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Zavaleta leyendo Felipe Delgado



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Zavaleta leyendo Felipe Delgado
Por: Luis H. Antezana J.

Tu parecido a mí no se encuentra en ti, ni en mí,
ni tampoco en mi parecido a ti,
pero en alguna línea trazada al acaso
que el olvido hizo memorable.
Jaime Saenz

Esta es sólo una proposición de lectura. Se basa en un testimonio muy confiable, pero hasta ahora indocumentado. Carlos Toranzo recuerda que, cuando todavía residía en México, René Zavaleta Mercado (en adelante ZM) había leído entusiasmado Felipe Delgado de Jaime Saenz (1921-1986) y que tenía algo escrito al respecto. Lastimosamente, aún no se han encontrado las notas que habría redactado. Con todo, teniendo en cuenta los textos del último ZM, sobre todo Las masas en noviembre (1983) y Lo nacional-popular en Bolivia (1986) –que son los que, en grueso, coinciden con la edición de Felipe Delgado (1979)–, podríamos intentar conjeturar algunos rasgos de esa lectura. Desde ya, no se trata de adivinar qué pensaba o qué sentía ZM al leer Felipe Delgado, sino de aproximar dos textos: la novela de Saenz, por un lado, y por otro, los escritos del último ZM. Este ejercicio tiene algo de ficción, es cierto, porque no podremos fundamentar documentalmente las relaciones que serán destacadas, pero, al mismo tiempo, puede considerarse un ejercicio algo heterodoxo de “filología comparada,” en la medida que son dos conjuntos textuales –ostensiblemente verificables– los que se intenta relacionar.

— I —

Para no sentirnos demasiado incómodos, empecemos con una certeza. Ambos autores valoran positivamente a Franz Tamayo (1879-1956). Saenz le dedica varias páginas de diálogo entre Delgado y Beltrán a la figura de Tamayo y, sobre todo, a la importancia de su labor poética (cf. 1979:160-167); por su parte ZM, en Lo nacional-popular en Bolivia (cf. 1986:211-217), destaca la vigencia de las ideas que Tamayo desarrollará en La creación de la pedagogía nacional (1975 [1910]). En ambos casos, aunque ZM marque algunas distancias conceptuales, Tamayo sería excepcional, un poeta y un pensador excepcional. Tamayo, en suma, es un puente seguro entre Felipe Delgado y ZM.

— II —

Por otra parte, el contexto temporal de Felipe Delgado también ofrece posibles articulaciones con ZM. Felipe Delgado sucede en los albores de lo que será la Guerra del Chaco (1932-1935). Desde ya, para ZM la Guerra del Chaco es un momento clave –“constitutivo”– de la intersubjetividad social que, más adelante, motivará la Revolución Nacional del ‘52. Una imagen de Las masas en noviembre puede resumir la importancia que ZM le daba a ese conflicto: “Tú perteneces a un modo de producción y yo a otro pero ni tú ni yo somos los mismos después de la batalla de Nanawa: Nanawa es lo que hay de común entre tú y yo. Tal es el principio de una intersubjetividad” (1983:18).

En Felipe Delgado, la Guerra del Chaco no es sólo una alusión contextual; por connotación es un índice temático: el índice de una transformación. Hay, por lo menos, dos maneras de entender ese índice. Por un lado, esa víspera es la que precede a la desaparición-transformación final del propio Delgado. Genéricamente, Felipe Delgado es una Bildungsroman, una novela acerca de los caminos que recorre un personaje para encontrar el sentido de su vida o, como se dice, para “encontrar su destino”. En ese género, la guerra o la víspera de una guerra –o una peste– connotan frecuentemente el extremo de ese tipo de búsqueda o constitución; basta pensar en un clásico del género como La montaña mágica de Thomas Mann o, ya dentro de un conflicto, en la película Apocalypse Now de Francis Ford Coppola que, a su vez, supone otro clásico literario del género: El corazón de la oscuridad de Joseph Conrad. Forzando –es cierto– el paralelismo entre Felipe Delgado y ZM se diría que, en ambos casos, la guerra –o su víspera– contextualiza una transformación: subjetiva, en el caso de Delgado, intersubjetiva, en el caso de ZM y su “multitud del ‘52”. Por otro lado, volviendo a la novela, ese periodo le sirve a Saenz para “fijar”, si se puede decir, la ciudad de La Paz, que ha construido a lo largo de toda su obra y que se arquetifica en Felipe Delgado. He usado “fijar” a propósito porque, teniendo en cuenta la posterior desaparición de Delgado, después, La Paz de Saenz ya no sería la misma, es decir, como el personaje, también desaparecería y se transformaría. Esta posibilidad se puede leer de dos maneras: una, más conservadora, diría que, en ese periodo, desaparece La Paz que Saenz añora: desaparece la bodega de Ordóñez, ha muerto Ramona Escalera, Delgado ha alcanzado los límites del alcohol. Otra, más simbólica, diría, en términos seanzeanos, que ambos –personaje y ciudad– devienen finalmente aparapitas. En todo caso, el periodo, articulado con la ciudad y el personaje, suponen procesos de transformación. El vínculo con ZM sería no tanto la ciudad y su posible mutación sino, reitero, el periodo y las transformaciones que ahí se juegan, subjetivas en un caso, intersubjetivas en el otro.

