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Antonio Terán Cabero: De Vallejo aprendí a ser humilde y triste



Terán Cabero

Antonio Terán Cabero: De Vallejo aprendí a ser humilde y triste
Entrevista a Antonio Terán Cabero
Por: Santiago Espinoza

El poeta José Antonio Terán Cabero (Cochabamba, 1932) afirma que a los octogenarios como él las musas se le escapan. Lo dice con ese talante bromista con que suele hablar de las cosas más serias, con esa sonrisa fácil y juguetona con que intenta despistar del escepticismo confeso de su poesía. Lo dice convencido de lo que dice, pero hay razones para no creerle o, al menos, para no creerle del todo. Lo dice acaso sin percatarse de que su interlocutor acaba de ver a una cohorte de musas o potenciales musas impedirle salir del salón del Club Social cochabambino para conceder una inoportuna (¿las hay oportunas?) entrevista. Reteniéndole el brazo, regalándole impetuosos abrazos, mimándole con sonoros besos, le hacen difícil seguir a su entrevistador, a quien estaría en todo el derecho de maldecir. No obstante, el vate finalmente abandona el atestado salón y se embarca, junto a su entrevistador-aguafiestas, hacia el café París de la plaza 14 de Septiembre.

En el café espera a Terán otro bardo, el de Duluth, que relata la increíble y triste historia de Rubin Hurricane Carter. El autor cochabambino se declara preocupado -siempre entre broma y broma- y cree no estar en condiciones de responder a entrevistas, menos aun a una que gire en torno al homenaje que le ha organizado el Centro Pedagógico y Cultural Simón I. Patiño. Afirma que, a su edad, ya es presa de la desmemoria, afirmación que, no obstante, sus respuestas se ocuparán de desmentir. Sin ya mayores reparos para rehuir al diálogo, se suelta y empieza a hablar. Su palabra coincide con el silencio de Dylan. El Huracán se ha marchado, pero el Soldado permanece firme. Y así seguirá durante la siguiente media hora, en la que reconocerá sentirse un homenajeado intruso, asumirá la influencia definitiva de César Vallejo, reafirmará el escepticismo de su escritura, hablará de sus narraciones inéditas y ensayará una lúcida analogía entre su poesía y el borracho de un popular huayño. Y cómo no, destilará su inteligente y envidiable sentido del humor, que, de tan recurrente y profuso, hará que el uso de paréntesis para señalar las risas en medio del diálogo sea un total despropósito. Y no menos importante, se reconocerá ignorado por las musas, por esas divinidades femeninas a las que en otros tiempos dedicaba acrósticos escrupulosamente cifrados, por esas mujeres que, a su pesar, aún se atreven a seguirlo hasta el café de la esquina y esperarlo a que termine de dar una inoportuna entrevista.

¿Cómo recibe este homenaje que le está haciendo el Centro Simón I. Patiño?

Los observadores maliciosos de este país han creído ver en todo homenaje una grave advertencia. Es como si dijeran le haremos alguna cosita a este señor que ya está en sala de preembarque. Entonces, es como para asustarse también. Pero, bueno, no le vamos a atribuir al Centro Simón I. Patiño esas “piadosas” intenciones. No tengo más que opinar sobre este homenaje. Más bien, me siento un intruso.

¿Por qué?

Yo he producido escasos trabajos literarios. Creo que son apenas siete libros de poesía y he hecho algo de narraciones. Tengo dos libros inéditos de narraciones. Luego me he preocupado de hacer reseñas de los amigos cuando me pedían que les presente sus libros, pero no lo hecho ni siquiera con un criterio de crítica ortodoxa. Porque yo he querido conocer y acceder a las teorías literarias en boga, y ahí sí que me he perdido.

De todas formas, el que el año pasado se haya publicado su obra poética completa (editada por Kipus) y el que ahora se le rinda un homenaje hablan de que, más allá de su supuesta escasez, la suya es una obra muy bien valorada…

Bueno, hasta ahí he llegado. Y en cuanto a mi propia obra, ¿qué podría decir? Uno empieza a escribir con ciertas ideas determinadas. Al comienzo, en la adolescencia, uno quiere explicarse la relación entre uno y el universo. Una idea tan nebulosa y tan grande de la literatura. Después, uno se vuelve más modesto, se conoce a sí mismo y es influido por ciertas lecturas, en mi caso Vallejo, quien me enseñó a ser humilde y triste. Te acordarás de “aceite funéreo, el café” o “Y me han dolido los cuchillos/de esta mesa en todo el paladar”. Yo le atribuyo a haber pasado por experiencias de ese tipo el tono escéptico de mi escritura.

¿Cómo definiría su poesía?

