Síguenos en



Follow Me on Pinterest





Donaciones

Ayudanos a difundir libros gratuitos

Recomendamos




Colanzi: La voz indígena en mis cuentos es un fantasma que regresa a incomodar



Colanzi: La voz indígena en mis cuentos es un fantasma que regresa a incomodar
Entrevista a Liliana Colanzi
Por: Santiago Espinoza

De un tiempo a esta parte, a Liliana Colanzi (Santa Cruz, 1981) es más fácil seguirle la pista en la prensa internacional que en la nacional. La narradora aparece en reportajes sobre autores latinoamericanos de su generación. Detona noticias por sus participaciones en ferias literarias internacionales, en algún caso con premio incluido (el Aura Estrada que ganó en 2015). Contesta entrevistas en las que declara su fascinación por el misterio de las plantas. Y cómo no, le pone la firma a textos propios, de ficción (como sus relatos) y de no ficción (que retrotraen su paso por el periodismo). Su visibilidad en medios de afuera es un indicador del vuelo que ha cobrado su obra, que, aun siendo relativamente breve hasta la fecha (dos volúmenes de cuentos y una selección con relatos de ambos), ha despertado el interés del mundo editorial en España, Argentina o México; cosa nada despreciable para la insular literatura boliviana. Tampoco es un dato menor el que radique en Estados Unidos, donde ha estudiado Literatura Comparada y desde donde escribe y se mueve sin el inevitable corsé que impone el terruño. Sin embargo, Colanzi está lejos de olvidarse de Bolivia. O de Santa Cruz. O de Cochabamba. Los lazos afectivos la traen de vuelta, pero también la literatura. Unos días de vacación en Cochabamba le permitieron presentar su más reciente libro, el volumen de cuentos Nuestro mundo muerto (editado en 2016 por El Cuervo en Bolivia y por Almadía en México). El café Cowork acogió el jueves pasado la presentación, en la que el también escritor Adolfo Cáceres hizo un análisis del libro, Colanzi contó pormenores de su escritura y el público diálogo con ella. Y fue ahí también que la autora reveló la más secreta misión que la trajo de vuelta a esta ciudad: la búsqueda del “trancapecho vegetariano”, una comida que alguno considera una suerte de oxímoron de la cocina local, pero que la también autora de La Ola persigue como su particular El Dorado culinario.

En medio de esa improbable búsqueda, Colanzi se tomó un tiempo para responder a una batería de preguntas de este suplemento. Sus respuestas discurren principalmente sobre Nuestro mundo muerto, su segundo libro de cuentos tras Vacaciones permanentes (editado en 2010 por El Cuervo y luego por editoriales extranjeras). Reconoce que, para este nuevo tomo de relatos, su obra se ha desviado “hacia lo sobrenatural, hacia el campo y hacia el fantástico y la ciencia ficción”. Explica el sentido de las voces indígenas en sus relatos y su voluntad por cuestionar el “mito del mestizaje feliz” en Santa Cruz. Reconoce su simpatía por los “monstruos, deformes y los seres fallados”. No oculta su interés por los estados alterados. Reivindica el diálogo entre su obra y la de otros autores, como Jesús Urzagasti, Jaime Saenz, Sara Gallardo y María Virginia Estenssoro. Y como no es de las que se corre de hablar de otras cosas que no sean literatura, plantea la necesidad de que los latinos radicados en Estados Unidos como ella se repoliticen ahora que ha empezado la era Trump.

¿Cómo fue y cuánto tiempo demandó el proceso de escritura de los cuentos que integran Nuestro mundo muerto? ¿En qué momento supiste que los ocho relatos podrían conformar un libro?

Mi proceso es lentísimo: me tomó seis años terminar Nuestro mundo muerto. Quería que fueran once cuentos, pero al final tres se quedaron afuera: en su momento fue frustrante porque pasé varios meses escribiendo y corrigiendo esos cuentos para finalmente descartarlos. Pero para mí es importante que un libro de cuentos comparta una misma atmósfera, que no sea simplemente una reunión de relatos sin ninguna afinidad.

