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Apuntes aleatorios de Todo el mundo cumple sus sueños menos yo de Wilmer Urrelo



Todo el mundo cumple sus sueños


Apuntes aleatorios de Todo el mundo cumple sus sueños menos yo de Wilmer Urrelo
Por: Christian Vera

Editorial El Cuervo nuevamente nos ofrece un intenso libro. Todo el mundo cumple sus sueños menos yo (El Cuervo, 2015) de Wilmer Urrelo Zárate (WUZ) es una colección de diecisiete relatos escritos en distintos momentos por el autor de esos dos novelones como son: Fantasmas asesinos (Premio nacional de novela Alfaguara, 2007) y Hablar con los perros (Alfaguara, 2011). Esta antología no hace más que reiterar la importancia que ha adquirido la ficción de Urrelo en diferentes contextos literarios. De entrada destaco que los cuentos reunidos permiten realizar un recorrido desde sus primeros relatos escritos a finales de los noventa hasta los más actuales.

Desde Fantasmas asesinos, también en Hablar con los perros, Urrelo nos acostumbró a enfrentarnos a novelas enormes, exigentes, virtuosas, arriesgadas, asombrosas por sus arquitecturas narrativas (a ratos artificiosas). Novelas, valga decirlo, donde hay una acumulación de tramas y sub tramas, de voces, de personajes, de juegos narrativos, de obsesiones que guardan resonancias (obvias) con estos relatos antologados por El Cuervo. De algún modo, varios de estos textos ficcionales volverán a aparecer depurados, enriquecidos en sus novelas. Otros cobran vida propia por los nuevos caminos que encaran.

En las novelas, WUZ nos arroja a mundos complejos y nos deja ahí encerrados no solo el largo tiempo que dura la lectura de sus inmensos textos, sino que astutamente nos obliga a ver el mundo desde su escritura. Sus cuentos nos exigen otro tipo de exploración. Se podría decir que en la producción de estas ficciones, Urrelo abandona la “seguridad” de las más de seiscientas páginas en las que cabe todo, y se somete al “síndrome de las veinte páginas”, detrás de las cuales acecha la desconfianza y las ganas de empezar de nuevo.

A primera vista, Todo el mundo cumple sus sueños menos yo ofrece un conjunto de relatos dispersos, dispuestos bajo un orden aleatorio que no llegan a configurar hilos comunes. Sin embargo, cuando uno acerca la mirada con algo más de cuidado, nota un programa urreleano, por decirlo de algún modo, operando de forma activa en la maquinaria narrativa que instaura el libro.

La cotidianidad extraña

Los cuentos de Urrelo son por momentos absurdos, por otros perturbadores, pero siempre inquietantes. Una muestra de ello ofrece Niños corriendo en el piso de arriba, uno de los relatos mejor logrados y con el que el libro arranca. Es un cuento que, sin artificios decorativos, ni juegos de voces distractivos ni otro tipo de trucos y piruetas, se acerca de forma descarnada a las distintas caras de la vida cotidiana. A modo de una moneda, en Niños corriendo… WUZ nos muestra por un lado la cara simple de lo cotidiano, la rutina, la tranquilidad solitaria, mientras por el otro presenta lo podrido y lo maléfico, la rajadura por la que se filtra un fondo irracional y terrorífico. Un alter ego del autor y su perra de nombre Thayli forman una extraña familia solitaria que un día, por vías sobrenaturales, adopta a dos niños-cadáver a quienes descubren cuando les ven las manos fantasmales colgando del balcón del departamento de arriba. Eran unos niños endemoniados, muertos, que “a veces salen del departamento y matan a alguien y me traen la cabeza de ese alguien (yo la meto en una bolsa de plástico y me deshago de ella)”. El narrador cuenta con total normalidad la “travesura” de sus hijitos adoptivos. Otras veces los niños muertos juegan dulcemente con la perra Thayli. Valga abrir un paréntesis, Thayli es uno de los varios perros que aparecen en el libro, también están el Spot, el lanudito, hasta aparece en forma de clave en un SMS el nombre de Batuque perro/personaje que forma parte del clásico Conversación en la catedral novela de notoria influencia en el autor. Volviendo a Niños corriendo en el piso de arriba, la cotidianidad es sacudida y transformada por lo monstruoso, material con el que WUZ se divierte y manipula constantemente en la construcción de sus relatos. La aparición de niños muertos que siguen transitando por la vida exponiendo en sus cuerpos la crueldad y la violencia de padres, de tíos, la bendita familia sin duda despierta el recuerdo de uno de los hilos de la trama de Fantasmas asesinos.