Mi poesía no es celebratoria. Ramón Rocha ha dicho que es una poesía nocturna. A tal punto no he llegado, aunque sí escribía de noche. En cambio es escéptica. Y quizá, el término apropiado sea lenguaje convulso. Recuerdo una frase de Arthur Rimbaud: “La belleza será convulsa o no será”. O esa otra que dice: “… Senté a la belleza en mis rodillas y la encontré amarga”. Y esa frase ha saltado a Breton, que la ha repetido y de él hasta nuestros días. Y ¿por qué? Porque el mundo es eso, es esa cosa caótica, a ratos un sinsentido total, un mundo desencantado. No hay nada que celebrar, salvo ciertos acontecimientos esporádicos, y por eso mi lenguaje es necesariamente convulso para una realidad convulsa.

A tono con ese escepticismo confeso, en una entrevista anterior me dijo que, para usted, la poesía era un “ejercicio inútil”. ¿Ratifica esta afirmación?

He debido decir eso copiándome de Sartre, que dijo que el hombre es una pasión inútil. Y tuvo razón, porque para morirse de rabia son algunas cosas.

Y, ¿será también la poesía una pasión inútil?

No. Habría que matizar ese concepto, porque, al final, uno está tentado de decirla cuando ha perdido muchas esperanzas, muchas certezas, incluida la certeza de otro mundo, que tiene que ver lo religioso. Entonces, uno se refugia en la poesía y la asume religiosamente. En cierta forma está reemplazando…

A Dios…

O a los dioses mudos, porque son mudos. Me han dicho que San Agustín tenía esta opinión: Dios no está en el mundo, se ha retirado del mundo, no podía permitir que sus criaturas fuesen títeres en sus manos, les enseñó el bien y el mal y les entregó el mundo. Es verosímil esa aseveración, porque por eso está el mundo como está. No sé si es efectivamente cierto que San Agustín dijo eso, porque, si fuera así, estaría desconcertado porque Santo Tomás, otro santo de la misma iglesia, dice lo contrario: Dios está presente. Que se entiendan ellos.

Y para usted don Antonio, ¿dónde está Dios? ¿En la poesía? ¿O se asume un ateo total?

Algo que me ha reconciliado de este escepticismo en las cosas sobrenaturales ha sido leer a Spinoza. Él encuentra a Dios en las cosas lindas de este mundo: en el aire, en el río, en el sonido del viento entre los árboles. Te acordarás de esa frase de Rilke que decía: “Solo para escuchar al viento entre los árboles vale la pena haber nacido”. Spinoza es eso, es un panteísta. Yo prefiero esa versión a la otra.

El homenaje que se le va a rendir incluye un video documental, que lleva por título: “Antonio Terán Cabero, soldado del tiempo”. ¿Se considera usted un soldado del tiempo?

Ese título me ha desconcertado. Le dije a mi entrevistador (para el video) que uno de los temas que me preocupan es el del tiempo, el problema del tiempo, que plantea una de las preguntas más difíciles de contestar. Además, en mis poemas he tratado de percibir el mundo, las cosas, la escritura en las tres dimensiones temporales, casi como las partículas de la física cuántica. Ha debido ser eso, porque, de otro modo, no entiendo ese título. Ramón Rocha me ha dicho que debería haberle puesto al video el título de “Soldado del clima”. Yo le he corregido y le he dicho que, según mi edad, sería del climaterio.

Decía antes que tiene unos libros de narraciones inéditos. ¿Hay la posibilidad de que se publiquen?

No sé. Ramón Rocha, que es un fregado, me ha dejado un poco decepcionado, porque le di el libro de relatos y me lo ha devuelto diciendo: “A ti que te han pasado cosas tan importantes, ¿por qué me vienes a escribir cosas tan subjetivas?”. Parece que mis relatos son así, subjetivos, reflexivos. Debe ser el contagio de la poesía, que siempre es subjetiva y hacia adentro. Me ha desahuciado. Sin embargo, gente que más o menos coincide con mi temperamento, me ha alentado más, me ha dicho que están bien.

Entonces, hay aún chances de que se publiquen…

No sé…

De todas formas, en Bolivia tenemos una tradición de grandes narradores de origen o vocación más poética, como Cerruto, Saenz o Urzagasti

Sin mayor pretensión, sin vanidad, creo que me aproximo un poco en la prosa, en los relatos, a la forma de ver las cosas de Urzagasti, que es poética. Además, entre mis novelas preferidas está una de que leí quizá muy tarde en mi vida, de Hermann Broch, La muerte de Virgilio. La novela es sobre la agonía de Virgilio, que delira. Mientras delira, recuerda y habla de lo que ve en las orillas del río donde está navegando camino a Roma. Delira sobre sus recuerdos y va mezclando los tiempos. Es pura verbalización hasta que al final de la novela la agonía se agudiza y muere. Y antes de morir, toda esa verbalización, de frases largas y densas, se va suavizando, diluyendo, enrareciéndose, se vuelve balbuceos, sílabas, después apenas soniditos y silencio. Ha muerto. Les recomendé ese libro a los escritores de la Unión de Poetas. Consiguieron la novela, pero me han quitado el saludo porque no la han entendido.

