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Claudina, un nombre fascinante



Claudinas

Claudina, un nombre fascinante
Por: Demetrio Reynolds

No se sabe por qué tres autores: (incluso cuatro, con la breve novela de José S. de Oteiza recientemente reeditada) Jaime Mendoza, Adolfo Costa Du Rels y Carlos Medinaceli, utilizaron el mismo nombre, Claudina, para sus personajes femeninos.

En sucesión temporal fueron apareciendo en este orden: “En las tierras del Potosí”, en 1911; “La Misqui Simi”, en 1921 y “La Chaskañawi”, en 1947.

Hay varios estudios que intentaron desentrañar el misterio. Uno de ellos, de Enrique Vargas Sivila, atribuye a la posible traición del inconsciente; es decir, una no deliberada intención de competir.

Según afirma Armando Alba en el prólogo de “Páginas de vida”, de Medinaceli, a nadie se le ocurrió preguntarles sobre esta coincidencia cuando aún vivían los autores. Lo que sigue no es sino una breve reseña comparativa.

En la obra de Mendoza, el tema no es propiamente el amor, como en las otras. Claudina es una arisca “palliri” que no aparece hasta casi la mitad de la novela. A pesar de su humilde y rústico indumento de trabajo, es una jovencita atractiva, simpática y de gallarda apostura. Pero entre ella y el presunto galán, el “amorfo y abúlico” Martín Martínez, no hay una sola escena idílica. La pasión, esa fuerza avasalladora que teje la trama en los otros relatos, aquí es algo inexistente.

¿Entonces de qué trata la novela? Del viento. Es el personaje que predomina; aúlla como genio maléfico en los aleros de las casas, levanta polvareda y golpea con áspera mano invisible el rostro. A Martín lo zarandea como a un muñeco en todo el trayecto de Sucre a Llallagua.

En “La Chaskañawi”, con ella empieza y termina la novela. Su contacto con Adolfo ya está en la segunda página. Al llegar a su pueblo, observa: no hay un alma, “sólo allá, calle abajo, cimbreante, donairosa, iba una chola de pollera roja y manto celeste (…) lo deslumbró con el relámpago de su mirada. Era morena, de anchos ojos negros. Una real hembra, pensó Adolfo”.

Al final, tras una intensa pasión y algunas escenas borrascosas, Adolfo se queda convertido en “huatarruna” de Claudina. Después de 12 años, su primo Fernando lo encuentra físicamente mejor y contento. Pero exclama: “¡Pobre Adolfo…! ¡Haber caído en poder de semejante chola!”

Claudina García no es forastera como en “La Miskisimi” de Costa Du Rels; es más bien oriunda del lugar, con familia y abolengo conocidos. Su listeza mental, su fuerte carácter, su orgullo y su gracia femenina inconfundible, hacen de ella el arquetipo de la mujer chola en Bolivia.

En el cuento de Costa, Claudina es una cholita recién llegada de Pulacayo. “Pertenecía a la raza de las grandes cortesanas (…) Tenía una aureola de mujer fatal (…) ¡Qué mujer! ¡Da miedo!”, dice de ella Joaquín Avila, su apasionado galán que fue a Uyuni con el solo motivo de ganar dinero. Destacaba aquella entre sus rasgos fisionómicos la “boca sensual, carnosa, de un rojo violento (…)”, un prodigio de la naturaleza que subyugaba como un hechizo. De ahí el nombre del relato: Miski Simi (boca dulce).

En “La Chaskañawi”, Claudina conquista y retiene a su hombre. La otra, después de convivir un tiempo, lo abandona. Joaco se queda en Uyuni. Años más tarde se lo ve como “un andrajo humano”.

Como es notorio, los destinos son diversos. En “La Chaskañawi”, Adolfo y Claudina aceptan felices el determinismo del medio que se les impone; en el cuento “La Miski Simi” el gélido viento de Uyuni cruza por la vereda de sus almas, separándolos para siempre.

A nuestro juicio, la borrosa imagen de Claudina y su pretendido galán en la novela de Jaime Mendoza, no son personajes de suficiente relevancia para competir con los personajes de las otras narraciones.

Fuente: Lecturas



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