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Don N



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Don N
Por: Wilmer Urrelo Zárate

(Un homenaje personal y honesto, alejado de la sobriedad del luto o las zalamerías de rigor.)

Don N diciéndome: ¿Usted es Wilmer?

Don N hace unos años atrás, cuando editaba su novela La virgen de los deseos, y cuando se iniciaba una especie de amistad donde el que oía era yo y el que contaba o inventaba los recuerdos era usted.

–Sí, señor, soy yo. Mucho gusto.

Entonces don N hablándome de la vez que le quemaron su biblioteca en Cochabamba. Don N contándome de sus primeros años de matrimonio, de su vida en Buenos Aires, de cómo los gauchos lo miraban, al principio, con cierta reticencia, aunque después ya lo hacían con respeto. Don N como editor de Letras bolivianas. Don N riéndose cuando este su servilleta le contaba de la nota que había escrito algún crítico –cuyo nombre se me va en este momento– precisamente sobre La virgen de los deseos. El crítico decía, palabras más, palabras menos: “tiene demasiadas palabrotas”. Don N escribiendo No disparen contra el Papa, y este jovenazo leyéndolo deslumbrado, aunque –debo confesarlo– con una pizca, o más bien, con una piedra de remordimiento en medio de la boca del estómago. Se suponía, don N, que mi generación ya no debería leerlo, que usted era cosa del pasado, que esa era la literatura contra la que tendríamos que rebelarnos.

Don N: luego de eso, una lecturita de El signo escalonado y, una vez más, el deslumbramiento, y a un costado, como un flato pernicioso, la cagadita esa que me molestaba: ¿por qué esa sensación de completo bienestar si pertenece a otra generación? En fin, bobadas de los años 90, bobadas de VHS que por suerte superé con ayuda del tiempo y de la vejez y de la enfermedad también.

Don N, años después, contándome anécdotas divertidísimas. “El de allacitos es así… El otrito es asá”. Don N, pues, que tampoco se libraba del deporte de la gente de letras: hablar mal de los otros.

Y acá hago el enlace: don N también en sus pasajes oscuros, los que a veces me hacían desconfiar de él. Me refiero a esa casi reverencia a la imagen del Evo, esa reverencia que me sacaba de quicio. ¿Sabrá el presidente quién fue don N? Es probable. “Un caballero que escribe”, le habrán susurrado sus asesores o, en el peor de los casos, el Quintana. ¿Sabrá qué novelitas escribió? Lo dudo, le importa más patear la pelota, ¿o no? En el fondo, don N, eso no viene al caso.

Lo que sí viene al caso es lo siguiente: don N proponiendo su libro Manchay puytu entre las novelas fundacionales (la idea de realizar esta lista fue suya, no se haga). Y luego, nada, echada a un lado. Algo que me pareció acertado: es una novela floja, no merecía estar ahí. Otras de él a lo mejor sí, me refiero a la mencionada No disparen contra el Papa o El signo escalonado. Don N en los últimos años que lo vi, ya olvidándose de las cosas. Metafísica popular incluida: ¿se acuerda cómo se olvidaba? Sobre todo cuando trabajábamos en un libro de historia. Yo preguntando: ¿De dónde sacó esta cita, don N? Y él respondiendo: No sé, no me acuerdo. En fin, para eso está Internet, y no solo para ver peladas o comentar huevadas en el Facebook: “La mirada de ternura de Francisco” (o vainas así).

Y las últimas imágenes de don N: saludándolo en alguna feria del libro y él ya cambiándome de nombre. De Wilmer a Waldo. De Wilmer a William. De Wilmer a amigo querido. Y los años pasan, don N, olvidarse las cosas está bien cuando uno es viejo. Lo malo es olvidarse de esas cosas cuando uno está joven: mariguanos, levanten las manos, quiero verlos desde acá. Don N en la ultimísima imagen que tengo de él: en un café Internet pidiendo ayuda para hacer una llamada a Cochabamba. Y este gil que escribe haciéndose al gil y pasando de lado.

Don N, el señor de mis lecturas de remordimiento. Cuando uno es joven y boliviano, y encima con ínfulas de escritor, y además cuando te agarra ese supuesto recambio del siglo XXI, crees en burreras. ¿La ley de la gravedad? Todo, tarde o temprano, cae por su propio peso, y todo el mundo termina enterándose. Don N diciéndome: ¿Le invitaré a tomar un cafecito, Waldo? Y yo, de menso y soberbio contestándole: “Pucha… tengo un compromiso, ¿puede ser la próxima?”.

Como siempre, la vida nos sacó la lengua: ya no hubo una próxima, don N.

Fuente: www.88grados.net



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