Por supuesto, no podemos forzar el paralelismo tanto como para simbolizar, por ejemplo, que la transformación y desaparición de Delgado connotan los efectos de la (futura) Guerra del Chaco. Ese simbolismo permitiría anudar aún más Felipe Delgado con ZM, pero sería un exceso de sobreinterpretación, altamente inmotivado. Hay una distancia casi abismal entre la problemática subjetiva de Delgado y el tema de la constitución intersubjetiva de ZM.

— III —

Dije “casi abismal” porque hay un matiz, en la búsqueda de Delgado, que podría aproximarla a la intersubjetividad zavaletiana. Es un matiz de entorno. Aprovechemos una de nuestras indicaciones –La montaña mágica de Mann– para marcar el entorno de la búsqueda de Delgado. Hans Castorp realiza su búsqueda acompañado por una élite de pensadores, carentes, además, de necesidades económicas. En cambio, Delgado realiza su búsqueda alcohólica en las zonas más marginales de su La Paz, notablemente en la bodega de Ordóñez, refugio de todo tipo de descastados y, sobre todo, refugio de los aparapitas. Jugando con la terminología técnica, Castorp transita entre una alta burguesía, mientras

Delgado frecuenta formas extremas del lumpen suburbano. “Lo nacional-popular” de ZM, por su lado, aunque no se arraiga en ese tipo de orden social –su arraigo, propiamente dicho, es sobre todo, obrero, más precisamente, minero–, no ignora ese tipo de población. De hecho, sus conceptos de “multitud” y de “masa” son más amplios, por “irradiación” (ZM), que los clásicos de “clase” o “proletariado” porque para entender “lo nacional-popular” ZM no pudo ignorar sectores sociales como los que, en la novela, frecuentan la bodega de Ordóñez –Delgado incluido, resto, si se quiere, de la oligarquía local. Más aún, en sus últimos escritos, ZM le presta mucha atención al factor indígena que opera en la intersubjetividad boliviana; y no hay que olvidar que los aparapitas de Felipe Delgado son inmigrantes aymaras, por un lado, y por otro, son decisivos en la cosmovisión que adquiere y vehicula Delgado. O sea, aunque el desarrollo de la subjetividad de Delgado no implique acciones o actores sociopolíticos, como los que encontramos en ZM, el entorno de su búsqueda no es del todo ajeno a elementos sociales como los que ZM no pudo evitar –también– prestar atención.

— IV —

Siempre en eso de “casi abismal”. En Felipe Delgado, hay un ritual aparapita, el de “sacarse el cuerpo” (1979:153-156), que, por un lado, implica la desaparición y transformación final de Delgado, y que, por el otro, no sólo es un ritual afín a las tradiciones indígenas1, sino también está presente en las mitologías de interior mina. El sujeto muere pero su ánima deviene espíritu protector de la comunidad. La desaparición final de Delgado implica ese tipo de transformación: ausente sigue presente, como explica Juan de la Cruz Oblitas a Peña y Lillo en las páginas finales de la novela. A su manera, vía los aparapitas, la transformación subjetiva de Delgado implicaría un cierto tipo, sea mítico o místico, de intersubjetividad. ¿El vínculo con ZM? Esta visión indígena del mundo es también minera, núcleo de atención en la obra de ZM quien, dicho sea de paso, no ignoraba los valores míticos en una constitución societal. De ahí su fórmula: “A contrapelo, la historia, como economía, como política y como mito, se ofrece como algo concentrado en la crisis” (1983:16), donde podríamos subrayar las palabras mito y crisis, y donde esta última implica, en Zavaleta, un (nuevo) conocimiento y, en cierta forma, una transformación (social). Jugando con los términos, nos podemos preguntar: ¿sería la “crisis” (ZM) una forma de “sacarse el cuerpo [social]”?