¿Sigue escribiendo poesía?

No sé si deba hacer esta confesión, pero de un octogenario escapan las musas. Ya no vienen. Además, mi método de escribir era de fines de semana, librado ya del trabajo burocrático, en un estado que es difícil de recuperar cuando uno ya ha dejado el vicio. En cambio, hay otras satisfacciones. Uno empieza a hurgar en los cajones de zapatos viejos y encuentra poemas en los que se reconoce otra vez. A veces fallidos, a veces incompletos, pero me estoy dedicando a reelaborarlos. A veces junto dos poemas y hago uno solo. Es una labor casi artesanal, de juntar, eliminar, cortar y armar, que también es una forma de escribir.

Entonces, puede asumirse que hay posibilidad de que el resultado de este trabajo pueda en algún momento salir a la luz…

Quizá algo puede salir. Pero más me está interesando juntar mis reseñas de libros, completarlas con mayores juicios sobre los escritores y unos comentarios sobre otras obras de los escritores para convertirlos en una especie de ensayitos, que pueden servir por lo menos para que algún día la gente se entere de quiénes eran los esclavos de este oficio.

Llegado a este punto, ¿Antonio Terán Cabero se sigue considerando un francotirador de la poesía?

No sé si se puede decir eso, porque, aun en la época en que trabajaba, a pesar del trabajo duro y otras preocupaciones antiliterarias, algo se iba acumulando en uno. Llegaba el fin de semana y era algo que a uno ya le incomodaba. Había que deshacerse del problema y empezaba a escribir a partir de una palabra, un sonido, una frase, y se liberaba. Algo de eso todavía ocurre, porque la carga o la recarga ya ha ocurrido antes, de modo que al momento de disparar ya hay algo que descargar. Debe ser eso. Porque en cuanto a definiciones y opiniones sobre mi escritura, lo último que se me ha ocurrido es comparar la poesía con el canto de un borrachito. Hay un huayñito muy bonito. Un borrachito está ante la puerta de su amada, que se supone que está herméticamente cerrada, porque no puede entrar. Debe ser el umbral de la perfección literaria, porque ya no se puede entrar. Él reclama verla a la amada y, como está borracho, empieza a cantar “he venido, no he venido”. No sabes si ha llegado, si está o no está. De ahí que últimamente me gusta decir que la poesía para mí es un qhayqeo (una palabra quechua que alude a un desahogo producto del consumo de alcohol), equivalente al reclamo de ese borrachito que no sabe si ha venido o no ha venido a un incierto lugar a balbucear sus dudas. No sé qué filósofo contemporáneo ha dicho que la filosofía ya no exige respuestas, sino que multiplica y acentúa las preguntas.

Infancia
(De Y negarse a morir)

Antonio Terán Cabero

I

por las agrestes rutas que antaño visitaron
los pies recién nacidos del invierno
baja un sueño a recogerme
yo le aguardo sabiendo
que a nadie encontrará cuando me halle
en salvajes rituales
que esconde para siempre el ojo turbio
de los ríos
aún arde el dios que fui
me reclama su trono proscrito de la sangre
por infinitos mares
perdidas ya las islas que habitaba su orgullo
secretamente llega esta ternura
a dolerme en la sed
en el yerto paisaje
donde un ineluctable peregrino
agoniza en un barco de papel

II

¿quién eres tú que así copiabas
la antigua claridad de los rebaños?
estatura del trino sobre el aire
ángel de mi alegría
remolino de luces en el rostro
recobrado del tiempo
dulce trigo secreto
en el vuelo primero de los pámpanos
¿quién eres tú
por qué tu luz me nombra?

III

molle augusto
de un verano de oro
febril pajarería de sus brazos
la sonrisa del choclo
besa mi duelo iluminado
ranas cantoras del estanque
impaciente preludio de la vaca nodriza
y aquí sobre mis párpados
el hornero inquilino de su propia alegría
aquí tendido lento
el boyuno responso de la tarde

IV

todo en la paz de una visita inesperada
soy otra vez en el arroyo
con que sueñan los musgos
una lejana infancia
caballero en corcel de cañahueca mágica
tejo y destejo legendarias muertes
recupero mi espada del humo y la ceniza
pequeño rey
diferente y solo
más triste sin embargo que la palabra hijo
tan cerca
retratándome

Fuente: La Ramona



2 Respuestas »

  1. […] de este último suceso y tiene ya terminado e inédito un libro sobre Ñancahuazú. Eduardo Mitre y Antonio Terán Cabero no existen, no obstante que son dos de los poetas vivos y más antiguos de nuestro país. No hay, y […]

  2. […] medular del Movimiento fueron los poetas Antonio Terán Cabero, Héctor Borda Leaño, Gonzalo Vásquez Méndez, Alberto Guerra Gutiérrez y Roberto Echazú. […]

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