Es tu segundo libro de cuentos, tercero si se cuenta la selección de relatos La Ola (Montacerdos, 2014) ¿Qué te une a este género? ¿Te sientes cómoda en él como escritora?

Me gusta la emoción breve e intensa que da un cuento. Cómoda no me siento porque mis textos me suelen dar pelea, hace años que no me sale un cuento en una sola sentada: un cuento es como hacer un zoom dentro de un mundo, pero para eso hay que haber concebido ese mundo, y eso es muy trabajoso. El cuento no es un género menor ni una antesala de la novela. Ahora mismo estoy experimentando con la novela porque me interesa variar de forma y de registro, pero si no sale voy a estar muy feliz de regresar al cuento.

Eres una escritora boliviana que está narrando al país, aun sin un afán muy explícito, desde fuera de Bolivia, pues vives en Estados Unidos. ¿Tiene alguna importancia para tu escritura la condición de la extranjería?

La mirada de quien escribe tiene que ser la del extranjero, incluso –o sobre todo- si está hablando de su propio país. Nada debe darse por sentado, nada debe naturalizarse, hay que mirar todo como si fuera completamente nuevo y extraño. Creo que esa es la condición del escritor, ser un extraño. Dicho esto, yo paso dos o tres meses en Bolivia cada año, así que no me siento desconectada de lo que sucede aquí.

A propósito de esto último, ¿cómo estás enfrentando la asunción de Donald Trump como Presidente de EEUU, país en el que radicas?

Comienza una época que nos obligará a los latinos que vivimos en Estados Unidos a repolitizarnos, a organizarnos y a involucrarnos más en la comunidad. Es importante seguir oponiendo resistencia. Pero incluso las minorías estamos divididas en EEUU: yo quería unirme al movimiento Black Lives Matter de Ithaca, pero me dijeron que no aceptaban miembros que no fueran negros. Eso es parte de las “políticas de la identidad” que le han hecho mucho daño al país. ¿Cómo puedo apoyar la causa de otra minoría si está manejada como una propiedad privada?

¿Cuál es el lugar que ocupa Santa Cruz en tu literatura, teniendo en cuenta que es escenario de varios de los cuentos de Nuestro mundo muerto?

En Vacaciones permanentes Santa Cruz era un escenario urbano, pero en Nuestro mundo muerto el interés se desplaza más hacia el campo, o hacia sus conexiones con el campo y con lo indígena.

Y más allá de la literatura, ¿cuál es tu relación con Santa Cruz? ¿Se parece en algo a la del personaje del cuento “La Ola”, para quien es una ciudad a la “que se había prometido no volver”?

A diferencia del personaje de “La Ola”, yo vuelvo a Santa Cruz todos los años. El trópico siempre me ha gustado, el calor tórrido, la proximidad con la selva. Pero la paradoja es que Santa Cruz, como ciudad, se está quedando sin árboles: la política municipal es ponerle cemento a todo. Y hay cosas de la cultura que deberían cambiar: una de ellas es la imposición de la tradición masculina de la “frater”, en la que todos los jueves los hombres tienen el derecho a reunirse entre ellos en espacios cerrados, infranqueables e incuestionables por las parejas, mientras que las mujeres no tienen acceso a un espacio similar, o lo hacen en calidad de esposas de los fraternos. Eso es un indicador de la posición subordinada de las mujeres, y es algo que se refleja incluso en el trato del alcalde a las mujeres, que es famoso por besarlas y manosearlas a la fuerza.

Una de las constantes en los relatos de Nuestro mundo muerto es la presencia de lo indígena, con personajes, prácticas y hasta mitologías. En “Cuento con pájaro” recoges incluso unos testimonios de ayoreos, publicados en un estudio antropológico. ¿A qué obedece este interés por apelar a figuras y voces del mundo indígena, el cual ha cobrado un inusual protagonismo en la historia reciente del país?

Santa Cruz repite el mito del mestizaje feliz. Pero debajo de ese mito están las historias de varios grupos indígenas y de sus circunstancias de explotación y expropiación. Celebramos el mestizaje para no tener que hacernos cargo de esa historia, una historia que, a diferencia tal vez de la aimara y quechua, no tiene quién la reclame. Me interesó que la voz indígena se colara en mis cuentos como recordatorio de esa tarea pendiente, pero que lo hiciera de manera lateral, como fantasma que regresa a incomodar.