— V —

Dije que no intentaría adivinar pensamientos o sentimientos de Zavaleta Mercado ante Felipe Delgado pero, sea retóricamente, le imagino sorprendido ante la imagen del saco de aparapita saenzeano. Si hubiese que elegir una imagen para el concepto zavaletiano de “formación social abigarrada”, pocas más ilustrativas Vorstellungen que, precisamente, el saco de aparapita descrito en Felipe Delgado. Para ilustrar esta (posible) convergencia, reproduzco a continuación un fragmento de Las masas en noviembre relativo a la formación social boliviana y, en seguida, un fragmento de Felipe Delgado donde se describe el saco que Delgado tiene ante sus ojos. Veamos:

[Zavaleta Mercado] Si se dice que Bolivia es una formación abigarrada es porque en ella no sólo se han superpuesto las épocas económicas (las de uso taxonómico común) sin combinarse demasiado, como si el feudalismo perteneciera a una cultura y el capitalismo a otra y ocurrieran sin embargo en el mismo escenario o como si hubiera un país en el feudalismo y otro en el capitalismo, superpuestos y no combinados sino en poco. Tenemos, por ejemplo, un estrato, el neurálgico, que es el que proviene de la construcción de la agricultura andina o sea de la de la formación del espacio; tenemos de otra parte (aun si dejamos de lado la forma mitimae2) el que resulta del epicentro potosino, que es el caso mayor de descampesinización colonial; verdaderas densidades temporales mezcladas no obstante no sólo entre sí del modo más variado, sino que también con el particularismo de cada región porque aquí cada valle es una patria, en un compuesto en el que cada pueblo viste, canta, come y produce de un modo particular y hablan lenguas y acentos diferentes sin que unos ni otros puedan llamarse por un instante la lengua universal de todos (1983:16-17).

[Felipe Delgado] Tenía ante sus ojos remiendos de todo tamaño y de toda forma; los había de las más variadas telas, pero sin embargo, el color era uno solo, pues la diversidad de colores había sin duda experimentado innumerables mutaciones hasta adquirir el color del tiempo, que era uno solo. Felipe Delgado vio remiendos tan pequeños como una uña, y tan grandes como una mano; vio remiendos de cuero y de terciopelo, de tocuyo, de franela, de seda y de bayeta, de jerga y de paño, de goma, de diablofuerte, de cotense y de gamuza, de lona y de hule. Vio remiendos en forma circular y cuadrada, triangular y poligonal, algunos espléndidamente trazados, unos feos otros bonitos, pero todos muy bien cosidos, y, desde luego, con los más diversos materiales: hilo, pita, cordel, cable eléctrico, guato de zapato, alambre o tiras de cuero. En la extensión de la espalda que abarcaba en campo visual, a una distancia de diez o quince centímetros, Delgado alcanzaría a contar una cosa de treinta remiendos como si nada (1979:142-143).

Como se puede ver, la aproximación es bastante motivada. En ambos casos, el conjunto en cuestión es un todo de fragmentos diversos y dispersos.

Obviamente, hay distancias –“casi abismales”– entre la imagen saen- zeana y el concepto zavaletiano. No me refiero al alcance teórico de “formación social abigarrada” vs. el modelo estético implicado en el saco de aparadita3 sino, simplemente, a los componentes implicados en esos dos abigarramientos. El conjunto zavaletiano es un conjunto de diversas articulaciones sociales y económicas, y sus respectivos momentos constitutivos, es decir, las partes que componen el todo, digámoslo clásicamente, son partes –diversas, ciertamente– que implican elementos articulados entre sí en la medida que, por ejemplo, la clase proletaria supone la burguesa, y viceversa, en el modo de producción capitalista; en cambio, el saco de aparapita implica elementos sueltos o, dicho de otra manera, restos de otras articulaciones que ya no son parte del actual conjunto. En ambos casos, las partes serían ajenas entre sí, diversas, distintas, pero en ZM serían partes ordenadas –cada una por su lado–, mientras que en Felipe Delgado son partes sueltas, fragmentarias, pues sus vínculos anteriores han simplemente desaparecido en el caos de los desechos urbanos y sus avatares.

