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Chávez Casazola. El agua y los jardines



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Chávez Casazola. El agua y los jardines
Por: Giovanna Rivero

Conocí a Gabriel Chávez Casazola durante nuestras respectivas veintenas, en situación de viaje, por llamar de algún modo a la fragilidad y determinación con que lo veía atravesar sus experiencias en aquellos años febriles de universidad, como “náufragos que balancean un fósforo/ ante la inmensidad/ desde una isla desierta”.

Y es que Gabriel había vivido en distintas ciudades y esa temprana transmigración le otorgaba una especie de cosmopolitismo mediterráneo –convengamos en nominar esa suerte de sensibilidad múltiple que tienen los que han vivido en las distintas Bolivias y han sabido descifrar sus contradicciones culturales e, incluso, hacerlas carne, como lo haría “un coral joven, como/ una dendrita que extendiera su primer/ filo al mundo para asir el tejido”.

Eso, asir el tejido de la vida y anudarlo en la textura poética es lo que Gabriel hizo siempre. Su transitoriedad se trataba ya de algo más intenso y definitorio que una mirada de joven flâneur noventero. Gabriel, su mirada, liberaba al paisaje del embrujo barato de la cosmética y conseguía amasar la borra de los fantasmas que hacían de los lugares justamente eso, lugares, casas, esquinas, escenas de crimen. En ese sentido, no era Gabriel el que atravesaba el espacio como quien avanza del punto X al Y con la premura impaciente de la lógica, sino las ciudades que fluían vertiginosas y locas en la biografía diaria. Lo que quiero decir es que por esos años, cuando dábamos asco de tan jóvenes, Gabriel ya prefiguraba la dimensión fantasmática de su generación y esa certeza, en mi opinión, se manifiesta hoy bajo distintos relatos en la contaminación de los tiempos que nos ofrece su poética, en la que Sol, mosto, ayer, árbol o vino son los segunderos delirantes de un tiempo cuántico inagotable.

Quizás esta vocación de eternidad dinámica encontró una vía de expresión en el I-Ching. Éramos tan jóvenes, ya lo he dicho, pero nos perturbaba una incómoda pulsión de muerte. Gabriel nos leía el I-Ching y todo era verdad. A veces creo que su formulación lírica actual es hermana de esa primera estética, que comparte con los diagramas de aquel sistema de consejo y adivinación una misma urgencia vital: poner al sujeto en el caleidoscopio de sus circunstancias y simplemente abrazarlo, sabiendo que cualquier decisión que tome será perfecta y equivocada. Abrazarlo y honrar su derecho al equívoco, fluir con él.

No me sorprendió, pues, que tantas cosas confluyeran muchos años después, río abajo, en El agua iluminada (2010), un libro que leí y leo como el testimonio de un profundo aprendizaje emocional y espiritual y como una constatación de que la responsabilidad artística de Chávez Casazola pasa por la alta filosofía y a ese trabajo del alma somete su estética. Un libro en el que Gabriel parece decir “hágase el agua”, intuyendo que ahí, en su maravillosa materialidad molecular, se puede asir el tiempo, el espacio, el cardumen singular de nuestras existencias.

Y es esa otra cosa que me hace tanto bien de la amistad con Gabriel, la facultad de este hombre de anudar hebras salvadoras entre el estado poético y la simple realidad. Eso debe ser vivir bien. Gabriel sabe vivir.

Duelos profundos

Y luego, ahora mismo, en La mañana se llenará de jardineros, publicado en 2013 en Ecuador y en el mes de marzo en Bolivia, reconozco esa otra faceta, no por más terrenal menos mística, la faceta lúdica de Chávez Casazola, el filo de su buen humor, la capacidad de negociarle a la vida cuotas más altas de alegría por duelos más profundos y más jugados. En ese toma y daca de circunstancias, la voz poética admite, por ejemplo, que le gusta “todo lo que ya no está: pájaros dodos mastodontes plesiousarios/ tigres dientes de sable/ helechos de tamaño insensato/ flores carnívoras grandiosas…” . Pero bueno, es cierto, lo que ya no está fuera, pero permanece dentro, en la memoriosa imaginación sin tiempo, lo más precioso del mundo y que Gabriel celebra como un niño.

Cruel, un niño a ratos cruel, debería acotar. Porque solo esa crueldad purísima e inocente que volvemos a chupar de la savia infinita de la infancia puede reconocer en la poesía un peligro mortal, como en el poema-nana titulado Transfusión que cuenta así: “Quiero ir a casa, mamá, dijo Pinocchio./ De noche me desangran las termitas/ con jeringas de vidrio/ y veo a un hombre insomne; dice que debo morir entre pinzas de insectos/ para que él escriba y salve/ a vaya a saber quién”.

Fuente: Brújula



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