Otra constante de los cuentos es la convivencia entre lo cotidiano y lo sobrenatural, que se manifiesta en hechos paranormales, cósmicos o hasta más propios de la ciencia ficción. ¿Cuál es el origen de esa exploración de lo sobrenatural y qué persigue tu literatura con ella?

Lo sobrenatural nos confronta con la muerte y con todo aquello que no podemos entender. ¿Cómo llegamos al mundo y qué pasa cuando morimos? ¿Cómo lidiamos con esa enormidad –la muerte- que cargamos siempre con nosotros? Me atraen los estados alterados –la locura, la paranoia, el éxtasis místico- como vías a otro estado de conciencia y de negociación con la realidad. Me gusta mucho Philip Dick, un escritor que construyó casi toda su obra en torno a la paranoia.

Tomo prestada la pregunta que un médico le hace a la protagonista y narradora de “La Ola”: ¿Sientes cosas fuera de lo normal?

Tuve una época muy rara y angustiosa cuando dejé las pastillas para dormir, la percepción se me desordenó por completo. Nuestro mundo muerto es el testimonio de esa experiencia.

Puede que no sea una constante, pero hay en el libro cierta recurrencia de personajes que podrían calificarse “deformes”, pero que bien designas vos como “seres fallados”. ¿Sientes alguna afinidad por esos seres fallados?

Mi simpatía está con los monstruos, con los deformes, con los seres fallados.

En una reseña de tu libro, Kurmi Soto emparenta tus mundos muertos con los de Jesús Urzagasti, Horacio Quiroga o João Guimãraes Rosa. ¿En qué medida la obra de estos u otros autores reverbera en tus relatos?

Uno de mis cuentos favoritos es “Mi tío el jaguareté”, de Guimarães Rosa, en el que un cazador de jaguares se metamorfosea en el animal que caza: es la historia de una rebelión animal, del hombre que encuentra su alianza con el jaguar, del humano conquistado por el animal. Los cuentos de Quiroga me impresionaron mucho, “La gallina degollada” es un cuento gótico, durísimo, brutal. De Urzagasti me interesa su diálogo con los muertos, su recuperación del diablo como un personaje travieso, ambiguo, diferente de la negatividad pura del diablo cristiano.

La alusión a Urzagasti es inevitable, habiendo en tu libro un cuento como “Chaco”, un mundo que en la literatura boliviana remite al autor de Tirinea. ¿Hay en este relato u otros una pretensión abierta de diálogo con la obra de Urzagasti?

Mi Chaco le debe más a la imaginación y a los recuerdos de un viaje que hice a territorio guaraní en 2003, en el que tuve la oportunidad de hablar con Luis García, un “ñee iya” (guardián de la palabra) que me contó historias maravillosas sobre el Chaco. Pero también mi Chaco está cruzado con el que Sara Gallardo pintó en Eisejuaz, un libro extraordinario. Sara Gallardo fue amiga de Urzagasti, así que por ese lado hay una conexión indirecta con él.

Otra vaca sagrada de la tradición literaria boliviana que aparece en tu libro es Jaime Saenz, en el pasaje que el cuento “Nuestro mundo muerto” toma de Vidas y muertes. ¿Cuál es tu relación con Saenz y, en general, con esa tradición más canónica de la literatura boliviana de la que el autor paceño es representante?

La noche es el resultado oscuro y fulgurante al mismo tiempo de un camino espiritual tortuoso, un diálogo con la muerte y sus misterios, una manera de estar en el mundo a través de la paradoja. La poesía de Saenz es inagotable. Pero es bueno también desviarse de la tradición y tomar otros caminos menos transitados, como el de El occiso de María Virginia Estenssoro.

Fuente: La Ramona



Una Respuesta »

  1. […] escritora está de paso por Buenos Aires mientras Eterna Cadencia acaba de editar Nuestro mundo muerto, un volumen que reúne nueve relatos. Escritos en su mayoría en primera persona, estos textos dan […]

Escribe tu comentario