En esta misma línea, el relato ¿Será este el momento para quemar a quien tanto temo? cuenta la historia de un adolescente solitario de quince años, Reinaldo, quien pierde a sus padres en un accidente automovilístico y desde ese acontecimiento vive con su “tierno” abuelito. Esta cotidianidad apacible, tranquila, melancólica se quiebra en distintos pedazos a partir de la irrupción de una niña fantasma de diez años de edad de nombre Odi que una mañana aparece amigable en la sala, observando a través de la ventana la monotonía de una ciudad fría. Odi le enseñará a Reinaldo la belleza del fuego, la trascendencia que tiene para un pirómano el incendiarlo todo, hasta la familia y sus recuerdos. La niña fantasma ofrecerá a Reinaldo la posibilidad de conocer el pasado de su abuelo a partir de la lectura de un diario de la Guerra del Chaco. En el reverso del viejito tierno se esconde la perversidad de un excombatiente violador, racista y sádico. Nuevamente vemos una cotidianidad sacudida, esta vez incendiada por lo monstruoso, lo fantasmal, lo irracional. Está demás recalcar que la Guerra del Chaco, otra obsesión del autor, es uno de los escenarios en los que se despliega Hablar con los perros.

Todo en familia

Los diecisiete relatos giran sobre los ejes y engranajes que ofrecen los ámbitos familiares en los que reinan madres sobreprotectoras, autoritarias, posesivas, omnipresentes, ausentes, afanadas “en arruinar la vida de sus hijos” como precisa el narrador del texto Cuaderno de cien hojas. Aparecen hasta “madrecitas españolas” como madres sustitutas, también una abuelita que tiene bien escondido a su muerto en el ropero. Tal vez el texto más claro en ese sentido sea La exquisita vida familiar (máscara contra máscara), un micro cuento que desde su título sugerente hurga en ese hormiguero venenoso que es toda familia. En el relato, dos luchadores disputan una pelea de cachascán. Es un drama claramente edípico, el hijo no conoce a su padre, tampoco sabe que está luchando en contra de él. Sobre este esquema trágico se estructura una de las líneas recurrentes con las que se construye buena parte de la ficción de WUZ: la pelea permanente en contra de un padre que no se conoce.

En el fondo, de eso trata el cuento que presta su título al libro: Todo el mundo cumple sus sueños menos yo. Un padre militar, errático, ausente, al cual se combate en silencio y se desconoce, una madre que ensombrece al hijo adolescente hasta el punto de marchitarlo y un hijo (el Jambao) que renace de entre las piedras gracias a la vitalidad pegajosa y melancólica de la cumbia andina de Maroyu, los Ronisch y otros. La historia del Jambao ya es, o pronto debería serlo, todo un clásico de la literatura boliviana. La trama se nutre de un conjunto de leyendas urbanas que provienen del imaginario y del baúl del lumpen paceño, también de las historias que producen a diario el periodismo de revista televisiva y de crónica roja. El cuento se puede leer en clave de homenaje a la cumbia y al minibús omnipresente en cualquier rincón de esta patria chichera. Se trata de un gran relato de cogoteros en el que WUZ desarrolla una literatura que hunde sus raíces en la tradición realista pero se desliza, de un momento a otro, hacia un terreno de irrealidad más propio de la literatura fantástica, de terror. Urrelo construye un escenario narrativo para el despliegue de una mitología folclórica: el Jambao, su tía y una serie de maleantes que vemos todos los días transitando por la FELCC y que ya vimos caricaturizados torpemente en una película artesanal que recoge una serie de leyendas urbanas como es Cementerio de Elefantes de Tonchi Antezana. Volviendo a Todo el mundo… a ratos el excesivo juego de voces resulta innecesario o distractivo en un cuento que requiere más de ruido y violencia en su tratamiento. Hebe Uhart dice que la literatura es un artificio, pero este no se debe notar. En Todo el mundo… el artificio es notorio, sin embargo eso no le resta calidad a uno de los mejores relatos que componen esta antología.

Un final que implique un desenlace

En Todas las preguntas sobre el fascinante mundo de las termitas, de E.G. Humberto Sacristán –cuento aparecido en las antologías de Traviesa (2013), dedicada a la Mala suerte y curada por Yuri Herrera– la arquitectura narrativa de voces refuerza una trama narrada desde las puertas del infierno. Como en varios de los textos ficcionales de Urrelo, en este se busca crear un golpe de efecto a partir de una serie de recursos y giros narrativos. El relato citado cuenta una historia familiar, una más de las varias presentes en el libro. La historia narra la vida de un personaje que guarda semejanza con retazos de la biografía del autor, también con Jerry Lundegaard, el hombre buleado por la esposa y por el mundo gélido y sangriento de Fargo de los hermanos Coen. El cuento muestra a un lector/escritor voraz al que le costará caro su amor incondicional por esos mamotretos grandiosos escritos por Dostoievski, Mann, Faulkner. También le pasará factura, una muy dura, el hecho de ser un escritor premiado por un concurso de novela. El final es impactante, aplastante y algo trágico. Destaca en Todas las preguntas… el artificio narrativo, a un principio algo confuso, que a medida que transcurre la trama va cobrando sentido en un “final”.

