretar la búsqueda que el individuo hace de sus raíces y como forma de su reencuentro con la historia colectiva.

Se adivinará entonces lo que viene. Completando el tercer término del silogismo, si el individuo lector niega la herencia biológica y jurídica del padre carnal, si mediante la asunción de la lectura como compromiso vital elije suplantarlo -en un gesto absolutamente ficcional- con el escritor o los escritores que componen su biografía literaria, o si el padre problematiza su condición de paternidad, se habrá hecho trizas un privilegio que una visión determinista consideraría indestructible: la capacidad paternal de otorgar sentido.

Inmediatamente, en el caso del lector esta capacidad será transferida al escritor o a los escritores -o incluso a los libros- que configuran su genealogía personal, por lo que queda claro que, al final de cuentas, quien le da sentido a un lector es la ficción -y por sentido, me refiero a que es la literatura la que tiene la potestad, tradicionalmente divina, de fundamentar una existencia-.

Así, se entiende, por ejemplo, la capacidad borgeana que tiene el individuo de crear a sus propios padres literarios, la potestad de elegir su historia personal, que viene a complementar de lo propuesto al inicio de este artículo por Bloom.

Nos queda una última posibilidad. Desde el punto de vista del padre y la madre, la negación a procrear puede ser vista, en este razonamiento, como el más anárquico de los gestos porque, en un solo movimiento, consagra una opción por la eterna juventud -si uno no es padre no provee de historia a nadie y, por consiguiente, anula la temporalidad y su propio decaimiento- y otra por la nulidad, el vacío, la ausencia de jerarquías.

Literariamente hablando, esta opción por la no descendencia equivaldría a un gesto obscurantista y, al mismo tiempo, profundamente feliz, profundamente liberador: la quema de libros, por un lado, y por el otro la anulación de las estructuras del saber y la imaginación, lo que provocaría, finalmente, un desafío largo y seductor: creemos todo de nuevo. Inventemos.

Fuente: Letra Siete



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