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Las cuatro estaciones



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Las cuatro estaciones
Por: Mijail Miranda Zapata

Conversando sobre la obra de Rodrigo Hasbún (Cochabamba, 1981) con un reconocido escritor boliviano, bordeando el doble de edad del primero, surgía el comentario de que ésta le parecía aburrida, que perdía rápido el interés.

Natural, considerando que la búsqueda del cochabambino tiene un fuerte signo generacional. La escritura de Hasbún está marcada por una necesidad de recomponer la experiencia vital a partir de pequeños fragmentos desparramados a lo largo de la existencia. Un recurso válido para estos tiempos en los que hemos pasado a construir nuestra historia a partir de ficciones efímeras y aparentemente desordenadas. Como advertía Susan Sontag en su Ensayo sobre la fotografía, estamos sujetos a capturar trozos de realidad para construirnos y finalmente ser algo, alguien.

Es coherente, entonces, que un literato con muchos más años que Hasbún no guste de narraciones, que huyen de los grandes acontecimientos, de los excesos del bucolismo rural o la épica urbana, para recluirse en territorios íntimos, donde los movimientos son apenas perceptibles y sus consecuencias aún menos. Territorios en los que detalles ínfimos detentan el protagonismo, pero con resultados quizás igual o más catastróficos que en los otros casos.

Es así que la obra de Hasbún puede entenderse como una colección fotográfica desmesurada, implacable e inescrupulosa. Álbumes familiares, recuerdos tamaño carnet, autoretratos eróticos, paisajes desenfocados, amigos abrazados y en planos medios, así parece construirse su universo literario. Esta reflexión no es gratuita, sólo basta recordar las adaptaciones cinematográficas de algunos de sus relatos (Lo más bonito y mis mejores años, 2005; Los viejos, 2011).

Esta cualidad es inobjetable y su presencia también se hace evidente, de manera tangible, en dos de los cuentos compilados en su último libro, Cuatro (Editorial El Cuervo, 2014). En “Syracuse”, remake del celebrado “El infierno tan temido” de Juan Carlos Onetti, las tensiones se construyen a partir de un extraño diario que enlaza ficción y realidad arbitrariamente, y unas fotografías cargadas de sexo, venganza y desconcierto. Con esas herramientas, casi de registro etnográfico, el narrador consigue perfilar el zeitgeits de una generación incapaz de establecer límites entre lo privado y lo público, entre la realidad y la virtualidad, y por eso mismo, terriblemente frágil.

Caso similar se presenta en “Tanta agua tan lejos de casa”, en el que una reunión de amigas cincuentonas nunca concluye porque la fotografía final, la de la despedida, la de la inmortalidad, siempre queda desvanecida, inservible. Como en la vida, todos acabamos siendo apenas figuras borrosas, recuerdos difusos.

Y es la reconstrucción de esa vida, de la experiencia vital, en realidad, quizás en un intento por dejar testimonio del paso de los años (una constante en la trayectoria del autor), la que se refleja en Cuatro. “La mujer y la niña” cuenta con sutileza cómo es que perdemos la inocencia infantil, cómo la dejamos un día cualquiera, en un incidente cualquiera, y cómo esta escisión nos persigue a través del tiempo.

La ya mencionada “Syracuse” tiene por lienzo la juventud: la fuerza y la ingenuidad de los años en los que “cuerpos sin grasa, sin cicatrices, casi sin pasado”, apenas intuyen la tragedia de su sino, el derrumbe de sus ilusiones.

Por su parte, “Los nombres” es el retrato de un hombre adulto, que junto a sus amigos habita un resquicio entre la nostalgia y la resignación, y teme dar el paso hacia un punto de no retorno. “No sabíamos resignarnos todavía a que la fiesta ya no era nuestra”, dice en algún momento, mientras intenta aferrarse a las nuevas alegrías: la vida de padre, la lejana sonrisa de los hijos.

El libro cierra con “Tanta agua tan lejos de casa”, una reconstrucción oscura y enrevesada de las pérdidas, desencuentros y frustraciones que acompañan y acentúan el correr de los años. El destino en todos los casos es fatal, pero en algunos más insoportable que en otros. Un hotel en decadencia en medio del trópico cochabambino, como muestrario de imaginarios rancios y desencajados y como guiño hacia una nueva forma de entender Bolivia y su entramado social.

La de Rodrigo Hasbún es una vocación casi antropológica y el acercamiento a su obra merece paciencia. En mi caso, la lectura de Cuatro tuvo tres procesos de lectura, cada uno más satisfactorio y revelador que el anterior.

Fuente: La Ramona



Una Respuesta »

  1. […] de que, al fin, dos de sus libros de cuentos, precisamente denominados Cinco (Gente Común, 2006) y Cuatro (El Cuervo, 2014), quedasen reunidos en un mismo libro bajo el título de Nueve. Y, así, […]

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