En la mayoría de los cuentos de WUZ se recurre a este procedimiento clásico: la preocupación por llegar a un final impactante que implique un desenlace (o un enlace inesperado) de la situación, algo que lleve la ficción a un punto diferente del comienzo. Este procedimiento ya se avizoraba de forma obsesiva en los textos que publicó en Trabajos forzados y otros cuentos (antología presentada en enero de 2000 que comparte con cinco autores: Manuel Vargas, Erick Ortega, Leonardo Bacarreza, Elvis Vargas, Oscar Oviedo). De ese libro que abría una nueva década provienen: La noche del Arlequín, La disposición de las cosas, Algunas cosas que ocurren, Solo se trató de un pequeño escándalo. Son relatos muy bien armados, con desenlaces potentes, textos que para este nuevo libro fueron parcialmente reescritos, pulidos, pero que guardan fielmente las huellas de “época”.

Algunas cosas que ocurren, por ejemplo, de innegables aires kafkianos, trata de una pareja que escapa en un auto de un perseguidor desconocido para el lector. De pronto los personajes se detienen en una carretera, hubo un accidente, los automóviles avanzan poco a poco y la tensión del relato crece de manera sostenida. Aparece un policía que en vez de traer certezas provoca aún más incertidumbre. Todo esto en medio de una atmósfera donde el calor excesivo asfixia a la pareja atascada y consumida por la paranoia. La escena es típica de un relato policial o de una novela negra americana o de una road movie. Algo del registro de la escritura de los cuentos citados proviene del lenguaje de las traducciones de las novelas policiacas clásicas, de las novelas negras. En estos relatos Urrelo parece decirnos que las traducciones trastocaron la forma de narrar generando otros personajes, efectos, tramas, tonos, hasta valores y sentidos. En la escritura del cuento hay una “imitación” paródica, aunque no es precisamente eso, del registro de esas traducciones pero a la vez, sin riesgo de exagerar, se destila una especie de poesía carvereana. En Solo se trató de un pequeño escándalo aparecen esos memorables matones Chico y Lee Song que ya por esos años (el 2000) me los imaginaba animando un comic de Marvel, personajes que hacen eco con el mundo ficcional de la primera novela de Urrelo Zárate Mundo Negro (Premio Nacional de Primera Novela Nuevo Milenio, 2001).

Juegos y trucos

El autor aparece en la foto de la solapa del libro con los brazos cruzados detrás de la máscara de un cachascanista. En esencia, la lucha libre es una suma ejercitada, estética de un conjunto de juegos, trucos y simulaciones. Llevando esos afanes del cachascán a su literatura, se podría decir que su escritura ficcional también se constituye a partir de una serie de juegos, trucos y simulaciones. Al leer la ficción de WUZ son claros y evidentes los guiños directos sobre todo a Mario Vargas Llosa, también, aunque de manera más sutil, a Raymond Carver, Roberto Bolaño, John Cheever, entre muchos otros. Pero da la sensación que el fantasma del autor peruano de La casa verde es una presencia – ausencia permanente, obvia. Resalta en ese sentido encontrar en Revoluciones musicales, otro cuento que vale la pena leer y releer, al Morote, personaje con vínculos terroristas, quien “tenía una fijación” con matar “algún día” a Vargas Llosa. ¿Wilmer Urrelo en sus próximos trabajos ficcionales tendrá los mismos afanes que su personaje?

Raymond Carver en Escribir un cuento precisa: “El escritor no necesita de juegos ni de trucos para hacer sentir cosas a sus lectores”. Y tal vez este es uno de los puntos flojos de algunos relatos del libro que se quedan en la pirotecnia, o apuestan por detenerse en el jueguito virtuoso cuando hay ideas, hay giros y gestos en los cuentos que hubieran necesitado un mayor desarrollo. Pero todo esto poco importa, al lado de la potencia de sus mejores relatos, que están aquí antologados por El Cuervo para convertirse, sin ninguna duda, en verdaderos clásicos.

Fuente: elfisgonciego.com



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