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Rodrigo Hasbún: Cuatro son suficientes



Rodrigo Hasbún

Rodrigo Hasbún: Cuatro son suficientes
Entrevista a Rodrigo Hasbún
Por: Martín Zelaya Sánchez

Hace ya más de cinco años, en mayo de 2009, durante el encuentro Joven Narrativa Boliviana en el Tercer Milenio, efectuado en Sucre, Rodrigo Hasbún se preguntaba desde su ponencia titulada Señales y prejuicios: “¿La idea de estilo, esa idea de escribir bien como valor que distingue a las buenas obras, funciona acá en Bolivia?”.

“¿Por qué reseñas y críticas suelen darle tanta importancia únicamente a la referencia, al retrato?”, cuestionaba entonces. Y ahora, con motivo del lanzamiento de su libro de cuentos Cuatro, el autor cochabambino se interroga: “¿sobre qué se ‘debe’ escribir y sobre qué no, a qué se ‘puede’ aspirar y a qué no, con quién, el escritor, está en condiciones de entablar un diálogo y con quién no? ¿Y quién delimita esas fronteras?”.

Se me ocurre iniciar así este diálogo con el autor, advirtiendo antes a los futuros lectores que Cuatro es un breve pero contundente muestrario de la enorme habilidad narrativa de Hasbún, una apuesta estética y estilística de alto vuelo, o, como lo dice Wilmer Urrelo en una nota adjunta en estas páginas: “un libro hermoso y tristemente ‘bastardo’”… una prueba, en fin, de que en Bolivia sí se escribe muy bien… y funciona.

En un cuento de Cuatro te metes en la realidad, en el modo de pensar y actuar de un niño, y en otro, te pones en los zapatos de cuatro cincuentonas. ¿Cómo logras estos registros?

En los cuentos de este libro intenté irme un poco de mí mismo, para llegar mejor a personajes que no tienen mucho que ver conmigo: ese niño más o menos despreciable, las cuatro cincuentonas que pasan juntas un fin de semana en el Chapare, un padre que no sabe cómo ser padre o un profesor en crisis.

Rodolfo Walsh escribe en su diario que, entre otras cosas, la literatura es un ejercicio de sumersión en los otros, además de un avance laborioso a través de la propia estupidez, y esas dos nociones contrapuestas hicieron de ruido de fondo mientras escribía estos cuentos. No sé si logro algo convincente, pero fue grato el desafío de ser menos autorreferencial y de mirar hacia fuera desde otro tipo de distancia.

No sé si me equivoco, pero me parece que te importa mucho la “economía de lenguaje”, que trabajas mucho para ahorrar palabras, para evitar un derroche innecesario de oraciones o párrafos…

Como lector me interpelan por igual la escritura de Rulfo y la de Onetti, la de Agota Kristof o la de Clarice Lispector, aunque sus escrituras sean divergentes o incluso opuestas. Por encima del despojamiento o del exceso, del grado de expresividad o discreción, unas y otras están atravesadas por cierta lealtad a una voz, a una respiración, a un ritmo, y es a eso a lo que me aferro sobre todo cuando escribo.

Intento también ser lo más preciso posible, lo menos verborreico y redundante, y lo mismo me pasa con los cuentos en sí. Al principio este libro tenía varios más. Luego me di cuenta de que los cuatro que finalmente incluí eran suficientes como muestra de lo que ando haciendo ahora. Algún día quisiera publicarlos junto a los cuentos de Cinco, en un volumen titulado Nueve.

Respecto a Syracuse, otro de lo cuentos, recuerdo un comentario que leí sobre Nostalgia de Cărtărescu. El autor de la nota reflexionaba si crear personajes escritores era un recurso válido y lógico, era algo “facilón” y ya muy trillado, o era un tema más como cualquier otro. ¿Qué piensas al respecto?

No creo que haya temas o personajes más válidos que otros, ni que sean ellos los que definan la calidad o el alcance de un libro. Temas y personajes son solo el punto de partida, una materia maleable que la hondura y la sutileza o convicción del escritor logran llevar a otra dimensión. Basta con el mismo ejemplo de Cărtărescu.

Más allá de esto, te confieso que ahora mismo me interesa menos explorar el mundo de los escritores que hace algunos años, y eso queda claro en este libro: tres de los cuatro cuentos no tienen nada que ver con la literatura.

Syracuse sí, pero solo tangencialmente. Por sobre todo, se trata de una historia de amor y crueldad, en la que los dos personajes comparten una enorme capacidad de provocarse daño. Lo demás está subordinado a eso, y al homenaje que le rindo a Onetti en el cuento, que en realidad es suyo.

