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Literatura y crónica, un singular matrimonio



CronicaSucre1

Literatura y crónica, un singular matrimonio
Por: Martín Zelaya Sánchez

Toca hacer la crónica de un encuentro sobre la crónica. Para partir y aterrizar al mismo tiempo, copio un fragmento del trabajo “Crónica, entre la literatura y el periodismo” leído por Santiago Espinoza, periodista cochabambino, director del suplemento La Ramona del diario Opinión:

“El interés y el debate sobre el periodismo narrativo, al que también se refieren otros autores con los apelativos de crónica, nuevo periodismo o, más genéricamente, literatura de no ficción, ha cobrado un protagonismo mediático y académico inusitado en los últimos años en América Latina”.

“Se trata como suele pasar con los booms, de una explosión sobre todo editorial, algo parecida a la del boom latinoamericano de literatura que, desde luego, está asociada a la consolidación de una pléyade de notables escritores que están haciendo la que para muchos es la mejor literatura latinoamericana del momento, pero desde el terreno de la no ficción”.

Punto de partida, porque indudablemente este presunto boom es uno de los detonantes que llevaron a Alex Aillón a organizar, en el marco del Festival Internacional de la Cultura, el Encuentro de literatura, crónica y periodismo que se llevó a cabo mediante dos coloquios efectuados el pasado jueves 19 de noviembre en Sucre.

Y punto de llegada, porque se enfatiza un par de veces en un concepto clave: literatura de no ficción, que fue transversal en las exposiciones de los seis invitados al evento: el propio Espinoza, el poeta Benjamín Chávez y el periodista Martín Zelaya, quienes en la mesa 1, moderada por Aillón leyeron ponencias enfocadas en la intrínseca y compleja relación entre la narrativa de ficción y la periodística.

Después, Alex Ayala, Liliana Carrillo y Pablo Ortiz, experimentados periodistas, ya en la mesa 2, coordinada por Oscar Díaz Arnau, compartieron con el auditorio las claves del oficio de la crónica y debatieron sobre la situación actual del rubro en el país, ya no desde la mirada positivista del boom.

De ida y vuelta

Luego de contar cómo incursionó inesperadamente en el mundo del periodismo narrativo, en la crónica de viaje, Benjamín Chávez, reconocido poeta y editor de revistas y suplementos literarios a quien en 2011 le tocó viajar por varias semanas por el oriente boliviano -travesía que se vio reflejada en una serie de crónicas publicada, junto a otros autores, bajo el título de “Viaje al corazón de Bolivia”- leyó un texto que tenía partes como esta:

“Circunscribiéndonos a la relación entre crónica y literatura, pienso que en un medio tan pequeño como el nuestro, esa relación es hasta cierto punto inevitable. Escritores de ficción que escriben crónica y periodistas que publican libros de ficción es algo que ocurre aquí y ahora y por ello, más nos vale no solo soportarnos, como se hacía antes, sino convivir y tratar de ayudarnos ya que en la historia del periodismo boliviano ha habido escritores notables que también fungieron de periodistas”.

“El poeta y ensayista colombiano Darío Jaramillo, [en referencia a los fallidos intentos de crear o más bien forzar un nuevo boom de narrativa latinoamericana], sostuvo: ‘Tal cosa parece estar ocurriendo con la crónica en nuestro continente. Los cronistas latinoamericanos de hoy encontraron la manera de hacer arte sin necesidad de inventar nada, simplemente contando en primera persona las realidades en las que se sumergen sin la urgencia de producir noticias’”.

“A todo esto el narrador y cronista mexicano Juan Villoro aporta: ‘La vida está hecha de malentendidos: los solteros y los casados se envidian por razones tristemente imaginarias. Lo mismo ocurre con escritores y periodistas. El fabulador ‘puro’ suele envidiar las energías que el reportero absorbe de la realidad, la forma en que es reconocido por meseros y azafatas, incluso su chaleco de corresponsal de guerra (lleno de bolsillos para rollos fotográficos y papeles de emergencia). Por su parte, el curtido periodista suele admirar el lento calvario de los narradores, entre otras cosas porque nunca se sometería a él’”.

Acá es importante detenerse en las infinitas posibilidades de asociación, interpretación y procesamiento de las palabras literatura y crónica, por separado, combinadas, entrelazadas. Cuando Alex Aillón, poeta y periodista también, convocó a los participantes a estas jornadas de reflexión, simplemente lanzó como anzuelo para desarrollar el tema, un escueto enunciado: “Vamos a hablar sobre literatura y crónica, crónica y literatura: relaciones, influencias, cercanías, distancias…”.

