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Lo universal y lo provinciano en la novela boliviana



los infames

Lo universal y lo provinciano en la novela boliviana

Mediante esta novela (Los infames, La Paz: Gisbert 2015), Verónica Ormachea Gutiérrez nos muestra un tipo de literatura que no es usual en Bolivia. Con pocas palabras intento aquí señalar la contribución fundamental de esta autora. La literatura boliviana ha sido tributaria de modas ideológicas relativamente rígidas, que prescribían el tratamiento de temáticas como el proletariado minero o los estratos campesinos y el enaltecimiento de las heroicas luchas de ambos sectores contra la perfidia de las élites. Apenas hubo concluido esta tendencia dogmática, la literatura y las ciencias sociales se entregaron a otra moda no menos dogmática, el relativismo cultural en el marco del posmodernismo, donde todavía se encuentran. En ambos casos la literatura resultante ha tenido un carácter provinciano y pueblerino, cerrado sobre sí mismo, indiferente a los grandes problemas de la historia universal y consagrado a celebrar las cosas pequeñas de la vida cotidiana. Esto no es negativo en sí mismo. Todos somos, de alguna manera, provincianos sobre la nave que es nuestro modesto planeta, y las cosas pequeñas de la vida cotidiana se revelan a menudo como las más importantes para los seres humanos concretos.

Pero lo grave reside en el elemento ideológico que subyace a esta posición. Los escritores de la actualidad creen que mimetizarse con la corriente dominante es un acto de notable sabiduría. Como no conocen el principio moderno de la crítica, no tienen una relación distanciada, lúdica e irónica con respecto a sus propias personas y obras. Previamente a toda reflexión analítica, es decir: de manera natural, obvia y sobreentendida, se adhieren a un principio de comportamiento social que tiene una gran popularidad en el país: la astucia momentánea es algo muy superior a la inteligencia innovadora. Entonces la necesaria preocupación por las cosas pequeñas de la vida diaria se transforma en la celebración de las banalidades, en la alabanza de lo vulgar y en el canto de lo efímero.

Nuestros escritores suponen que todo esto sería lo profundo, lo genuino y lo importante. Para ellos el centro del mundo está en el comportamiento de los grupos juveniles marginales, en el ámbito de las modas musicales y artísticas del momento o en extravagancias de todo tipo.

Al aseverar todo esto cometo, por supuesto, una injusticia. Hasta en las circunstancias más adversas se hallan novelistas y poetas, a quienes las corrientes del momento les son relativamente indiferentes, y se consagran a su obra creativa con gran empeño y originalidad. Verónica Ormachea Gutiérrez transita por la senda de los temas universales, poniendo en cuestionamiento los prejuicios colectivos de vieja data, aquellos que son entrañables e irrenunciables para una buena parte de toda sociedad humana y que conforman la base de su identidad nacional.

Varinia, la figura central femenina de Los infames, la señorita de buena familia que se enamora de un muchacho católico de origen judío, vive un drama existencial muy complejo y por ello desarrolla un carácter teñido por la ambivalencia y unas reflexiones muy interesantes para conocer al alma femenina, si es que existe una entidad metafísica y genérica llamada el alma femenina. Creo uno de los méritos principales de la autora reside en su capacidad para construir (o reconstruir) la difícil estructura mental y anímica de mujeres inteligentes y cultas que llevan una vida trágica, escindidas entre las pasiones del corazón, los códigos morales tradicionales y las realidades de la prosaica vida diaria. Y en ambos casos las pasiones resultan ser fuertes y hasta violentas, lo que a veces no desagrada a las protagonistas.

Sin darse cuenta, los dos protagonistas principales de Los infames representan lo dionisíaco en el caso de Varinia, y lo apolíneo en el de Boris, la figura central masculina. Son las dos fuerzas que impulsan el ámbito humano: los sentimientos y la razón, las intuiciones y la lógica. Como en toda buena novela, no hay una separación esquemática y rígida entre ambos principios; los personajes transitan continuamente del uno al otro.

Pero me llamó la atención que dos varones, el joven Boris y el ya viejo Mauricio Hochschild, sean los representantes de la tendencia apolínea, es decir: del orden y la mesura. Aunque aquí debo corregirme. Boris, quien consigue en el último minuto una visa para Bolivia, está desgarrado entre la lealtad a sus padres, a su novia, a su tierra natal, y los imperativos de una razón práctica. Como pocos productos de la literatura boliviana,

Los infames conecta dos temas universales: la suerte de los judíos a mediados del terrible siglo XX y la cultura del burocratismo y autoritarismo. Además creo que la autora posee un talento especial para la descripción de constelaciones socio-culturales. En mi opinión están muy bien logradas las descripciones de la atmósfera colectiva en Polonia bajo la ocupación alemana y de la vida cotidiana en el campo de concentración de Auschwitz, con sus pocas esperanzas y alegrías y sus muchas traiciones y desgracias. Aquí se percibe lo que es un tratamiento inteligente de los detalles del ámbito diario: en lugar de celebrar trivialidades como si fuesen hechos importantes, la autora nos muestra que cada pequeña acción puede traer sufrimientos mayores o la muerte a los involucrados que no pueden comprender ni el origen ni el sentido de su tragedia.

En lo referido al ambiente boliviano, la autora pone en duda los mitos colectivos sobre las presuntas bondades del nacionalismo autoritario del presidente Gualberto Villarroel. El Estado de derecho y el respeto de los derechos humanos no eran los valores rectores del Gobierno que duró entre 1943 y 1946. La obra de Verónica constituye un merecido homenaje a Mauricio Hochschild, uno de los barones de la minería. Las leyendas populares atribuyen todas las maldades posibles a los magnates mineros, lo que, por supuesto, tiene que ver con la base de envidia, desinformación y prejuicios que caracterizan hasta hoy el sentido común histórico de la sociedad boliviana. La mezquindad colectiva impide reconocer rasgos positivos en los adversarios políticos circunstanciales. La autora realiza una labor ejemplar al recordarnos la labor humanitaria –llena de riesgos y vacía de gratitud– que realizó Hochschild. Verónica Ormachea Gutiérrez y su obra nos obligan a ver este conjunto de temas con una mezcla de clarividencia y elegancia.

Fuente: Ideas/Pagina Siete



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