En este mismo cuento, asumes al narrador-protagonista como anglosajón. Cuando Sebastián Antezana ganó el Premio Nacional de Novela con La toma del manuscrito, más de un crítico hizo notar que hasta entonces era casi imposible que un autor boliviano se desprenda de su “bolivianidad” en sus textos y cree personajes y contextos fuera del país. Poco después vino Scott-Moreno con He de morir de cosas así, y luego Edmundo con una novela y un libro de cuentos. Te pido una opinión y reflexión al respecto.

Es sintomático que sigamos pensando este tipo de gestos como inusuales o inquietantes. Esa es una batalla que Borges libró (y agotó) hace más de 80 años, en un texto maravilloso titulado El escritor argentino y la tradición.

¿Cuál es la tradición de un escritor? O, más aún, ¿cuál es la tradición de un escritor que está al margen de ciertas tradiciones o, en nuestro caso, incluso al margen del margen? ¿Sobre qué “debe” escribir y sobre qué no, a qué “puede” aspirar y a qué no, con quién está en condiciones de entablar un diálogo y con quién no? ¿Y quién delimita esas fronteras?

Leyendo ese ensayo, y a Borges en general, queda claro que en el margen, y en el margen del margen, es donde tienen más sentido la irreverencia y la libertad, la posibilidad de proponer nuevos cruces, de desordenar los mapas anteriores, de apropiarse y ensuciar y subvertir lo que haga falta.

Casi a contracorriente de todo esto, sin embargo, Cuatro es quizá el libro donde he buscado acercarme de forma más directa a Bolivia, a una de las tantas Bolivias posibles. Pero lo hago porque quiero y necesito hacerlo, no bajo obligación o mandato.

Sé que la música es muy importante para ti. Cuando entrevisto a compositores, siempre salen interesantes conversaciones sobre si crean primero la letra o la música. En tu caso, ¿cómo te nacen los cuentos, o las novelas? ¿Primero una idea de la trama, un personaje… un escenario? ¿O es indistinto?

No siempre sucede igual. A veces es una imagen la que me dispara las ganas de escribir, otras veces la persistencia de algún sentimiento o un recuerdo que no quiere irse, una frase suelta y su música, algo que escuché por ahí.

Cualquiera de esas vías desencadena un proceso invariablemente misterioso, donde nunca sé a dónde iré a parar. Escribo a tientas, yo mismo descubriendo en qué consisten las guerras de los personajes, cómo funcionan sus afectos. De a poco voy encontrando algunas pistas pero en general todo resulta muy incierto, al menos hasta que termino una primera versión. A partir de ese punto, con algo más de distancia, voy definiendo los contornos de la historia y de todo lo que está en juego en ella.

Sé que tú novela El lugar del cuerpo. Está disponible en librerías de varios países. Cuéntanos cómo te está yendo con su promoción, críticas y recepción.

Tuve la suerte de que algunos editores se interesaran por hacer circular El lugar del cuerpo en sus países. Salió recién una edición peruana con la flamante editorial Santuario, y había salido antes en Argentina con Alfaguara, así que la novelita sigue encontrando lectores. Reeditar es quizá un hecho más feliz que editar: significa, en el mejor de los casos, que el libro late todavía, y que ha logrado trascender el reino precario de la novedad.

¿Coincides con Paz Soldán en que la narrativa boliviana está en su mejor momento en muchos años?

Este es sin duda un momento interesante, no solo en cuanto a la visibilidad internacional que ha logrado la nueva narrativa boliviana, sino sobre todo en relación al riesgo y la solidez de algunos proyectos narrativos.

El desafío, ahora, es que esos proyectos logren sostenerse a lo largo de los años, que sigan llegando libros valiosos, y también que aparezcan otros escritores y, sobre todo, más lectores, que es quizá lo que más falta hace. Es mucho, sobre todo en un país donde las condiciones para fomentar la escritura y la lectura resultan tan desoladoras.

Tanta agua tan lejos de casa
(Fragmento)
Rodrigo Hasbún

Necesito contarte algo, le dice el Roque al Jordi esa noche. Ya van por la segunda botella de vino y la pasta que han preparado empieza a oler increíble y el Jordi se pone serio y le dice que no lo asuste. Es algo sobre mi familia, añade el Roque y ve el alivio en su carita y esa camisa a cuadros le queda divina y descubre una vez más que está súper enganchado, más que nunca antes en su vida. Llena las dos copas y las chocan mirándose a los ojos, porque si no siete años de mal sexo, es decir el infierno mismo, y el Jordi le dice que lo está poniendo nervioso, que le cuente de una vez.

