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El árbol de la tribu



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El árbol de la tribu
Por: Juan Pablo Piñeiro

En tres días se cumple un año de la partida de mi querido maestro Jesús Urzagasti (27 de abril). Ha partido a otro mundo. Seguramente en ese otro mundo hay montones de árboles, caballos y montañas, y con certeza en este nuevo viaje él está caminando agradecido sin permitirse a sí mismo el lujo de no tomarlo todo a la chacota. Tal y como debe ser.

Aquí, en cambio, se ha quedado pero transformado en un amigo muerto. Ahora Jesús Urzagasti es una palabra acabada. Una palabra que se quedará inmóvil para alumbrar desde lejos, cuando pase el tiempo, los matices de su significado. Es una palabra que no está tallada para guardar secretos sino para guardar en semillas, los secretos.

Y nosotros, sus amigos momentáneamente vivos, si todavía en unos años podemos mirar a los ojos de nuestros amigos muertos, entonces seremos capaces de recibir la fuerza para ver las cosas tal y como son. Porque hay algo que decía el Jesús que es muy cierto: a los amigos muertos no se les puede fallar.

Todo esto es posible porque vivimos en un país que se llama Bolivia, y justamente Bolivia es un país donde todo es posible. Y los que más lo saben justamente son los que menos lo dicen. Eso está claro. Por algo será que al Jesús le llamaba poderosamente la atención la historia de Melquiades Suxo.

Melquiades Suxo era un hombre aymara que fue acusado injustamente de una violación y posteriormente fue mandado a fusilar durante la dictadura de Banzer. El señor Suxo fue sometido a un juicio en un idioma que no entendía, el castellano, por lo tanto el resultado no le fue favorable.

Cuando le pidieron su última voluntad, él aceptó la pena pero pidió que se le otorgara el derecho de visitar todos los viernes a sus familiares.

Esta historia es una poderosa metáfora de la historia de nuestro país. Aquí los muertos son parte de la sociedad y del día a día. Y al Jesús le encantaba pensar en las imágenes que se llevan los muertos al partir.

¿Cuáles se habrá llevado él? En ese otro mundo ¿será que recuerda todo o que no recuerda nada? ¿Cómo serán los amaneceres que está mirando? ¿Cómo será el agua que está tomando? ¿Cómo serán los amigos con los que está conversando?

Quizás ese nuevo caminante recuerda este mundo solamente en los sueños. En cambio, el Jesús que se ha quedado aquí entre nosotros, es eterno. Se ha convertido en parte de este mundo. Y como toda verdad, el secreto de su viaje, está amparado en el misterio.

La obra del Jesús es un dolor de cabeza para muchos críticos, especialmente a la hora de encasillar su literatura. Se lo considera poeta, ensayista o novelista. Cuando en verdad es poeta, narrador, pensador y muchas otras cosas más. Y por lo tanto su escritura tiene la virtud de no aprisionarse en ningún molde justamente porque ha sido acuñada al mismo tiempo que la horma que la contiene.
Para mirar la obra del Jesús se debe empezar por la raíz. Allí están atesorados los mandatos de su vida. Rompió con su tradición para lanzarse al abismo. Conjurando, con los ojos cerrados, un camino de conocimiento, un camino de revelación.

Nació en el Chaco, en la tierra, en medio del monte. Creció en un pueblo sin plaza ni iglesia. Como hijo mayor estaba por demás aclarar su obligación de continuar lo que la familia le estaba entregando. Continuar con la tradición y con el discurrir natural de la vida en el universo asentado en aquel confín del país, maravillado por el Chaco y por su peculiar forma de parecerse al mundo y de ser el mundo.

Fueron los sueños los que primero le hicieron notar que su destino estaba escrito de otra manera. Con el tiempo supo que tenía que escribir y como buen chaqueño no estaba dispuesto a apichonarse, aunque después tendría que “mascar has talas papas crudas”.

Entonces se mandó a jalar a La Paz. Lo dejó todo, y llegó sin nada. Aunque bien guardados en el interior de su corteza trajo los destellos del mundo dorado que lo amparaba. Vino con un secreto en su corazón, vino con la luz de su provincia. Y seguramente si no crepitó en ese camino de conocimiento fue porque le asistía una fuerza verdadera.

Al Jesús el país le enseñó a pensar. Los humildes le enseñaron a pensar. Su corazón le enseñó a pensar. La vida le enseñó a pensar. Me imagino entonces que fue la muerte quien le pidió que escribiera. La muerte que cada uno labra adentro y que si es sentida con honestidad se convierte en gratitud por la vida.

Hay una foto que le tomaron al Jesús en la década de los 60, un tiempo después de haber llegado a La Paz. La mirada puesta en distintos universos a la vez. El pulgar derecho a la altura del mentón. Me dijeron que Jorge Luna ve este gesto como el de un pensador. Tiene razón.

Hace meses surgió una tarea en el hogar del Jesús. A su esposa Sulma y sus hijos Nivardo, Froilán y Carmencita se les ocurrió hacer una escultura del Jesús. Después de unas cuantas averiguaciones que revelaron lo complejo del emprendimiento, Sulma quiso posponer la idea pero sus hijos le hicieron recuerdo lo que decía el Jesús: “si uno dice algo tiene que hacerlo”.

El modelo de la escultura es justamente la foto en la que se lo ve recién llegado a la ciudad. Abriendo un camino que nadie ha recorrido. Entonces el proyecto se puso serio y se incorporó el escultor Ramiro Luján.

La escultura está financiada por amigos y lectores del Jesús que generosamente han apoyado la iniciativa. En un par de meses la podremos ver en la ciudad. Estará hecha en fibra de vidrio y tendrá color. Seguramente si hubiera sido una escultura de bronce, el Jesús ni se hubiera aparecido. Estará debajo de un árbol como corresponde, en el Montículo.

En su última novela el Jesús escribió: “…nadie habría de reclamar por mis servicios, excepto el mundo, que es un cliente fuera de serie: no paga nada, y encima nos obliga a tallar en la oscuridad la figura del humilde aprendiz”.

Hay que estar atentos, pronto aparecerá una escultura en la ciudad. Una escultura moldeada por muchas manos. Y cuando la vean no olviden la talla del hombre que los está mirando con un pulgar en el mentón.

Fuente: Letra Siete



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