Con todo, en ambos casos hay una forma que articula la diversidad. En ZM esa forma es la intersubjetividad (1983:18) que se manifiesta y anuda en las crisis constitutivas de una sociedad; en Felipe Delgado esa forma sería el “saco original” que, pese a todo, ordena los fragmentos que lo remiendan y reordenan a lo largo del tiempo; es más, el tiempo –que para Saenz es el de la muerte– es el que unifica sus colores y materiales. Ambos conjuntos son, a primera vista, caóticos, pero, de una u otra ma- nera, implican una forma que articula sus partes4.

— VI —

Dados estos (posibles) vínculos textuales, ¿es factible reconocer o, por lo menos, apuntar alguna constante común a Zavaleta Mercado y Saenz? ¿Habría, por así decirlo, un territorio común que recorren estos dos caminos? Difícil. Desde ya, la respuesta contextual –“Ambos buscan para acercarse a la misma ‘realidad’”– dice poco o nada, ya que podría aplicarse prácticamente a todos los bolivianistas que, por ejemplo, to- caron el tema de la Guerra del Chaco… Creo que es mejor no olvidar las distancias entre ambas preocupaciones –una poética, sociopolítica la otra– e imaginar, à la Bradbury, un encuentro casual: en un cruce de caminos que va, uno, hacia el júbilo (Saenz) y, otro, hacia la constitución intersubjetiva de (otra) sociedad (Zavaleta Mercado).

El nudo para no poder ir más allá de una conjetura imaginaria es, rei- tero, la falta de material documental. Sin un apoyo documental no pode- mos saber, en rigor, si Zavaleta Mercado habría destacado las afinidades que hemos indicado; quizá, ¿por qué no?, le habrían llamado la atención “otras cosas” de Felipe Delgado. Por ahí, quizá sí, con los pies más en el suelo, se podría buscar el ámbito que les sería común. Mientras tanto, sólo podemos señalar algunas posibilidades del azar: cosas que suceden al pasar dos cometas.

Cochabamba, febrero de 2003.

Notas:

1 Cf. el ritual de danzar hasta morir en La nación clandestina, película del cineasta boliviano Jorge Sanjinés (1936-).
2 Desplazamiento forzoso de poblaciones que hacían los incas con fines de dispersión cultural e imposición lingüística o quechuización forzosa [N. de ZM].
3 Esto del modelo estético implicado en el saco de aparapita es algo largo de presentar. Como leitmotiv, baste indicar que para Delgado “[l]os aparapitas son poetas” (Cf.
1979).
4 ZM, dicho sea de paso, era muy atento a las formas que articulan críticamente las sociedades. De ahí, por ejemplo, sus conceptos de “forma clase y forma multitud”, o el clásico de “subsunción formal”. Ni qué hablar de “formación social abigarrada” (énfasis mío).

Referencias bibliográficas:

SAENZ, Jaime (1979), Felipe Delgado, La Paz, Editorial Difusión.
SANJINÉS, Jorge (dir.) (1979), La nación clandestina, Grupo Ukamau-Bolivia,
1989.
TAMAYO, Franz (1975) [1910], La creación de la pedagogía nacional, La Paz, Biblioteca del Sesquicentenario de la República.
ZAVALETA MERCADO, René (1983), Las masas en noviembre, La Paz, Editorial Juventud; también como capítulo del libro René Zavaleta (comp.), Bolivia, hoy, México, Siglo XXI Editores.
—— (1986), Lo nacional popular en Bolivia, México, Siglo XXI Editores.

Fuente: René Zavaleta Mercado. Ensayos, testimonios y re-visiones, Universidad Mayor de San Andrés, Postgrado en Ciencias del Desarrollo, CIDES-UMSA, 2006 Pag: 163-170



Una Respuesta »

  1. […] es Felipe Delgado, a Cochabamba le falta la sombra de ciudad, aunque a veces, Lanza abajo, se entrevé cansino el […]

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