El resto corrió por cuenta de cada uno, vale decir, cada uno de los invitados enfocó y profundizó el tema de acuerdo a su propio bagaje, y he ahí la riqueza y valía de este encuentro.

Miradas

Espinoza y Chávez no solo hicieron hincapié en el momento actual de la crónica en Latinoamérica y Bolivia. El primero efectuó, también, una interesante reflexión del decurso del género a partir de un texto referencial: Crónicas heroicas de una guerra estúpida, de Augusto Céspedes, y tras mencionar otros “hitos ineludibles”, como “Matanzas de Yáñez, de Gabriel René Moreno; Imágenes paceñas de Jaime Saenz; Ni todos ni tan santos de Ana María Romero; Testigo de la crisis de Ted Córdova-Claure o, más recientemente, los relatos de Víctor Hugo Viscarra”, se enfocó en una interesante hipótesis propia: la crónica como mirada subjetiva, sobre la cual podemos leer un extracto en la siguiente página.

Benjamín Chávez, por su parte, citó a otro referente del tema, Alberto Salcedo Ramos: “Es más frecuente hablar de los aportes de la literatura al periodismo que de los aportes del periodismo a la literatura. Cuando se trata del primer caso, que es lo predominante, se mencionan las técnicas narrativas, el empleo del punto de vista, la construcción de imágenes, el uso de las escenas y la creación de las atmósferas. Todos esos recursos, ciertamente, proceden de la literatura y contribuyen a embellecer el periodismo en lo formal y a dotarlo de un poder mayor de penetración. Pero veo que se habla muchísimo menos de los aportes del periodismo a la literatura, lo cual se me antoja injusto. (…). Yo creo que el periodismo adiestra al escritor en el descubrimiento de los temas esenciales para el hombre. Me parece que en esta profesión uno tiene acceso a un laboratorio excepcional en el que siempre se está en contacto con lo más revelador de la condición humana”.

La temática y pertinencia de este encuentro fue un desafío que los invitados respondieron gustosos –cada quien a su estilo- conformando por separado una recapitulación general de la interacción entre la literatura, en sus diferentes etapas, fases y tendencias, y el periodismo, entendiendo a este último como canalizador de técnicas, trucos, y mañas no solo para narrar, sino sobre todo para aproximarse a la realidad. Comparto un pedazo de la mirada particular que compartí aquel día, en un recuadro en la siguiente página.

Desde el oficio

Si en la primera tanda primaron las lecturas -valga mejor que nunca el término- desde lo narrativo literario, desde las posibilidades de ficción en la no-ficción (y viceversa) en el segundo coloquio -efectuado, como el otro, en el auditorio de la Casa de la Cultura Universitaria de la capital- el turno fue de los reporteros de cepa, de los especialistas en el manejo, producción y difusión de la información, caracterizados todos ellos por su original tratamiento del lenguaje.

Alex Ayala es el cronista per se; acaso el único “cronista profesional” y a tiempo completo que hay hoy en día en el país, tomando en cuenta que los muchos otros periodistas que se dedican a este género trabajan en redacciones o revistas en las cuales tienen otras obligaciones. Ayala, decíamos, regaló a los casi 40 espectadores un sucinto pero esencial taller relámpago de cómo pensar, encarar y escribir una buena crónica.

“Las mejores novelas son crónicas por su impecable técnica, y las mejores crónicas son casi como textos de ficción: están tan bien logradas que parecen irreales en su tema, resolución y lenguaje”, empezó, y luego, poniendo en tapete a los grandes maestros del nuevo periodismo estadounidense -a quienes, por cierto, casi ninguno de los participantes dejó de referirse-, se despachó con una serie de consejos-planteamientos:

– Antes de comenzar la cobertura pura y dura, es vital conocer el territorio, el entorno de los personajes. Para ello hay que hacer un trabajo de campo sin límites de tiempo, esfuerzos y alcance.
– En el desarrollo mismo de la reportería, es vital mimetizarse en el ambiente de los personajes, a tal punto que éstos los vean casi como un objeto y empiecen a actuar con naturalidad.
– Las grabadoras, filmadoras, smarphones, computadoras ayudan, pero las mejores herramientas siempre serán una buena libreta y un par de buenos zapatos.
– La observación es un atributo fundamental, porque todo parte de ella y en ella se asienta un buen trabajo.
– No menos importantes son la capacidad de selección y concisión, pues uno puede reunir montañas de apuntes o decenas de horas de grabación, por lo que dependerá de su intuición el saber utilizar lo mejor, lo más relevante.
– Un buen cronista debe ser una persona obsesiva, para no fracasar en el intento, y para encontrar en cada historia o fuente ese enfoque o perspectiva específico que le apasiona.
– Un punto esencial es la mirada que elija el periodista, no solo para abordar un tema, sino también para contarlo desde uno u otro punto de vista.