Llevan once meses juntos. Se conocieron en una fiesta y esnifaron no sé cuánta coca, nada raro que traída de Bolivia, y el Jordi se la chupó al Roque en la calle y todavía daba la impresión de que iba a ser cosa de una sola vez, de dos o tres veces máximo, lo que demuestra que siempre da mejores resultados no esperar nada. Es cajero en un banco de la Caixa y sabe poco de arte pero lo apoya muchísimo y casi todas las noches en las que le toca trabajar al Roque, el Jordi está ahí a un costado, no por celos sino simplemente para acompañarlo. Solo una hora más tarde, echados en la cama, le dice que no es cierto que sea hijo único o que quizá lo es pero que no siempre lo fue, en algún momento tuvo dos hermanos. El cuarto está en penumbras y eso lo ayuda a hablar. Después de contarle la historia, dice que durante años lo atormentó la idea de que pudo haberlos salvado, si insistía en ir con ellos no hubieran corrido tanto y se hubiera evitado el accidente. Me fui calladito, dice, odiándolos porque no me aceptaban como uno de ellos, pero incluso eso era mejor que lo que pasó luego. Después, cuando mis padres volvieron, estaban tan ahogados en su dolor que dejaron de verme, dice, era como si yo también hubiera desaparecido. Y entonces te fuiste, se atreve a decir el Jordi. Sí, dice el Roque, en cuanto pude, varios años después, y para ellos debió ser un alivio, y cuando me fui en serio, cuando dejé de contestar sus llamadas y correos, ellos lo asumieron de inmediato. En Bolivia nadie quiere un hijo marica, murmura después. Nadie quiere un hijo marica en ninguna parte, le dice el Jordi.

Hasbún o los cuentos “bastardos”
Wilmer Urrelo

Por estos días tengo la suerte de leer un libro maravilloso: Cartas completas, de lord Chesterfield. Se trata de una serie de misivas que escribió a su hijo. Éste no era un descendiente al que mostrar en sociedad, era más bien y cito: “…tengo un muchacho de 13 años, naturalmente os confesaré que no es legítimo”.

Sin embargo, pese a esa “ilegitimidad”, las cartas están llenas de amor y, sobre todo, de consejos para ser un “buen” caballero de la época (mediados del siglo XVIII), consejos todos basados en el estudio y la lectura de los poetas antiguos y en la curiosidad por cómo era el mundo a través de los libros de geografía. Un buen padre. Un buen “ilegítimo”. Un buen niño “bastardo”.

Cuando terminé de leer los cuentos incluidos en Cuatro, de Rodrigo Hasbún (El cuervo, 2104) tuve la siguiente sensación: algunos de ellos (La mujer y la niña, pero sobre todo, Los nombres) pecan de una cierta “bastardía”. De aquella “bastardía” que Chesterfield usaba para que su hijo sea un hombre honorable, es decir, esconderlo entre los pliegues de la sociedad inglesa, francesa y holandesa, pero dotarlo a la vez de las herramientas más útiles para la época.

Cuatro es un libro hermosamente “bastardo” porque vemos, entre sus pliegues, la Bolivia que apenas entreveíamos en los otros libros del autor: Cinco (Gente Común, 2006), o en El lugar del cuerpo (Alfaguara, 2009). Una “bastardía” bien entendida, bien trabajada, una “bastardía” para leer entre líneas.

Sin embargo, eso no es todo. Dentro de estos cuatro maravillosos cuentos aparecen, de menos a más, eso que tanto apreciamos los que seguimos la carrera de Hasbún, una suerte de deliciosa tristeza y soledad y lo que viene después de estas dos: la resignación que te da el paso del tiempo y la certeza de comprobar que tu juventud quedó irremediablemente atrás, como pasa en el ya mencionado Los nombres.
A veces, como en el amor o en la desgracia, cuanto más queremos alejarnos de algo más nos acercamos (esa fórmula es irremediable, se los juro). Y eso le pasa al personaje, niño mundialista sospechosamente cochabambino, en La mujer y la niña. Sin quererlo, una responsabilidad que no es suya lo perseguirá por siempre y para siempre.

Y hay frases realmente conmovedoras, como la que derrumba todo un mundo en Tanta agua tan lejos de casa: “Nos merecemos mejores recuerdos”.

Quizá no esté tan de acuerdo con esto último, pese a su hermosura… lo que pasa es que a veces los buenos o mejores recuerdos no nos merecen a nosotros.

¡Ah, la bastardía!, tan denostada en el siglo de Chesterton. Ahora los tiempos han cambiado o están cambiando, y Cuatro es eso, un libro lleno de cuentos “bastardos”. Un libro hermoso y tristemente “bastardo”.

Fuente: Letra Siete



4 Respuestas »

  1. Chuzu dice:

    Un escritor que nos lleva por las sendas reales de la vida.

  2. […] Rivero, Rodrigo Hasbún, Liliana Colanzi, Maximiliano Barrientos y Sebastián Antezana participan por Bolivia. Liliana […]

  3. […] poderoso Hasbún también en “Larga distancia”, no solo al narrar una infidelidad cargada de pulsión erótica, […]

  4. Mauricio Rodriguez Medrano dice:

    Cualquier cosa

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