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El encanto novelesco



El encanto novelesco
Por: Guillermo Ruiz Plaza

La primera vez que vi a Juan de Recacoechea fue durante una clase de matemáticas hacia el año 1996. El profe lo había invitado tras haberse pasado toda una noche leyendo American Visa, publicada un par de años antes. Recuerdo la sensación de frustración porque, durante la entrevista entusiasta que el matemático le hacía al escritor, los alumnos, que no habíamos leído ni un fragmento de la novela, solo entendíamos una cosa: lo mucho que el gordito de mate la había disfrutado. Supongo que la entrevista fue facilitada porque, en nuestra clase, estaba la hija del novelista, Paola, amiga mía. Yo no sabía, por entonces, que su papá era escritor. Eso sí, no parecía un autor inaccesible ni mucho menos y sospecho que, de todas maneras, habría accedido a acudir a la entrevista. Durante la sesión de preguntas, a los labios del novelista subía a veces una media sonrisa enigmática, como si le agradara y a la vez le extrañara el entusiasmo del matemático, y se diera cuenta de lo perdidos que estábamos los alumnos.

Leí la novela recién dos años después. Adolescente, descubrí que, en la literatura boliviana, existía una voz a un tiempo elegante y electrizante, que creaba adicción. Quien ha leído American visa, ya un clásico de nuestras letras, sabe a qué me refiero. No sé de nadie que la haya leído con indiferencia. Que después de la lectura, a posteriori, haya quienes critiquen esto o lo otro, me parece natural y bueno. Pero nadie, que yo sepa, ha dejado de leerla porque se le caía de las manos o porque no la entendía o porque le indigestaba. La calidad que caracteriza la narrativa de Juan de Recacoechea no reside en la perfección, sino en el flujo de una prosa ágil y sobria, cinematográfica y efectiva como la de Chandler, y a la vez, dotada de un sabor local y de un encanto propio, perceptible tanto en el humor como en los diálogos chispeantes, y por supuesto, en la pericia de la trama, que se desarrolla bajo el signo de la fatalidad, como si el destino de sus personajes estuviera escrito en el reverso de cada una de las páginas, por lo que, al llegar a la última, el lector no se entera sino que, de alguna manera, reconoce el final de la historia.

Volví a verlo en el año 2000, en la presentación de Altiplano express, que fue muy amena. Juan habló del Oruro Royal, su equipo desde la niñez, y se regocijó recordando que era el único equipo que siempre vencía al Bolívar: “Uno a cero cada vez, pero siempre ganaba”. Nos hizo reír aun a los bolivaristas.

Lo vi varios meses después, cuando ya estaba en la UMSA, en una de esas noches en que salía del edificio Montes con la mochila llena de libros fotocopiados y ganas de pasear por la ciudad iluminada. Era una tertulia a la luz de las velas, no muy lejos del famoso boliche Bocaisapo, aunque no recuerdo exactamente dónde. Sé que coincidí con Manuel Vargas, quien tenía la generosidad de criticar mis textos en esa época de tanteos. Por alguna razón, de esa tertulia solo me queda el comentario de un asistente joven, quien le reprochó al novelista que Sivalic, el antihéroe de Toda una noche la sangre (1984), fuera redimido al final de la novela. Redimido. Me pregunté a qué se refería. Por suerte el asistente tuvo la gentileza de no develarnos el final. Juan de Recacoechea lo pensó un rato y luego contestó, tranquilamente, que no imaginaba otro final. Yo no leí ese libro de título estremecedor hasta hace unos años, pero por alguna razón se me quedaron grabados el comentario y la respuesta. Ahora entiendo perfectamente lo que querían decir el asistente y el novelista: Toda una noche la sangre es una tragedia y, siguiendo el modelo clásico, no hay más que una forma de que el círculo se cierre y la coherencia terrible de lo narrado precise sus contornos. Que Sivalic sea redimido o no, lo dejo al criterio del lector curioso, ya que para mí no es la única lectura. En todo caso, el final me sorprendió y reconocí en él la mano de un narrador entrañable que no cae nunca en lo patético ni en el énfasis, y aquí sale airoso de un ejercicio difícil, el de ficcionalizar de manera convincente el secuestro, la tortura y el asesinato de Luis Espinal.

Un lector voraz, amigo mío, me dijo que Toda una noche la sangre parecía escrita de un tirón. Pensé que esa es, precisamente, la sensación que provocan las novelas que se leen de un tirón, logrando lo que Poe llamaba una “unidad de impresión” y que atribuía exclusivamente al cuento. Las historias de Juan de Recacoechea gozan del privilegio de suscitar ese efecto en el lector aunque desde el género novelesco. Esto se debe a su dinámica, a la perfecta simbiosis entre lo narrado y la forma de narrar, pero también a su humor, que es un humor negro y escéptico, de vuelta de todo. Decía Lope de Vega que un texto debe costarle muchísimo al escritor y muy poco al lector. Ignoro si Toda una noche la sangre fue escrita de un tirón, pero lo cierto es que cumple aquel precepto clásico: un texto que parece natural y que se desenvuelve con el pulso de lo inevitable. Hay otra explicación, de estirpe romántica: el novelista escribió la historia en un solo impulso, gracias a la urgencia de la inspiración. Lea la novela y escoja la que más le parezca. Creo que, en el fondo, las dos fuentes, la clásica y la romántica, mezclan sus aguas en el origen de una obra bien lograda, aunque les pese a quienes ven el trabajo artístico como una cuestión puramente artesanal y desprovista de misterio.