A continuación Carrillo, editora del diario Página Siete, se propuso transmitir su experiencia como cronista y reportera a través de “cinco perlas” o claves, o sugerencias o advertencias a tomar en cuenta a la hora de encarar un proyecto de periodismo narrativo.

– Tiempo: para el cronista, es un enemigo y ante todo un reto… un impedimento para poder desarrollar a gusto un trabajo. El ritmo y las condiciones de las redacciones en Bolivia, en específico, generalmente no dan cabida a proyectos de largo aliento.
– Lugares comunes: no hay que recurrir a la poesía fácil, a los juegos de palabras que parecen embellecer un texto pero causan el efecto contrario. Hay que leer mucho, pensar bien y rápido y emplear el lenguaje con rigurosidad.
– “Los terremotos también existen”: hay que tener olfato para tocar un tema de manera oportuna y adecuada. La subjetividad, la mirada propia del cronista es importante, pero no debe llevar a que éste tome el protagonismo de la historia.
– La otra mirada: no hay que perder de vista el equilibrio, la ecuanimidad, la inclusión, en diferentes niveles. Las mujeres -por ejemplo- tienen una particular sensibilidad para contar ciertas historias.
– Estética: no hay que perder de vista que un cronista ante todo es un contador de historias y por ello debe priorizar el manejo de la palabra.

El lado más realista, crudo, pesimista, y no por ello menos cierto y oportuno, vino de la mano de Pablo Ortiz, experimentado reportero de El Deber de Santa Cruz. Su postura crítica pero constructiva, se cimentó en algunos de los siguientes puntos:

– Negocio de egos: el periodismo actual en Bolivia no da cabida a lo creativo; todo lo rige la competencia, todos miran el trabajo de los demás pero no con interés de aprender, sino todo lo contrario.
– Negocio de miradas: nadie nace con una voz propia, se aprende imitando, la clave es envidiar e imitar a muchos, muchísimos referentes para hacerse con una impronta propia sin caer en el plagio.
– Negocio de lectores: antes de ser periodista profesional o cronista profesional, hay que ser lector profesional, y esto lastimosamente no ocurre en el país.
– Negocio de aprendices: nunca se deja de aprender. El periodista debe ser consciente de que la mejor manera de superarse es no dejar nunca de asistir a talleres y cursos de actualización y especialización, amén de la autoformación y las lecturas.

Este es, creemos, un panorama actual de la literatura de no ficción, del periodismo narrativo boliviano, desde la experiencia y perspectiva de algunos de los más destacados cronistas, de avezados periodistas y escritores.

La crónica como mirada subjetiva
Santiago Espinoza A. / Editor de La Ramona

Quisiera compartir algunas cuestiones que me parecen pueden darle sentido a la necesidad de pensar la relación entre literatura, periodismo y crónica. Porque es cierto que, con frecuencia, se suele reducir esta relación a la vocación compartida entre literatura y periodismo por contar historias; a que una de otra solo se distinguen por su materia prima: hechos imaginados y hechos reales; a que uno se presta los recursos de la otra para hacer crónica. Y sin dejar de ser cierto, me interesaría reivindicar que si algo ha aportado la literatura al periodismo, por intermedio de la crónica, es la certeza de, si no acabar, al menos neutralizar la concepción objetivista y cosificadora del periodismo.

Porque un fantasma recorre al periodismo: el fantasma de la objetividad. Aunque no desde siempre, este fantasma viene espantando a reporteros, editores, propietarios de medios e, incluso, lectores desde hace ya buen tiempo, al menos desde cuando el periodismo comenzó a profesionalizarse (en el siglo pasado) y se impuso un modelo que se sustenta en la manida máxima de ser “el reflejo fiel de la realidad” (…).

El nuevo periodismo, que explotó en EEUU de los 60, contribuyó a romper con esta concepción positivista de la realidad y del ejercicio periodístico. El nuevo periodismo, que en el último tiempo se ha ido asociando con el periodismo narrativo, el periodismo literario o la crónica, ha dinamitado la separación taxativa entre géneros periodísticos: entre información e interpretación, pero también entre información y opinión.

