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Neil Young, inquilino de la muerte/MADRID-COCHABAMBA



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Neil Young, inquilino de la muerte/MADRID-COCHABAMBA
Por: Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Pregunto a mi amigo, que está muerto ¿qué discos traes? Y me responde lo mismo que como cuando estaba vivo: cuatro de Neil Young. Con ellos llegaba desde el exilio, en Suecia, y con ellos viene este amanecer de junio, desde el fin de la calle José María Achá, en Cochabamba, que es ahora la calle de la muerte.

Lo veo de adentro, detrás de la blanca cortina de casa, tocando el timbre. Viene con Pepe y quieren salir. Caminamos la ciudad, de arriba abajo; nos sentamos en la plaza principal, de frente al mentidero de los viejos, y volvemos sobre nuestros pasos, tranquilos, riendo, observando algún culito ora redondo ora plano. Reunimos monedas, en los recovecos del pantalón, para comprarnos una Coca-Cola en los kioscos del estadio.

Chino ya no está; Pepe tampoco; la ventana de Ricardo al pasar luce vacía. Luz apagada, ninguna presencia de vida. Ahora, tres de la mañana, los he convocado a mi mesa de Aurora, Colorado, para conversar del tiempo, de si va a llover y del barrial que se hace en la plaza Franz Tamayo y no nos permite jugar fútbol. Observo nuestro colegio, con feos muros rosados. Las dos torres del baloncesto se alzan sobre ellos con largos cuellos de grullas chinas. Les sirvo Coca-Cola, visten igual que ayer, parece que no se han cambiado. ¿No hay guardarropas en la muerte, pregunto? No hay tiendas donde comprar, me responden, ni dinero que ganar. Al menos, prosigo, tenemos la música, y pongo Rust Never Sleeps, Neil Young & Crazy Horse, que conseguí en un tenderete de la rua Mauá, en San Pablo, dudoso entre comprarlo o comprarle una puta a mi soledad.

Mi perro Marco duerme sobre el sofá. Ligia ha puesto una manta blanca para que no se llene de pelos. Muy gordo, semeja un cerdito vietnamita, de esos que en Estados Unidos son mascotas y que allá, en el teatro de guerra, devoran crudos los niños. El hombre del cuadro con las manos cruzadas me guiña un ojo. Veo vaciarse la botella de cabernet sin que la tome. Una pálida ale ha tomado el color del orín, del que se mea y del que herrumbra. Estamos los cuatro, tres fantasmas y yo ¿o el espectro único tiene mi nombre y quien habita la muerte también?

¿Bailamos?

Pocas eran las muchachas que querían bailar. Puta época la nuestra, llena de remilgos. Un coito era más complicado de adquirir que la extremaunción. Dios, entonces, cuando venía, aquello se convertía en fiesta. ¿Bailamos? No, estoy cansada. Y nos sentamos, tratando de ocultar la dureza de la verga que se agita con vida propia detrás del zipper. Así en la negativa de pareja convivíamos con trago y con música. Hoy era Bob Dylan y singani; mañana Jeff Beck y chicha; hoy Neil Young y singani. Las mujeres soñaban con casarse y nosotros con viajar, después de un polvo. La soledad iba tejiendo su espesa urdimbre y antes de ser jóvenes nos íbamos haciendo viejos. ¿A quién culpar? ¿A los gringos, la economía, los milicos? There is a town in North Ontario, Neil Young comienza Helpless y cantamos. Pongo el disco. Creo que estoy solo, pero las figuras de mis tres amigos de a rato se materializan, sus voces no han cambiado, nasal la de Ricardo, idiosincrásica la de Pepe, calmada la de Chino. Tal vez, si somos aire, podremos ir con facilidad por el camino de ese pueblo de Ontario, por los bosques de Chicoutimi, donde vi tantos alces muertos que pensé que se había declarado la guerra entre Canadá y los alces, y que si debía alistarme en un bando u otro.