Dirán que la novela negra, en general, goza de esa lectura adictiva. No soy un gran lector de novela policiaca, porque suelen tener algo de máquina repetitiva, aunque hay algunas que utilizan el sacrosanto crimen, que despierta la curiosidad del lector, como un pretexto para narrar otra cosa, una realidad histórica o social, por ejemplo. Y entonces, no es el crimen ni su solución lo que nos ata a la historia, sino la narrativa misma, que puede ser de gran calidad, como es el caso, por ejemplo, de las novelas del cubano Leonardo Padura. Asimismo, las de Juan de Recacoechea no relatan únicamente crímenes o delitos o situaciones rocambolescas, sino también y sobre todo la realidad y la idiosincrasia de nuestro país en general y de La Paz en particular. Desde el submundo paceño hasta las altas esferas del poder, pasando por la inestable clase media, nos deja una literatura que bien podríamos calificar de picaresca, ya que retrata una sociedad, la nuestra, animada por “vivos” de toda clase. Dejan personajes como Sivalic, que es uno de los antihéroes más entrañables de nuestra literatura, y escenas memorables, al menos para mí, como esa en que Mario Álvarez, el protagonista de American Visa, en preliminares amorosos con una señora de la Zona Sur en el auto de esta, se quita el calzoncillo –un calzoncillo, como dice el narrador personaje, “de pobre”, y que además tiene un hueco– y por vergüenza, hace con él un ovillo y lo esconde en la guantera, aunque luego, ya en plena acción, una lluvia de piedras cae sobre el auto y frustra las ansias de los amantes casuales. Tampoco olvido una de las escenas finales de Kerstin (2004), tan estimulante como aterradora. Sebastián y Kerstin están en la cama, en la casa de la niñez de esta chica noruega. Kerstin –que desde su encuentro le hace sentir a Sebastián “la imposibilidad de poseerla totalmente”– cabalga encima de él, cada vez más enérgica, como si al fin se hubiera entregado, cuando este, presa del desasosiego, cae en la cuenta de que las puertas están abiertas: la de Kerstin y también la del cuarto de enfrente, donde se encuentra el padrastro de la chica, de manera que puede verlos haciendo el amor.

Se preguntará usted por qué Kerstin deja abierta la puerta de su habitación y la de su padrastro para entregarse finalmente, en un clímax inquietante, al protagonista. Para ello tendrá que leer la novela. Quizá toda historia que funciona en torno al dato oculto es, en cierta forma, una obra policiaca. Que este sea un crimen o la causa del extraño comportamiento de un personaje imprevisible, es secundario. Juan de Recacoechea nos da en Kerstin una muestra magistral del empleo del dato oculto ‘no policiaco’. Y creo que por eso, y también por la introducción de un erotismo perturbador, es mi novela preferida del autor.

En los años setenta, Sebastián, joven boliviano, llega a Copenhague para visitar a un amigo y de paso disfrutar, en esos días veraniegos llenos de promesas, de los legendarios beneficios de una sociedad liberal como la danesa. A los pocos días conoce a Kerstin, una periodista sexy y misteriosa que lo subyuga a pesar de ser lesbiana o quizá, entendemos poco a poco, justamente porque lo es. Sebastián no ceja en su intento de conquistar a Kerstin, que parece no solo halagada, sino de verdad seducida y dispuesta a intentarlo.

Nouvelle erótica y a la vez iniciática, Kerstin se lee en vilo. Aunque llevemos horas leyendo, al día siguiente tengamos que levantarnos temprano y ya sean las tres de la mañana, seguimos adentrándonos en ella, pues no solo goza de una economía verbal bien calibrada y de un estilo envolvente, sino que mantiene una tensión psicológica que va creciendo al mismo tiempo que la agridulce ambigüedad que nos hace cómplices del protagonista: ¿qué es lo que quiere, en el fondo, Kerstin? ¿Y hasta dónde está dispuesto a llegar Sebastián para conquistarla? El desenlace, una vez más, se despliega con la fuerza de la fatalidad. Es el sello del novelista. Que la historia cierre el círculo de manera elegante y reconozcamos, vencidos, que no había otra posibilidad: todo pasó como debía pasar y solo quedan las irresistibles ganas de releer las últimas páginas, de saborearlas antes de despedirse, con cierta vaga melancolía, del protagonista que, durante unas horas, se deslizó en nuestra piel.

Kerstin es, además, la prueba de que la narrativa de Juan de Recacoechea no se limita al género negro y sobre todo la confirmación de un don infrecuente, ajeno a los trucos de lo policiaco: el encanto. El encanto hace que, al leer por primera vez a un autor, uno reconozca enseguida a un amigo, y las ganas de seguir escuchando su voz venzan cualquier tipo de reparo. Cuando el efecto de moda ha pasado, las obras desprovistas de encanto se acartonan y de ellas solo quedan tesis que nadie lee. Juan de Recacoechea se ha mantenido siempre al margen del establishment literario, de las modas y también las exigencias cambiantes y arbitrarias de la academia. Deja una obra amena, sin pretensiones sociológicas, pero que, paradójicamente, retrata nuestra sociedad con precisión, acierto y humor. Una obra fiel a sí misma y que parece soslayar los laberintos literarios o la búsqueda a ultranza de la originalidad, pero que, a la vez, aparece hoy como un rara avis en nuestro medio. Sospecho que el éxito nacional e internacional que ha conocido la producción de Juan de Recacoechea no es un fenómeno pasajero. Es más: confío en que el tiempo beneficie a esta obra ajena a las modas y a los academicismos, de ninguna manera a la buena literatura.

Fuente: La Ramona



Una Respuesta »

  1. […] única entrevista con Juan de Recacoechea no fue una entrevista. Cuando se estrenó American Visa, la película basada en su novela […]

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