En principio, este modelo asienta la idea de que el periodista puede no estar en condiciones de juzgar (aunque a veces también lo hace), pero sí de observar, valorar, calificar a las personas y las cosas que registra y narra. Este cambio permite no solo adoptar y/o retomar herramientas propias de la literatura -como la narración, la descripción, la construcción de escenas y personajes- para la confección de relatos periodísticos, sino que da lugar a la (re) aparición de gestos antes impensables para el periodismo objetivo: la anécdota, el humor, la incorrección política y un largo etcétera. (…)

Así pues, nuestra tesis sostiene que la contribución de la literatura al periodismo no se reduce al uso de determinados recursos de escritura (narración, descripción, diálogos, construcción de personajes…), puestos al servicio de hechos reales, sino a la reivindicación del papel del periodista-sujeto y de su mirada particular. En este sentido, cuando hablamos de un periodismo de vuelo literario, como el que encarna la crónica, reaparece el periodista como sujeto y con él, una mirada capaz de descubrir-crear una “versión insospechada de la realidad” y de sus actores.

La crónica como tal
Martín Zelaya Sánchez

Hablamos de cronistas que se prestaron estrategias de la ficción, y de novelistas que incorporaron métodos periodísticos. Para cerrar y cumplir con la propuesta de reflexión que nos hizo Alex al invitarnos a este encuentro, volvamos a lo postulado al inicio, y veamos cómo fungen como cronistas de estos tiempos algunos de los narradores destacados de la Bolivia de este inicio del tercer milenio.

En el prólogo del libro Conductas erráticas. Primera antología boliviana de no ficción (2009) Maximiliano Barrientos y Liliana Colanzi señalan: “Se escriben crónicas sobre grandes acontecimientos pero también sobre los pequeños. Este libro, en su mayor parte, recopila la música de lugares desapercibidos: calles desiertas, bares oscuros con rockolas funcionando a todo volumen…”.

Partiendo por el hecho de que buena parte de los autores de esta antología de no ficción son escritores de novelas y cuentos, bien parecerían estos dos destacados narradores, estar describiendo el sino, o más bien la tendencia, el recién emprendido rumbo de la narrativa boliviana de los últimos años.

“Es sintomático de los tiempos que corren –continúa aquél prólogo- la fuerte demanda por lo real. Ahora, más que antes, la gente tiene hambre por lo verídico, por la reconstrucción del acontecimiento, por la confesión. La necesidad de relatos que rearmen la experiencia, que indaguen en ella”.

“Los cronistas, ahora más que en décadas pasadas, adquieren rango de autores… La experiencia se volvió una obsesión. En el aire está latente la urgencia de explorarla. De transformarla. De deconstruirla”.

Casi como si estuviera describiendo en buena medida las tendencias, digamos mejor los rumbos comunes que empiezan a tomar algunos de los más destacados narradores bolivianos actuales, en lugar de simplemente presentar una colección de crónicas, el mexicano Juan Villoro escribió en el prefacio de este mismo libro: “En estos textos la pregunta decisiva es ‘¿por qué diablos escribimos?’. Los narradores se exploran a sí mismos con la intrépida franqueza de quien encara su vida como una tierra novedosa… y que para curarse de peores hábitos, adquieren el irrenunciable vicio de escribir”.

Los narradores bolivianos hoy, se narran a sí mismos sobre todo… ante todo. Recién a partir de ello, subordinadamente, narran su país, su sociedad, su tiempo… como lógica consecuencia; antes, bien lo recordamos, pasaba todo lo contrario.

Ahora más que nunca la literatura es crónica… crónica de personas, de vidas, de situaciones, ficticias claro, pero palpables, reconocibles… naturales; no determinadas o subordinadas a injerencias de lo colectivo: (léase intereses políticos, sociológicos).

Comenta Fernando Barrientos en la introducción del libro Hora boliviana (2015): “¿Será que el paisaje se ha modificado o lo que ha cambiado es el modo en que miramos o habitamos nuestro espacio común? En esta renovada Bolivia -con significantes como Estado o nación visiblemente alterados, entre otras mutaciones semánticas- han permanecido, no obstante, los traumas, carencias, mitos, males y paradojas que nos constituyen como comunidad, y que no siempre nos unifican. Y acá estamos: un paisaje antiguo donde ahora el tiempo transcurre distinto”.

Fuente: Letra Siete



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