Chino lloró, en mil novecientos ochenta y dos u ochenta y tres, al recordar la prisión política en La Paz. Fue después que aporreé en la calle a un tipo que molestaba. QK Cossío daba vivas a la muerte, como Millán Astray, y yo golpeaba despiadado un rostro que ni conocía. Ustedes no saben lo que es la violencia, sentenció. Sus sollozos nos avergonzaron. ¿Qué te hicieron? No contestó. Llevaba boina negra, alta en su frente, de tanquista sueco (aunque el ordenador me corrige y pone tanguista) Sería mejor…

De Suecia trajo historias de amor libre, algo que nunca había pasado por nuestras puertas de endemoniada pureza obligatoria. Polacas dadivosas, de senos confundidos con la nieve y pezones rosa como flor de cerezos. Discos de Neil Young y de Bob Marley. Esa la herencia del exilio en Malmö. Guerrilleros que se quedaron, que no volvieron jamás. Era un mundo libre incluso sin ser afectuoso, un espacio de oportunidad y de igualitarismo que entumecía las páginas de Guillermo Lora, las inefables prédicas universitarias de rebelión, la teoría del futuro y la práctica del dolor. No cabía opción. Pero a Chino le dijimos: vuelve, el país vive una etapa interesante. Nos equivocamos. Bien pronto estaba acabado con los desdenes de una mujer tarijeña. Se borraron las líneas de un cercano y diferente pasado. Volvimos a lo mismo, a la rogadera y la invención, a mentirnos a nosotros mismos de que existía un porvenir, mientras que desde la derecha y la izquierda se reían los falaces.

Sirvo a cada uno, de un fuerte cabernet californiano que rebajamos con agua. Termino tomándome los tres, porque mis amigos, así lo quieran, no pueden sostener los vasos, ni siquiera ajustarlos. Helpless, helpless, helpless, helpless/Babe, can you hear me now?/The chains are locked and tied across the door/Baby, sing with me somehow.

Son las cuatro en México, las cinco en el Perú. Manu Chao pone el tictac del reloj. ¿Les importa que sea tan temprano?, pregunto a mis amigos, mientras cambio el disco. Para nada, tenemos toda la noche. Al alba nos iremos. ¿Cómo vampiros? Así…

Ese disco de São Paulo me siguió hasta España, camino de Francia. En Chamartín, o Atocha, ni recuerdo, nos pusimos a hablar con una chica alemana, Anja, de Neil Young. Le conté que mis recuerdos de Brasil llegaron a tres: Rusts Never Sleeps, We Are the Champions, de Queen, y una pelota de fulbito. Y una lluvia que era diluvio vertical, como no había visto. De nuestro grupo, cuando salimos a husmear lo que existía afuera, siempre regresamos con un disco de Young, no sé por qué. Tal vez porque los tres difuntos y el redivivo convocamos esa magia años atrás cuando luego de salir del colegio nos reunimos en el cuarto de Ricardo, con unos aparatos Technics de primera para escuchar el álbum que mi madre trajo de Alabama: los mejores éxitos de Crosby, Stills, Nash y Young. Comenzó ahí, con las líricas de Déjà Vu, que no eran de Neil Young, pero con su inconfundible guitarra, la misma a la que con el tiempo le adhirió una pegatina con el rostro de Hendrix para vivir fraternos.

Camino por la plaza Franz Tamayo. El busto de yeso del pensador yace olvidado en un pedestal inmundo, con viñetas pornográficas y tontos mensajes de amor. Hay noche, y si hay noche hay oscuro. La José Aguirre Achá termina justo en la casa de Chino. Veo las enredaderas secas, los rosales polvosos, el nicho vacío de virgen en la entrada y oigo. Neil Young canta y se dirige a mí: Sail, sail away…

(Publicado en MADRID-COCHABAMBA (Cartografía del desastre), Editorial 3600, La Paz, Bolivia, 2015 y Lupercalia Editores, Madrid, España, 2016)

Fuente: lecoqenfer.blogspot.com/



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